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El eco de sus botas resonaba en el pasillo que llevaba al Salón del Rey. La capa y la pluma de su sombrero de ala ancha ondulaban con su decidido andar. Afirmaba con seguridad la espada ropera que llevaba envainada al cinto.
–Llegas temprano, Bastián. –Lo recibió en la puerta del salón su amigo Abdón Buenaventura, un sujeto de baja estatura y espalda ancha que oficiaba como consejero del rey y, en sus ratos libres, como poeta.
Aquel día vestía camisa y pantalones negros, los que combinaban con su cabello azabache siempre bien peinado. Su atuendo lo completaban unos elegantes zapatos con broche de plata.
–Sabes que gusto de la puntualidad –respondió con aspereza Bastián Bocablanca, maestre de campo del reino de Tierra Amarga–. Cuéntame, ¿qué novedades hay?
El poeta y consejero del rey adoptó un tono sombrío, frunció el ceño y habló en voz baja. No quería que los guardias de la casona real escucharan ni una sola palabra.
–Llegó un mensaje de un chamán de las tierras del sur. No son buenas noticias. Por lo que alcancé a escuchar, una de sus aldeas fue atacada y no solo eso, al parecer, la redujeron a cenizas.
–No me jodas, Abdón. ¿Crees que fue…?
–Ni lo pienses, Bastián. Ni lo pienses.
Ambos ingresaron al Salón del Rey, una estancia de cuyas paredes colgaban gigantescas pinturas que narraban la historia del reino de Tierra Amarga, la que apenas se remontaba a veintidós años. En el primer cuadro se veía el cuerpo abatido de Emilio Martesta, el rey conquistador proveniente del continente de Altamiria. Junto a su cadáver se alzaba victorioso un joven Sauce Briznasol, que cargaba en sus manos una hoz de hueso ensangrentada. El segundo lienzo era un óleo que mostraba al ejército de Altamiria y al de Tierraíz, uno frente al otro, en un paisaje agreste con columnas de humo en el fondo. Entre ambos, un mozuelo de cabellos oscuros se encontraba arrodillado, con la cabeza gacha y con ambas manos extendidas ofreciéndole su espada a Roble Tallofuerte en señal de rendición y misericordia. Aquel rapaz era Tulio Hojaltiva, otrora escudero de Emilio Martesta y el actual rey de Tierra Amarga.
Os pido humildemente que considere esto como señal de perdón por todas las atrocidades cometidas por mi pueblo. Emilio Martesta, su capitán general, sus maestres de campo, sargentos mayores, alféreces y capitanes han sido asesinados, y, con ellos, ha muerto la codicia y el deseo de conquistar vuestra tierra. Nosotros, simples criados, anhelamos la paz.
Tales palabras fueron dichas por Tulio Hojaltiva, registradas por los cronistas y plasmadas en una placa de madera dispuesta bajo el marco de aquel cuadro. Aquella súplica de Tulio no faltaba a la verdad, pues fueron los aristócratas de Altamiria y no los criados quienes emprendieron la campaña de conquista. La ambición fue su principal motivación tras haber escuchado de boca de mercaderes y exploradores que Tierraíz era un continente donde sus habitantes tenían tanto oro que incluso los niños jugaban con este como si fuese una cosa sin importancia. Los nobles pensaron que sería una empresa sencilla, mas nunca imaginaron que los habitantes de Tierraíz defenderían su tierra hasta el punto de la victoria. Tras la derrota de Emilio y sus Huestes del Corazón de Hierro, Tulio Hojaltiva imploró por asilo en Tierraíz para él y los más de tres mil sirvientes que no deseaban volver al continente de Altamiria, donde eran tratados como parias por las clases altas.
La respuesta de Roble Tallofuerte fue registrada por los cronistas, tallada en una placa de madera y colocada junto a una tercera pintura.
Ocuparán las tierras donde desembarcaron con sus espadas, arcabuces y alabardas, donde derramaron la primera gota de sangre de nuestra gente, allí, donde talaron y quemaron los bosques, morada de los espíritus; allí, donde escupieron a la Tierra y le dieron la espalda; allí, donde esterilizaron con sal para traer el hambre. Allí, allí habitarán y su reino Tierra Amarga se llamará. Por ese nombre lo llamarán ustedes, sus descendientes y los nuestros, hasta que los bosques hayan crecido y el verde cubra nuevamente esas tierras que ahora solo emanan el nauseabundo olor del carbón. Tierra Amarga es lo que trajeron y en la Tierra Amarga vivirán. Ahora será su reino y entre nosotros habrá paz.
