El dolor de cabeza aumentó cuando la luz del sol entró por la puerta e iluminó su rostro. Se protegió colocando la mano sobre sus doloridos ojos y miró a su alrededor. Todo estaba borroso. Cuando al fin logró enfocar la vista vio junto a su cama a un sujeto de aspecto siniestro, tenía el rostro arrugado y los ojos serios. Por yelmo llevaba el cráneo de un puma, las garras del inerte animal caían sobre sus hombros y el pellejo pardo le colgaba como una capa. –¿Chamán… chamán Pumagrís? –Lo reconoció–. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hace aquí? –preguntó Junco, desorientado– Mi padre… mi papá… él. –Descansa. Aún no te has recuperado. –Ha muerto. ¿Verdad? –Una lágrima solitaria rodó por su mejilla–. No fue un sueño. –Después de su defensa ante aquellas bestias, tu padre se ha convertido en el más grande guerrero de nuestro pueblo. –Intentó consolarlo–. Ni Coirón Riobravo se le compara. Las ancianas ya componen canciones en su honor. Junco sentía que se reventarían las venas de sus sienes. No conseguía aguantar las lágrimas y caían sobre la manta que le había regalado su padre. –¿Cuándo… cuándo llegaste? –Demasiado tarde. Lamento mi ausencia y mi demora. Sin embargo, de no haber sido por ambas, Rocalga y su gente ya no existirían. –El… el cuerpo de mi padre ¿Dónde está? –Es mejor que descanses –respondió Pumagrís y arrojó unas ramitas a la hoguera que estaba en el centro de la pequeña casa. El humo aromático relajó los músculos del pequeño y cayó en un profundo sueño. Fuera de la morada se encontraba la capitana Chilca Ramaseca. Un hilillo de sangre le corría desde el hombro, la única herida que tuvo durante la batalla. –¿Cómo está el chiquillo? –preguntó. –Tan mal como alguien que hubiera visto desaparecer a su padre. –Estoy a tu servicio, chamán. ¿Qué más necesitas? –Gaviotas –respondió–. Muchas gaviotas. Pumagrís sabía que debía advertir de lo sucedido al resto de los pueblos de Tierraíz, por lo que se dirigió hacia los roqueríos. Allí, frente al mar, emitió un sutil silbido y, al cabo de unos segundos, una decena de gaviotas respondió a su llamado y se posaron sobre sus hombros y antebrazos. Chilca, aunque maravillada ante aquella imagen, mantuvo su compostura, la cara seria, los brazos quietos, siempre afirmando su lanza, alerta. El chamán habló con las aves en un lenguaje que la guerrera no logró comprender, y estas agitaron sus alas para emprender el vuelo en distintas direcciones. –¿Qué les has dicho? –Cada una va con un canto para los líderes de Tierraíz. Espero que lleguen sanas y salvas. Chilca, agradecería que estés al mando de la fabricación de las balsas para nuestros caídos. Hoy les daremos su último viaje al mar. –Suspiró y se alejó de la playa en dirección a El Claro. En el pueblo, los niños y ancianos lloraban a sus muertos, a lo lejos una mujer desconsolada se aferraba al cuerpo sin vida de su esposo, más allá se oía el lamento de un hombre que había perdido a su mujer, la abrazaba y hundía con amargura el rostro entre sus negros cabellos. Los árboles y la hierba carbonizados hacían todo mucho peor. “Esto es imposible de lograr sin fuego. ¿A qué nos enfrentamos?”, se preguntaba el chamán. –Han salvado a Rocalga –lo sorprendió Totora. Le tomó por los hombros con vehemencia. La mano huesuda y débil le temblaba. –No como hubiese querido –respondió Pumagrís–, pero hemos de sobreponernos rápido. Hoy enviaremos todos los cuerpos al mar y mañana al amanecer nos iremos de aquí. –¿Huiremos? –los interrumpió una voz juvenil. El muchacho estaba sentado sobre el tronco de un árbol caído. Tenía una compresa en la frente y un vendaje que le rodeaba el pecho y el hombro. –¿Y tú eres? –Litre Brisaveloz. –Es un amigo de Junco –lo presentó Totora–. Llegó a la aldea hace unas semanas. –Sí, Litre, huiremos. No podemos quedarnos aquí. Si los espectros regresan, solo encontrarán gente malherida. –¿Entonces nuestro sacrificio fue en vano? De haberlo sabido antes, todos hubiéramos escapado y no estaríamos lamentando ninguna muerte. –Lo que hicieron fue valiente. Si todos hubiesen huido los espectros los habrían alcanzado en el bosque y asesinado por la espalda –respondió el chamán–. El sacrificio que hicieron permitió salvar a niños y ancianos, y dio el tiempo para que llegáramos. Ahora que la amenaza ha pasado, debemos abandonar estas tierras. –No me molesta huir, chamán, me preocupa el dónde. No podemos escondernos de la Isla Oscura –dijo desesperanzado. –No por ello nos dejaremos morir, Litre Brisaveloz. Mañana, antes de que salga el sol, marcharemos lejos de la costa, lejos del mar… Iremos a Aguatrueno. –Pues a Aguatrueno –dijo Litre y alzó el vaso que tenía en la mano sana, bebió todo su contenido de un trago y se levantó trabajosamente–. Ustedes hagan sus planes, yo iré a ver a Junco. Alguien tiene que cuidar del pobre huérfano. Fue triste aquel atardecer. El que ayer fuera un mar amenazador, hoy se mecía suavemente dispuesto a recibir a más de doscientas balsas, cada una con el cuerpo de un ser querido que cayó protegiendo a su pueblo, entre ellos el del buen Espino Pastoseco. Junco Briznasol hacía infructuosos intentos para no llorar, pero las lágrimas no respetaban su decisión. Los mellizos Ñirre y Lenga Finarraíz hacían estériles esfuerzos por consolar a su amigo, una tarea imposible pues el único cuerpo que faltaba era el de su padre. –Oh, espíritus de los mares, guíen a estas mujeres y a estos hombres valientes –clamaba el chamán Pumagrís al ritmo solemne de su tambor ceremonial–. Permítanles reunirse con sus ancestros, guíenlos con sus corrientes e impúlsenlos con la fuerza de su marea. Los sobrevivientes se agolpaban en la orilla y hundían sus pies en las aguas en un intento desesperado por sentir a sus seres queridos. Sumergían las manos y salpicaban sus rostros con el espumante mar. Un último beso, un último abrazo. Entre llantos y dolores, la
Capítulo 20. La Isla Oscura
Uooooooooooooh Un poderoso vendaval comenzó a agitar el mar con violencia. Las gaviotas y pelícanos emprendieron el vuelo, despavoridos, y los lobos marinos huyeron tierra adentro, lo más lejos posible de ese mar iracundo. En El Claro, los aldeanos estaban atemorizados ante la inesperada tormenta que amenazaba con destruir sus casas. Sobre la Colina de La Victoria el viento arreciaba con aún más fuerza, siendo capaz de tambalear a Espino y a Sauce. Uoooooooooooooooooooooooooh –Sauce, algo viene desde el mar. Es… ¿es una isla? ¿Es la isla de la que hablaba el pájaro de mal agüero? –Espino Pastoseco no daba crédito a lo que veían sus ojos. Uoooooooooooooh uoooooooooooooh Un murmullo amargo y lamentos de terror se escucharon en toda la costa. Cánticos en una lengua desconocida que parecían provenir de los más insondables rincones del mundo, de lugares prohibidos para los humanos y cualquier otra criatura viviente. Las estrellas desaparecieron del cielo y el fuego perdió su potencia y luminosidad. Todo se tornó en la más lúgubre oscuridad. Sin lograr ver lo que sucedía en la playa, Sauce alzó una antorcha, pero esta apenas emitía una tenue luz ante aquella penumbra que parecía tener sustancia. Cuando logró vislumbrar lo que ocurría, deseó nunca haberlo hecho, deseó nunca haber contemplado aquella terrorífica visión: cientos de extraños seres levitaban por sobre el mar como si fuese