Junco se encontraba en lo alto de una elevación que caía abruptamente al río Furiatroz. Recogía ramas y palos secos para alimentar la hoguera que preparaban los soldados terramargos. Las iba guardando bajo su delgado brazo al tiempo que cantaba una melodía que le había enseñado su padre. Quiero el árbol ver Quiero el árbol ver crecer Ahí donde sale el sol Ahí donde crece la flor Ríe, niño y ¡mira bien! El árbol muy fuerte es Tanto como tus pies Lomogrís lo escuchaba con sus orejas en alto y agitando su cola. Se acompañaban en aquel atardecer. –¿Tienes hambre? Toma. –Junco le arrojó un trozo de carne seca que le habían dado sus compañeros de viaje. Dejó los maderos recolectados en una enorme pila sobre el césped y se sentó con los pies colgando hacia el vacío. Reuniendo valentía, se animó a mirar el río que rugía varios metros más abajo y desvió inmediatamente la vista, pálido por el miedo. Prefirió sentarse de manera más segura y recogió los pies bien lejos del barranco. Su peludo compañero se echó junto a él y le colocó el hocico sobre su muslo para echar una siesta. Junco se dedicó a reconocer y memorizar el paisaje. Para ser uno con la naturaleza, debía conocerla, claro que todo ese territorio le era nuevo e inexplorado, por lo que no conocía los nombres de ninguna loma ni de ningún río, solo reconoció las enormes montañas nevadas que se alzaban a lo lejos en el oriente: “La cordillera de Piedrafría. El hogar del Espíritu. ¿Alguna de esas cimas será La Montaña?”, se preguntaba maravillado. Le hubiera gustado ir en el viaje junto con Cormorán, Roble y Pumagrís hacia esas cumbres, pero no era un puma. En esa época era apenas un coipo. Se echó un piñón a la boca y siguió cantando. Dime río ¿Dónde vas? Arrulla mi sueño, dame paz Alimenta este bosque que anhela crecer, alimenta a mi pueblo que quiere creer Por ti el verde brilla aquí, en esta ribera vivaz y en ella jugaré feliz para encontrar mi paz… –A tu padre siempre le gustó esa canción –lo sorprendió Roble–. La cantaba tu madre para hacerte dormir mientras tu padre te mecía en sus brazos. Cuando ella marchó a la tierra de los ancestros Sauce nunca dejó de entonarla por las noches. Era la única manera que tenía para hacerte dormir. Ya hubiera una tormenta, un temporal o una agradable noche de verano, siempre cerrabas los ojos con esa canción. –Lo recuerdo –dijo Junco acariciando la cabeza de Lomogrís–. Lo extraño. –Todos, chico. Todos extrañamos a tu padre y en su honor limpiaremos Tierraíz de la amenaza de los espectros. –¿Cree que los terramargos nos ayuden? –Lo harán, muchacho. No son tan tercos como para quedarse esperando a que los espectros lleguen a su tierra y los asesinen a todos. Después de escucharnos, sabrán que es necesaria una alianza con nuestro pueblo. De otra forma será imposible ganar. –No sé si podamos ganarles a esas cosas. Mi padre era el mejor y… –Bajó la cabeza. –Tranquilo, muchacho, somos fuertes como el mar y firmes como la cordillera. Y tú vas por buen camino. Para tu corta edad eres un gran conocedor del territorio y de sus bestias. No cualquiera doma a un zorro. –Lomogrís alzó sus orejas, como si hubiera adivinado que hablaban de él–. Sigue por ese sendero, muchacho, y serás tan grande como tu padre. En los tiempos que corren se necesita de gente valerosa. Aunque debes aprender a ser precavido. Junco lo miró con atención. –Sí, Lirio y el pájaro de mal agüero me contaron que querías internarte en los bosques de Aguatrueno. –El pequeño se enrojeció, avergonzado por querer cometer tal estupidez–. No debes dejar que las emociones nublen tu juicio al punto de tu propia destrucción. Por lo general, la muerte siempre se lleva primero a los temerarios. »Ya verás que todo saldrá bien. Con tu testimonio conseguiremos el apoyo de Tulio Hojaltiva. –Se quedó en silencio largo rato mirando la cordillera de Piedrafría–. Imagina nuestro miedo al ver centenares de barcos en nuestros mares, muchacho, todos con cañones abriendo fuego a las aldeas costeras… y, aun así, logramos vencer a Emilio Martesta y a sus Huestes del Corazón de Hierro. Y antes de eso, nuestros bisabuelos se alzaron con el triunfo en terribles batallas, como la guerra de Cuesta Alta o la Noche del Llanto de las Almas. Junco conocía de memoria todos esos relatos. Ninguno era heroico, ninguno era poético, ninguno tenía un final feliz. Todos eran sumamente tristes, de terribles aflicciones y sufrimientos. La única lección que había aprendido de ellos era que los sobrevivientes siempre lograban seguir adelante con sus vidas, sobreponiéndose a la tristeza y a la amargura, intentando volcar en las nuevas generaciones todo lo aprendido para impedir que sus hijos cometieran los mismos errores. ¿Eso era lo que tenía que hacer? ¿Seguir luchando? ¿Seguir adelante con su vida? Dejó de lado tales pensamientos cuando escuchó la conversación y los pesados pasos de Asterio Siemprebravo y Darío García y Peñafiel, que ascendían por la pendiente. –Ya hemos conseguido encender un pequeño brasero –Asterio se acomodó el chambergo y se abrigó con su capa–. Sería bueno alimentarlo con más ramas, pues esta noche hará frío –dijo y miró con preocupación los densos nubarrones que cerraban el cielo. –Has hecho un buen trabajo recolectando todos estos maderos, Junco. Nos vendrán muy bien ¡Muchas gracias! –Darío le sonrió y se agachó para recoger parte del montón que el pequeño había reunido. Roble puso el resto bajo sus brazos. –Con esta cantidad estaremos bien por esta noche, no hay viento y las nubes no vienen cargadas. –¡Vaya! Veo que ya no somo necesario –dijo Miguel Bocafloja, que venía del campamento con parte de los soldados para ayudar a cargar la leña. –Siempre hacen falta más brazos. –Darío le entregó su montón de ramas a Miguel, quien no pudo con
Capítulo 60. Un fantasma
