Capítulo 13. El consejo de guerra

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–No entiendo por qué otra vez no entrenaremos. –Se quejaba Palma mientras ataba unas tablas y apretaba los nudos con indignación.

–¿No escuchaste los rumores? –le preguntó Chañar– Dicen que llegó una gaviota con un canto terrible.

–¿Qué puede ser más terrible que esto? –respondió otro de los aprendices, un joven delgado que le gustaba peinar su cabello con dos trenzas colgándole del cuello– Hace tres días que construimos techos para proteger las torres. Vine para ser un guerrero, no un carpintero –refunfuñaba.

–Escuché que el Rey Conquistador regresó a Tierraíz y que quemó una aldea en el sur –susurró una muchacha de brazos firmes.

–Emilio Martesta murió hace años. Los muertos no vuelven a la vida.

–Sea lo que sea que haya pasado, debe ser bastante grave –dijo Chañar–. Los líderes de Aguatrueno llevan días conversando y solo se detienen para comer.

–¿No les gustaría saber de qué hablan? Podríamos escabullirnos y escucharlos.

La propuesta de Palma no entusiasmó a sus camaradas.

–Esto de ser nuevo –suspiró Chañar–. Si te atrapan husmeando en el Consejo de Guerra te castigarán. Lo mejor que podemos hacer es obedecer. Queda poco para el invierno y hay que fabricar techos para las torres. No querrás mojarte cuando te toque la guardia.

Palma no se convenció, quería enterarse de lo que pasaba en la morada de los consejos a como diera lugar. “¿Cómo no sienten curiosidad?”, pensaba impotente. Suspiró resignado, se sentó pesadamente sobre una roca, comió con desgano un trozo de charqui y arrojó una piedra contra el muro. “¿Qué estará ocurriendo ahí dentro?”

 

Al interior de la morada, Roble Tallofuerte se encontraba reunido con los guerreros más importantes de Aguatrueno, todos sentados sobre tocones o en el suelo, al alero de una fogata.

–No podemos quedarnos inmóviles ante lo que hemos escuchado. ¡Los muertos de Montepardo claman venganza! Roble, da la orden y partiré con un grupo de valientes para investigar a fondo qué fue lo que ocurrió –vociferaba la robusta Laurel–. Cuando Emilio Martesta arribó a Tierraíz nuestra indecisión de atacar le costó la vida a gran parte de nuestros hermanos del norte. No podemos cometer el mismo error. ¡Hay que actuar!

–Ni investigar ni actuar son nuestro deber. Los chamanes de la Orden de la Cascada están a cargo –le recordó Ciprés Huironegro, un calvo guerrero de cuarenta años que vestía una manta carmesí y un cintillo negro.

–Montepardo fue carbonizado y su gente asesinada. –Laurel se puso de pie, mostrando su amenazadora y elevada figura–. Es lógico que alguien atacó la aldea. Los chamanes no podrían con una amenaza como esa. Es ahora cuando necesitan nuestra ayuda. ¡Requieren de los guerreros de Aguatrueno!

–Cuando el rey conquistador invadió Tierraíz, todas las aldeas fueron atacadas en el transcurso de muy pocos días –intervino la chamana Quila Flordorada, la única representante de la Orden de la Cascada que se encontraba en el consejo–, y una tras otra cayeron ante el poderoso fuego de las Huestes del Corazón de Hierro. Recuerdo esos días como si fueran ayer. En cambio, ahora ha transcurrido un año desde la luna roja y, hasta donde sabemos, ningún otro pueblo ha caído en desgracia, solo Montepardo.

La anciana se quedó en silencio, reflexionando al tiempo que contemplaba la hoguera que abrigaba la morada.

–No entiendo la naturaleza de este ataque –prosiguió–. Es posible que el responsable esté probando su propia fuerza o, simplemente, busca ir paso a paso para no cometer el mismo error de Emilio Martesta, que se dejó llevar por su ambición, invadiéndolo todo en una embestida poderosa que no pudo mantener en el tiempo.

–¿Piensas que habrá un nuevo ataque, chamana? –habló Corcolén Pastosombrío, un hombre de rostro serio y ojos sin expresión. Su delgada figura hacía imposible imaginar que fuese uno de los guerreros más letales de Costazul.

–¡Ya basta de tanto elucubrar! –gritó Ciprés con molestia–. Lo más seguro es que solo fue una guerra entre aldeas y Montepardo se llevó la peor parte. Ni siquiera deberíamos estar discutiendo entre nosotros por algo así. ¡Este concejo de guerra me parece un exceso!

–La luna roja no se mostró ante nosotros por una simple pelea entre dos aldeas, Ciprés. Al igual que los otros chamanes, siento en mi cuerpo que algo terrible está a punto de ocurrir –advirtió Quila–. Mis sueños son intranquilos, en ellos veo la llegada de una sombra que no logro reconocer.

–Quizás es una coincidencia.

–¡Las coincidencias no existen! –replicó con vehemencia la anciana–. Las coincidencias son para aquellos que no saben ver las señales que nos entregan los espíritus. Todo en este mundo es un entrecruzamiento de caminos donde cada suceso va dejando una huella, una que los chamanes sabemos identificar. Estoy segura de que la luna roja fue el aviso de un mal por venir, y su primer paso fue la destrucción de Montepardo.

El consejo guardó silencio. Ciprés movía sus dedos con ansiedad. No estaba del todo convencido. No era un hombre que creyera en las señales.

–¿Y los esteparios? –preguntó finalmente– Son gente extraña. No podemos descartar su participación. Montepardo queda en el límite de sus tierras, no me extrañaría que esos grandotes hayan decidido expandir su territorio hacia el norte y la invadieran.

–No hables desde el prejuicio y la ignorancia, Ciprés. –La voz de Corcolén Pastosombrío se tornó aún más seria de lo que ya era–. Los esteparios son buena gente. Los conozco, he compartido con ellos. Si de tu boca vuelven a salir palabras falaces hacia ese pueblo, que en el pasado fueron nuestros aliados, juro ante los espíritus que lo próximo que manará de tus labios será tu propia sangre.

–¡Basta! –intervino Roble, cansado de escucharlos discutir– Ciprés, es absurdo pensar que los esteparios atacaron Montepardo. Sabes bien que son incapaces de ello.

–Nadie nos lo asegura, Roble. ¡Dame cien guerreros y me encargaré de esos nómades!

–Si tuviera que entregarle guerreros a alguien, no sería a ti, Ciprés. No estás pensando bien –le increpó Roble con dureza. Tomó su lanza y se puso de pie. Su enorme sombra tiñó de negro la morada–. Quila y Laurel tienen razón. Hay un mal por venir y los chamanes se encuentran desprotegidos en el sur. Necesitan de nuestra ayuda. Enviaré un grupo a Montepardo para que se pongan al servicio de Pumagrís.

“Pero ¿quién los liderará?”, pensó.

Observó uno a uno a sus mejores guerreros. “Laurel o Corcolén serían ideales, pero los necesito en Aguatrueno… saben poner a raya a Ciprés”. Había otros en la morada, pero ninguno lo convencía. Notó que alejada del fuego se encontraba Chilca Ramaseca, una guerrera silenciosa, de mano rápida y ojos sagaces como los de un tiuque. Ella sería la elegida.

–Chilca, escoge a cincuenta guerreros. Hoy al anochecher marcharán a toda velocidad al sur, a la frontera con las estepas. Enviaré una golondrina informando a Pumagrís para que aguarde por ustedes. Si Tierraíz tiene un nuevo enemigo, tu deber es averiguarlo y regresar con vida para que podamos combatirlo.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2