–Calma, don Sebastián. –El marqués Antoine Garraleón devoraba un trozo de carnero con total naturalidad, al tiempo que intentaba tranquilizar a Sebastián Barrancones, el mercader altamirio–. Que el duque Evelio mandara a llamar al conde Calisto no nos tiene por qué importar. –Bebió un largo trago de su bebida. Sebastián Barrancones se mantuvo en silencio observando hacia la chimenea con las manos empuñadas en la espalda. El brillo del fuego tornaba rojiza su cabellera castaña. –Nuestro… negocio –dijo al fin– ha requerido de mucho tiempo y esfuerzos, don Antoine. Temo que el duque haya escuchado ciertas cosas durante su viaje a Altamiria y que su conversación con el conde Calisto le aclare algunas sospechas. Como usted comprenderá, me es imposible tranquilizarme a la luz de estos acontecimientos. –Lo que el duque haya conversado con el conde nos debe tener sin cuidado, don Sebastián. Nuestro negocio seguirá en pie. Os lo puedo asegurar. –Creo que el duque sabe más de lo que pensamos –insistía Barrancones con nerviosismo–. Debemos preparar un plan de contingencia. –Ese plan comenzó hace mucho, don Sebastián. Tengo cien mercenarios en la marca de Colina Magra que harán lo que yo les ordene. Y a nadie le extrañará que un duque que se la pasa viajando por el mundo un día desaparezca y no regrese jamás.
Capítulo 30. Sangrerrada
Con sutiles movimientos de su mano pasaba las hojas una tras otra, fascinado por aquel cantar de gesta. De vez en cuando bebía un trago de vino tinto y comía con delicadeza pequeños cubos de un cremoso queso traído de Fontarragués, siempre sumergido en la lectura. Dirigióse a Histolia errante y bravo Juró cruel venganza espada en mano –Cuidaos de aquél, falso amigo, a vuestra espalda macabro enemigo– Cantó el poeta su hermano de grescas Aún de mañana sin botas puestas … Leía entre dientes el duque Evelio de Mondragón, inmerso en los versos de aquel cantar. Un golpe en la puerta lo sacó de su concentración. Por el umbral entró un flacucho paje de cabellos negros bien recortados. –Excelentísimo señor, el conde Calisto Fuenteamplia ha llegado. –Hizo una exagerada venia. –Dile que pase. Trae otra botella de vino y más comida. –Como ordene, su excelentísimo señor. El duque Evelio de Mondragón cerró el libro que leía y al instante ingresó el conde. Vestía un jubón dorado y pantalones de lana muy bien confeccionados, dignos de su altura nobiliaria. –Buen día tenga, conde Calisto. Asiento, por favor. –Gracias, su excelencia. ¡Vaya!, la gesta de El Bardo Errante –dijo distraídamente al ver de reojo el título del libro que estaba sobre el mesón. –¿Vuestra merced ha leído dicho cantar? –El duque se mostró curioso ante el buen gusto del conde. –Es mi favorito. Mi señor padre me lo leía cada noche antes de dormir. –Vuestro señor padre, un hombre poderoso y respetado tanto en Altamiria como en Tierraíz. Le ha enviado cariños. Había olvidado mencionarlo. –Se levantó de su asiento y caminó hacia la abultada biblioteca que llenaba tres paredes del cuarto–. Así que os gustan las gestas heroicas. Aquí tengo muchas, quizás demasiadas, nunca me aburro de aquellos caballeros andantes que daban la vida por sus ideales –suspiró mientras acariciaba los lomos de los libros–. ¡Qué maravilla de historias! Mirad esta. –Sacó del estante un grueso tomo encuadernado en cuero llamado Las Desventuradas Andanzas del Montaraz Intrépido–. Este libro fue escrito por doña Inés de Campoidílico, una mujer inteligentísima, docta, amante de la música y las letras. Fue su ópera prima. Tomó como base la histórica Batalla de Monte Huracán. Algunos dicen que se inspiró en sí misma para inventar al personaje del montaraz, pues los rumores señalan que ella participó de aquella contienda disfrazándose de espadachín. Es tan alta como un hombre y no le habría costado mucho pasar por soldado, no tenía más que recortarse el cabello y fingir un poco la voz. Algunos lo consideran una comedia, yo lo considero un drama. Como fuese, es un excelente libro, os lo recomiendo. Paseó su vista por un nuevo volumen. –Imagino que este lo conocéis. –El conde asintió al ver las doradas letras sobre fondo terracota de La Balada de Lucila Danzaria–. Siempre he creído que todo terramargo debería leer este libro. La esforzada Lucila Danzaria, al igual que nosotros los terramargos, crea un pueblo nuevo tras las cenizas de la guerra. –Hablaba con una mezcla entre orgullo y ese tono especial que utilizan los académicos apasionados–. ¿No le parece maravilloso este libro, conde? Los personajes son sometidos a incontables y terribles penurias, pero siempre logran salir adelante, a punta de entereza y voluntad. –Y de venganza –agregó el conde Calisto–. Recuerde que ella, una simple campesina, fue testigo del asesinato de su esposo e hijos a manos de los mismos soldados que habían jurado protegerlos. A ella la golpearon hasta dejarla inconsciente y, al despertar, juró venganza. –“… Por el asesinato de su hombre, su prole y la desolación de su pueblo” –dijo de memoria el duque con voz inspiradora–. Sean los motivos que sean, es un libro maravilloso, siniestramente maravilloso. Fue escrito tomando como base la historia misma de Altamiria, cuando la sociedad era menos… civilizada. Y es increíble, mi estimado conde, que aún en estos tiempos exista gente que desee volver a aquellas épocas de sangre y fuego. El conde Calisto no comprendió. –Mirad. –Se alegró al encontrar el libro que buscaba y lo dejó sobre el escritorio–. Esta es una obra que me hace pensar muchas cosas. Tratadla bien, es una edición de casi doscientos años de antigüedad. Es uno de mis más grandes tesoros. Su título es sencillo, nada grandilocuente, de hecho, a buenas y primeras no dice mucho sobre la trama. Simplemente se llama Sangrerrada. –El conde conocía aquel famoso libro escrito por Darío Rocanegra, un letrado fraile altamirio quemado en la hoguera por culpa de aquella obra–. Este libro trata de una ficticia familia real amante de la violencia y el asesinato. Sangrerrada no era su apellido, pero así les llamaba el bajo pueblo que sospechaba de su pasión por el incesto. –Bebió un trago de su copa de vino–. Los Sangrerrada eran despiadados torturadores y asesinos. No dejaban tranquilos ni a amigos ni a enemigos. Todos debían caer bajo su poder. En sus garras tenían a las cortes, la religión, a los soldados, la corona, todo el imperio. Hicieron lo inhumanamente posible para llegar al trono y hacerse con el reino… Y eso, conde Calisto, es lo que me temo tras mi viaje a Altamiria. –¿A qué os referís, duque? –Como sabéis, estuve allá por casi un año, principalmente en el reino de Baluarte. Para disfrutar mejor el viaje recorrí aquellas tierras que me vieron nacer y que tanta alegría dan a mi ya viejo corazón. Conversando de incógnito con el pueblo, escuché rumores y comidillos que me resultaron difíciles de creer, así que desembolsé una buena cantidad de oro para que algunos informantes conocidos me dieran respuestas a las tantas preguntas que nacieron en mi atribulada cabeza. Me respondieron algunas, callaron otras y me llegaron rumores de cosas que ni siquiera había consultado. Uno de esos rumores llamó poderosamente mi atención. Se sentó y aclaró su garganta. –Sabemos que cuando se acabó la intentona de conquista de Emilio –prosiguió–, toda su familia y sus seguidores fueron ajusticiados.