tierra firme, criaturas cuyos cuerpos se fundían en la densa oscuridad, emanando un odio irrefrenable y el deseo de acabar con toda forma de vida. Sauce Briznasol y Espino Pastoseco, guerreros que tantas veces demostraron una valentía sin igual en el pasado, ahora apenas podían mover sus cuerpos, helados ante el horror. Sauce dirigió su vista hacia El Claro y vio a su gente aguardando por una respuesta, aterrorizados ante la sensación de hostilidad que sentían en sus cuerpos. No tenían elección. Debían defenderse. Sauce Mano de Trueno debía renacer ante aquella amenaza proveniente de quién sabe qué aterradoras profundidades. –¡Espino, trae mis armas y armadura! Ordena a todos los hombres y mujeres que puedan maniobrar un arma que suban a la colina. Defenderemos a nuestra gente y nuestra tierra. Los niños y ancianos deben huir hacia el bosque Pardo. Asegúrate de que Junco también se vaya de aquí. ¡Este no es lugar para él! –Apenas tenía fuerza en la voz. Espino obedeció y descendió a El Claro. –¿Qué sucede? ¿Qué esta oscuridad? –le preguntó Amancay sin ocultar su angustia. –Abominaciones, abominaciones que pueden caminar sobre el mar vienen hacia Rocalga. ¡Cientos de ellas! ¡Deben huir! Tú y Totora reúnan a todos los ancianos y niños, y llévenlos lejos de aquí, al bosque Pardo. Allá estarán a salvo. –¿Huiremos? ¿Todos? –preguntó la mujer con indignación. –No. Los demás nos quedaremos a luchar para permitir que escapen. –¡Entonces también me quedaré! –Amancay desenvainó una daga de piedra. –Eres la hermana del líder, tu deber es guiar a nuestra gente. –¡Defender a nuestra gente! –replicó ella–. Otras mujeres lucharán. ¿Por qué yo no puedo combatir junto a ustedes? A pesar de que Espino no sentía simpatía por Amancay, sí le tenía un secreto respeto. La consideraba una persona capaz y valiente, claro que nunca había querido reconocerlo, menos decírselo a la cara. No tuvo otra opción. –Nosotros lucharemos para que ustedes logren escapar. Si caemos, tú eres la única que puede guiar a nuestra gente y mantenerla con vida. Si abandonas a los ancianos y a los niños por ir a la batalla, los dejarás sin esperanzas. No hay persona más capaz que tú para liderar a nuestro pueblo en esta hora de necesidad. –Espino tiene razón –intervino Totora–. Sé la lideresa que debiste ser hace años. Amancay le mantuvo la mirada a la anciana. Vio sus ojos grises, casi ciegos, indefensos. Resignada, comenzó a reunir a gritos a los cientos de niños y ancianos, y huyeron hacia el bosque. Antes de dejar El Claro, Amancay volteó una última vez para ver a las mujeres y hombres que lucharían contra aquellas criaturas, mas la oscuridad se lo impidió y apenas pudo divisar sutiles siluetas moviéndose hacia la cima de la colina. “Sobrevivan”, les deseó y dejó atrás las arengas de la inminente batalla. –Lirio Hierbarcoíris –gritó Espino–, quédate por si tu medicina nos hace falta. Todos los demás tomen un arma. ¡Invaden Rocalga! Sauce seguía de pie en la cima cuando Junco escaló hasta llegar a su lado. –¡Ordené que te fueras! –le gritó indignado. –No me llegó esa orden, padre. ¡Quiero estar contigo! –No sabes lo que pides, Junco. Por favor, vete. –¡Quiero estar contigo! ¡No te abandonaré! Lo que fuera digna valentía o infantil tozudez se esfumó al ver a los cientos de espectros llegando hasta la playa. El miedo le impidió escuchar las desesperadas palabras de su padre, quien lo sacó de su estupor tomándole la cabeza con fuerza. –¡Hazme caso y huye de aquí, Junco! No podré luchar si estoy preocupado por tu seguridad –le rogó. –N… no te quiero abandonar, papá. Son muchos. No quiero que te pase nada –tartamudeaba. El miedo le recordó lo que siempre negó ser: un pequeño chiquillo desvalido. –No me pasará nada, hijo. Venceremos. –Roguemos a los espíritus que tu convicción nos dé la victoria –rugió el inmenso Cormorán Surcalagos que apareció de la nada. Su rostro reflejaba una ferocidad inhumana. Tensó su arco y apuntó. Uooooooooooooooooooooooh Espino llegó con cerca de trescientos hombres y mujeres armados. Sauce se vistió con celeridad. Se protegió el pecho con un peto de cuero de lobo marino endurecido y en el cuello se colgó una manta roja, el color de los guerreros de Costazul. En la derecha empuñó una maza de alerce y en su cinto de lana envainó una hoz de hueso, la misma con la que derrotó a Emilio Martesta en ese exacto lugar hace más de dos décadas. –Nos parapetaremos tras las rocas. Necesito arqueros a los costados –ordenaba–. Cuando los enemigos estén a distancia, disparen a discreción. Los aldeanos se refugiaron tras los peñascos,
Capítulo 19. El inicio del invierno y de un nuevo año
El sol ya estaba sobre el horizonte marino cuando Junco y Lirio llegaron a El Claro. La pequeña se maravilló al ver las mesas rebosantes de comida dispuestas alrededor de una inmensa fogata junto al tótem de Coirón Riobravo. Junco la ayudó a bajar las ollas y jarras del carro, y los niños de la aldea se apresuraron a ir su auxilio para aprovechar de probar los exquisitos brebajes que Lirio siempre llevaba para las festividades. Mientras los pequeños descargaban, Sauce, Amancay y Totora recibían a los miembros de los clanes, que traían consigo ollas con guisos de cochayuyo o charqui, pescado asado aliñado, mote, sopaipillas y tortillas. Todos deseaban celebrar con ansias la llegada del nuevo año. –Sauce. –Se le acercó una mujer entrada en años y de andar lento. Las manchas de la vejez adornaban el dorso de sus enflaquecidas manos. Era Tara, madre de Tepú, y matriarca del clan de la ribera sur del río Tronador–, agradezco tu ayuda. Tus enviados repararon nuestras casas y levantaron otras nuevas, muy firmes todas. –Su voz era apenas un susurro forzado–. Las ancianas agradecemos las mantas. Nuestros huesos las pedían a gritos. –¡Eh, Sauce! –le gritó una voz ronca– Veo que hay que hacer fila para darte las gracias. –¡Hualo! –saludó al grueso padre del clan del norte con un abrazo. –Todo ha vuelto a la normalidad. La gente te lo agradece. –Le palmeó la espalda con fuerza. –Me sumo a los agradecimientos. –Sauce reconoció la voz de la anciana Ulmo, del clan de los bosques. –No me gusta lo que voy a decir… –empezó Hualo. –Entonces no lo digas –interrumpió Totora. –¡Debo decirlo! Ulte ya nunca está en Rocalga. Sí, nos salvó de la hambruna de aquel invierno, pero es un líder ausente. Tú deberías ser nuestro líder, Sauce. Lo harías bien, estoy seguro de ello. –Hoy es un día para celebrar, Hualo, no para tomar decisiones así de importantes. –De acuerdo, tras la fiesta hablaremos, ojalá más temprano que tarde, eso dalo por hecho. No puede ser que Ulte no esté con nosotros en la llegada de un nuevo año. Las cosas van a cambiar en Rocalga, Sauce, van a cambiar. Sentados alrededor del enorme fogón que habían preparado durante la mañana, los aldeanos festejaban el inicio del invierno y de un nuevo año. Comían, conversaban, reían y entonaban melodías que narraban las batallas de los antiguos espíritus y la formación de la Tierra. Los ancianos contaban historias a los más jóvenes y estos aprendían de su sabiduría. La sabia Totora se sentó trabajosamente en un tronco para narrar una historia antigua, de años y sufrimientos pasados. La luz de las llamas dibujaba sombras sobre sus avejentados ojos. –Este cuento es para los más pequeños aquí presentes, para