–No escucho ningún ruido –dijo un artesano de brazos gruesos que estaba al interior de la iglesia. Apoyaba la oreja en la puerta. –¿Habrá terminado ya? ¿Nuestros soldados habrán vencido? –preguntaba esperanzada una señora que daba pecho a su bebé. –Si hubieran vencido escucharíamos gritos de victoria y ya estarían celebrando con nosotros –dijo con amargura una anciana de pelo cano–. Ganaron los mercenarios. Lo único que nos queda es aguardar la muerte. Desde el altar se les acercó fray Camilo. –No perdamos las esperanzas. Estoy seguro de que… Violentos golpes en la puerta lo interrumpieron. –¡Abrid! ¡Abrid en nombre de la Señora y del imperio de Altamiria! ¡Abrid o echaremos la puerta abajo a punta de arietes! –gritó una voz desde el exterior. Con un temblor en sus manos imposible de ocultar Fray Camilo corrió los gruesos pestillos de hierro. Un jinete montado en un imponente semental pardo y una escolta de soldados ingresaron a la iglesia. El jinete iba protegido por un peto de acero, escarcelones y un morrión cuya cimera estaba adornaba con una cresta afilada. Cabalgando junto a él iba Calisto Fuenteamplia, cubierto de vendajes en brazos, piernas, vientre y cabeza. El brazo izquierdo lo afirmaba en un cabestrillo y vestía pantalones nuevos. –Ciudadanos de Tierra Amarga, estad tranquilos –dijo el fornido jinete–. Ya ha pasado la tormenta. La batalla ha acabado y vuestras vidas volverán a ser las mismas de antes. –¡Ustedes trajeron la tormenta! –se adelantó a gritos el fraile. Un conquistador le pateó la barriga y le golpeó la mandíbula con su alabarda. –¡Guarda silencio cuando hable Silverio Martesta! “¿Martesta?” Desde el suelo, fray Camilo vio la mandíbula marcada, el mostacho y la barba oscuros como un pozo sin fondo, la espalda altiva, el torso erguido y aquellos ojos negros, ajenos a toda misericordia. “Es la viva imagen de Emilio Martesta”, reconoció horrorizado. –¿Qué ocurre, fraile, habéis visto a un fantasma? –Se le acercó Calisto con una expresión triunfal–. Os presento a Silverio Martesta, uno de los hijos de Emilio Martesta. –¡Emilio no tenía hijos! –replicó el fraile a viva voz. –Su majestad la reina Anabella estaba embarazada cuando nuestro amado rey fue asesinado por los nativos de Tierraíz –explicó Calisto. –Anabella cometió suicidio. –Fray Camilo no daba crédito a las palabras del conde. –¿Suicidio? Para nada, ese fue un cuento que echamos a correr. En estos momentos nuestra amada majestad se encuentra en el trono de Baluarte dirigiendo los destinos de su nuevo imperio. Fray Camilo no comprendía nada. Guardaba silencio, estupefacto. Silverio Martesta alzó la voz. –Sois libres, terramargos. Id a vuestras casas, reúnanse con vuestras familias y comed con tranquilidad, que mañana será un nuevo día. Tierra Amarga renacerá de entre las cenizas en las que reposa –habló como un predicador. Los refugiados marcharon en silencio, con la cabeza gacha, menos fray Camilo, que fue apresado bajo los cargos de conspiración contra el imperio. Silverio se apeó de su montura. –Así que este es fray Camilo Valleseco, hombre del clero, mas no de la nobleza. –Le afirmó la mandíbula con dedos tan fuertes que parecían tenazas de acero endurecido–. Llevadlo a las mazmorras y encerradlo junto al resto. Sin finura ni delicadeza se llevaron a rastras al fraile. El recio Silverio Martesta hizo girar su potro tirándolo fuertemente de las riendas. –¿Algo más que deba atender con urgencia, don Calisto? ¿Algún otro traidor a mi padre que deba encarcelar? El conde se quedó pensativo unos instantes. –Hay alguien… –dijo dubitativamente– hay alguien que quizás merezca vuestra atención. No es un traidor a su señor padre, todo lo contrario… y está encarcelado. –Silverio alzó una ceja–. Me refiero al marqués Antoine Garraleón. Digamos que permitió, sin desearlo ni saberlo, que vuestra merced conquistara Nueva Esperanza. –Nadie que haya realizado tal proeza merece estar prisionero, don Calisto. Llevadme ante esa alma desamparada. –Su corcel soltó un relincho estremecedor. Cabalgaron por las ruinas de Nueva Esperanza acompañados de cientos de cadáveres que yacían en la plaza y en las calles. Los mercenarios y los tercios de Silverio arrastraban los cuerpos sin respeto ni consideración por quienes en vida fueran leales soldados o valientes campesinos. El humo se alzaba todavía en las plantaciones y la gente seguía encerrada en sus casas. “¡Ya ha pasado la tormenta! ¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban los hombres de Silverio al tiempo que golpeaban con violencia las puertas de los hogares, invitando a la gente a perder el miedo. “¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban cuales liberadores de un reino opresor. “¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban como salvadores. “¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban a sabiendas que ellos eran los verdaderos demonios. Silverio Martesta y Calisto Fuenteamplia bajaron por los oscuros escalones que daban al primer nivel de los calabozos. Allí yacía el gordo marqués, con ojeras, manos temblorosas y el rostro demacrado, agazapado en la oscuridad de una celda mohosa que hedía a humedad, heces y orina. Se sorprendió al ver al conde Calisto. Se puso en pie sujetando los barrotes con sus manos. –¿Qué ha sido todo ese alboroto, conde? –preguntó alterado–. Vi que unos hombres traían prisionero a Tulio Hojaltiva y lo dejaron en las mazmorras. También cargaban a la reina Felicia y al conde Santiago. ¿Qué está sucediendo? Se quedó de una pieza cuando vio a Silverio. El parecido con Emilio era tan impresionante que se alejó como si hubiera visto un fantasma. –Os debo una disculpa, don Antoine –dijo Calisto. El rostro del marqués era de un blanco verdoso–. Por favor, sentaos. Os presento a Silverio Martesta, hijo de Emilio Martesta. –Hijo de… hijo de… –No le salían las palabras. Balbuceaba cual niño. Llevó su mano al pecho e hizo una profunda reverencia. –Levantaos, marqués, y escuchad al conde. Tiene mucho que contaros –ordenó Silverio con su voz llena de poder. –Don Silverio Martesta ha llegado para gobernar Tierra Amarga –continuó Calisto–. Y yo he propiciado todo para que eso sucediera. –Pero… pero vuestra merced rechazó ayudarme cuando os pedí
Capítulo 59. A vuestro lado hasta el final
Santiago de Monteáguila maniobraba su sable con gracia. Daba pequeños pasos cruzando elegantemente la pierna izquierda por delante de la derecha y viceversa. Medía a Calisto y hacía caso omiso al combate generalizado que lo rodeaba, hacía caso omiso a los gritos de terror de cuando se avecina la muerte, hacía caso omiso a la sangre ajena que le salpicaba y manchaba su chaquetilla de seda dorada. Para él no existía la batalla a su alrededor, solo existía un enemigo: el conde Calisto Fuenteamplia. –¿Qué esperáis para atacar, Santiago? –Tranquilo, don Calisto, que voy a asesinaros, solo estoy decidiendo cómo hacerlo. –¡La puta que os parió! –El conde Calisto se abalanzó con una estocada frontal. Santiago la esquivó con un salto felino y contraatacó con un corte que dejó un hilillo de sangre en el hombro izquierdo de su calvo rival. Ambos se pusieron en guardia. –Un lance de suerte –se quejó Calisto. –Ya os gustaría eso, mas debo reconocer que no fue mi pericia con la espada, sino vuestra incompetencia con la suya. –Jódase. –Nunca pensé que vuestro lenguaje fuera tan soez, conde Calisto. Santiago atacó con movimientos similares a un baile de la corte, subiendo suavemente