Capítulo 29. La partida
Junco Briznasol se encontraba mejor de sus heridas, mas la tristeza aún lo embargaba. Deambulaba por Aguatrueno durante las mañanas y se dirigía al lago en el atardecer, rememorando las largas conversaciones que mantenía con su padre en los roqueríos de su antigua aldea. Ahora se encontraba solo en un mundo que, día a día, se tornaba más peligroso. –Coipo, ¿aún lloras a tu padre? Cormorán Surcalagos apareció a sus espaldas y se quedó de pie junto a él, observando la huella que una solitaria lágrima le había dejado en la mejilla. El pequeño no contestó. –Deja de lado los recuerdos que traen rabia y frustración –le dijo con su voz grave–. Debes dejarlo ir y sobreponerte. El pequeño no contestó. –Veo en tus ojos que deseas ir a buscar a tu padre, no lo niegues, los esteparios siempre vigilan, siempre esperan, siempre saben. Eres un coipo valiente, pero sigues siendo un coipo. Ya llegará el día en que tengas la fuerza para enfrentar tu destino y emprender la búsqueda de Sauce Briznasol. Debes ser paciente y prepararte. Mientras ese día llega, enfócate en tu gente. Hay demasiadas personas en Aguatrueno y muchas de ellas están tan heridas u ocupadas atendiéndolos que no tienen tiempo de cumplir tareas como la comida. Recuerdo que querías ser un cazador, así que haz honor a ese deseo y sirve a tu pueblo: tráeles alimento. “Sirve a tu pueblo”. Esas eran las palabras de su padre y de su madre. –¿Irías conmigo? –dijo reuniendo fuerzas. –No puedo, Coipo. Pumagrís quiere voluntarios para un viaje suicida y decidí ir con él. Parece un paseo entretenido. –¿El chamán se marcha otra vez? –Sí, y también Roble. El Consejo de Guerra regirá Aguatrueno hasta que regresemos. –¿Por qué me cuentas todo esto? –Porque alguien debe hacerte crecer, Coipo. Y, para hacerlo, debes saber lo que pasa en tu pueblo. Nos iremos mañana antes de que salga el sol. Vamos a la cordillera. El chamán dice que iremos a ver a un espíritu de la naturaleza. Nos aseguró que este nos dirá por qué atacaron Montepardo y Rocalga. Junco sacó sus pies del lago y se levantó entusiasmado. –¿Puedo ir? Cormorán lo miró con seriedad. –Para ir a una montaña debes ser un puma… y tú solo eres un coipo. A la mañana siguiente, Cormorán, Roble y Pumagrís dejaban la aldea. Marcharon en la oscuridad que aún reinaba en aquel día frío y lluvioso, abrigados con unas cuantas mantas y cargando poco equipaje, apenas un morral de cuero por cada uno y una antorcha para iluminar el camino. Poca gente los vio partir, solo estaban los líderes guerreros y, más atrás, Junco, Lirio, Palma y Litre. –Espero que ese chamán demente no nos deje sin líder de batalla –gruñó Ciprés–. El camino a la montaña es peligroso y dudo que Cóndor Vientofuria les permita traspasar sus fronteras. Es un hombre extraño. Además, van con ese estepario que ni siquiera conocen. Quién sabe qué les puede hacer mientras duermen. Los guerreros omitieron los comentarios de Ciprés, ya sabían que argumentar contra él era perder el tiempo y decidieron observar en silencio la partida de sus tres aliados, quienes tomaron el sendero del sur y emprendieron el rumbo hacia el este, adentrándose en el bosque Silente hasta perderse de vista. –¡A trabajar se ha dicho! –ordenó Laurel Montepiedra–. Queda mucho por hacer y esta lluvia no nos detendrá. Las torres norte y sur tienen agujeros en los techos, y la muralla oeste necesita bloques de piedra y arcilla. Palma, despierta a los otros chiquillos ¡y trabajen! Los líderes guerreros se retiraron y en la puerta solo se quedaron los cuatro jóvenes. –¿Crees que Ciprés tenga razón? –le preguntó Junco a su amigo Palma–. ¿Qué Pumagrís es un demente? –Haz como yo y todos los de Aguatrueno y no tomes en cuenta ningún comentario de ese idiota –respondió–. Nadie sabe por qué es miembro del Consejo de Guerra si todo lo que hace es aportillar las decisiones. –¿No que son elegidos? –preguntó Litre. –Sí, a veces. Del actual consejo, solo cuatro fueron elegidos: Chilca Ramaseca, entre ellos. Es una excelente peleadora. Del tiempo que llevo aquí, nunca la he visto perder. Es tan atenta y amable conmigo como lo es Laurel, pero me grita mucho menos –bromeó. –¿Y los otros? –preguntó la pequeña Lirio. Se apoyaba sobre una rama nudosa, aún recuperándose de la batalla y el cansancio. Sus ojeras denotaban la falta de sueño. –Los otros se ganaron su puesto por derecho. Laurel, por ejemplo, pertenece al consejo por haber vencido a las tropas de Emilio Martesta en la batalla de Los Muelles. –¿Ahí perdió el ojo? –No, eso fue mucho antes, a manos de un tal Ernesto Siemprebravo. Dicen los viejos que ese Siemprebravo era un sujeto tan cruel como aterrador. Capturó a Laurel y la torturó por semanas, cuando vio que no obtendría respuestas sobre la ubicación del grueso de nuestras tropas le sacó el ojo con una cuchilla al rojo vivo y la arrojó desde una quebrada dándola por muerta. No se les vaya a ocurrir mencionar el apellido Siemprebravo frente a ella… lo odia. Los aprendices sabemos eso y contamos su historia cuando sabemos que ella anda lejos –les susurró–. Corcolén Pastosombrío también es un miembro por derecho. Él y unos pocos esteparios supieron defender por semanas tanto Bosquemar como Vadosombra. –¿Y Ciprés también protagonizó alguna batalla? Palma soltó una carcajada. –No participó en batalla alguna ni fue elegido –dijo cuando terminó de reír–. Los mal pensados dicen que está en representación de su abuelo, un guerrero de antaño al que la vejez ha incapacitado. Pese a ello, Ciprés pelea bastante bien, al menos ninguno de los aprendices le ha podido ganar en combate, aunque eso no quita que sea el idiota más grande que exista –les dijo y se despidió para ir a reparar los techos. Lirio fue a descansar de sus heridas y Litre optó por ir a desayunar y ayudar a
Capítulo 28. Más preguntas que respuestas
