Sauce Briznasol se deslizaba sigilosamente por entre la hierba. Con la diestra se ayudaba para avanzar entre los árboles que lo rodeaban y en la zurda cargaba su confiable lanza con la que esperaba procurar el alimento para su aldea. Tan suaves eran sus pasos que ni el animal con el oído más agudo podría haberlo percibido. Junto a él iban hombres y mujeres de mirada hosca y tez recia. Entre ellos también marchaba su hijo Junco Briznasol, un niño de doce años, delgado, de ojos contemplativos, y un brillante y liso cabello negro que le llegaba hasta los hombros. El pequeño estaba nervioso y con algo de miedo; era la primera vez que acompañaba al grupo de caza, mas no podía permitirse mostrar tales sentimientos, ya que los mayores se reirían. Guardó para sí aquellas emociones y se limitó a seguir a su padre. Una cazadora encaramada sobre un árbol avisó mediante señas que dos guanacos pastaban a unos pocos metros. Los arqueros buscaron el blanco, tensaron las cuerdas de sus arcos y dispararon. Nada salió como debía. Las flechas fallaron y los animales huyeron aterrorizados. Los cazadores los persiguieron raudos por el bosque, atravesando arroyuelos y pequeñas fallas que aparecían de improviso. Junco, armándose de valor y entusiasmado por la bravura de sus acompañantes, corrió junto a ellos. Sacó a relucir su boleadora y la arrojó con todas sus fuerzas a uno de los guanacos, el que cayó pesadamente sobre la hierba. –Padre, ese animal es mío. ¡Yo lo cacé! –gritó con alegría. Sauce guardó silencio. El pequeño siguió corriendo a gran velocidad para capturar al segundo guanaco. El nerviosismo y el miedo se transformaron en adrenalina. Su corazón le latía con fuerza, su respiración se agitaba y sentía los músculos de sus piernas acalambrarse. A su derecha apareció Palma Talloverde, otro joven cazador, pero mucho más corpulento que él, de espalda ancha y brazos sumamente fuertes para sus cortos trece años. Ambos se miraban con juvenil complicidad, deseosos de mostrarse capaces ante los adultos. El resto del grupo de caza se limitó a observar con seriedad la competencia entre ambos chiquillos. Palma corrió tan rápido como un puma y de un salto se abalanzó sobre el animal, derribándolo con sus propios brazos. Lo inmovilizó, mas no conseguía domarlo, por lo que sacó un puñal de hoja corta y terminó el trabajo. Los pequeños estaban empapados en sudor y jadeaban con una amplia sonrisa cuando llegó la compañía con el otro animal. Sauce apareció de entre los cazadores y se acercó en silencio a los guanacos que yacían moribundos sobre la hierba. Su caminar era imponente. Su espalda ancha y cintura angosta le daban un aspecto fiero. Se inclinó ante los animales y les acarició el frondoso pelaje. –Tendremos alimento para muchos días y abrigo para el invierno. Las ancianas podrán hacer buenas mantas. Espino, dame tu daga. –¿Tú lo harás? –le preguntó Espino Pastoseco, un hombre entrado en años y de cabello encanecido. –Sí. Estos dos chiquillos están muy verdes y yo estoy a cargo de la cacería. Sauce abrazó con ternura a los animales, les acarició la barbilla, levantó sus cabezas y les enterró la daga en la garganta. Los cazadores colocaron vasijas de arcilla y cuero bajo los pescuezos para guardar la sangre. Sauce Briznasol se levantó y le devolvió el arma a su amigo Espino, dirigiéndose, luego, a los dos niños. El rojo lo bañaba desde los codos hasta la punta de los dedos. –Hace un momento creyeron que tirar una lanza o apuñalar a un animal era un simple juego, nada más que una competencia –les habló con voz dura–. No es así. Nunca es un juego acabar con una vida. Las mujeres y hombres del grupo siguieron con sus labores, amarrando a los guanacos muertos en unos báculos y haciendo oídos sordos a la reprimenda que Sauce le daba a los pequeños. –Cada cacería es algo sagrado, una instancia de respeto –siguió–. Los animales que