Tras aquellas palabras, los sirvientes de Altamiria se asentaron en Tierraíz, pero no en cualquier zona, sino donde Emilio Martesta taló bosques completos y quemó la tierra en su afán de amedrentar a sus enemigos, un territorio plagado de tocones carbonizados y campos estériles. Desde entonces, los nuevos habitantes plantan y riegan con ahínco para sanar la tierra, pero esta sigue dañada y solo unos pocos parches de hierba y retoños de árboles se han animado a crecer.
Como una manera de retomar la vida que alguna vez tuvieron, la gente eligió a Tulio Hojaltiva como el primer rey de Tierra Amarga, y levantaron a punta de piedra y madera quemada la capital del reino: Nueva Esperanza. Una plaza con apenas dos árboles de maqui y un pozo de uso comunitario marcaba el centro de la ciudad, a su alrededor levantaron una austera casona de adobe de dos pisos de color terracota que servía como palacio real; una pequeña capilla en cuyo techo se erguía una efigie de madera de la Señora mirando hacia el pueblo, velando por su seguridad; el mercado central, que rebosaba de mercaderes desde la madrugada hasta el atardecer; y un cabildo, donde se reunían los ciudadanos ilustrados para discutir temas del día a día de la capital. El paisaje urbano continuaba con cientos de moradas construidas con adobe, paja y tejas donde vivían cientos de personas, y miles más habitaban en las afueras y en los nuevos centros urbanos que bautizaron como los condados de Corteza Quemada y Campo Yermo, el puerto de Lobera y la marca de Colina Magra.
Nadie pensaba que tras la cruenta guerra se retomarían los lazos comerciales entre ambos continentes, pero con el pasar de los años llegaron mercaderes de los distintos reinos de Altamiria, y Tierra Amarga se transformó en un lugar lleno de vida.
En aquel diminuto salón adornado de pinturas se encontraba el rey Tulio Hojaltiva sentado en su trono que no era más que una humilde silla emplazada sobre una plataforma de madera alfombrada. Se peinaba hacia atrás los largos cabellos negros que le impedían leer cómodamente unos informes. Junto a él se encontraban dos guardias reales vestidos con largas chaquetas de cuero roído y desgastado, y una anciana de piel morena vestida con una manta negra y que afirmaba su cuerpo en un cayado de boldo.
–Soldados, pueden retirarse. Ya os mandaré a llamar cuando haya terminado aquí –les ordenó el rey amablemente.
La anciana vestida de negro no se movió de su lugar. Cuando Roble permitió la creación del reino de Tierra Amarga lo hizo bajo ciertas condiciones, y una de ellas era que en su capital siempre debía estar presente un integrante del Consejo de Ancianos para enseñarle a Tulio las costumbres y creencias de los pueblos, además de aconsejarlo y ayudarlo en caso de necesidad. Acacia Saviaviva fue la elegida por el Consejo para cumplir esa tarea y desde entonces se ha quedado al lado del rey.
–Su alteza, sabia Acacia –saludaron Bastián Bocablanca y Abdón Buenaventura con una sutil reverencia.
–Buen día tengan vuestras mercedes, aunque lo sería si no fuera por las malas nuevas que me han llegado desde los pueblos del sur –suspiró preocupado el rey Tulio–. Imagino que Abdón ya os habrá puesto al corriente, maestre de campo Bastián.
–Algo, su majestad.
El rey se acomodó en su austero sitial.
–Supongo que recordaréis la luna roja de hace ya un año.
Bastián y Abdón afirmaron con su cabeza.
–Sabia Acacia, por favor. –El rey cedió la palabra a la mujer de negro.
La anciana aclaró su garganta.
–He traducido y transcrito al papel la totalidad del mensaje que ha enviado nuestro chamán Pumagrís. Si lo desean puedo leérselos.
–Por favor –solicitó Bastián.