La gente de Aguatrueno corría de un lado a otro cargando vasijas llenas de aguas medicinales, hierbas y vendajes para los heridos de Rocalga, siempre siguiendo las órdenes del chamán Pumagrís o de su aprendiza Lirio Hierbarcoiris. –Debes descansar, chamán. No te has detenido desde que llegaron –le aconsejó Roble Tallofuerte. –Fue mi lentitud la que produjo esta debacle. Si no pude impedir que fueran heridos por los espectros, al menos debo ser capaz de sanarlos. –Su voz estaba quebrada y sus ojos, cansados e inflamados. El chamán llevaba días y noches enteros sin dormir ni comer en su afán de atender a los heridos. Pese a su arduo esfuerzo, fueron muchos los que murieron entre espasmos y heridas infectadas. –El Consejo de Guerra lleva días esperando una explicación. No puedes seguir evadiéndolos, chamán. –Asistiré al consejo cuando el último de los aldeanos esté recuperado, no antes –respondió secamente al tiempo que limpiaba las laceraciones de una mujer. –La chamana Quila puede encargarse de los enfermos. Tu aprendiza también puede hacerlo. –¿Lirio?… Esa chiquilla está tan herida como sus pacientes y aún así ha colaborado sin miramientos ni queja alguna. No puedo creer que tus líderes guerreros gimoteen más que una niña de trece años que acaba de librar una batalla. No la abandonaré. Tus guerreros pueden esperar, los heridos no. Roble observó las camas llenas de lesionados, la ardua labor de las ancianas que hacían lo posible por aliviar sus dolores y el rezo de otras que rogaban a los espíritus para que el alma de los moribundos se encontrara con sus ancestros en la otra vida. Ante tamaño sufrimiento, el líder de batalla no tuvo más opción que asentir resignado ante la obstinación de Pumagrís. –Cuando tengas tiempo ve al consejo, Pumagrís. Necesitamos respuestas –dijo al fin. Roble dejó al chamán en su misión y recorrió la ribera del lago Esmeralda donde ahora había tiendas repletas de heridos. En los alrededores de la aldea los aprendices no paraban de martillear y fortalecer ya fueran las torres, las puertas o los muros. Entre ellos estaba Palma, afanado en el techo de una torreta. –Muchacho, ven aquí –le gritó. –Señor –saltó desde lo alto. –Deja eso. Tu madre quedó muy herida tras la batalla, ve a atenderla. –Fue mi madre quien me envió a trabajar, señor. Ya se encuentra mejor y no desea que pierda mi tiempo con ella. Dijo que Aguatrueno necesita mejores defensas contra los… los monstruos –le tembló la voz. –Las murallas ya están bastante altas, muchacho. Esos monstruos deberían tener alas para poder sortearlas –sonrió. No consiguió el mismo efecto en Palma. Notó que apretaba los puños, no sabía si por rabia o por miedo. La altura, la contextura y la voz grave de Palma le hacían olvidar que solo era un niño. –¿Cómo está tu amigo Junco? Palma hizo una mueca de tristeza. –Lo… lo escuché llorar cuando fui a verlo esta mañana. No se encuentra bien. –Nadie lo está, muchacho. Los días pasaron y los aldeanos sanos ya se veían en mayor número por la aldea–fuerte. Caminaban con muletas, cabestrillos, cataplasmas en la frente y vendajes en distintas partes del cuerpo. “Ya es hora”, pensó Pumagrís con mejor ánimo y se dirigió al Consejo de Guerra sorteando a duras penas el barrial que las lluvias de aquel invierno inmisericorde habían provocado. –Bienvenido. –Roble lo recibió con talante serio. En el interior de la morada se encontraba la chamana Quila alimentando la hoguera y, a su alrededor, los líderes guerreros que conformaban el consejo, sentados en el suelo o en tocones. Pumagrís los saludó uno por uno. –Doy disculpas por mi demora… debía atender a los aldeanos heridos si deseaba tener a alguien a quien defender ante el mal que se avecina. –Se sentó trabajosamente sobre un tocón cubierto con piel de chinchilla. –¿Y qué mal es ese, chamán? ¿Acaso los esteparios te contagiaron esa fantasía de la Isla Oscura? –inquirió Ciprés Huironegro, mordaz como siempre–. Espero que sepas respondernos, porque tenemos demasiadas preguntas. –Y yo no tengo todas las respuestas… quizás, solo más preguntas. –No te burles de nosotros y habla claro. –La voz del calvo Ciprés iba cargada de insolencia. Pumagrís le dirigió una mirada iracunda. Los guerreros sintieron la tensión en el ambiente. No era sensato ofender a un chamán, menos a uno con la fama de Pumagrís, cuyas habilidades, decían los rumores, iban más allá de lo puramente medicinal, siendo capaz de manejar la energía de la naturaleza a su antojo y superar a cualquier guerrero de Tierraíz. –Puedo enumerarles hechos –dijo al fin. –Cuéntanos, por favor –solicitó el flemático Corcolén Pastosombrío. –Dinos todo lo que sepas, ya que Chilca no ha querido soltar la lengua pese a mi insistencia –gruñó la robusta Laurel mientras devoraba un trozo de pierna de guanaco–. Lo último que sabíamos de ella es que tenía órdenes estrictas de ir a las estepas para encontrarse contigo y averiguar qué ocurría en Montepardo, y no pasa ni una luna y ya está de vuelta… Y para nuestra sorpresa, ¡no llegó sola ni con buenas noticias! Roble guardaba silencio. Sabía que los guerreros estaban molestos con el chamán. Pumagrís bebió un trago de su agua de hierbas y abrigó sus manos junto a la hoguera. –Todo comenzó con la luna roja –comenzó su narración–. Sabíamos que aquello no era normal, era una advertencia de los espíritus. Esa misma noche anuncié a Ulte, el líder de Rocalga, que invocaría a los chamanes de la Orden de la Cascada para un concilio que nos permitiera reflexionar sobre aquel críptico mensaje. Envié los cantos y emprendí el rumbo hacia nuestro punto de encuentro habitual. Tras mucho discutir entre los chamanes, decidimos buscar respuestas en los distintos territorios. Unos marcharon a Pampadorada y otros al pueblo de Arenárida; pocos quisieron aventurarse en Ventosol y muchos menos en las Tierras Selváticas. Yo y el chamán Llamablanca decidimos ir a las estepas… Y me alegro, pues elegimos bien. »Los chamanes esteparios