que conozcan un poco más de sus antepasados y sepan cómo, gracias a sus acciones, forjaron lo que somos hoy –comenzó su relato ante los atentos oídos de los niños–. De lo que voy a contar han pasado muchos años, tantos que estas tierras eran vírgenes y el viento que acariciaba la hierba evocaba melodías desconocidas para los humanos. En esa época, detrás de la cordillera de Piedrafría, donde nace el sol, existió una tribu muy parecida a la nuestra. Aunque era un pueblo pacífico y nunca había tenido disputa alguna, fue atacado por gente amante de la guerra y de la muerte. Con gran pena en su corazón, un aldeano tomó de los hombros a su hija, una chiquilla de apenas trece años, y le dijo: “Huye. Llévate a todos los niños y atraviesa la cordillera. Al otro lado hay valles de árboles verdes y ríos cristalinos. Llévatelos y comiencen una nueva vida, pues aquí no hay futuro”. Sin que lo invasores se dieran cuenta, la pequeña escapó con más de cien niños, todos de la misma edad de ustedes. –Apuntó a su asustada audiencia–. Aquella joven valiente, llamada Loica Vientoleal, emprendió el arriesgado viaje para llegar a estas tierras. La travesía no fue fácil. Muchas veces tuvo que cargar hasta tres niños en sus brazos y espalda para que no se les congelaran los pies con la nieve de las montañas. Dice la historia que contó con la ayuda de un pequeño de tan solo doce años llamado Gorrión Plumaférrea, quien siempre la apoyó en momentos de necesidad. »A medio camino, Loica Vientoleal notó que todos los pequeños habían perdido sus fuerzas, por lo que llamó a Gorrión Plumaférrea y le dijo: “Eres el mayor de los niños a mi cargo. Yo iré a rezar al Espíritu de la cordillera para que nos deje continuar. Si no regreso, debes cumplir la misión que se nos ha encargado”. Dicho esto, la pequeña Loica escaló durante días para llegar hasta la cumbre más alta. Cuando llegó, invocó al poderoso espíritu, quien apareció en la forma de un majestuoso cóndor. Sus alas eran tan grandes que cubrían el cielo y su plumaje era de un negro tan profundo que ella pensó que la misma noche venía a buscarla. »–¿Qué deseas, pequeña semilla? –le preguntó el espíritu. »–Vengo a rogar por su bendición para que mi gente llegue sana y salva al valle del oeste, gran Espíritu. Le he traído esto como ofrenda –le respondió Loica y le entregó una vizcacha–. Conmigo van más de cien niños. Escapamos de un ataque a nuestra tribu y la única esperanza que nos queda es vivir en el valle que está cruzando estas montañas. Lamentablemente, el frío y el viento nos lo impiden. Por favor, le ruego que interrumpa el invierno hasta que crucemos. »El espíritu, sorprendido por la valentía y arrojo de Loica, le dijo: »–Tu petición será concedida, pequeña semilla. A partir de hoy y hasta que lleguen a su destino, no habrá más nieve ni vientos ni frío en su camino. Marcharán bajo un sol cálido y sus pies siempre estarán tibios. Esa es mi promesa, pequeña semilla. »Tras la respuesta, el poderoso espíritu se marchó volando y con él
Capítulo 18. Lirio Hierbarcoíris
–Esto huele muy bien, Alanoche. ¡Huele, huele! ¡Hasta a ti te gustaría! –le decía Lirio Hierbarcoíris a un tordo que la miraba meneando la cabeza de lado a lado, intrigado–. Estoy segura de que a la gente le fascinará. ¿Qué dices? No, no. No es un licor. Esto se debe beber después de la cena. Les hará bien. Es una infusión que se bebe tibia. Tiene unos toquecitos personales para calmar los dolores de estómago. Tú ya sabes cómo son en Rocalga. De toda la gente de Costazul, debe ser la que más come. Lirio Hierbarcoíris era la aprendiza del chamán Pumagrís. Todos los aldeanos la conocían por ser la persona con más conocimiento de plantas y hierbas en Costazul. En su memoria guardaba el nombre de cada hierbajo, hongo, musgo, arbusto, flor, enredadera y árbol del territorio, además de cómo y cuánto tiempo viven, qué hacer para que crezcan sanos y fuertes, y cómo mezclarlos para cocinar, embellecer o aromatizar y, lo más importante, para sanar. A sus cortos trece años era una maestra en las artes medicinales y el pueblo la respetaba por ello, sin embargo, era sumamente introvertida y más que la compañía de los humanos prefería la de los animales, especialmente la de las aves, con ellas se sentía cómoda. Les preparaba platos con semillas y ellas le agradecían consiguiéndole plantas de otras regiones, por lo que contaba con una exótica y muy bien preservada colección. Vivía lejos de El Claro, en el interior de la foresta noreste. Allí, bajo la protección de un sauce, junto a un pequeño arroyo, tenía su humilde hogar, el que se camuflaba muy bien con el entorno. En su interior había un sinnúmero de especies vegetales de cactus, helechos, retoños de árboles, líquenes y más, además de muchos nidos para pájaros. Sobre una mesa tenía platos, fuentes y botellas de greda donde experimentaba con la esencia de las plantas en la búsqueda de nuevas recetas que pudiesen servir a los más variados propósitos. Al pasar la mayor parte del tiempo dentro de su casa o bajo la sombra del sauce que la cobijaba, era pálida; y así como era pálida, también era delgada, pues solo se dedicaba a la recolección de hierbas para estudiarlas y nunca hacía mucho esfuerzo físico. A veces se la veía en el bosque con un aspecto desgarbado, llena de ramas y raíces colgándole de su manta. “Algo propio de mi labor”, se defendía ella. Pese a vivir en la soledad del bosque y su carácter introvertido y tímido, se llevaba muy bien con los aldeanos, quienes la visitaban de vez en cuando, sobre todo cuando requerían de algún brebaje para el dolor de cabeza o un ungüento para las molestias de la piel. Aquel día se encontraba particularmente afanada en un nuevo licor de boldo con el que esperaba sanar los dolores estomacales, hasta que el canto de alerta de Alanoche la sacó de su concentración. –¿Qué? ¿Viene alguien? –le preguntó asustada– Vuela, Alanoche, averigua quién anda por ahí –le ordenó al tordo que voló raudo por el cielo del mediodía y volvió al instante, tranquilo. “Es un amigo”, pensó aliviada. Al segundo después escuchó: “Lirio, ¿estás ahí? Soy yo, Junco”. Lirio dejó sus trastos sobre la mesa, limpió sus manos con un paño viejo y se dirigió a recibir a una de las pocas personas que consideraba un amigo. –Junco, ¡qué sorpresa! –le gritó invitándolo a pasar con ademanes toscos, propios de su escasa, o nula, habilidad social. –¿Cómo estás? Le preguntó Junco amablemente mientras entraba a aquella casa llena de vasijas, jarras y plantas de todo tipo. El pequeño no pudo dejar de mirar a las aves que allí anidaban, lo que le otorgaba un olor peculiar al hogar de su amiga. –Mi padre me ha enviado por si necesitabas ayuda para llevar tus cosas hasta la aldea. Es largo el trecho para que cargues todo sola –decía mientras abría una olla tras otra, curioso por la cantidad de olores y vapores que de ellas emanaban. –¡Muchas gracias! Mi carreta esta averiada y necesita de dos personas para que funcione. Tú la arrastras y yo voy detrás dándole patadas a la rueda para que no se salga. Entre ambos cargaron las ollas y un sinfín de vasijas de barro cocido, todas llenas de licores, brebajes, pociones y hierbas molidas, y las depositaron ordenadamente en el viejo carretón de ruedas agrietadas. Aún no llegaba el atardecer cuando terminaron de