La anciana comenzó la lectura del siniestro mensaje que hablaba de cadáveres y árboles carbonizados, y de la desaparición total de Montepardo. El rostro del maestre de campo ganaba diez años ante cada palabra, cualquier persona que hubiera visto su semblante en ese momento jamás habría adivinado sus treinta y tres años.
–¿Qué pensáis? –preguntó el rey.
Bastián intentó componerse. Enderezó la espalda, echó atrás los hombros, alzó la mandíbula y con su mano peinó parte de su mal cortado cabello castaño.
–El mensaje no dice quiénes fueron los atacantes…
–No hubo sobrevivientes que los describieran –aclaró Tulio–. Y eso es lo que más me preocupa, porque el fuego y el no dejar testigo alguno fue la estrategia militar favorita de Emilio Martesta en los primeros días de su intento de conquista. Temo que algunos altamirios, ansiosos de poder, deseen repetir aquella… gesta.
–¿Y qué desea que haga, su majestad?
–Sois el maestre de campo y sobre vuestra merced recae la responsabilidad de liderar las tropas y de proteger este reino. Por tanto, Bastián, deseo que ordenéis a todos los soldados que abran mejor sus ojos y paren mejor las orejas. Estad alertas a cualquier movimiento, a cualquier sujeto sospechoso, a cualquier rumor que se escuche entre el pueblo y el campesinado. Si este ataque fue el primer movimiento de alguien tan insensato como para creerse el nuevo Emilio Martesta, ¡debo saberlo!
El toque de alerta de una trompeta de bronce interrumpió las órdenes del rey. Guardaron silencio, atentos al llamado del vigía. El tararí se repetía insistentemente.
–Majestad, debo marchar. –Bastián se disculpó con el rey, quien lo dejó partir con un gesto de su mano.
El maestre de campo se dirigió con premura al encuentro del vigía. No era el único, decenas de ciudadanos se agolpaban a las afueras del sector este de la ciudad, curiosos por saber qué estaba ocurriendo.
–¡En esa dirección! –El centinela entregó el catalejo al maestre de campo, quien logró distinguir en la lejanía a un sujeto con el cuerpo lleno de heridas que caminaba a trompicones.
–Traed mi montura y que tres hombres me acompañen –ordenó el maestre.
Un total de cuatro jinetes cabalgaron al encuentro del herido, quien, agotado, se desvaneció sobre la escasa hierba. Ardía en fiebre y sangraba por todas sus heridas. Bastián le obligó a beber de su odre, lavó sus llagas y le puso un paño húmedo sobre la frente. Entre espamos, el herido balbuceaba palabras que ninguno de los presentes lograba comprender.
–Id a buscar a la sabia Acacia. ¡Necesito saber qué está diciendo este hombre!
Tras unos instantes llegó la mujer.
–Sabia, este hombre habla vuestra lengua, que aún no comprendo del todo. ¿Qué está intentando decir?
La anciana se espantó cuando vio al sujeto, tenía la mitad del cuerpo calcinado y apenas respiraba. Los ropajes de la sabia se tiñeron de rojo cuando se arrodilló para escuchar los tenues susurros del herido, quien recuperó parte del brillo de sus ojos al ver el rostro de Acacia Saviaviva. Con su ensangrentada mano le sujetó de la manta y le acercó sus resecos labios a la oreja.
–Qué alegría verla, sabia Acacia –le susurró en su idioma–. He venido a rescatarla, pero he fallado. Debe huir de aquí. Debe huir. Ellos… –Miró a los soldados–. ¡Ellos nos han traicionado! –alcanzó a advertirle antes de perder la conciencia.
Acacia se quedó junto a él unos segundos, intranquila ante la oscura advertencia. Miró a los soldados y al maestre de campo. Los vio a todos, altos y erguidos. Sus ojos eran fríos y sus cejas, ceñudas. Parecían nerviosos y sudaban pese al frío del otoño. La pluma de ñandú del sombrero de Bastián se mecía suavemente con el viento. Su espada se mantenía firme y bien envainada en su cinturón. Todos estaban armados y rodeándola. Notó cómo uno de los soldados acariciaba el pomo de su espada.
Un escalofrío le recorrió el espinazo.