Capítulo 27. Relación de la travesía a Aguatrueno I
“Siendo el día veintiocho del sexto mes de nuestra Señora del Sagrado Halo, yo, Asterio Siemprebravo, cronista real, escribo estas líneas para narrar la travesía que he emprendido junto a veinte buenos hombres, que han decidido acompañarme por voluntad propia, al pueblo conocido como Aguatrueno a dar las malas nuevas al guerrero Roble Tallofuerte. El viaje no ha presentado problema alguno. Cada soldado conoce sus deberes y hemos avanzado según los planes trazados. Triste y desolado es el paisaje. Cualquiera pensaría que Tierra Amarga va cambiando según se suman kilómetros hacia el sur, mas eso no es verdad, no al menos por donde vamos. Para nuestro pesar, el reino aún tiene ceniza por tierra y tocones por bosques. No hemos visto animales a la redonda, a excepción de unas loicas y unos jotes de cabeza colorada. Los espinos crecen tanto en las faldas de los cerros como en las praderas. Dicen los naturalistas que estas especies vegetales preparan la tierra para la llegada de vegetación un poco más amable, así que, bienvenidos sean los espinos si tales palabras son verdaderas, pues Tierra Amarga necesita de un verde más hermoso. Su gente lo necesita. Los espinos nos han acompañado durante todo el viaje, incluso en la desviación que hicimos al tomar el Sendero del Conquistador, ruta que tuvimos que transitar por obligación, ya que el Camino de la Costa está obstaculizado por el barrial que han dejado las intensas lluvias de este recién iniciado invierno. Nos desviamos unos dos kilómetros hacia el este, internándonos por lomas de baja altura. Tras mucho cabalgar, llegamos a un brazo del río Susurrante que, según nuestros mapas, correspondería al arroyo El Morado. Atravesamos el curso de agua a través del puente Los Molinos, nombre colocado en honor de Ambrosio Molinos, dueño de una histórica fonda y quien levantara a pulso la pasarela para el libre transitar de los parroquianos. En dicha fonda encontramos cobijo hace una noche. Llamó mi atención la presencia de cinco sujetos que lucían como veteranos de muchas batallas, cicatrices les cruzaban las mejillas, las cejas e incluso los ojos. Bebían a destajo y comían poco. Pese a ello, no hacían escándalo alguno. Eran sumamente silenciosos. Los soldados que me acompañan no los miraron con buenos ojos. A sabiendas de las cosas que ocurren en el reino, preferí consultar al posadero, quien me dijo que tales hombres no llevaban ni dos noches allí y que nada sabía de su procedencia ni de su destino. Nada ocurrió esa jornada y al día siguiente el sol salió sin novedad. Quisimos retomar el rumbo hacia el sur, pero una familia que viajaba en una carreta nos advirtió que el río Blanco había crecido en demasía y que cruzarlo era faena imposible. Debo destacar aquí la labor del soldado Darío García y Peñafiel, hombre letrado y conocedor del territorio. Cuando ninguno de nosotros sabía qué rumbo tomar, él, pragmático y decidido, abrió un mapa e hizo gala de su gran conocimiento. Parecía como si él mismo hubiera trazado con carbón las cartas (dejo constancia de esto para que sea considerado en futuras campañas de exploración). Pues bien, don Darío señaló que debíamos seguir el trayecto hacia el sur y, luego, cambiarlo al llegar a la encrucijada de Las Arañas, hacia el este, hasta los límites de la marca de Colina Magra. Indicó que era la única ruta posible para continuar hacia nuestro destino y sortear la crecida del río… y la seguimos”. –¿Tenéis que escribir todo lo que hacemos, don Asterio? –preguntó Darío García y Peñafiel al tiempo que se echaba a la boca un trozo de pan untado en un grasoso caldo de carne. –Soy el cronista y tal es mi trabajo, don Darío. Darío siguió comiendo con seriedad. Acercó las manos a la fogata. El invierno había llegado con fuerza, más que otros años. Se sobó las manos e intentó abrigarlas con su aliento. La noche era más fría que la anterior, por lo que se cobijaron a la ladera de un cerro para que no los congelara el viento que corría a esas horas. Agradecieron que no estuviera lloviendo, aunque las nubes sobre sus cabezas se veían amenazadoras. Algunos soldados dormían alrededor del fuego, abrigados solo con sus capas y una que otra manta. Otros hacían guardia con la pistola desenfundada. Por su parte, Asterio Siemprebravo se mantenía despierto para no atrasarse con sus escritos. Apoyaba la espalda sobre su caballo, que descansaba echado junto a la fogata. Darío García y Peñafiel estaba despierto porque así lo quería. De todos los soldados, era siempre el último en dormir, a menos que le tocara guardia. En esas ocasiones no le importaba pasar de largo hasta la noche siguiente. Asterio lo había notado. Le parecía un excelente soldado, fiel a su soldadesca, por muy pequeña que esta fuera. Sí, un excelente y bravo soldado, aunque algo silencioso. –¿Hace cuánto tiempo que servís a la corona, don Darío? –le preguntó el cronista sin dejar de escribir. –De mis quince –contestó el soldado sin dejar de comer. Se bajó el chambergo y se cubrió las piernas y los brazos con la capa. –¿Y eso hace cuánto? –Seis años –respondió escueto. “¡Tenemos casi la misma edad! Me cuesta creerlo, él se ve mucho más joven”, pensó Asterio hasta que notó que, a diferencia de los demás soldados y hombres de su edad, el rostro de Darío no tenía ni barba ni mostacho. Recordó que todas las mañanas lo veía afeitarse con una navaja. El cabello negro bien recortado también le quitaba años de encima. “Será una nueva moda”, supuso Asterio pensando en la cercana posibilidad de afeitarse el bigote y recortarse su castaña melena. Notó que Darío no tenía intenciones de seguir hablando, así que optó por seguir escribiendo.