acarrear y amarrar el equipaje. Junco estaba agotado. –Toma, bebe esto. Lirio le ofreció a su amigo un odre con agua aromatizada. Apenas dio un trago el pequeño se sintió revitalizado y en paz, como si estuviera en una fresca tarde de primavera. –¿Mejor? Junco nunca dejaba de sorprenderse de las siempre excelentes y útiles pociones de su amiga. –¡Por supuesto! –respondió él con renovados bríos. Durante la ida a Rocalga, Lirio se detuvo en varias ocasiones para recoger algunas semillas, las medía, las estudiaba con detenimiento y las guardaba en su faltriquera si tenían el tamaño correcto. De vez en cuando algunas golondrinas se le posaban sobre los hombros y ella las alimentaba con paciencia y dedicación. Pese a su alegría por el viaje, notó que su amigo no era el mismo de siempre. –Te noto preocupado –advirtió la pequeña al tiempo que pateaba la rueda que estaba a punto de salirse del eje. –No pasa nada. Estoy bien. –A mí no me engañas, somos amigos desde que nacimos y conozco todas tus caras. Estás preocupado por algo. Junco no podía evitar estar inquieto por las dificultades que debía enfrentar su padre y la misteriosa bestia que asesinó al puma. Si sumaba a los viajeros que huían del sur y las palabras de terror de Litre y Cormorán, era obvio que no pudiera ocultar su cara de desasosiego. –Están… están pasando cosas extrañas y no sé cómo ayudar a mi padre para aliviar su carga. –Ah, es eso –dijo ella con el
Capítulo 17. Coipo
“Tu amiga Lirio no podrá traer todas sus cosas sola, así que debes ir a buscarla”, fue la orden que le había dado su padre, por lo que partió sin chistar a lo profundo del bosque Pardo para ayudar a Lirio Hierbarcoíris, la aprendiza del chamán Pumagrís. Misiones como esa eran las que Junco adoraba. Caminar bajo los árboles, escuchar el ulular de los insectos, respirar el aroma del bosque y escuchar el canto de las aves le hacían sentir vivo. Respiraba hondo, hinchando su pecho para que no se le escapara ninguno de los olores de la foresta. Por aquí percibía el aroma del copihue, por allá algo de huingán y a lo lejos sentía un dejo a raulí. Olfateaba todo lo que podía y memorizaba sus nombres, tal como le había aconsejado la anciana Totora. Junco alzaba su nariz e inspiraba una y otra vez. “Por aquí pasó un pudú”, “en este boldo se posó un jilguero”, reconocía. Un olor extraño le llegó de pronto, no era una planta, tampoco un animal, al menos no uno que él pudiera reconocer. –Pareces un zorro oliendo de aquí para allá. –Junco se sobresaltó con la voz que apareció de la nada–. En las estepas no se ven muchos, son escurridizos y difíciles de atrapar. Olfateas como un zorro, pero te muestras confiado como un coipo en la seguridad de su río. “El pájaro de mal agüero”, se asustó Junco. No lo vio llegar ni escuchó sus pasos. Qué mal se sentía por haberse convertido tan fácilmente en una presa. Cormorán Surcalagos estaba sentado sobre un árbol caído a la vera del sendero. Las capas de piel de ñandú le cubrían desde la cabeza hasta los pies. –¿Qué haces aquí? –le preguntó Junco. –Tu padre me dio hospedaje en Rocalga y me ha invitado a la celebración del nuevo año. Como invitado, tengo permiso para recorrer libremente los bosques y eso hacía. –¿Y acaso puedes volar? No escuché tus pasos. –Un mensajero estepario no deja huellas ni hace ruido al caminar –respondió sin levantarse–. ¿Y tú, qué hacías olfateándolo todo como un cachorro que recién descubre los olores del mundo? Junco se avergonzó. –Estoy aprendiendo a leer a la naturaleza. Quiero entender todos los mensajes que nos entrega y así poder servir a mi pueblo. Si lo consigo, podría ser un buen cazador para llevar comida a mi gente. –Dejas muchas huellas en el camino para querer ser un cazador –gruñó Cormorán con displicencia–. No solo debes saber leer a la naturaleza, sino también ser invisible en ella si así lo deseas. Se levantó y se acercó a grandes trancos, tanto que en solo dos pasos ya estaba al lado de Junco. El pequeño se percató que en ese trecho el pájaro no dejó ninguna huella. –Un cazador es un acechador, como el águila, que vuelta tan alto que nadie logra verla y, cuando menos te lo esperas, te atrapa entre sus garras –apretó el puño–. Un rastreador no deja huellas en el camino ni se deja atrapar con tanta facilidad como tú lo has hecho, pequeño coipo. Un puma es mucho más grande y corpulento que tú, mas te aseguro que no lo hubieras visto llegar. El último olor que habrías sentido en este bosque sería el de tus tripas saliendo de tu barriga. –No he dejado huellas –se defendió Junco. El pájaro se rio a carcajadas y miró hacia atrás. –Brizna de hierba rota, marca en el fango, rama aún moviéndose cuando la rozaste con tu hombro –enumeró–, y puedo seguir hasta que empezaste tu camino en El Claro. Ni nuestros recién nacidos dejan tantos rastros al gatear en busca del pecho de sus madres. Aun con la rabia que Junco sentía en ese momento nada podría haber hecho contra aquel gigante de dos metros al que apenas le llegaba a la altura del vientre. –No tenía necesidad de ocultar mis pasos –argumentó. –¡Siempre debes hacerlo! –gruñó el pájaro– Uno nunca sabe cuándo el enemigo estará detrás de ti con una daga en la mano, listo para rebanarte el pescuezo. Los bosques esconden muchos demonios. –Miró alrededor–. Más en estos tiempos. –Mi padre dice que no hay demonios en Rocalga –refutó Junco. –Tu padre es buena gente, pero no ha ido a las estepas. ¿Acaso nunca has escuchado de la Isla Oscura? El pequeño guardó silencio. –Es una isla siniestra que aparece y desaparece como si tuviera vida propia. Mis hermanos esteparios la vieron. De la nada se materializó frente a sus ojos, emanando cantos espeluznantes de odio, sangre y deseos de muerte. La noche se oscureció tanto que todas las estrellas desaparecieron, y el viento y la lluvia fueron tan terribles que apenas podían mantenerse en pie. Y así como apareció, se desvaneció y la vida volvió al mundo. Nadie sabe qué criaturas viven en esa isla, pero algunas personas han visto extraños pájaros volar desde ella hacia nuestras costas, y todo aquel que escuche su canto morirá… tuetué –cantó Cormorán– tuetué. Dicen que les fascina la sangre y no dudan en asesinar para obtenerla, dejando tras de sí un reguero de cadáveres resecos de animales. Mientras más pequeña la víctima, más fácil beberle su sangre. Junco tragó saliva. –Siempre oculta tus pasos o morirás, pequeño coipo. Ahora sigue tu camino, que yo proseguiré el mío. Un estepario como yo no siempre puede ver bosques como estos y quiero conocerlos bien. El pájaro dio media vuelta y se alejó entre brincos y trotes tan rápidos que Junco no podría haberle seguido el paso, aunque corriera a toda su velocidad. Y lo más humillante para el pequeño fue que el pájaro no dejaba huellas. A partir de ese momento Junco decidió caminar con más cuidado, fijándose siempre dónde ponía sus pies y borrando su rastro. Así se dirigió hasta el hogar de su amiga Lirio. Tras mucho andar, se preguntó: “¿pájaros que beben sangre de animales?” Y recordó lo sucedido con los ñandúes, llamas y perros de los
Capítulo 16. Espadachines y arcabuceros
