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–Esto huele muy bien, Alanoche. ¡Huele, huele! ¡Hasta a ti te gustaría! –le decía Lirio Hierbarcoíris a un tordo que la miraba meneando la cabeza de lado a lado, intrigado–. Estoy segura de que a la gente le fascinará. ¿Qué dices? No, no. No es un licor. Esto se debe beber después de la cena. Les hará bien. Es una infusión que se bebe tibia. Tiene unos toquecitos personales para calmar los dolores de estómago. Tú ya sabes cómo son en Rocalga. De toda la gente de Costazul, debe ser la que más come.
Lirio Hierbarcoíris era la aprendiza del chamán Pumagrís. Todos los aldeanos la conocían por ser la persona con más conocimiento de plantas y hierbas en Costazul. En su memoria guardaba el nombre de cada hierbajo, hongo, musgo, arbusto, flor, enredadera y árbol del territorio, además de cómo y cuánto tiempo viven, qué hacer para que crezcan sanos y fuertes, y cómo mezclarlos para cocinar, embellecer o aromatizar y, lo más importante, para sanar. A sus cortos trece años era una maestra en las artes medicinales y el pueblo la respetaba por ello, sin embargo, era sumamente introvertida y más que la compañía de los humanos prefería la de los animales, especialmente la de las aves, con ellas se sentía cómoda. Les preparaba platos con semillas y ellas le agradecían consiguiéndole plantas de otras regiones, por lo que contaba con una exótica y muy bien preservada colección. Vivía lejos de El Claro, en el interior de la foresta noreste. Allí, bajo la protección de un sauce, junto a un pequeño arroyo, tenía su humilde hogar, el que se camuflaba muy bien con el entorno. En su interior había un sinnúmero de especies vegetales de cactus, helechos, retoños de árboles, líquenes y más, además de muchos nidos para pájaros. Sobre una mesa tenía platos, fuentes y botellas de greda donde experimentaba con la esencia de las plantas en la búsqueda de nuevas recetas que pudiesen servir a los más variados propósitos. Al pasar la mayor parte del tiempo dentro de su casa o bajo la sombra del sauce que la cobijaba, era pálida; y así como era pálida, también era delgada, pues solo se dedicaba a la recolección de hierbas para estudiarlas y nunca hacía mucho esfuerzo físico. A veces se la veía en el bosque con un aspecto desgarbado, llena de ramas y raíces colgándole de su manta. “Algo propio de mi labor”, se defendía ella. Pese a vivir en la soledad del bosque y su carácter introvertido y tímido, se llevaba muy bien con los aldeanos, quienes la visitaban de vez en cuando, sobre todo cuando requerían de algún brebaje para el dolor de cabeza o un ungüento para las molestias de la piel.
Aquel día se encontraba particularmente afanada en un nuevo licor de boldo con el que esperaba sanar los dolores estomacales, hasta que el canto de alerta de Alanoche la sacó de su concentración.
–¿Qué? ¿Viene alguien? –le preguntó asustada– Vuela, Alanoche, averigua quién anda por ahí –le ordenó al tordo que voló raudo por el cielo del mediodía y volvió al instante, tranquilo.
“Es un amigo”, pensó aliviada. Al segundo después escuchó: “Lirio, ¿estás ahí? Soy yo, Junco”.
Lirio dejó sus trastos sobre la mesa, limpió sus manos con un paño viejo y se dirigió a recibir a una de las pocas personas que consideraba un amigo.
–Junco, ¡qué sorpresa! –le gritó invitándolo a pasar con ademanes toscos, propios de su escasa, o nula, habilidad social.
–¿Cómo estás?
Le preguntó Junco amablemente mientras entraba a aquella casa llena de vasijas, jarras y plantas de todo tipo. El pequeño no pudo dejar de mirar a las aves que allí anidaban, lo que le otorgaba un olor peculiar al hogar de su amiga.
–Mi padre me ha enviado por si necesitabas ayuda para llevar tus cosas hasta la aldea. Es largo el trecho para que cargues todo sola –decía mientras abría una olla tras otra, curioso por la cantidad de olores y vapores que de ellas emanaban.
–¡Muchas gracias! Mi carreta esta averiada y necesita de dos personas para que funcione. Tú la arrastras y yo voy detrás dándole patadas a la rueda para que no se salga.
Entre ambos cargaron las ollas y un sinfín de vasijas de barro cocido, todas llenas de licores, brebajes, pociones y hierbas molidas, y las depositaron ordenadamente en el viejo carretón de ruedas agrietadas. Aún no llegaba el atardecer cuando terminaron de acarrear y amarrar el equipaje. Junco estaba agotado.
–Toma, bebe esto.
Lirio le ofreció a su amigo un odre con agua aromatizada. Apenas dio un trago el pequeño se sintió revitalizado y en paz, como si estuviera en una fresca tarde de primavera.
–¿Mejor?
Junco nunca dejaba de sorprenderse de las siempre excelentes y útiles pociones de su amiga.
–¡Por supuesto! –respondió él con renovados bríos.
Durante la ida a Rocalga, Lirio se detuvo en varias ocasiones para recoger algunas semillas, las medía, las estudiaba con detenimiento y las guardaba en su faltriquera si tenían el tamaño correcto. De vez en cuando algunas golondrinas se le posaban sobre los hombros y ella las alimentaba con paciencia y dedicación. Pese a su alegría por el viaje, notó que su amigo no era el mismo de siempre.
–Te noto preocupado –advirtió la pequeña al tiempo que pateaba la rueda que estaba a punto de salirse del eje.
–No pasa nada. Estoy bien.
–A mí no me engañas, somos amigos desde que nacimos y conozco todas tus caras. Estás preocupado por algo.
Junco no podía evitar estar inquieto por las dificultades que debía enfrentar su padre y la misteriosa bestia que asesinó al puma. Si sumaba a los viajeros que huían del sur y las palabras de terror de Litre y Cormorán, era obvio que no pudiera ocultar su cara de desasosiego.
–Están… están pasando cosas extrañas y no sé cómo ayudar a mi padre para aliviar su carga.
–Ah, es eso –dijo ella con el rostro serio–. Pumagrís me mandó un ave contándome lo de Montepardo. Terrible. También me enteré de lo del puma que atacó los clanes. Fuiste valiente, y tonto, al ir en su cacería.
“¿Le contaré la verdad?”, pensó Junco.
–No debemos preocuparnos –prosiguió Lirio–. No en estos días, al menos. Lo único que debemos tener en mente es la llegada del nuevo año. Festejemos hoy y preocupémonos mañana –le soltó una sonrisa que Junco le devolvió de manera sincera.