cazamos nos regalan su vida y gracias a este sacrificio podemos sentir la caricia del viento, nadar por los grandes ríos, apreciar el calor del sol y maravillarnos con las estrellas. El regalo que nos hacen es tan grande que debe ser respetado y nunca mancillado con sus competencias infantiles. No cazamos para demostrar quién es el más capaz o el más hombre de nosotros o por una satisfacción personal, sino para vivir… para seguir unidos a la Tierra y a las personas que amamos. Recuérdenlo. –Junco y Palma bajaron la cabeza, avergonzados. Una vez que terminaron de desangrar a los animales, emprendieron el regreso a Rocalga, su aldea. Junco caminaba cabizbajo al final de la compañía. Palma iba todavía más atrás, arrastrando una rama con la cual dibujaba surcos en el suelo. –Fuiste demasiado severo con ellos –le recriminó Espino a Sauce. –Nunca se es demasiado severo cuando se educa al futuro de nuestro pueblo. –Es la primera cacería de esos niños y, por lo demás, lo hicieron bastante bien. Tu hijo tiene una puntería envidiable y el muchacho Talloverde, una fuerza descomunal. ¿Habías visto alguna vez que alguien atrapara a un animal tan grande con sus propias manos? Son niños –hizo énfasis en niños– y estaban felices por haber sido útiles a su aldea hasta que los regañaste. Tú mismo lo dijiste: tendremos comida y abrigo. Sauce reflexionó y miró a los pequeños. –Quizás… quizás tienes razón. –Siempre la tengo. Es la ventaja de haber vivido tantos años. –Sonrió el templado Espino. Sauce dejó su puesto en la cabecera y esperó a los niños. –¿Siguen tristes? –No contestaron. Tenían los ojos llorosos y Sauce supo que debía sosegar su infantil tristeza–. La primera vez que salí de cacería fue con tu abuela, y sus tíos y primos. –Comenzó a narrar mientras caminaban protegidos por los árboles y arbustos que rodeaban el sendero–. Yo apenas tenía nueve años. La lluvia y la nieve arreciaban con furia, los días eran más cortos y mucho más
Prólogo: Cánticos cargados de odio y terror
Cedro Vientocalmo mordisqueaba un trozo de tortilla al tiempo que refunfuñaba en silencio. Odiaba ser vigía, sobre todo aquella noche fría, con niebla espesa, rasante. Se envolvió con su manta, se encogió de hombros y bebió un poco más de licor para calentar el cuerpo. A esa hora de la noche la piedra en la que estaba sentado se sentía aún más incómoda. El crujir de las ramas, el viento en las hojas o el paso sigiloso de algún animal lo ayudaban a mantenerse despierto en aquella soporífera vigilia. “Estas guardias son absurdas”, decía a regañadientes. Y ese pensamiento no estaba alejado de la realidad, pues Montepardo era uno de los pueblos más apacibles del continente de Tierraíz. El vaho que manaba de entre sus labios se hacía más espeso a medida que pasaban las horas, por lo que alimentó con una rama seca la hoguera que lo abrigaba. Desde la cima de Colina Centinela oteaba el horizonte, enfocaba la vista y, por más que se esforzase, no veía nada digno de preocupación, ni el más mínimo movimiento en derredor. Crac escuchó de pronto a sus espaldas. Guardó silencio y agudizó el oído. Crac. Cuidadosamente sacó el puñal que guardaba dentro de su cinto y lo apretó fuertemente con su diestra. Dejó la jarra de licor a un costado y el trozo de tortilla lo depositó suavemente sobre el césped. El sonido se repitió una y otra vez, cada vez más cerca. Cedro Vientocalmo no era un hombre alto ni fornido, pero era un excelente acechador. De niño había sufrido la desventaja de su falta de cuerpo, por lo que su padre, un hábil cazador, le enseñó técnicas tanto para atacar a su presa como para defenderse de ella. Gracias a sus consejos, era capaz de combatir contra cualquier rival, aunque le sacara un palmo de estatura. Recordando las palabras de su padre, se deslizó sigilosamente de entre sus prendas, se ocultó y esperó. Escondido entre unos matorrales