La sabia Acacia Saviaviva ascendía con cuidado la escalera que llevaba al segundo piso de la Casona Hospitalaria de Nuestra Señora del Sagrado Halo, donde las hermanas de la Congregación de la Piadosa Curación atendían a los enfermos y a los más necesitados del reino de Tierra Amarga. La anciana necesitaba saber cómo se encontraba aquel extraño hombre que había llegado con la mitad de su cuerpo quemado. Una vez en su habitación, vio que aún no recobraba la conciencia. Revisó los vendajes y se alegró de no ver infecciones en las múltiples llagas. “Las hermanas lo están atendiendo bien”, agradeció para sus adentros. Le puso una compresa fría en la frente para ayudar a bajar la fiebre. “¿Quién eres, muchacho?”, se preguntaba. “¿De quién debo desconfiar?”, “¿quién nos traicionó?” Se sentó a los pies de la cama mientras tamborileaba con sus dedos, preocupada. Unos pasos resonaron en la escalera. La anciana se puso de pie, alerta, y empuñó la daga que ahora siempre cargaba consigo tras la advertencia de aquel desconocido. El crujir de los escalones se escuchaba más y más fuerte. Un sombrero emplumado de ala ancha y una capa marrón aparecieron bajo el dintel de la puerta. –Maestre de campo –lo saludó sin saber si sentirse o no aliviada ante su presencia. –Perdón, sabia Acacia –se disculpó Bastián Bocablanca–. No sabía que estaba aquí o hubiese tocado la puerta. Pensé que acompañaba al rey en la casona real. ¿Cómo sigue el herido? –Con toda seguridad puedo decir que no empeorará. –Guardó disimuladamente su daga. –Pese a que nací en esta tierra y mi padre era de vuestro pueblo, él murió cuando yo aún era un crío y nunca aprendí bien vuestro idioma. Me hubiese gustado saber que os dijo esta pobre alma. “Me alegro de que aún no domines nuestra lengua”. El maestre de campo se acercó al enfermo. Dejó sus guantes de cuero sobre el pequeño velador de madera quemada emplazado junto a la cama y le tocó la frente. “Arde demasiado”, pensó. –El rey ha ordenado la mejor de las atenciones para este hombre. Hablaré con las hermanas para que le dediquen el mayor de los cuidados. Si muere, tendríamos problemas con vuestra gente y mantener las buenas relaciones con vosotros es vital para Tierra Amarga. –La anciana asintió–. Llevamos más de veinte años sin conflictos y un malentendido como este podría quebrantar la paz. “Si el Rey no desea la guerra y Bastián tampoco, ¿a qué traición te referías, muchacho?”, se preguntaba Acacia. –¿Sabe si alguien más lo ha venido a ver? –Bastián observó sutilmente entre las cortinas para vigilar el entorno. Vio a unos hombres descansando sobre carromatos y a otros tirando a sus caballos de las riendas. En la plaza del centro de la capital las damas reían y disfrutaban de su caminata vespertina mientras algunos niños jugaban junto a sus padres. –Nadie más que las hermanas, el rey, usted y yo hemos entrado en esta habitación –respondió. –Que continúe así. La anciana asintió en silencio y en silencio quedó la habitación cuando Bastián se marchó junto con el resonar de sus botas. En su camino en busca de un vaso de vino para distraerse de sus propios pensamientos, el maestre de campo esquivó carretas cargadas de mercadería con destino a los distintos pueblos de Tierra Amarga. Al pasar por el mercado los gritos de los vendedores llegaban con fuerza a sus oídos: “Naranjas, exquisitas naranjas”, “lleve uvas, uvas de Histolia”, “limpiecitas las granadas… Recién traídas de Dontos”. Compró una naranja cuyo jugo le resbaló por la barbilla. Se limpió con el antebrazo y siguió su camino hacia la chingana, una suerte de taberna donde terramargos y viajeros podían comer un guisado caliente, beber vino a destajo y bailar hasta desplomarse. Aquella tasca no era más que unos puntales verticales cubiertos con tablas y ramas secas, pero contaba con mesas a disposición para cualquiera que quisiera pasar un buen rato. Al llegar, vio junto a la barra a una joven de apelmazados cabellos cenizas tocando una vihuela, su música le daba un toque alegre al maloliente tugurio. La rodeaba un grupo de marineros de Histolia, quienes alzaban sus jarras cuando la mujer entonaba canciones de aquel lejano puerto altamirio. Disfrutaban también de la buena música algunos espadachines y arcabuceros provenientes de Estrechos, aventureros dispuestos a dar la lucha por quien les diera unas pocas monedas. Bastián los miró con desconfianza. Tras la fallida conquista de Emilio, se firmó el Tratado de Paz y Buena Voluntad entre Tierraíz y Altamiria, el que estipulaba claramente que no se permitiría el ingreso de mercenarios a Tierraíz. Le pareció que la presencia de aquellos sujetos era, por lo menos, sospechosa. –¡Eh, Bastián! –le gritaron desde una mesa. Su amigo Abdón agitaba un pañuelo para atraer su atención. El maestre supo sortear los pies de los ebrios contertulios que repletaban la chingana para llegar a la mesa de su compañero. En el camino estuvo a punto de chocar con la tendera y hacerle botar las jarras de vino tinto que cargaba. La mujer lo miró con indignación y se alejó con insultos entre dientes. –¿Despertó el pobre muchacho? –le preguntó Abdón al tiempo que bebía de su último vaso y corría unas hojas garabateadas con poemas inconclusos que tenía sobre la mesa. –No. La sabia Acacia se quedó con él. –¿Qué os vais a servir? –los interrumpió la camarera. Su voz era tan brusca como sus modales. Bastián la observó airado y le pidió una jarra de vino caliente aliñado con cáscaras de naranja y clavo de olor. –Eh, bonita, pues que a mí se me ha acabado el tinto y un poeta necesita paliar la sed de la inspiración y el hambre del intelecto, así que traedme una limonada de vino y un salpicón con unos toquecillos de ajo y pimienta –le dijo Abdón con la coquetería que lo caracterizaba. La tendera marchó por el pedido sin siquiera mover los labios–. Dura de roer
Capítulo 15. “Que sirva bien a su pueblo”
El día se despedía con un cielo arrebolado. Poco faltaba para que cayera la noche cuando Totora, Espino y Sauce dejaban el hogar de Amancay para acompañar al pájaro de mal agüero a la tienda que le habían preparado. –Cormorán, en unos días celebraremos la llegada de un nuevo año y el inicio del invierno. En agradecimiento por tus mensajes me gustaría que pases con nosotros esta fiesta. Estoy seguro de que tanto Espino como Totora estarán de acuerdo con esta invitación. Puedes tomarlo como un breve descanso antes de tu regreso al sur. Cormorán Surcalagos asintió con un suave rugido y se acomodó en su precaria tienda sin decir más palabras. Tras dejar al pájaro de mal agüero, Sauce se despidió de sus acompañantes y se dirigió a El Fogón, donde una de las ancianas se movía de un lado a otro cargando una olla con reinetas y otra con cebolla y papas. –Tengo tu encargo, Sauce. Le quedará muy bien a tu pequeño –le dijo la mujer apenas lo vio llegar y le entregó una hermosa manta teñida con tonos marrones y verdes–. ¿Se la darás ahora? –Así es. Muchas gracias por tejerla –respondió Sauce al tiempo que olfateaba el caldo–. Mmh… Espero con ganas la cena. –Sonrió. Buscó a su hijo entre los aldeanos que a esa hora se guarecían del frío junto a las fogatas, pero no halló rastro de él. Fijó la vista en la tienda de Litre, un simple toldo de cuero afirmado por unos delgados puntales de colihue; el muchacho abrigaba las manos en un pequeño fuego. –¿Litre, has visto a mi hijo? –Sí, señor. No quería estar cerca del pájaro de mal agüero y se marchó al Nido de Garzas. Ya sabe, con eso de entender a la naturaleza lo único que