Capítulo 26. Una conjetura, no un hecho
Primero se vio un destello en el cielo y, luego, el largo trueno se escuchó por todos los rincones del reino. Bastián agradeció que la lluvia lo encontrara guarecido en la Casona Hospitalaria de Nuestra Señora del Sagrado Halo. El día ya había sido lo suficientemente malo como para sumar el andar empapado por las calles. –Con todos los problemas que tendrá que enfrentar el pobre Asterio, agradece que el rey no te envió a ti como embajador a dar la cara. Sobre todo, con esa jeta de perro ahorcado que tienes –bromeó Abdón. A cualquiera le habría ensartado la quitapenas por tal insulto, pero al poeta se los aguantaba y hasta se reía. Esta vez solo atinó a resoplar y masajearse el bigote. –Sabia, ¿qué opina usted? ¿Bastián debería estar que baila en una bota o no? La anciana escuchaba sentada en una silla al fondo de la habitación. No respondió a la broma de Abdón. Caminó hacia la cama y le tomó la temperatura al hombre herido. –Ha bajado la fiebre –dijo escueta–. Las hermanas de la Piadosa Curación hicieron lo que pudieron. Ahora solo queda esperar a que despierte. –Venga, vamos, que no todo es malo ¿eh? –brindó el poeta e intentó reconfortar a Bastián dándole un abrazo con la zurda. Ni el maestre ni la sabia le correspondieron la alegría. Abdón bufó indignado y se acomodó en un sillón ubicado junto a la pared. –Vosotros dos sois cortados por la misma tijera. El uno se queda en la seguridad de su reino y sigue amargado, y la otra cuida a un enfermo cada vez más sano y no esboza ni una mísera sonrisa. Venga, que el mundo no es tan malo, aún tenemos poesía –brindó. “El mundo no es tan malo”, reflexionó la anciana Acacia mientras cambiaba los vendajes del herido. Las dudas le embargaban la cabeza. “¿Qué pasaría si les cuento lo que me dijo este hombre? Lo peor es que ellos estén involucrados en el ataque, me asesinen y me hagan desaparecer. Está atardeciendo. Nadie los vería cargar mi cadáver para ocultarlo en alguna zanja”, pensaba. “No parecen culpables. El maestre de campo se ha mostrado preocupado por el muchacho y el consejero real no es más que un ebrio despreocupado sin apariencia de conspirador”. Ya había tomado su decisión. –“He venido a rescatarla, pero he fallado. Debe huir de aquí. Debe huir. Ellos nos han traicionado” –susurró la anciana. Abdón y Bastián se miraron entre sí y alzaron las cejas. No entendían las palabras de Acacia. El poeta bajó los pies del taburete y apoyó los codos sobre sus rodillas. –¿Qué habéis dicho? –preguntó el consejero frunciendo el ceño. –Tales fueron las palabras de este hombre cuando llegó moribundo a la capital. Dijo que venía a rescatarme, pues ustedes habían cometido una traición contra nuestro pueblo. –¿Por qué habéis guardado tanto tiempo el secreto? –Ya estoy vieja y mis fuerzas no son las de antes. Opté por escuchar y saber en quién podía confiar. Es lo que hacemos los ancianos. Si les cuento esto ahora es porque confío en ustedes y también porque las noticias del duque Evelio me hicieron sentido. Este pobre hombre debe haber sufrido el ataque de mercenarios o piratas altamirios, no de los terramargos. Eso es lo que creo. Él, incapaz de diferenciarlos, asumió que vuestro reino había cometido traición. –Las palabras de este hombre podrían reforzar nuestras sospechas de que los mercenarios y piratas ya están actuando de mala manera en Tierraíz ¡Hay que contarle esto al rey para que dé la orden de capturarlos! –Con tus palabras, Abdón, pienso que, o no conoces a nuestro rey o el pánico te ha nublado el buen juicio. –Bastián se masajeaba las sienes con el pulgar y el índice de su mano derecha, preocupado–. Lo que haya dicho este hombre no será prueba para el rey, pues Acacia solo ha presumido un posible ataque de los mercenarios. Es una conjetura, no un hecho. Si le contamos esto al rey, querrá pruebas y nuestro deber será conseguírselas. Horas más tarde, Bastián Bocablanca se encontraba en su humilde hogar junto a Lucio Molinero, el capitán de las Espadas de los Caminos. Encendió una vela semi derretida que iluminó melancólicamente la habitación de paredes de adobe. –Quiero que entienda, capitán, que lo que ha pasado es estricto secreto. Necesitamos pruebas irrefutables que indiquen que hay mercenarios desenvainando la espada a diestra y siniestra por el reino. Decid a vuestros hombres que, ante un hecho formidable, entiéndase espadachines avezados o aparición de soldadescas sin la insignia del rey, se me informe primero. Yo tomaré las riendas de ahí en adelante. –Comprendo –dijo Lucio Molinero–. Hablaré con mis hombres para que os informen de cualquier suceso fuera de lo común. Os conseguiré las pruebas que necesita para encarcelar a esos joputas.
Capítulo 25. Infanticida
Le era imposible ocultar su frustración a la mujer de apelmazados cabellos cenizas. Ella lo conocía bien. Quizás mejor que cualquier otra persona en Tierra Amarga. –Venga, Bastián, ¿por qué esa cara? –Le acariciaba las greñas mal recortadas–. Aún no amanece y ya estás amargado ¿Qué más pasó en el consejo de ayer? Bastián estaba de espaldas, recostado en su humilde cama, sin quitar la vista del techo. No respondió. Ella le acarició el torso desnudo. –Déjame adivinar… –Le besó el cuello–. Ya me dijiste que el rey insiste con la idea de no encarcelar a los mercenarios, también me contaste que hay una posible invasión de piratas. –Le pasaba el índice por una de las tantas cicatrices que tenía en su pecho–. ¿Acaso temes por la reacción de Roble y los suyos? Bastián entornó los ojos. –¿Me acerco? ¿Es por el embajador que designó el rey? Bastián resopló preocupado. –¿Quién es? ¿Lo conozco? Bastián mantuvo su mutismo. El maestre de campo recordó un oscuro episodio de su infancia. La invasión de Emilio Martesta ya llevaba algunos años y la crueldad de las batallas y el trato entre los bandos empeoraba. Se vio a sí mismo de niño en el fuerte Villa Isabella, junto a su padre, un simple peletero. No recordaba qué hacía precisamente en ese momento. “¿Desollaba unas chinchillas?” Los pobladores comenzaron a agitarse, dejaron de lado sus martillos, las herraduras, las cuchillas, las redes de pesca y hasta los vasos de vino caliente, y salieron de sus casas y tiendas para ver llegar a la patrulla montada liderada por Ernesto Siemprebravo, capitán y brazo derecho de Emilio. Decían las malas lenguas que antes de enrolarse en el ejército de Altamiria había ejercido como pirata y Bastián no dudaba de ello, pues conocida era su ferocidad y ansia de sangre. Ernesto Siemprebravo venía a la cabeza de la tropa con una decena de prisioneros encadenados. Bastián temblaba de pies a cabeza. La imagen del capitán siempre le había infundido más miedo que respeto. Abrazó las piernas de su padre. –¡Arriba, salvaje! –Recordó cómo Ernesto Siemprebravo le gritó a una niña que traía atada de las muñecas. La alzó con violencia ante la mirada de los habitantes–. Mirad, ciudadanos de Villa Isabella, hemos capturado a los hostiles que mataron a vuestras cabras. “Apenas debe tener mi edad”, pensó Bastián. –Encontramos a esta salvaje rondando por los bosques colindantes. A punta de azotes confesó