el sable y dejándolo caer con firmeza. Más que pelear, parecía que estaba escribiendo poesía con la hoja de su espada y por tinta usaba la sangre de su enemigo. Calisto apenas se sostenía en pie, estaba empapado en sudor y cada corte que recibía le restaba fuerzas. –¿Cómo podéis pelear así de bien, jodido petimetre? –Os responderé vuestra interrogante, conde, si es que os puedo seguir llamando con dicho título luego de tamaña traición. –Comenzó a atacarlo con veloces estocadas que Calisto apenas podía ver–. Como sabéis, mi familia, pese a su ralea, nunca ha sido respetada. Al no tener tanto dinero como vuestra merced, el renombre lo conseguimos a punta de espada. Mi bisabuelo participó en las rencillas de Tordezuelas y mi abuelo fue veterano de Histolia, Mar Pardo y Puente Viejo. –Le rajó la camisa de un tajo lateral. Calisto retrocedió asustado–. Mi padre no se quedó atrás, integrando los tercios que combatieron en la frontera de Zierrartera. Cuando colgó la espada, me instruyó en el arte del acero, tal como con él lo hicieron mis antepasados. ¿Y os digo algo, conde? –Le tajeó el muslo derecho con tal profundidad que Calisto gritó de dolor y empezó a cojear–. Hombres como vuestra merced siempre iban a nuestras tierras para desprestigiarnos y acusarnos de falsa nobleza, por lo que mi instrucción en la esgrima no solo fue teórica, sino que también fue práctica. –Lo hirió en un hombro–. No sabéis cuánto deseaba batirme a duelo contra vuestro sable, un sable altanero, orgulloso, petulante. Para mi pesar, me doy cuenta de que la vuestra no es más que una hoja ricachona, engalanada en joyas y que nada sabe de reyertas, una espada ornamental. Mejor envainad vuestro acero, rendíos y acabad con esta vergüenza. –¡La envainaré en vuestro poco noble culo! –Calisto chilló con ira. –Qué mal hablado, conde. Basta ya de palabras, basta ya de bromas. Lo que habéis hecho aquí no tiene perdón de la Señora, y yo, como fiel creyente de La Palabra, ejerceré el castigo que merecéis. –Santiago se puso en guardia con la espada vertical apuntando a los cielos–. ¡Que la Señora se apiade de vuestra alma! Tan rápido fue el movimiento de Santiago que la única reacción de Calisto fue retroceder y dejarse caer al piso. Aquel desprolijo movimiento le salvó la vida, pero un frío sudor le recorrió el espinazo cuando vio que la punta de la hoja igualmente le había atravesado el jubón, mas no alcanzó a hundirse lo suficiente para que la herida fuera letal, aun así, la sangre manaba a chorros de su barriga. Sintió un repentino calor en la entrepierna y un vacío en las tripas. –¡A mí! ¡A mí! –Calisto gritó de terror, pálido como la nieve. Los mercenarios se agruparon en torno al traicionero conde, resguardándolo del letal acero de Santiago de Monteáguila. –Estáis perdido, condecillo. Tulio Hojaltiva ha sido capturado. Tierra Amarga ya no tiene rey –le entregó las malas nuevas el capitán del tercio de Altamiria, un garañón barbudo de mediana estatura envuelto en una coraza de acero–. Tu rey ha sido encerrado en su propio calabozo, vigilado por decenas de nuestros hombres. Mirad a tu alrededor, Santiago, ya casi no te quedan soldados. El maestre Bastián llegó en el momento justo para equilibrar el combate. –¡Aún quedamos algunos, invasor! –¡Mi querido maestre! Bajad la espada. Según este conquistador, Tulio ha sido apresado. –Las palabras de Santiago provocaron una risa triunfal en Calisto que aún estaba sentado en el suelo y con la mano en la barriga. –¿Qué estáis diciendo, conde? –le reprochó Bastián– Lucharé a vuestro lado hasta el final. No podéis rendiros ahora. –Siempre tan honorable, querido maestre. Os agradezco la bravura, mas no estamos los dos solos en esta gresca. ¡A mí! –gritó. De los distintos frentes del combate llegaron las pocas dagas del rocío que seguían en pie, hombres y mujeres jóvenes cuyos trajes de sedas estaban teñidos de sangre. Un puñado de soldados y espadas de los caminos se sumó al disminuido grupo. En total, veintitrés dagas del rocío, poco más de cien espadachines, más el conde y el maestre de campo, encarando a todo un tercio altamirio. No tenían ninguna posibilidad de victoria y lo sabían. –¿Preparado, conde? –le preguntó Bastián con la ropera en alto, lista para la batalla. Santiago de Monteáguila asintió sonriente y al grito de “¡Tierra Amarga!” se lanzó al combate. Poco y nada pudo hacer aquel corajudo grupete de leales terramargos. A pesar de que combatían con feroz elegancia, sus fuerzas comenzaron a menguar, cayendo por obra de las balas o las espadas. Los gritos de dolor y las plegarias a la Señora inundaban el aire. –¡Maestre, debe huir! Aprovechando un segundo de descanso que tuvo tras matar a un altamirio, el conde Santiago tomó
Capítulo 58. La cólera de Tulio
Una honda tristeza inundó el corazón de Tulio al encontrar a su cuñado moribundo en los brazos de Felicia. La reina lo había arrastrado hasta una callejuela para sacarlo del tumulto. La espada de Calisto le había atravesado el torso y derramaba sangre por pecho y espalda. El otrora celeste vestido de la reina era ahora carmesí. –No llores, querida, que tu hermano ha sido siempre un devoto de nuestra Señora. –Tranquilo, cuñado, te sacaremos de aquí. –No, Tulio, no hay salvación para mí. Te ruego que salves a mi hermana Felicia. Sálvala. Aquellas fueron las últimas palabras del duque Evelio de Mondragón, hermano de Felicia de Mondragón y fiel servidor de la corona de Tierra Amarga. –Debemos llevarnos su cuerpo. – Felicia lloraba sin soltar el cadáver–. Hay que darle digna sepultura. No podemos dejarlo aquí. ¡Lo mutilarán! –Claro que lo haremos, reinita. Un mercenario la alzó de los castaños cabellos. El desesperado chillido de la reina despertó tal ira en Tulio que sacó a relucir su espada para luchar a muerte con aquel gandul mal agestado. El duelo no duró demasiado. Como escudero de Emilio, el rey contaba con muchas batallas en el cuerpo y lo demostró cercenando la diestra del invasor. –¡Ese es el castigo que se da en Tierra Amarga a quien toca a la reina sin su permiso! –gritó enajenado. Los mercenarios que llegaron para apoyar a su compañero de armas no contaban con la cólera de Tulio y su espada iracunda. Decapitó al primero de los asesinos, al segundo le rebanó la garganta y al tercero le sacó todos los dientes a punta de golpes con el guardamano de su sable. Levantó a Felicia del brazo y se dirigieron a la casona real para guarecerse, pero no alcanzaron a dar ni cinco pasos cuando fueron rodeados por un grupo de alabarderos, todos apuntándoles con el filo de sus lanzas. –Abandonad el combate, Hojaltiva. Tierra Amarga ya no os pertenece.