hace es andar por el bosque o la playa. ¿Quiere que vaya con usted a buscarlo? –Si no es molestia… –Nunca lo será, señor. ¡Todo lo contrario! –Se levantó de un salto–. Siempre es un honor acompañar a un guerrero legendario como usted. Caminaron hacia el humedal en busca del pequeño Junco. Poco a poco las conversaciones de los aldeanos y las risas de los críos se fueron apagando. Los sinuosos y fangosos senderos aparecían ahora ante ellos. La humedad y el frío se hacían más intensos a medida que se acercaban a la desembocadura del río Tronador. Desde el mar ingresaba una niebla espesa y rasante que cubría el bosque y humedecía sus mantas. Uuuuuh aullaba el viento norte, presagiando la llegada de las lluvias de invierno, movía las ramas y hojas con fuerza. Negros nubarrones avanzaban con ahínco opacando las estrellas que recién comenzaban a aparecer en el cielo crepuscular. –Ahí está. –Litre apuntó al centro del humedal. Junco flotaba de espaldas sobre las tranquilas aguas. Lo rodeaban las gaviotas, huairavos, uno que otro pilpilén e incontables garzas rezagadas que aún no marchaban a tierras más cálidas. Las aves nadaban tranquilas junto a él, pues no sentían peligro alguno al lado del pequeño. De vez en cuando un pidén se le subía al pecho y desde allí intentaba capturar algún insecto incauto. –Este niño salió a su madre. –Sauce sonrió. “Que sirva a su pueblo”, fueron las últimas palabras de Salvia, su querida esposa, recordó el guerrero y suspiró apenado. –¿La extraña mucho, señor… a su mujer? –¿Cuántos años tienes, muchacho? –Veinte, señor. –A tu edad yo ya había acabado con una invasión –rememoró sin dejar de mirar a Junco–. Derroté a Emilio Martesta el Rey Conquistador, y antes asesiné a muchos de sus señores, entre ellos su primo Sibelyn Martesta, también a algunos de sus capitanes, como Remigio Malatesta, Andreu Ojosrojos y Clau Garrafuego. Aún recuerdo a Demetrio Alafuria, uno de sus maestres. Peleaba bien con la espada ropera. Durante los años que duró la invasión tuvo muchas oportunidades de matarme. Cuando lo vencí, respeté su cadáver y lo devolví a sus hombres para que lo sepultaran según las costumbres de su continente. Demetrio Alafuria fue un rival honorable y merecía un trato digno. –Entiendo que después de la guerra usted se ganó muchos nombres: Sauce Mano de Trueno, Sauce Vencedor del Alba Sangrienta –enumeró Litre, demostrando su conocimiento de los antiguos guerreros. –Así es. Me dieron muchos, pero a mí solo me interesaba un nombre: Salvia Lomazul. Era hermosa, no te imaginas cuánto. En ese entonces yo era un crío de trece años que le gustaba pelear y lo hacía bien. Fue por ella que fui a la guerra contra Emilio, por ella pedía estar en las emboscadas, saltear los caminos por donde transitaban las tropas del Rey Conquistador. Ella era la luz en mis pesadillas de sangre y muerte. Deseaba demostrarle a su padre y a su madre que yo era un hombre digno para su hija. Y qué mejor que defendiendo a nuestro pueblo de las Huestes del Corazón de Hierro. El frío aumentaba. Tenían los pies helados y el suelo húmedo y fangoso no ayudaba. Los mosquitos, amantes de los atardeceres, volaban y zumbaban a su alrededor. A lo lejos se escuchaba el canto de un grillo y, aún más lejos, el croar de una rana confiada. –Tras la victoria, estuvimos semanas recorriendo los pueblos y aldeas, ayudando a los heridos y dando esperanza a los abatidos –continuó Sauce–. Nos recibían con honores y vítores. La paz había vuelto al fin. El último pueblo al que llegamos fue al de ella. Allí, junto a las aguas turquesas que bañaban su caserío, me estaba esperando. No sabes cuánto me alegré al verla con vida. Sus ojos eran tan negros que podías hundirte en ellos y vivir feliz por siempre. Al cabo de unos años nos casamos y fuimos felices por mucho tiempo. –Dejó de hablar. El zumbido de los insectos que pululaban en la desembocadura se escuchó con más fuerza. Cerró sus ojos. Suspiró–. Fui muy feliz con ella y sí, la extraño demasiado. Sauce guardó para sí los recuerdos más dolorosos. Por
Capítulo 14. Pájaro de mal agüero
Junco regresaba de una de sus tantas incursiones en el bosque cuando vio a la sabia Totora conversando con un extraño sujeto en un costado de El Claro, lejos de las fogatas que los aldeanos habían encendido para paliar aquel atardecer helado. De todas las personas que había visto en su corta vida esta era la más singular, era extremadamente alta, de casi dos metros de altura, con la cara curtida por la intemperie y los pómulos pintados con franjas blancas y negras. Su atuendo era aún más extravagante, gruesas capas de pieles pardas adornadas con plumas colgaban de sus hombros, como si un ave se hubiera incorporado y caminara cual hombre. Un gigantesco arco le colgaba del hombro y un carcaj de cuero marrón cargado de flechas adornaba su cintura. Junco notó que los aldeanos estaban intranquilos con la presencia de aquel peregrino y encerraban a sus pequeños en las casas. –No lo mires tanto. –Litre Brisaveloz apareció al lado de Junco–. Es un pájaro de mal agüero, un mensajero del pueblo estepario. Ellos saben cuando los miran, cuando hablan de ellos e, incluso, cuando están pensando en ellos. De pronto, el inmenso sujeto dirigió a Junco una mirada penetrante. Tenía los ojos rasgados y misteriosos. El pequeño se asustó y desvió la vista hacia el suelo. –¿Por qué les dicen pájaros de mal agüero? –preguntó con miedo. –Fíjate en sus vestimentas. La gente de las estepas se viste con pieles de animales. Los desuellan y se colocan el cuero directamente sobre sus cuerpos, no tejen la lana como nosotros. Identifican su posición social según la piel del animal que visten, y las pieles que lleva ese sujeto son de esos pájaros gigantes llamados ñandú, un atuendo reservado exclusivamente para los mensajeros… mensajeros que nunca entregan buenas noticias. Por eso los llaman pájaros de mal agüero. Son personas misteriosas que van de pueblo en pueblo a una velocidad sobrehumana dando malas noticias de lo que sucede en las estepas. –¿Entonces pasó algo malo allá? –Los rumores que vienen del sur hablan de miedo y terror. Si él está aquí, hay que pensar lo peor. Los esteparios siempre vigilan, siempre esperan, siempre saben. Son nómades guerreros, todos enormes, el más pequeño de ellos es más alto que el hombre más alto de Costazul. Vagan durante toda su vida en las tierras del fin del mundo, recorriendo los espesos bosques de arrayanes, atravesando selvas insondables, sorteando vados, escalando glaciares tan anchos y altos como nuestra cordillera, dibujando senderos por las amplias y desoladas estepas donde el viento corta la piel como un cuchillo. Las historias dicen que hasta han navegado por el mar Negro que separa a Tierraíz de la Tierra de Hielo. Toda su vida es un eterno deambular. Si este pájaro de mal agüero está aquí, es señal de que han sido testigos de malas noticias y lo han enviado a advertirnos del peligro. Junco se estremeció. Totora seguía hablando con el pájaro de mal agüero. Arrugaba su ya arrugada frente y sujetaba su mentón con el pulgar y el índice, fruncía los labios. Se veía diminuta al lado del pájaro, apenas le llegaba al pecho. Junco, curioso, quiso acercarse, pero Litre lo contuvo tomándolo de la muñeca. –No vayas, muchacho. No es bueno escuchar a los pájaros que pregonan