el ultraje. –Hablaba desde su caballo mientras arrastraba a la indefensa pequeña, paseándola ante los cientos de ojos temerosos–. Y aquí están sus cómplices. Los soldados empujaron con sus monturas a los otros prisioneros, todos niños de entre nueve y once años. Ernesto descendió de su potro y se acercó a la niña que, pese al castigo infligido, se mantenía en pie, con actitud desafiante. –Esta no es una niña. Las niñas no andan por los bosques cazando animales que no les pertenecen. ¡Esta no es una niña! –le gritó al pueblo–. Es un animal salvaje, cual león, cual lobo, que se come nuestro ganado. ¿Y qué hacemos en Altamiria con los animales que devoran nuestra comida? –Un murmullo se escuchó entre los aldeanos–. Los sacrificamos. Desenvainó su espada ropera y colocó la punta en la garganta de la pequeña. –¿Al menos entiendes lo que digo, mocosa, o es que ni siquiera sabes expresarte con palabras? Ella no le respondió. No entendía su lenguaje. Ni siquiera intentó escapar. Entornó sus ojos con ira. Si hubiera podido, si hubiera tenido la fuerza necesaria, habría matado a aquel invasor con sus propias manos, pero no había nada que pudiera hacer. –Lo que hago, lo hago por vosotros, pueblo de Villa Isabella. ¡Por vosotros y por la corona de Baluarte! Y con esas palabras se convenció de que hacía lo correcto cuando asesinó a los pequeños. –¿Lo conozco? –La pregunta de la mujer de apelmazados cabellos cenizas sacó a Bastián de sus oscuras reminiscencias. –Sí. El rey ha decidido enviar como embajador a Asterio Siemprebravo, el hijo de Ernesto Siemprebravo el Infanticida, el hijo del hombre que más odian Roble Tallofuerte y los suyos. Por lejos el peor ser humano que ha pisado estas tierras. Temo que el rey ha sumado otro problema al reino –suspiró Bastián. Aún no cantaba el gallo cuando Bastián ya se había vestido y se dirigía a la casona real para convencer al rey Tulio de no cometer lo que consideraba una insensatez. Los guardias le abrieron las puertas del salón real donde estaba el rey estudiando unos mapas con el duque Evelio. Su respiración agitada lo delató. –¿Algo os molesta, maestre? –preguntó Tulio Hojaltiva. –Sé que su majestad sabrá perdonar mi insolencia, pues entenderá que proviene de mi amor por el reino… –No digáis más, maestre, no estáis conforme con mi elección de Asterio Siemprebravo como mensajero. –Así es, su majestad –respondió sin miedo a las consecuencias–. El apellido Siemprebravo se asocia al Infanticida. Es odiado en estas tierras y temo que vean su presencia como una provocación. –¿Y por qué no hablasteis ayer en el consejo? –No deseaba cuestionaros frente a los nobles, su majestad. –Pero aquí estáis, cuestionándome igualmente y frente al noble de mayor rango del reino y mi propio cuñado –endureció la voz. –Son nuevos tiempos, maestre –intervino el duque–. Yo mismo hablé con Asterio. Creo que esta es una gran oportunidad para que demuestre que él nada tiene que ver con su señor padre, cuya alma debe estar ardiendo por sus pecados cometidos en vida. Son nuevos tiempos –repitió– y Roble debe entender que no siempre corre el dicho de “a tal palo tal astilla”. Asterio ni siquiera conoció a su padre. Él creció como un hombre de bien, un hombre instruido en las artes, en la literatura… no como su salvaje progenitor que nació con la espada en la mano y mamó sangre en vez de leche. –Sus aptitudes son idóneas para la tarea que se le encomendó. Es un excelente cronista, un gran
Capítulo 24. Piratas, mercenarios y pactos rotos
Los ojos aceitunados de Evaristo Manofirme, el fiel ejecutor de Tierra Amarga, no paraban de moverse mientras revisaba cientos de documentos. Los leía una y otra vez con preocupación. Su escaso cabello castaño delataba sus cincuenta y dos años, y su rostro endurecido revelaba su carácter disciplinado. A su lado estaba Santiago de Monteáguila, el conde de Campo Yermo, quien vestía una chaquetilla de seda lila con bordados dorados, gregüescos del mismo color, medias blancas, zapatos de charol con un broche de plata y una camisa blanca de encaje abultado. El noble conversaba con sus característicos gestos rimbombantes con Calisto Fuenteamplia, el conde de Corteza Quemada. –No puedo creer que ayer estuviéramos celebrando y hoy estemos encerrados en este sombrío salón –decía Santiago mientras bebía de su copa de vino tinto y jugueteaba con los bucles dorados de su cabello. Odiaba las reuniones. –Es el rey el que ha convocado a los nobles, conde De Monteáguila. Nosotros nada somos ante su palabra, así que os ruego que mantengáis la compostura y os comportéis como el hijodalgo que sois –le advirtió Calisto–. Tengo entendido que ha ocurrido una situación algo… compleja en los pueblos del sur. ¿O me equivoco, maestre de campo? –No se equivoca, conde –respondió Bastián Bocablanca. Santiago de Monteáguila se interesó en la historia. Apoyó los codos en la mesa, entrelazó sus dedos y apoyó en ellos su mentón. –¿Y podría adelantarnos algo, maestre? –Lo lamento, conde, se me ha prohibido entregaros detalle alguno. Es su majestad quien os dará las malas nuevas. –Al menos ahora sé que son malas –sonrió Santiago. Al otro lado del salón estaba el marqués Antoine Garraleón, regidor de Colina Magra, la marca de la corona, el último poblado al sur del reino de Tierra Amarga. Pese a su barriga prominente, curioseaba en cada rincón. A veces se inclinaba trabajosamente para tocar con sus gruesos dedos el suave terciopelo de la alfombra roja que cruzaba la habitación o miraba por enésima vez alguno de los tantos cuadros que la adornaban. –¡Ah, qué recuerdos me trae esta pintura! ¿Alguna vez ha estado en este maravilloso lugar, maestre de campo? –El cuadro plasmaba una extensa pradera llena de flores de todos los colores y un castillo en la lejanía. –No, mi señor –respondió Bastián–. Nací aquí, y pese a que he viajado muchas veces a Altamiria, nunca tuve la dicha de conocer Fontarragués. El marqués se encogió de hombros. –Es una lástima. Fontarragués es mi tierra natal y en ella crecen amplias praderas que rodean lagos tan azules como el zafiro, y las flores alfombran kilómetros y kilómetros de paisaje –decía sin dejar de mirar la pintura–. Los caballos de Fontarragués son los mejores del mundo conocido. Bravos como ellos solos y muy pocos hombres pueden montarlos, salvo los fontarraguenses, claro está –hablaba con orgullo. –Tenemos algunas yeguas de ese linaje en Tierra Amarga. Son salvajes y cuesta domarlas –reconoció Bastián. –¡Imaginad a los potros! Bestias que no admiten jinete. Ni aun capados son menos brutos. –Como todos en esa tierra –se entrometió burlonamente Santiago de Monteáguila. Bastián prefirió guardar silencio. Siempre que se reunía la nobleza se daban esas incómodas conversaciones. –¿No dicen acaso que los hombres y mujeres de Fontarragués son tan… mmh… toscos como sus monturas? –prosiguió el conde mientras bebía un trago de su copa de vino–. En cambio, en mi tierra natal, Aguilera, preferimos la elegancia y el poderío de las águilas. Ellas nos representan tal cual somos. –¡Habladme con más respeto, conde! –La gorda cara del marqués se puso roja de ira. –Con respeto le