Capítulo 57. Campo de batalla
Bastián y sus soldados cabalgaban con irrefrenable premura. Azuzaban a sus bestias a punta de golpes de sus fustas. –Maestre, mire, sale humo de la ciudad –le dijo uno de sus hombres. Bastián agudizó la vista, divisó humo en el centro de la capital y fuego en los campos. Más cerca vio una polvareda producida por un jinete solitario. –¡Nos atacaaaan! ¡Atacan la ciudaaaaad! –gritaba la jinete agitando la diestra con desesperación. Su caballo jadeaba cuando llegó frente a Bastián y sus hombres. Era una daga del rocío. –¡Maestre! ¡Están atacando Nueva Esperanza! ¡Alguien ha liberado a todos los mercenarios que habíais capturado! ¡Muchos otros han aparecido de la nada! –¿Y el rey Tulio? –preguntó Bastián. –Se ha guarecido al interior de la casona real. Las Espadas de los Caminos están con él –le temblaba la voz. –¿Y los soldados del duque y del conde Santiago? –Estamos combatiendo en las calles. Se me envió para encontraros en el camino y alertaros. ¡La ciudad es un caos! ¡Está plagada de asesinos! –Y caerán bajo mi espada –juró el maestre y agitó las riendas de Poderosa–. ¡Soldados, seguidme y defended vuestro reino! Gritó y cabalgaron hacia las inmensas columnas de humo, siempre hacia adelante, siempre hacia el peligro. Mientras más se acercaban a la ciudad, más fuerte sentían el nauseabundo olor de la madera quemada y más fuerte escuchaban los aterrados gritos de los terramargos. Los ciudadanos corrían asustados sin rumbo ni dirección, huían arrastrando del brazo a sus hijos, otros hacían infructuosos intentos por defenderse. Los mercenarios los perseguían montados en feroces sementales, pasándolos por la espada o atropellándolos inmisericordemente. Antorcha en mano encendían los pastizales, establos y casas. Los agónicos gritos del pueblo eran angustiantes. –¡Asesinad a todo aquel que intente conquistar nuestra ciudad! –ordenó Bastián al ver aquel macabro espectáculo. Desenvainó su ropera y de una certera estocada desmontó a un bandido. Sus soldados dispararon a discreción cuando entraron a la capital. –¡A la casona real! ¡Todos al rey! –ordenaba el maestre cuando un desesperado hombre tiró de sus piernas. –¡El templo! ¡Pretenden quemar el templo! Hay gente oculta en su interior, maestre. ¡Ayudadnos, os lo ruego! –¡Fray Camilo! El hombre del clero sangraba de la frente, tenía parte de su toga carbonizada, y el rostro y las manos, ennegrecidos. –Debo ir a la casona a proteger al rey –dijo Bastián. –El rey está bajo la protección de las Espadas de los Caminos. ¡La gente en la iglesia está a merced de los bandidos! ¡Ayudadles, por favor! Bastián hizo crujir los huesos de sus manos, indeciso. “¿Rescatar a los pobladores indefensos o al rey?”. Se debatía entre hacer lo correcto por su gente o un posible acto de traición. En un segundo tomó la decisión y direccionó las riendas de su yegua hacia el templo. –Vosotros cinco, acompañadme. Todos los demás vayan a la casona ¡A por el rey! –ordenó y dividieron los rumbos. El fraile se subió a la grupa de Poderosa y cabalgó junto al maestre por entre las callejuelas infestadas de mercenarios. La plaza se había convertido en un campo de batalla donde mercaderes y campesinos defendían su vida a punta de rastrillos y guadañas. Bastián y sus hombres se apearon de sus cabalgaduras y combatieron junto al pueblo, esgrimiendo sus espadas con gallardía, clavándolas en vientres y gargantas enemigas. –¡Joer, maestre! Son demasiaos y la bravura de uno no alcanza pa tanto bandío –le gritaba uno de sus hombres–. ¿Tenéis un plan? Si e’así contadlo, si no, me partirán la jeta y le diré adió a la vía. –Seguidme a la iglesia –ordenó–. ¡Lo primero es salvar a esas pobres almas! Fuera del templo, diez hombres de mala calaña y marcas de viruela en las mejillas intentaban echar abajo el portón de madera. “Diez de ellos contra cinco de nosotros y un hombre del clero. Vaya ventaja que tenemos”, pensó Bastián, abatido por la superioridad numérica y se lanzó a la carga. Dos invasores que maniobraban las dagas como si fuesen parte de su propio cuerpo salieron al encuentro de Bastián y lo atacaron de un lado a otro, de arriba a abajo y con la izquierda remataban con una cuchilla traicionera teñida con la sangre de algún desafortunado terramargo. Bastián movía sus pies rítmicamente, recordando cada una de las lecciones de esgrima que recibió de niño, esquivando y contraatacando. “¿Dónde está Blasco y su perro cuando más los necesito?”, se lamentaba. –E’diestro este soldaíto, ¿eh, Baltasar? –Más que diestro –respondió Baltasar–. Me parece que es un hijodalgo. Sí, odio ese olorcillo a lechuguino –dijo el mercenario moviendo su nariz–. Está pasao a rosas. –¿Hablamos o bailamos? –replicó el maestre. –Mira que deslenguao el señorito, Baltasar. ¿Le arrancamo la lengua pa que aprenda modales? –Arranquémosela, pues. El tal Baltasar se abalanzó con un ataque fugaz, izquierda, derecha, izquierda, derecha, avanzando uno, dos, tres y hasta diez pasos. Bastián, ducho en combates, frenó todos los estoques con su acero. Tanto retrocedió que llegó hasta los lindes de la plaza, aprovechando de tomar sin permiso el caro jarrón de un mercader para reventárselo en la cabeza. Sin siquiera darse cuenta, el malhechor se vio escupiendo sangre por la boca y cayó al piso hecho un ovillo. –¿Qué me ha hecho este lechugino? –exclamó con un vómito sanguinolento. Se llevó la mano bajo la axila y notó que Bastián le había atravesado el jubón y el pulmón derecho con la sorpresiva daga quitapenas. Poco a poco fue perdiendo el conocimiento hasta que se lo llevó la muerte. –¡Soldao mal parío, que ha matao a mi hermanito! Chilló el otro mercenario y se arrojó con arrebato, sin técnica ni cuidado, solo con el odio proveniente de sus tripas al ver la sangre de su hermano regando el piso. Más centrado que su enemigo, Bastián lo envolvió con su capa y lo ultimó asestándole la ropera en la garganta. Los demás soldados de la corona también acababan su trabajo, solo uno terminó herido con un leve corte en la
Capítulo 56. Pánico