fatalidades. “Hablar del mal, llama al mal”, dicen los ancianos, y escuchar del mal, también. Que los líderes se encarguen. –No quiero que mi papá escuche el mal –dijo con preocupación–. Quiero estar ahí, apoyándolo. –Él no necesita apoyo… ¡Es Sauce Briznasol! Una leyenda viviente. –Es mi papá –replicó el pequeño con tristeza. Totora tomó del hombro al exótico viajero y se dirigieron hacia el hogar de Amancay. Junco notó que las zancadas del sujeto eran enormes y la pobre anciana debía caminar rápido para seguirle el paso. Los aldeanos se alejaban a su andar y los perros huían aullando con la cola entre las patas. –Es un monstruo –susurró Junco. –Es un estepario –le corrigió Litre. La casa de Amancay estaba hermosamente adornada. En las paredes colgaban tejidos coloridos, armas, escudos y regalos de otras tierras. El aroma a canelo inundaba la estancia. Amancay estaba sentada en el sitial de su ausente hermano Ulte. A su lado, de pie, se encontraban Sauce y Espino. –Amancay –habló Totora–, como había anunciado, ha llegado un mensajero de las estepas. “Un pájaro de mal agüero, querrás decir”, pensó Amancay y lo miró con recelo. –Puede llamarme así, si lo desea –habló el sujeto, como si hubiese leído sus pensamientos–. Todos en este continente me dan ese nombre y usted también, lo veo en sus ojos. Consideran la verdad como un mal agüero. En cambio, nosotros los esteparios vemos la verdad como la verdad. –Sus ojos rasgados se clavaron en los de Amancay. –¿Y qué verdad nos traes? –preguntó Espino con voz seca. –La de la muerte. –¿Acaso nos amenazas, estepario? –Espino acarició el mango de su daga de lapislázuli. El pájaro no se inmutó. –Calma, calma. –Totora llamó a la prudencia–. Permitan que dé su mensaje. –¡Que lo entregue pronto y se vaya de Rocalga! –Agitó la mano Amancay–. Habla, pájaro de mal agüero. Sauce se percató de lo mal que estaban tratando a su invitado y quiso remediar la situación. –Tu nombre, estepario, dinos tu nombre. –Cormorán Surcalagos me llamó mi padre y mi madre, y Cormorán Surcalagos pueden llamarme ustedes. –Mantuvo su semblante serio. –Dime, Cormorán Surcalagos, ¿podemos ofrecerte algo? ¿Comida? ¿Bebida? –Orejas. Vine a entregar dos mensajes y pido que sean escuchados, tal es mi propósito y no otro –gruñó. –Pues habla ya –refunfuñó Amancay, molesta. Cormorán la observó por largos segundos, escrutándola, como quien mira sin comprender lo que tiene frente a sus ojos. Amancay se sintió incómoda, se arregló el vestido y la manta, se sentó más erguida y aclaró su garganta. –He ido de pueblo en pueblo entregando un mensaje de muerte y terror proveniente desde el sur. Venía hacía aquí cuando me
Capítulo 13. El consejo de guerra
–No entiendo por qué otra vez no entrenaremos. –Se quejaba Palma mientras ataba unas tablas y apretaba los nudos con indignación. –¿No escuchaste los rumores? –le preguntó Chañar– Dicen que llegó una gaviota con un canto terrible. –¿Qué puede ser más terrible que esto? –respondió otro de los aprendices, un joven delgado que le gustaba peinar su cabello con dos trenzas colgándole del cuello– Hace tres días que construimos techos para proteger las torres. Vine para ser un guerrero, no un carpintero –refunfuñaba. –Escuché que el Rey Conquistador regresó a Tierraíz y que quemó una aldea en el sur –susurró una muchacha de brazos firmes. –Emilio Martesta murió hace años. Los muertos no vuelven a la vida. –Sea lo que sea que haya pasado, debe ser bastante grave –dijo Chañar–. Los líderes de Aguatrueno llevan días conversando y solo se detienen para comer. –¿No les gustaría saber de qué hablan? Podríamos escabullirnos y escucharlos. La propuesta de Palma no entusiasmó a sus camaradas. –Esto de ser nuevo –suspiró Chañar–. Si te atrapan husmeando en el Consejo de Guerra te castigarán. Lo mejor que podemos hacer es obedecer. Queda poco para el invierno y hay que fabricar techos para las torres. No querrás mojarte cuando te toque la guardia. Palma no se convenció, quería enterarse de lo que pasaba en la morada de los consejos a como diera lugar. “¿Cómo no sienten curiosidad?”, pensaba impotente. Suspiró resignado, se sentó pesadamente sobre una roca, comió con desgano un trozo de charqui y arrojó una piedra contra el muro. “¿Qué estará ocurriendo ahí dentro?” Al interior de la morada, Roble Tallofuerte se encontraba reunido con los guerreros más importantes de Aguatrueno, todos sentados sobre tocones o en el suelo, al alero de una fogata. –No podemos quedarnos inmóviles ante lo que hemos escuchado. ¡Los muertos de Montepardo claman venganza! Roble, da la orden y partiré con un grupo de valientes para investigar a fondo qué fue lo que ocurrió –vociferaba la robusta Laurel–. Cuando Emilio Martesta arribó a Tierraíz nuestra indecisión de atacar le costó la vida a gran parte de nuestros hermanos del norte. No podemos cometer el mismo error. ¡Hay que actuar! –Ni investigar ni actuar son nuestro deber. Los chamanes de la Orden de la Cascada están a cargo –le recordó Ciprés Huironegro, un calvo guerrero de cuarenta años que vestía una manta carmesí y un cintillo negro. –Montepardo fue carbonizado y su gente asesinada. –Laurel se puso de pie, mostrando su amenazadora y elevada figura–. Es lógico que alguien atacó la aldea. Los chamanes no podrían con una amenaza como esa. Es ahora cuando necesitan nuestra ayuda. ¡Requieren de los guerreros de Aguatrueno! –Cuando el rey conquistador invadió Tierraíz, todas las aldeas fueron atacadas en el transcurso de muy pocos días –intervino la chamana Quila Flordorada, la única representante de la Orden de la Cascada que se encontraba en el consejo–, y una tras otra cayeron ante el poderoso fuego de las Huestes del Corazón de Hierro. Recuerdo esos días como si fueran ayer. En cambio, ahora ha transcurrido un año desde la luna roja y, hasta donde sabemos, ningún otro pueblo ha caído en desgracia, solo Montepardo. La anciana se quedó en silencio, reflexionando al tiempo que contemplaba la hoguera que abrigaba la morada. –No entiendo la naturaleza de este ataque –prosiguió–. Es posible que el responsable esté probando su propia fuerza o, simplemente, busca ir paso a paso para no cometer el mismo error de Emilio Martesta, que se dejó llevar por su ambición, invadiéndolo todo en una embestida poderosa que no pudo mantener en el tiempo. –¿Piensas que habrá un nuevo ataque, chamana? –habló Corcolén Pastosombrío, un hombre de rostro serio y ojos sin expresión. Su delgada figura hacía imposible imaginar que fuese uno de los guerreros más letales de Costazul. –¡Ya basta de tanto elucubrar! –gritó Ciprés con molestia–. Lo más seguro es que solo fue una guerra entre aldeas y Montepardo se llevó la peor parte. Ni siquiera deberíamos estar discutiendo entre nosotros por algo así. ¡Este concejo de guerra me parece un exceso! –La luna roja no se mostró ante nosotros por una simple pelea entre dos aldeas, Ciprés. Al igual que los otros chamanes, siento en mi cuerpo que algo terrible está a punto de ocurrir –advirtió Quila–. Mis sueños son intranquilos, en ellos veo la llegada de una sombra que no logro reconocer. –Quizás es una coincidencia. –¡Las coincidencias no existen! –replicó con vehemencia la anciana–. Las coincidencias son para aquellos que no saben ver las señales que nos entregan los espíritus. Todo en este mundo es un