hablaré, marqués, cuando ame más la tierra que actualmente rige antes que aquella que recuerda con nostalgia y a la que desesperadamente anhela regresar –respondió desafiante. –¡Santiago! –intervino el conde Calisto alzando la voz–. Es obvio que el marqués extrañe sus bellas tierras, envidia de todos los reinos de Altamiria, no como los territorios de vuestra familia dizque noble, que vive en unos riscos donde crecen más rocas que hierbas. Las águilas que allí vuelan tienen más nobleza en las puntas de sus garras que vosotros en toda la historia de vuestro linaje. Así que callaos, conde, no vaya a ser que se estropee tan lindo maquillaje. Y vuestra merced –se dirigió al marqués Antoine–, ruego que perdonéis las soeces palabras proferidas por este hombre que me iguala en rango nobiliario, pero que no se comporta a la altura. –Está perdonado, mas solo por vuestra intervención. –El marqués se limpió el sudor de la papada y la frente. Ni siquiera el blanco maquillaje del conde Santiago consiguió esconder la cólera que sentía en ese momento. Bastián odiaba a los nobles, personas de Altamiria que solo por cuna y no por mérito regían los destinos de Tierra Amarga. Los minutos pasaban y los presentes en el salón, salvo Bastián, se sentaron a la mesa a espera de los demás convocados. Cada silla estaba dispuesta para un cargo en particular. En la cabecera debía sentarse el rey, a su derecha iba la reina y, luego, por ambos lados, iban duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, aristócratas y los altos rangos militares. La puerta se abrió de par en par. Con una reverencia los guardias dejaron entrar a un hombre alto, de hombros anchos y barba abultada: el capitán Lucio Molinero, líder de las Espadas de los Caminos, el batallón encargado de proteger todas las rutas del reino. El recién llegado vestía su uniforme negro compuesto por una chaqueta y pantalones ajustados, la punta de su capa de terciopelo azabache le colgaba del hombro izquierdo y el otro extremo le colgaba del cinturón. Por armas llevaba una espada ropera, una daga quitapenas y dos pistolas. Se sacó el chacó e hizo una sutil reverencia al maestre de campo y a los nobles. –¡Capitán! –Se levantó Calisto–. Que grato veros. Por favor, tomad asiento, y comed y bebed junto a nosotros. –Gracias por vuestra cortesía, conde. Ha sido un largo viaje. –Vino y agua de canela para
Capítulo 23. Canto de Pumagrís
–¡Felicidades por vuestra victoria, conde Santiago! –El rey Tulio Hojaltiva lo alabó desde la galería. –Gracias, su majestad –respondió él desde la recta aún montado sobre Buenamoza–. Aunque también debería felicitar a los que apostaron por mí. Ahora serán casi tan acaudalados como el conde Fuenteamplia aquí a mi lado –soltó su risa aguda. Al conde Calisto Fuenteamplia no le agradó el comentario, a diferencia del pueblo que alzó los vasos y cachos cargados de vino para celebrar la broma. Cuando las carreras y las apuestas finalizaron, la reina Felicia de Mondragón se levantó de su asiento en la galería, en su mano izquierda cargaba una copa de madera y en la mano derecha un pequeño libro con tapa de cuero. Allí, de pie, vertió parte de su vino en la tierra e inició el rito que solo las reinas tenían derecho a dirigir en aquel día. –Gente de Tierra Amarga –habló con vehemencia ante la multitud que se había congregado en la capital–, hoy nos hemos reunido para adorar a nuestra Señora del Sagrado Halo, Dadora de Vida, Aliento de Eternidad. El Códice Sagrado escrito por santa Nuncia la Primera nos cuenta parte de la historia de este mundo y de cómo la Señora nos permitió vivir en él. Sobre esto, santa Nuncia escribió: Hace incontables años la Señora yacía en el éter, a veces dormida, a veces soñando, a veces pensando, y en tales cogitaciones añoraba que hubiese algo más allá que solo ella. En su insondable mente soñó mundos y les dio forma, soñó poderosas tormentas y ríos que dibujaban sinuosos caminos, soñó fieras y alimañas, soñó lagos y montañas, hasta que un día decidió que debía abrir sus ojos, y tan poderoso fue aquel acto que la existencia que clamaba y que soñaba fue creada, extendiéndose hasta donde le llegaba la mirada. Tal visión le pareció sublime y la contempló por eones, y un día decidió que era momento de recorrerla. En su camino, escribió santa Nuncia, la Señora halló muchos de los luminosos mundos con los que fantaseó, y lloró al verlos materializados. Deambuló por más de cien mil años antes de tropezar con nuestro mundo, y era tal como lo había imaginado, una pequeña esfera pletórica de bosques, montañas, y desiertos de hielo y de arena, pero algo no era como lo había vislumbrado en su mente: estaba sumido en la total oscuridad, faltábamos nosotros y sobraban unas criaturas malevólas que erraban de allí para acá en la penumbra. Sumida en la preocupación, la Señora nos buscó en las nubes y no nos encontró, buscó en los océanos y no nos halló, removió los valles y no vio rastro de nosotros. Solo estaban aquellas entidades sin forma, oscuras y cargadas de odio, cuya única motivación era la destrucción de la existencia. El Códice santa Nuncia dice que la Señora, tras buscar por cien años, finalmente encontró a una mujer desnuda y temerosa agazapada en el interior de una cueva, y la reconoció: ella era la criatura que faltaba en este mundo que había soñado. Los habitantes de Tierra Amarga hicieron la señal de la Señora, besándose ambas manos empuñadas, llevándolas a sus pechos y, finalmente, alzándolas abiertas al cielo. La reina Felicia bebió de su vino y prosiguió: –Viéndola desvalida y asustada, la Señora le acarició los cabellos y la tranquilizó con lo que hoy llamamos el Aria para Ella –dijo y entonó una dulce melodía que fue acompañada por toda la gente del reino–. La mujer –continuó la reina al finalizar el nostálgico cántico– le contó a la Señora que había más personas como ella, pero que se ocultaban de la vista de las entidades que deambulaban amenazadoras por el mundo. La Señora le tendió su mano, la alzó con suavidad y le dijo: “Tras mucho buscar, eres la primera de tu estirpe que he hallado, bella como te soñé, mas no feliz como imaginé. Los demonios que aquí pululan no pertenecen a este mundo y traen horror a tu espíritu, por lo que prometo, ¡oh mujer!, que de estos demonios me encargaré”. »La Señora es poderosa, pero no destructora –continuó Felicia–, y no le bastó con solo desearlo para que aquellos demonios desapareciesen; sin embargo, es creadora, y en su deseo de librar a la humanidad de aquel yugo, invocó un fanal de llamas incandescentes para disipar la oscuridad que aquellos demonios engendraban y una maza plateada que reflejaba la luz de su farol para defenderse si la asaltaban. Largo fue su peregrinar hasta que a la última entidad logró erradicar. Con su misión finalizada, volvió con la mujer y le dijo: “No podré quedarme para compartir con ustedes como sí lo hice con las criaturas de otros mundos. Estos demonios tuvieron un origen y he de encontrarlo para que no sometan a nadie más en ningún lugar de la existencia. Te entrego el don de la escritura para que registres lo que te he contado y lo que he realizado. Busca a otros humanos y nárrales lo que aquí hice y diles que son libres. Te bautizo como Nuncia, la mensajera, la Primera mujer, la primera que vi y la primera que amé”. Dicho esto, la Señora le regaló al mundo su farol dorado y su maza plateada para que nunca más la luz le faltara. La reina Felicia bajó la mirada y rezó en silencio. Si antes Nueva Esperanza fuera una algarabía de voces ebrias, ahora estaba invadida por un silencio penitente. Y en aquella paz cargada de devoción, la efigie de la Señora del Sagrado Halo fue sacada del rústico templo de la capital y exhibida a la plebe. La hermosa y maravillosamente esculpida estatua de una mujer sin edad, de piel lisa y blanca, vestida con faldones de oro, plata y lapislázuli, y un halo de diamantes sobre su cabeza, era llevada en andas por jóvenes frailes. Todo el trayecto recibió flores blancas, rosas, azules y naranjas, que caían suavemente sobre los cabellos finamente tallados en