La sabia Acacia acercó su oreja a la reseca boca del herido. Tras semanas inconsciente, al fin había despertado y profería susurros apenas audibles. –¿Qué está diciendo? –le preguntó una joven espadachina integrante de las dagas del rocío, la escolta personal del conde Santiago de Monteáguila. La anciana, inclinada sobre el hombre que aún yacía en el camastro, la hizo callar con un gesto de su mano. –“Nos encadenaron a todos… nos llevaron… nos llevaron lejos” –comenzó a traducir–. “Muchas semanas, sin comida, sin agua… Me quemaron, me golpearon… Había mucha gente de mi pueblo… Todos encadenados, todos tristes… Látigos, muertos… En los… en los lavaderos de oro… Yo logré escapar”. –La anciana miró con preocupación a las dagas del rocío que Santiago de Monteáguila había apostado en su hogar para protegerla. –Pregúntele quién dirigía ese lavadero –dijo uno de los jóvenes. –Todos sabemos quién los dirige –respondió una muchacha. –Aun así, debe decir el nombre. Que lo diga. ¡Se debe hacer justicia! –“El conde Calisto… el conde Calisto Fuenteamplia” –tradujo la chamana Acacia con desesperanza en la voz. Una fuerte explosión se escuchó en la capital, trizando los vidrios de las casas y asustando a los terramargos. Acacia se dirigió hacia la ventana y quedó sin habla al ver una gigantesca columna de humo que se levantaba desde los calabozos. Gritos. Pánico. Gente corriendo por las calles –Los mercenarios ¡Han liberado a los mercenarios!
Capítulo 55. No tengáis miedo
El agua del río Furiatroz les llegaba hasta la cintura, por lo que caminaban con sumo cuidado, evitando resbalar para que no se los llevara la corriente. Habían desmontado y tiraban a sus animales de las riendas. Darío García y Peñafiel se acercó a Junco, a quien el agua cubría casi hasta el cuello. –¿Por qué no te quedaste montado en el caballo? Esto es peligroso. Podrías caer. –Esta parte del río es tranquila –respondió Junco con seriedad. El espadachín difería del significado que la palabra “tranquila” tenía para el pequeño, pues esas aguas le parecían bastante tumultuosas, mas prefirió guardarse sus pensamientos y se limitó a soltar una sonrisa incrédula. –Y, además, es angosto –prosiguió Junco–. Si usted se para en una orilla del río Tronador y mira los árboles de la otra ribera, pensaría que solo son arbustos; en cambio, aquí los árboles se ven sin problema de una ribera a otra y hasta podría identificarlos –dijo ya casi nadando–. La corriente del Tronador es tan fuerte que uno puede escucharla incluso si se está muy lejos. Se calma cuando se junta con el mar y forma el Nido de Garzas. –¿Nido de Garzas? –preguntó Darío. –Un humedal y desembocadura al lado de Rocalga, mi pueblo. “Allí me gustaba pescar”, recordó el pequeño y una sutil tristeza se le dibujó en los ojos. –Debió ser difícil perderlo todo y abandonar tu hogar. –Darío suavizó el tono de su voz al darse cuenta de la pena de Junco–. Sobre todo siendo tan pequeño. “No soy un pequeño”. –La desaparición de tu padre, abandonar Rocalga, partir a Aguatrueno y ahora marchar a un reino desconocido para ti. Junco no respondió. –Eres un chico valiente. Te aseguro que causarás una gran impresión en el rey. Él admira la bravura por sobre todas las cosas y, de todos aquí, eres el más valiente. Sobreviviste a una batalla contra los espectros, has luchado contra pumas, te internas sin miedo en los bosques, tienes una habilidad innata para la caza. Serías un buen elemento en las tropas de Tierra Amarga –dijo y le despeinó los largos cabellos negros con ternura. Fuera del río se detuvieron para aprovechar el escaso sol del mediodía y poner a secar sus ropajes. Dejaron botas, pantalones, capas y mantas estiradas sobre las rocas y se echaron a descansar en la hierba. Darío ocupó la pausa para sacar su pipa y echar algo de humo. Otros soldados se le arrimaron para conversar, beber vino y jugar naipes. –¿Cuánto queda de viaje, don Darío? –le preguntó Asterio, que revisaba desinteresadamente los naipes que le habían tocado para ver si la suerte estaba de su lado. Darío soltó tres perfectos anillos de humo al tiempo que sacaba las cuentas. –A esta velocidad y sin desviarnos nos quedarían poco menos de quince días. –Pero si vamos por el camino de la costa nos demoraremos mucho menos –aconsejó Roble–. Algunas aldeas han construido pasos accesibles para hombres y animales. –La senda que vuestra merced menciona es la que queríamos tomar para llegar a vuestro pueblo en primera instancia –explicó Darío y desplegó un mapa sobre la hierba–. Aquí, aquí y aquí nos desviamos, pues las lluvias anegaron los pasos y botaron los puentes, obligándonos a recorrer los caminos interiores. –Las lluvias han disminuido su intensidad, es posible que algunos pasos ya se puedan transitar libremente. –Asterio albergaba algo de esperanza–. No me gustaría devolvernos por el mismo sendero que vinimos. –Ya no hay nada que temer, don Asterio –respondió Darío–. Lo peor de la ida fue el bosque maldito, el que evadimos gracias a los caminos ocultos que conocía Roble. –Yo seguiría por aquí sin ni un problema –se entrometió Miguel Bocafloja, que andaba vestido con unos harapientos calzones largos–. La costa me suena algo helá en estas fechas. –Helá es, pue –lo apoyó Acacio Buendía. El resto de los soldados asintió con la cabeza–. Yo he andao por eso lare en esta fecha y no e’na agradable. Apena canta el gallo entra una niebla que te joe lo hueso y amilana al ma valiente. Y nostros somo corajuos, pero allá el clima es de la putamadre y no hay calzón que aguante. Si hasta en lobera se me hiela la testa en invierno. –Elijamos qué ruta tomar –aconsejó Asterio–. Por mi parte, prefiero el camino de la costa, pues nos demoraríamos menos, está más poblado y quiero creer que los pasos ya están habilitados. –Votemos, entonces –lo apoyó Darío. Solo Roble, Junco, Asterio y Darío escogieron el camino de la costa. Los demás soldados, pocos amigos de las bajas temperaturas, optaron seguir por los escasamente transitados senderos del interior. Al siguiente día mantuvieron el curso, avanzando por peligrosas cuestas, arroyos cargados de un agua gélida que les congelaba los pies, frías elevaciones y bosques de árboles barbudos cuyas raíces les hacían tropezar. –Este sendero es peligroso en invierno –le susurró Roble a Junco–. Ni siquiera los guerreros lo tomamos. Si te pierdes aquí o te caes en alguna de las quebradas, nunca nadie te encontrará. –El rostro de Junco se desdibujó y se tornó pálido, deseoso de salir de ahí lo antes posible. Al mediodía instalaron un campamento en una explanada, mezcla de lodo mezcla de pasto, y sacaron algunas viandas para almorzar. El único sonido en derredor era el crepitar de las ramas de la pequeña hoguera que habían encendido para paliar el frío. –¿Qué ocurre, don Roble? Os veo preocupado –le preguntó Darío al tiempo que se sentaba junto a él. Roble parecía perdido en el frenético danzar de las llamas. –No quiero demorarme más –confesó–. Algo me dice que debemos llegar lo más rápido posible a Tierra Amarga y regresar cuanto antes a Aguatrueno. –¿Y por qué esa sensación? –preguntó Asterio que comía un caldo con pan. –No lo sé… quizás por los espectros y las criaturas que ustedes vieron en los bosques. Siento que no debería haber abandonado la aldea. Temo que ataquen a mi gente y que