entrecruzamiento de caminos donde cada suceso va dejando una huella, una que los chamanes sabemos identificar. Estoy segura de que la luna roja fue el aviso de un mal por venir, y su primer paso fue la destrucción de Montepardo. El consejo guardó silencio. Ciprés movía sus dedos con ansiedad. No estaba del todo convencido. No era un hombre que creyera en las señales. –¿Y los esteparios? –preguntó finalmente– Son gente extraña. No podemos descartar su participación. Montepardo queda en el límite de sus tierras, no me extrañaría que esos grandotes hayan decidido expandir su territorio hacia el norte y la invadieran. –No hables desde el prejuicio y la ignorancia, Ciprés. –La voz de Corcolén Pastosombrío se tornó aún más seria de lo que ya era–. Los esteparios son buena gente. Los conozco, he compartido con ellos. Si de tu boca vuelven a salir palabras falaces hacia ese pueblo, que en el pasado fueron nuestros aliados, juro ante los espíritus que lo próximo que manará de tus labios será tu propia sangre. –¡Basta! –intervino Roble, cansado de escucharlos discutir– Ciprés, es absurdo pensar que los esteparios atacaron Montepardo. Sabes bien que son incapaces de ello. –Nadie nos lo asegura, Roble. ¡Dame cien guerreros y me encargaré de esos nómades! –Si tuviera que entregarle guerreros a alguien, no sería a ti, Ciprés. No estás pensando bien –le increpó Roble con dureza. Tomó
Capítulo 12. Tierra Amarga
El eco de sus botas resonaba en el pasillo que llevaba al Salón del Rey. La capa y la pluma de su sombrero de ala ancha ondulaban con su decidido andar. Afirmaba con seguridad la espada ropera que llevaba envainada al cinto. –Llegas temprano, Bastián. –Lo recibió en la puerta del salón su amigo Abdón Buenaventura, un sujeto de baja estatura y espalda ancha que oficiaba como consejero del rey y, en sus ratos libres, como poeta. Aquel día vestía camisa y pantalones negros, los que combinaban con su cabello azabache siempre bien peinado. Su atuendo lo completaban unos elegantes zapatos con broche de plata. –Sabes que gusto de la puntualidad –respondió con aspereza Bastián Bocablanca, maestre de campo del reino de Tierra Amarga–. Cuéntame, ¿qué novedades hay? El poeta y consejero del rey adoptó un tono sombrío, frunció el ceño y habló en voz baja. No quería que los guardias de la casona real escucharan ni una sola palabra. –Llegó un mensaje de un chamán de las tierras del sur. No son buenas noticias. Por lo que alcancé a escuchar, una de sus aldeas fue atacada y no solo eso, al parecer, la redujeron a cenizas. –No me jodas, Abdón. ¿Crees que fue…? –Ni lo pienses, Bastián. Ni lo pienses. Ambos ingresaron al Salón del Rey, una estancia de cuyas paredes colgaban gigantescas pinturas que narraban la historia del reino de Tierra Amarga, la que apenas se remontaba a veintidós años. En el primer cuadro se veía el cuerpo abatido de Emilio Martesta, el rey conquistador proveniente del continente de Altamiria. Junto a su cadáver se alzaba victorioso un joven Sauce Briznasol, que cargaba en sus manos una hoz de hueso ensangrentada. El segundo lienzo era un óleo que mostraba al ejército de Altamiria y al de Tierraíz, uno frente al otro, en un paisaje agreste con columnas de humo en el fondo. Entre ambos, un mozuelo de cabellos oscuros se encontraba arrodillado, con la cabeza gacha y con ambas manos extendidas ofreciéndole su espada a Roble Tallofuerte en señal de rendición y misericordia. Aquel rapaz era Tulio Hojaltiva, otrora escudero de Emilio Martesta y el actual rey de Tierra Amarga. Os pido humildemente que considere esto como señal de perdón por todas las atrocidades cometidas por mi pueblo. Emilio Martesta, su capitán general, sus maestres de campo, sargentos mayores, alféreces y capitanes han sido asesinados, y, con ellos, ha muerto la codicia y el deseo de conquistar vuestra tierra. Nosotros, simples criados, anhelamos la paz. Tales palabras fueron dichas por Tulio Hojaltiva, registradas por los cronistas y plasmadas en una placa de madera dispuesta bajo el marco de aquel cuadro. Aquella súplica de Tulio no faltaba a la verdad, pues fueron los aristócratas de Altamiria y no los criados quienes emprendieron la campaña de conquista. La ambición fue su principal motivación tras haber escuchado de boca de mercaderes y exploradores que Tierraíz era un continente donde sus habitantes tenían tanto oro que incluso los niños jugaban con este como si fuese una cosa sin importancia. Los nobles pensaron que sería una empresa sencilla, mas nunca imaginaron que los habitantes de Tierraíz defenderían su tierra hasta el punto de la victoria. Tras la derrota de Emilio y sus Huestes del Corazón de Hierro, Tulio Hojaltiva imploró por asilo en Tierraíz para él y los más de tres mil sirvientes que no deseaban volver al continente de Altamiria, donde eran tratados como parias por las clases altas. La respuesta de Roble Tallofuerte fue registrada por los cronistas, tallada en una placa de madera y colocada junto a una tercera pintura. Ocuparán las tierras donde desembarcaron con sus espadas, arcabuces y alabardas, donde derramaron la primera gota de sangre de nuestra gente, allí, donde talaron y quemaron los bosques, morada de los espíritus; allí, donde escupieron a la Tierra y le dieron la espalda; allí, donde esterilizaron con sal para traer el hambre. Allí, allí habitarán y su reino Tierra Amarga se llamará. Por ese nombre lo llamarán ustedes, sus descendientes y los nuestros, hasta que los bosques hayan crecido y el verde cubra nuevamente esas tierras que ahora solo emanan el nauseabundo olor del carbón. Tierra Amarga es lo que trajeron y en la Tierra Amarga vivirán. Ahora será su reino y entre nosotros habrá paz. Tras aquellas palabras, los sirvientes de Altamiria se asentaron en Tierraíz, pero no en cualquier zona, sino donde Emilio Martesta taló bosques completos y quemó la tierra en su afán de amedrentar a sus enemigos, un territorio plagado de tocones carbonizados y campos estériles. Desde entonces, los nuevos habitantes plantan y riegan con ahínco para sanar la tierra, pero esta sigue dañada y solo unos pocos parches de hierba y retoños de árboles se han animado a crecer. Como una manera de retomar la vida que alguna vez tuvieron, la gente eligió a Tulio Hojaltiva como el primer rey de Tierra Amarga, y levantaron a punta de piedra y madera quemada la capital del reino: Nueva Esperanza. Una plaza con apenas dos árboles de maqui y un pozo de uso comunitario marcaba el centro de la ciudad, a su alrededor levantaron una austera casona de adobe de dos pisos de color terracota que servía como palacio real; una pequeña capilla en cuyo techo se erguía una efigie de madera de la Señora mirando hacia el pueblo, velando por su seguridad; el mercado central, que rebosaba de mercaderes desde la madrugada hasta el atardecer; y un cabildo, donde se reunían los ciudadanos ilustrados para discutir temas del día a día de la capital. El paisaje urbano continuaba con cientos de moradas construidas con adobe, paja y tejas donde vivían cientos de personas, y miles más habitaban en las afueras y en los nuevos centros urbanos que bautizaron como los condados de Corteza Quemada y Campo Yermo, el puerto de Lobera y la marca de Colina Magra. Nadie pensaba que tras la cruenta guerra se retomarían los lazos comerciales entre ambos