Capítulo 22. Carrera de yeguas
La algarabía y la música se escuchaban desde kilómetros a la redonda. Cualquier viajero empedernido que hubiera transitado por las afueras de Nueva Esperanza habría cambiado su rumbo y se dirigiría a la capital del reino de Tierra Amarga, sobre todo porque en aquellas tierras agrestes no era habitual la alegría, menos la celebración. Cualquier viajero empedernido se habría sorprendido por la multitud que peregrinaba a la capital: carruajes llenos de comestibles, enormes grupos de ancianos sonrientes, mujeres alegres, niños intentando encumbrar sus volantines y hombres con deseos de ganar en las apuestas de caballos. Cualquier viajero empedernido se habría unido al jolgorio, pues en aquella jornada se celebraba el Día de Nuestra Señora del Sagrado Halo, la fiesta más importante de Tierra Amarga, y cualquier viajero empedernido sabe que tal ocasión es perfecta para recibir un plato caliente y un buen vaso de vino. “¡Pago a Buenamoza!” “¡Tres monedas a Voladora!”, apostaban a gritos las miles de personas aglomeradas en la recta, prestas a ver la carrera de yeguas. Se amontonaban alrededor de los organizadores dejando caer bolsas de dinero que variaban en volumen según la posición social del apostador. Caminando entre los pobladores iba Calisto Fuenteamplia, el conde de Corteza Quemada, que miraba con desdén aquel espectáculo y hacía lo posible por esquivar al bajo pueblo. Si alguien osaba rozar su refinada chaquetilla burdeo con cuello de lechugilla, fruncía el ceño sin ocultar la repulsión que le causaban aquellos hombres y mujeres con olor a vino. No se asombró cuando vio entre el gentío a Santiago de Monteáguila, el conde de Campo Yermo, quien, como era habitual en él, llevaba el rostro maquillado con polvos blancos, los labios delineados, su cabello dorado muy bien peinado y lucía una elegante chaqueta plateada. A su lado, un joven de bellas facciones y labios sutilmente pintados le ayudaba a sujetar la montura de su yegua Buenamoza. –¿No estará yendo demasiado lejos con vuestra política de estar siempre con la gente, conde Santiago? –le interrogó Calisto con una voz llena de reproche. –Siempre hay que estar con el pueblo, mi señor conde. De no hacerlo, nos arriesgamos a olvidar sus necesidades y ellos olvidarán que deben respetarnos –respondió con pomposidad el conde Santiago de Monteáguila mientras acariciaba el lomo de Buenamoza–. Es más, hoy aconsejé a la gente de mi condado que apostara por mí. Si termino primero, ellos obtendrán todas las ganancias y yo obtendré su cariño. –¿Y si perdéis? El conde Santiago soltó una aguda y chillona carcajada. –¡Eso no pasará, conde Calisto! Pero, si llegase a ocurrir tamaña tragedia, al menos habré ofrecido un gracioso espectáculo, y por mi condado correrá el vino y comida gratis por muchos días como muestra de mis sinceras disculpas. –Se ordenó con su enguantada mano los dorados bucles de su cabello. –Recordad vuestra posición, conde Santiago. Sois un representante de nuestra majestad, no un bufón que hace reír al vulgo. –Si tenéis quejas, don Calisto, presentadlas formalmente a nuestro amado Tulio Hojaltiva. Su mismísima majestad me ha otorgado el permiso para participar de la carrera. –Santiago saludó al rey, quien le devolvió el gesto desde la galería construida especialmente para la celebración. Sentados junto al rey estaba su esposa, la reina Felicia de Mondragón, el fiel ejecutor Evaristo Manofirme, el marqués Antoine Garraleón, y otros tantos aristócratas y comerciantes que ocupaban los exclusivos asientos destinados a la nobleza de Tierra Amarga. –Aaah… Las festividades populares me recuerdan tanto a mi querido hogar. –Suspiró el marqués Antoine Garraleón, un hombre entrado en carnes que gustaba vestir con los mejores trajes del continente–. En mi natal Fontarragués celebrábamos domaduras. Para participar había que ser valiente, pues nuestras bestias nada tienen de mansas, y dan coces y mordidas a cualquiera que ose ponerles una montura. –He visto aquellas fiestas, don marqués –respondió Sebastián Barrancones, un acaudalado mercader de Altamiria que había llegado hace apenas tres días a Tierraíz–. Puedo decir que bravos son vuestros señores jinetes, pues para domar a esos animales hay que tener la sangre fría. –Tan fría como los sesos del conde Santiago de Monteáguila –se burló Evaristo Manofirme y apuntó a la recta de carreras–. Mírenlo allí, dispuesto a correr por unos cuantos aplausos de la gente de su condado. ¡Habrase visto espectáculo más patético! –Disfrutad del espectáculo, don Evaristo –le aconsejó el rey con seriedad–. El conde Santiago sabe que lo único que nos diferencia del pueblo son nuestros cargos y títulos. Sin el pueblo, no tendríamos reino. Fue el pueblo el que levantó a pulso cada una de las murallas y techos que nos rodean, fue el pueblo el que construyó vuestra casa y fue el pueblo el que levantó esta galería en la que disfrutamos cómodamente de esta celebración –le recordó. –Perdonad mi insolencia, su majestad, pasa que me cuesta disfrutar la humillación pública de uno de nuestros nobles. –¿Humillación? Lo aman, Evaristo, mirad. La ovación fue cerrada cuando apareció Santiago de Monteáguila montando a su yegua Buenamoza. Su entrada fue tan pomposa como él mismo al ser acompañada por la orquesta que amenizaba la festividad. Alzó su sombrero emplumado de ala ancha y saludó a su público con una flamante sonrisa. Innumerables vasos de vino se alzaron ante su presencia y los brindis al conde se gritaban por toda la recta. El maquillado noble maniobraba con elegancia a su yegua, que trotaba ante la gente al son de la fanfarria, saludando con su mano a cualquiera que se la tendiera, fueran mujeres, infantes o un borracho cualquiera. No discriminaba a nadie y la gente lo amaba por eso. Le aplaudían y arrojaban flores como si fuese la Señora del Sagrado Halo en persona. –¡Buen día tengan, amado pueblo! –saludó con su pomposa voz al tiempo que tiraba de las riendas para que su yegua galopara sobre sus patas traseras y relinchara con majestuosidad. Amaba el espectáculo. “¡Tres lienzos por el conde!” “¡Pago quince cuadros a que gana Buenamoza!” –¿Quién será el rival del conde? –preguntó el rey.