Capítulo 54. Cien mercenarios
Bastián afilaba su espada ropera. Estaba sentado a los pies de su cama, cansado. Bebía una jarra de vino caliente. –¿Nuevamente te irás de la ciudad? –La mujer de apelmazados cabellos cenizas se sentó junto a él y le acarició la espalda llena de cicatrices. –Sabes que debo hacerlo, Josefina. –Y sabes que puedo ayudarte. –Es demasiado riesgo. –Le acarició los cabellos y le besó la frente–. Si hubieras visto cómo peleaban esos asesinos, te lo pensarías dos veces antes de ofrecerme tu espada. Los ojos de Josefina se cargaron de lágrimas. –Perdona. –Bastián había olvidado el pasado de la chica–. Con mayor razón no puedo llevarte. Demasiado peligroso. Apenas logré salir con vida de Lobera. No quiero lo mismo para ti. Te amo demasiado. –Lo sé –respondió ella y le puso la cabeza en el pecho–. Lo sé. El sol despuntó a lo lejos. Los terramargos se despertaron con el relinchar de las cabalgaduras de los soldados de la corona que marcharían a Colina Magra. Bastián iba a la cabeza de las tropas con su capa y sombrero de ala ancha, la espada envainada, y su yegua Poderosa descansada y bien alimentada. “Espero que todo acabe con esta misión”, rogó para sus adentros. Cabalgaban a paso quedo por entre las callejuelas de tierra y las casas de adobe con techos de teja. –Cambiad esa cara, maestre, que ya es lo último que queda –escuchó la voz de Santiago de Monteáguila que lo esperaba en los lindes de la capital a lomos de su yegua Buenamoza–. Agradezco lo que habéis hecho por el reino. Y el agradecimiento de un conde no es cosa poca. Cuando lleguéis os esperará un banquete en su honor costeado por su conde favorito… y quizás un aumento de sueldo. –Soltó una sutil risa. Bastián asintió sujetando el ala de su chambergo. Junto al conde se encontraba el duque Evelio, montado en un caballo marrón y acompañado por una amplia comitiva de pajes y criados. –El maestre está preocupado, conde Santiago, se le nota a leguas. ¿Qué atribula vuestro corazón, maestre? –preguntó el duque. Bastián no sabía qué responder. –Dejadme adivinar, querido maestre… no le gusta dejar la capital sin vigilancia –dijo Santiago. Bastián arqueó una ceja–. ¡Ay, maestre! Es tan fácil leeros. –Se cubrió la boca con su enguantada mano mientras reía–. Nos os preocupéis por Nueva Esperanza, querido maestre, pues no quedará sola. El duque y yo contamos con soldados que la resguardarán mientras estéis fuera. –Además, las Espadas de los Caminos tienen estricta orden de proteger la casona real –añadió el duque–. Marchad tranquilo, maestre. Nueva Esperanza y la corona estarán a salvo. Les había tomado dos días de lenta marcha llegar al límite sur del reino. A la distancia, Colina Magra se veía hermosa, un cerro de pastos dorados protegido naturalmente por rocas, árboles y elevaciones infranqueables. No por nada había sido el más poderoso fuerte de Emilio Martesta en la época de los conquistadores. Solo las puertas sur y norte permitían el acceso a la colina, dando paso a caminos sinuosos que ascendían hasta llegar a un refugio construido con alerce que hacía las veces de palacete. Bastián y sus hombres veían a su lado las extensas granjas de la marca. Los campesinos los miraban alegres y los saludaban con la mano alzada, sin saber que su marqués yacía en los calabozos por conspiración. Al llegar al acceso norte fueron recibidos con el sonido de trompetas. No se detuvieron a saludar al portero que había ido a su encuentro. Comenzaron a ascender por el sendero que llevaba al refugio, en cuyos costados se levantaban caseríos, chinganas, pequeñas talabarterías, unas cuantas herrerías y armerías. Los habitantes sacaban con curiosidad la cabeza por la ventana al escuchar el barullo de los cascos y relinchos, al tiempo que en el palacete se preparaba una rápida recepción ante tan inesperada visita. Seguían ascendiendo. Bastián detuvo a Poderosa frente a una comitiva formada por alabarderos y un criado de aspecto juvenil vestido elegantemente con una chaquetilla negra y camisa blanca. –Buen día, caballeros. Vienen de la corona, según logro apreciar en el estandarte –habló el menudo sujeto–. ¿Cómo podríamos servir a nuestra majestad? Bastián observó de reojo al muchacho y a los soldados que sostenían las lanzas. Reconoció el rostro de cada uno de ellos. –Soy Bastián Bocablanca, maestre de campo de Tierra Amarga. Vengo por orden del rey Tulio Hojaltiva para apresar a ciertos hombres que han llegado a la marca. –Sacó una carta lacrada por el rey y se la entregó al criado. Al terminar de leer la misiva el rostro de sorpresa en el joven era sincero. –¿Don Antoine encarcelado por traición? –No podía creerlo. Le entregó la carta a un cronista que lo acompañaba–. ¿Y quiénes son esos cien mercenarios que mencionaba su majestad en la misiva? No hemos visto a ningún extraño. –¿Me vais a decir que llegaron aquí cien asesinos y vosotros no supisteis distinguir entre ellos y vuestro propio pueblo? –Pese a la clara expresión de inocencia del criado, Bastián no daba crédito a sus palabras. –Cien hombres llegaron, sí –afirmó–. Hace meses. Mas se nos dijo que eran soldados enviados por el mismísimo rey. Se les atendió como tales y como tales se comportaron. –¡El rey no ha enviado soldados! ¿Dónde están esos hombres? –rugió Bastián con rabia–. Serán apresados en calidad de sospechosos y llevados a la capital. –Ellos… ellos ya están en la capital, maestre –sentenció el criado con clara preocupación. –¿De qué estáis hablando? –Bastián respiraba agitado. –Cincuenta de ellos partieron hace semanas. Mucho antes del Día de Nuestra Señora del Sagrado Halo. El marqués los envió para, supuestamente, preparar su llegada a la capital. El resto marchó después, junto a él, a la festividad. Bastián sintió como si alguien le hubiera golpeado en la boca del estómago. Tragó saliva, apretó la mandíbula e hizo crujir los dedos de la mano. Faltaba apenas un día para celebrar el Día de San Clemente