vio aparecer a una criatura que no pudo distinguir por culpa de la niebla. Era imponente, de brazos y piernas gruesas. Se movía bruscamente, sin miedo a mostrarse. La criatura se acercó hasta la manta de Cedro, que seguía erguida simulando a un hombre sentado, y la derribó de un manotazo. Viendo que no había nadie en el lugar, la bestia se alistó al combate, alerta. Cedro seguía agazapado entre los arbustos, esperando pacientemente el momento de atacar. Disminuyó la intensidad de su respiración. Cuando la bestia se arrodilló para revisar los pertrechos, Cedro saltó desde su escondite y se abalanzó con su puñal en alto, afianzándose con piernas y brazos a la enorme criatura. Le puso su hoja en la yugular, mas pagaría caro su acto temerario, ya que la bestia era más fuerte de lo que pensaba y con inusitada brutalidad arrojó a Cedro contra la hierba. Con una rápida acrobacia, el vigía se incorporó dispuesto a una nueva acometida. –¡No me harás lo mismo que a Cedro! ¿Dónde está él? –gruñó la bestia y el vigía quedó helado ante aquella voz que conocía tan bien. –¿Alerce? –preguntó sorprendido y bajó su puñal–. ¿Eres tú? –¿Cedro? ¡Pensé que te habían asesinado o secuestrado! –Suspiró más relajado el dizque monstruo que no era más que Alerce Trombatroz, a quien llamaban el Árbol que Camina por su gran envergadura física. Se llevó la mano a la garganta y se sobó con cuidado–. Quería saber cómo iba tu vigilancia y por poco me degüellas –rezongó. –Perdón… fue la niebla, no podía ver. –Debes fijarte más en lo que haces –le espetó–. ¡No soy una persona difícil de reconocer, por todos los espíritus! Alerce Trombatroz era uno de los hombres más respetados de Montepardo. Su valor superaba con creces su tamaño y fiereza en la caza. Años atrás, en el rito de la adultez, tomó lanza y maza y se internó en el bosque para realizar su primera cacería, rechazando cualquier tipo de compañía. Deseaba esa experiencia solo para sí. A diferencia del resto de jóvenes que regresaron a las semanas de partir, Alerce lo hizo a los dos años. Su cuerpo y mente habían cambiado. Había vuelto como un ser feroz, un guerrero en todo su significado. –¿Está todo en orden? ¿Nada que alertar? –preguntó con voz hosca mientras arreglaba su manta desordenada por el inesperado combate. –No, Alerce. Nada. Solo neblina y ropas húmedas –respondió el menudo Cedro mientras bajaba otro trago de licor de maíz por su garganta. –El otoño es así –gruñó Alerce. –¿Por qué subiste? Hace demasiado frío y estamos a la mitad de la noche. Yo estaría feliz durmiendo en mi cama. –Desperté. Pesadillas. Algo me inquieta. –Observaba el horizonte en busca de ese algo. –Relájate, no hay nada que temer. Todo está en completo orden. Bajé al arroyo, recorrí la rivera y no hay nada, ni siquiera animales. Todo duerme en Montepardo. “Hasta los chunchos han cerrado sus ojos y no buscan por roedores”, se preocupó Alerce. –Hablas mucho para alardear de tu sigilo. Calla. No puedo escuchar. –¿Qué… qué cosa? –preguntó avergonzado el vigía. –El viento… De pronto, una brisa sopló desde el oeste, un rumor salino que acarició el follaje y el pasto adornado por el rocío. Tal fue su suavidad que Alerce dejó de lado su imagen fiera y cerró los ojos para sentir el céfiro en el rostro y oír la sinfonía que entonaron los enormes bosques que los rodeaban. Sin embargo, aquella cadenciosa melodía traía consigo una advertencia, una que solo se evidenció cuando la brisa empujó las nubes y despejó los cielos. Allí, en lo alto de la noche, contemplaron una siniestra luna roja rodeada por un halo macabro. Una luna de fuego, de peligro, una luna de sangre. –Esto no es normal. La Luna nos quiere decir algo –dijo Alerce con preocupación–. Cedro, ve a buscar a la lideresa Olivilla. ¡Ahora! Alertado por aquella visión sanguinolenta, Cedro obedeció sin chistar y, tras muchos minutos, llegó hasta la aldea. Las