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El sol ya estaba sobre el horizonte marino cuando Junco y Lirio llegaron a El Claro. La pequeña se maravilló al ver las mesas rebosantes de comida dispuestas alrededor de una inmensa fogata junto al tótem de Coirón Riobravo. Junco la ayudó a bajar las ollas y jarras del carro, y los niños de la aldea se apresuraron a ir su auxilio para aprovechar de probar los exquisitos brebajes que Lirio siempre llevaba para las festividades.
Mientras los pequeños descargaban, Sauce, Amancay y Totora recibían a los miembros de los clanes, que traían consigo ollas con guisos de cochayuyo o charqui, pescado asado aliñado, mote, sopaipillas y tortillas. Todos deseaban celebrar con ansias la llegada del nuevo año.
–Sauce. –Se le acercó una mujer entrada en años y de andar lento. Las manchas de la vejez adornaban el dorso de sus enflaquecidas manos. Era Tara, madre de Tepú, y matriarca del clan de la ribera sur del río Tronador–, agradezco tu ayuda. Tus enviados repararon nuestras casas y levantaron otras nuevas, muy firmes todas. –Su voz era apenas un susurro forzado–. Las ancianas agradecemos las mantas. Nuestros huesos las pedían a gritos.
–¡Eh, Sauce! –le gritó una voz ronca– Veo que hay que hacer fila para darte las gracias.
–¡Hualo! –saludó al grueso padre del clan del norte con un abrazo.
–Todo ha vuelto a la normalidad. La gente te lo agradece. –Le palmeó la espalda con fuerza.
–Me sumo a los agradecimientos. –Sauce reconoció la voz de la anciana Ulmo, del clan de los bosques.
–No me gusta lo que voy a decir… –empezó Hualo.
–Entonces no lo digas –interrumpió Totora.
–¡Debo decirlo! Ulte ya nunca está en Rocalga. Sí, nos salvó de la hambruna de aquel invierno, pero es un líder ausente. Tú deberías ser nuestro líder, Sauce. Lo harías bien, estoy seguro de ello.
–Hoy es un día para celebrar, Hualo, no para tomar decisiones así de importantes.
–De acuerdo, tras la fiesta hablaremos, ojalá más temprano que tarde, eso dalo por hecho. No puede ser que Ulte no esté con nosotros en la llegada de un nuevo año. Las cosas van a cambiar en Rocalga, Sauce, van a cambiar.
Sentados alrededor del enorme fogón que habían preparado durante la mañana, los aldeanos festejaban el inicio del invierno y de un nuevo año. Comían, conversaban, reían y entonaban melodías que narraban las batallas de los antiguos espíritus y la formación de la Tierra. Los ancianos contaban historias a los más jóvenes y estos aprendían de su sabiduría. La sabia Totora se sentó trabajosamente en un tronco para narrar una historia antigua, de años y sufrimientos pasados. La luz de las llamas dibujaba sombras sobre sus avejentados ojos.
–Este cuento es para los más pequeños aquí presentes, para que conozcan un poco más de sus antepasados y sepan cómo, gracias a sus acciones, forjaron lo que somos hoy –comenzó su relato ante los atentos oídos de los niños–. De lo que voy a contar han pasado muchos años, tantos que estas tierras eran vírgenes y el viento que acariciaba la hierba evocaba melodías desconocidas para los humanos. En esa época, detrás de la cordillera de Piedrafría, donde nace el sol, existió una tribu muy parecida a la nuestra. Aunque era un pueblo pacífico y nunca había tenido disputa alguna, fue atacado por gente amante de la guerra y de la muerte. Con gran pena en su corazón, un aldeano tomó de los hombros a su hija, una chiquilla de apenas trece años, y le dijo: “Huye. Llévate a todos los niños y atraviesa la cordillera. Al otro lado hay valles de árboles verdes y ríos cristalinos. Llévatelos y comiencen una nueva vida, pues aquí no hay futuro”. Sin que lo invasores se dieran cuenta, la pequeña escapó con más de cien niños, todos de la misma edad de ustedes. –Apuntó a su asustada audiencia–. Aquella joven valiente, llamada Loica Vientoleal, emprendió el arriesgado viaje para llegar a estas tierras. La travesía no fue fácil. Muchas veces tuvo que cargar hasta tres niños en sus brazos y espalda para que no se les congelaran los pies con la nieve de las montañas. Dice la historia que contó con la ayuda de un pequeño de tan solo doce años llamado Gorrión Plumaférrea, quien siempre la apoyó en momentos de necesidad.
»A medio camino, Loica Vientoleal notó que todos los pequeños habían perdido sus fuerzas, por lo que llamó a Gorrión Plumaférrea y le dijo: “Eres el mayor de los niños a mi cargo. Yo iré a rezar al Espíritu de la cordillera para que nos deje continuar. Si no regreso, debes cumplir la misión que se nos ha encargado”. Dicho esto, la pequeña Loica escaló durante días para llegar hasta la cumbre más alta. Cuando llegó, invocó al poderoso espíritu, quien apareció en la forma de un majestuoso cóndor. Sus alas eran tan grandes que cubrían el cielo y su plumaje era de un negro tan profundo que ella pensó que la misma noche venía a buscarla.