Capítulo 53. La última carta
–¿Qué está pasando? –preguntaba alterado el marqués Antoine Garraleón cuando llegó a la casona real donde ya se encontraba el resto de los nobles–. ¿Calisto, acaso usted…? El conde negó con la cabeza. –A todos nos han llamado, don Antoine. Allá está el conde Santiago. –Apuntó al barandal del pasillo del segundo piso que daba al interior del salón del rey–. Al parecer han capturado a los cabecillas de los mercenarios. –¿Y solo por eso nos han llamado? –Se notaba el nerviosismo del marqués. Le temblaban las manos. –Eso creo. La nobleza se encontraba distribuida a lo largo de los pasillos y balcones del segundo piso, observando el inferior, donde los soldados empujaban a los más de treinta mercenarios que habían sido apresados en Lobera y Nueva Esperanza. –¡Avancen! ¡Avancen, escoria! –gritaba uno de los soldados. Careperro le gruñó y le lanzó una dentellada al aire. Lejos de amedrentarse, el soldado le golpeó el tendón de la rodilla, haciéndolo caer. –¡Arrodillaos ante su majestad el rey Tulio Hojaltiva, perros sarnosos! Frente a los mercenarios, sentado en el trono de madera quemada, estaba Tulio estudiando detenidamente a cada uno de los asesinos. A todos les habían cortado la manga izquierda de la camisa develando el tatuaje de la Cruz de la Beligerancia. –¿Son todos, maestre? –Lo dudo, su majestad. El alcalde de Lobera teme que piratas y mercenarios están desembarcando a lo largo de toda la costa. Lamentablemente, de todos los hombres que ha enviado a investigar, ninguno ha regresado. El salón asemejaba una plaza pública por la cantidad de almas que allí se encontraban. En el primer piso unos cien soldados de la corona custodiaban a los treinta asesinos reducidos. Tras la fila de protección, había aristócratas, mercaderes, campesinos y pobladores, los que sumaban más de quinientas almas, sin contar a los curiosos que estaban en los otros salones intentando escuchar el juicio, además del gentío que desbordaba los aposentos más allá de las puertas de la casona real, extendiéndose hasta la plaza pública. La llegada de Bastián Bocablanca aquella mañana había roto el secretismo y la gente ya sabía que había mercenarios en el reino. “Escuché que quemaron todo el puerto de Lobera”, decía una vendedora de pescado. “A mí me contaron que esos asesinos degollaron a una decena de personas”, comentó con espanto una dama refinada. “¡Que la Señora nos libre!”, exclamó un músico. “Escuché que mataron a un sereno. Lo cortaron de aquí hasta acá”, comentó un vendedor de papas dibujando con su índice un tajo del ombligo hasta la garganta. “Un soldao me contó que encontraron unos cuerpos en la casa de esos bribones”, dijo un panadero, “y también mataron a una señorita y dos señoritos en el asalto a un carruaje”, aportó una partera. “Un muerto o dos, qué más da, son asesinos y merecen la horca”, refunfuñó un alfarero. “¡Sí, a la horca, a la horca!”. “¡A la horca, a la horca!”, comenzó a gritar el gentío. La voz de los cientos de aldeanos poco a poco incrementó en volumen y con el pasar de los segundos se transformó en violencia, avanzando a empujones para ingresar al salón del rey y ajusticiar a aquellos mercenarios que tantas fechorías habían cometido, según lo que les habían contado, claro está. Empujaban y empujaban, siempre hacia el salón del rey. Pronto los soldados tuvieron que correr hacia la entrada para impedir el avance de la población que tiraba manotazos sin importar el destinatario. Apenas podían aguantar la presión de los enfurecidos habitantes del reino. “¡No los protejan!” “¡Son asesinos!” “¡A la horca!” “¡Nada de horcas, nosotros mismos los mataremos!”, vociferaban. De los manotazos y empujones, pasaron a las lechugas, huevos podridos y panes duros como la piedra. Algunos mercenarios fueron víctimas de aquellos improvisados proyectiles con olor a pescado y azufre, y sus ya fétidas ropas ahora olían como el mismo infierno. Aprovechando el desorden, Careperro intentó levantarse para escapar, pero un pan más duro que un trozo de acero le golpeó en el ojo azul, dejándolo tuerto por unos segundos. “¡A la horca!”, rugían. “¡A la horca!”, clamaban. Al ver tal batahola el rey se alzó airado de su asiento. –¡Silencio! –gritó con todas sus fuerzas. Nadie parecía escucharlo–. ¡Silencio! –gritó aún más fuerte que antes. El alboroto estaba lejos de terminar–. ¡A callar, pueblo de Tierra Amarga, es el rey quien lo ordena! Aquel último grito sorprendió incluso a Bastián Bocablanca. –¿Acaso sois unos montoneros igual que estos villanos que queréis linchar? ¡En este reino hay leyes, carajo! Si con las manos queréis asesinar a estos hombres, pues seréis tratados y condenados igual que ellos, y quien sea encontrado culpable, ¡pues a la horca con él o con ella! La algarabía disminuyó. –Así está mejor, terramargos. –Se sentó y tomó aire–. Demostradles a estos asesinos que vosotros sois mejores que ellos, que vosotros respetáis las leyes que hemos creado en conjunto, como un pueblo unido, civilizado. Mirad a estos asesinos… vosotros no sois iguales a ellos. Vosotros sois terramargos, hombres y mujeres que trabajan por crear un mejor lugar para vivir, no por unas simples monedas, no como unos mercenarios. Somos un pueblo que nace de las cenizas de una guerra, no las provocamos, porque sabemos lo terrible que son. Sabemos cuánta sangre y vidas se desperdician en ellas. Solo se mantuvieron unos pocos susurros. La angustia que Bastián sentía en aquel momento le hacía crujir los huesos de sus dedos compulsivamente. Apretaba la mandíbula y movía su bigote. Estaba nervioso por la reacción de la gente. Las palabras del rey, o bien los haría sentar cabeza o bien los haría enfurecer. Y el pueblo enfurecido era peligroso. Además, ningún soldado terramargo se atrevería a alzar la espada si su gente se alzaba contra los mercenarios. “Solo un soldado cobarde atacaría a su propio pueblo”, pensó el maestre. Silencio al fin. –¡Que comience el juicio! –ordenó Tulio. Junto al trono se posicionó la reina Felicia, el duque Evelio, Abdón Buenaventura, la chamana Acacia, Bastián