»–¿Qué deseas, pequeña semilla? –le preguntó el espíritu.
»–Vengo a rogar por su bendición para que mi gente llegue sana y salva al valle del oeste, gran Espíritu. Le he traído esto como ofrenda –le respondió Loica y le entregó una vizcacha–. Conmigo van más de cien niños. Escapamos de un ataque a nuestra tribu y la única esperanza que nos queda es vivir en el valle que está cruzando estas montañas. Lamentablemente, el frío y el viento nos lo impiden. Por favor, le ruego que interrumpa el invierno hasta que crucemos.
»El espíritu, sorprendido por la valentía y arrojo de Loica, le dijo:
»–Tu petición será concedida, pequeña semilla. A partir de hoy y hasta que lleguen a su destino, no habrá más nieve ni vientos ni frío en su camino. Marcharán bajo un sol cálido y sus pies siempre estarán tibios. Esa es mi promesa, pequeña semilla.
»Tras la respuesta, el poderoso espíritu se marchó volando y con él se llevó las nubes, los vientos y la nieve. Así fue como los niños continuaron su viaje hasta llegar a esta tierra llena de vida y con árboles cargados de frutos para saciar su hambre.
»Cuando pasaron dos años y los niños ya eran fuertes y podían cuidarse por sí mismos, Loica decidió regresar a su pueblo natal para tener noticias de sus madres y padres. Gorrión Plumaférrea, que ahora era un muchacho fornido, la acompañó en esa travesía. Al llegar, se enteraron de que su gente había librado terribles batallas y muchos habían sido capturados y esclavizados. Loica, enfurecida, juró que lucharía por rescatar hasta la última persona capturada y que no se detendría hasta ver en llamas a las tribus invasoras. Con sus corazones infundidos por el valor, coraje y determinación de Loica, las tribus, aldeas y pueblos oprimidos la siguieron en lo que hoy llamamos La campaña de los mil rescates, venciendo a todas las tribus enemigas y liberando a los cautivos, pero tamaña valentía tuvo un precio muy elevado –se lamentó la anciana–, pues en la última batalla Loica cayó herida por una flecha envenenada. El que fuera un día de liberación y triunfo se convirtió en uno de sufrimiento. El joven Gorrión se aferró al cuerpo moribundo de su amada amiga y tan amargo fue su llanto que conmovió al mismísimo Espíritu de la Montaña, quien bajó desde sus estancias cordilleranas. Viéndola agonizante sobre la hierba, el gigantesco cóndor le ofreció el más grande de los dones y cortó parte de su ala y vertió su propia sangre en las heridas de la joven guerrera. Desde el momento en que abrió sus ojos, Loica fue bautizada como Alacóndor y la nueva sangre que le fue brindada le otorgó una sabiduría y resistencia más allá de lo imaginable, convirtiéndose en la primera chamana y líder de nuestro pueblo. Su resurrección fue motivo de gran felicidad y toda la aldea regresó junto a ella a esta tierra, donde madres y padres se reencontraron con sus hijas e hijos, y forjaron los cimientos de nuestro pueblo.
Así terminaba Totora la historia de Alacóndor y todos guardaron un respetuoso silencio en honor de sus ancestros.
–¿Es verdad que Loica se hizo inmortal al recibir la sangre del Espíritu de la Montaña? –preguntó un pequeño.
–Hay gente que cuenta eso. Otra dice que vivió muchos años, tantos como para ver nacer a cinco generaciones de nuestro pueblo y dedicarle canciones a cada una. Sin embargo, mi abuelo contaba que, cansada por los años, Alacóndor se retiró a la cordillera y que desde allí nos cuida junto al Espíritu de la Montaña. Esa versión me gusta mucho más –dijo la anciana con una sonrisa.
Los festejos seguían en la aldea. El joven Litre conversaba con el pájaro de mal agüero, Junco reía de buena gana junto a su amiga Lirio, Sauce caminaba de aquí para allá, mostrándose amable con cada aldeano que lo saludaba, y a su lado siempre estuvo Amancay. Las ancianas se aprestaban a preparar un guiso de cochayuyo, por lo que comenzaron a picar papas y algas. Llamados por el aroma, los cientos de aldeanos se apretaban contra el fuego con sus platos y jarras de greda, todo esto al son de los tambores y flautas que tocaba un grupo de músicos bajo el tótem de Riobravo.
Las estrellas hermoseaban aquella noche sin luna en la que todos comían y cantaban alegremente. De pronto…
Uooooooooooooooooh
Un macabro sonido asustó a los aldeanos. “¿Qué ha sido eso?”, se preguntaban. Junco notó que el rostro de Lirio palideció.
Uoooooooooooooooooooooh se escuchó nuevamente, con mayor intensidad. “¿Qué ocurre?”, se preguntaban alarmados.
Uooooooooooooh
El sonido venía desde el mar.
–Espino, ven conmigo –dijo Sauce y subieron hasta lo alto de la Colina de La Victoria.
Cormorán se levantó del tronco en el que estaba sentado. De la nada tenía su arco y su carcaj en la espalda, y advirtió:
–La Isla Oscura. Ha aparecido la Isla Oscura.