Capítulo 52. Atormentada por saber demasiado
Acacia no conseguía conciliar el sueño, la silla era demasiado incómoda. Estiró las piernas, enderezó la espalda, hizo crujir los huesos de su anciano cuello. Se levantó con esfuerzo y se encaminó a la ventana de la habitación. La noche aún era joven. Calculó que debían quedar unas cuatro horas para el amanecer, el tiempo suficiente para dar un paseo bajo las estrellas si no tuviera que proteger el sueño de aquel misterioso hombre herido. “¿Cuándo despertarás, muchacho?”. Se alegró al notar que la fiebre no había regresado. Sí, quizás, podría darse un merecido descanso. –¿Tan tarde y de paseo, chamana? –le preguntó una de las dagas del rocío que vigilaba la habitación. –En nuestro pueblo no soportamos mucho el encierro. Nos gusta sentir el aire fresco de vez en cuando, y nada mejor que el de esta agradable noche –dijo mientras caminaba a paso cansino. En aquella madrugada sin nubes Acacia alcanzó a vislumbrar una estrella fugaz que cruzó el cielo de norte a sur, en lo alto vio la constelación de la pata del ñandú y, más allá, las de la boleadora y el guanaco. “Las tres han dado y sereno”, escuchó al vigía nocturno. Nueva Esperanza nunca había estado tan tranquila. Caminó hacia las afueras para relajarse con el arrullo del río Susurrante, uno de los pocos lugares del reino donde crecía el verde. A lo largo de toda su orilla desfilaban peumos, canelos y uno que otro temu. Se sentó sobre una roca de la ribera, un pilpilén aleteó cuando sintió su presencia. Allí se quedó largo rato, escuchando el croar de las ranas y el zumbido de los insectos. Un sonido que no pertenecía a aquella rica naturaleza la sacó de su relajo. Pasos. Pasos en la noche. Se levantó sin producir ningún sonido y cerca de las casas vio a un sujeto de espada y pistola al cinto orinando en una pared. “No es el sereno. ¿Será un mercenario de Estrechos?”, pensó con miedo. Aprovechó la oscuridad de un angosto callejón y desde allí lo vio ingresar a una casa que se creía abandonada. La tenue luz de una vela iluminaba el interior. Se acercó con cautela a la morada, se posicionó bajo el alféizar de la ventana y escuchó. –Conde Calisto, sabe que lo estimo, mas no podéis tenerme en ascuas sabiendo lo que está por venir. Necesito vuestra respuesta a la brevedad. Los lavaderos de plata y oro que administráis son indispensables para la campaña. –La chamana reconoció la voz del marqués Antoine Garraleón. –Sabéis tan bien como yo que si os unís a nosotros os veréis gratamente beneficiado –escuchó hablar al mercader Sebastián Barrancones, que se encontraba junto a la chimenea–. Están ocurriendo grandiosos sucesos en Altamiria, conde, y, si accedéis a ayudarnos, más de algún rey extranjero os daría territorios, lujos y excesos que no podrías conseguir ni en veinte vidas. Pensad con la cabeza, conde Calisto, y no con las tripas. Todos saldríamos ganando. El marqués regresaría a su amada Fontarragués con la confianza de un nuevo rey y vuestra merced hará lo que os plazca con la fortuna que reciba. –Tengo todo el dinero que necesito –respondió Calisto con altanería–. Lavaderos de oro y plata en Tierraíz y grandes extensiones de campos cultivables en Altamiria. ¿Qué podéis ofrecerme que yo ya no posea? –Un puesto en el consejo real de Baluarte, claro está. ¡Y oro a raudales! El rey de Puerto Tiburón es un hombre poderoso. ¿Acaso nunca habéis escuchado de sus torres de oro? –Excentricidades. El oro no es para levantar torres ni para confeccionar monturas que ralentizan el andar de los caballos. –Basta de excusas, conde. Con vuestro apoyo sería mucho más sencillo cumplir nuestro objetivo. –¿Y cuál es vuestro objetivo, marqués? –Calisto bebió un trago de tinto. –Irme de esta tierra muerta, por supuesto, y regresar a Fontarragués. –¿Y ese banal egoísmo, nacido de una absurda nostalgia, amerita traicionar tanto al rey Tulio Hojaltiva en Tierra Amarga como al rey Francisco de Odragón en Baluarte? Os recuerdo que Hojaltiva le nombró marqués y entregó grandes tierras cultivables, mientras que Odragón os perdonó la vida por vuestro manifiesto apoyo a Emilio Martesta. Les debéis vuestra lealtad. El grueso marqués guardó silencio. Se notaba la vergüenza en su rechoncha cara. Aclaró su garganta con nerviosismo. –No os hagáis el inocente, conde. Ni usted ni yo apoyamos a Tulio Hojaltiva. Ambos siempre fuimos partidarios de Emilio, incluso después de su muerte. Si juramos obediencia al rey Francisco y al rey Tulio fue porque no teníamos opción. Era eso o la horca. ¡Y la Señora sabe que aún no tengo deseos de morir! –Se acarició su gaznate sudoroso–. El que me hayan enviado aquí fue prácticamente un castigo hacia mi persona. No sabéis lo que me significó haber cambiado mi hermosa tierra natal y sus manjares por esta mala broma de reino que ni castillo ni jardines tiene. Así que no tengo ningún impedimento moral para traicionar a Tulio. Ni siquiera sería una traición, pues nunca le he jurado lealtad… y vuestra merced tampoco. Calisto Fuenteamplia mantuvo el rostro impasible. Seguía sentado. Jugueteó con una moneda que estaba sobre la mesa. –Los reyes de Secarena, Dunaria y Puerto Tiburón no solo aspiran a hacerse con Baluarte, también anhelan los reinos y pueblos de Tierraíz –intervino Sebastián Barrancones apoyando sus manos en el espaldar del asiento donde se encontraba Calisto–. Han prometido otorgar las praderas más hermosas de Altamiria a quienes los ayuden. Millas y millas de campos floridos y tierras cultivables, conde. Y también han prometido títulos, yacimientos de oro y permisos para realizar prospecciones donde se desee. Todo libre de impuestos. Seríais aún más poderoso que vuestro señor padre. Aquellas palabras hicieron que Calisto enarcara las cejas. El marqués se dio cuenta del gesto y le rellenó su copa de vino. –¿Vislumbro un acuerdo? Cuento con cien mercenarios de Estrechos que me apoyan –confesó Garraleón–. Si vuestra merced logra convencer a sus soldados personales, podríamos plantarle cara