Sauce se encontraba en su hogar, sentado en el tocón de árbol que usaba como sillón. Apoyaba sus codos en las rodillas, los ojos cerrados, las manos empuñadas. El aroma de las hierbas dispuestas sobre la hoguera no lograba calmar la preocupación que le había provocado el canto de la gaviota mensajera que llegó por la mañana. “Así que eso es lo que ocurrió hace un año. Eso nos advertía la luna roja”, pensaba inquieto. Bebió un trago de su licor de maíz. En su mente vio a los animales muertos de los clanes y sintió un repentino temblor en su barriga cuando recordó la cacería de Litre y el puma con el pescuezo desgarrado que halló. “Todo debe estar relacionado”. Se restregó los ojos, acongojado, intentando dilucidar lo que estaba ocurriendo. Suspiró. “Antes la vida era más sencilla –pensaba–, cuando las guerras se ganaban luchando mano a mano y no desentrañando misterios”. La llegada de Espino, Amancay y Totora lo sacaron de su ensimismamiento. –Sauce, ¿nos has mandado a llamar? –le preguntó su amigo. –Sí, siéntense, por favor –dijo con voz soñolienta. –¿Cansado? –Preocupado, más bien. –Se acomodó en su sitial. –¿Acaso esa preocupación tiene algo que ver con la gaviota que vi llegar hoy en la mañana? Provenía del sur. Sus alas no me eran familiares. Su presencia llamó mucho mi atención –habló Totora. –Siempre tan observadora, sabia. –A veces creo que te haces la ciega, anciana. –Amancay cruzó los brazos con frío. Aquella mañana lucía un vestido negro, una manta de lana gris y una tiara de plata–. Sauce, pon más maderos en la hoguera, esta no es forma de recibir a tus invitados. Está helado y Totora ya está vieja, necesita calor en sus huesos. –No te preocupes por mí, Amancay, esta manta es más gruesa de lo que parece. –Totora forzó una sonrisa–. Eso sí, feliz aceptaría un agua de hierbas caliente. Sauce le sirvió en una taza de greda. –¿La hermana del líder desea algo? –Más maderos en la hoguera –insistió Amancay. Una vez que los cuatro estuvieron sentados, Sauce recién accedió a arrojar unas cuantas ramas al fuego y habló: –El chamán Pumagrís envió un mensaje. –Eso no es novedad. –Amancay soltó un bufido socarrón–. Lo único que ha hecho el chamán en todo este año es enviar mensajes y ninguno dice algo de interés. –Acercó las manos al fuego. –Debes tener más respeto con Pumagrís, él sabe por qué hace las cosas. Es un chamán sabio. –No hay duda de que sea sabio, Totora, pero nos abandonó a nuestra suerte. Ya no puedo confiar en él. –Si Pumagrís no está en Rocalga no es por voluntad propia. El chamán está cumpliendo con su deber, al igual que tu hermano. El mensaje, Sauce, ¿qué decía? –recordó Totora buscando terminar con la estéril discusión. –Sí… el mensaje –suspiró el antiguo guerrero–. Tras mucho investigar y recorrer todo Tierraíz, Pumagrís y los chamanes de la Orden de la Cascada al fin descifraron el significado de aquella luna roja de hace un año. Como temíamos, advertía la desgracia. –Guardó silencio como si le costara reunir las fuerzas para dar la noticia–. El pueblo de Montepardo, nuestros aliados del sur, ha desaparecido. Lo que fuera un enorme y verde bosque ya no es más que carbón y cenizas. Nada ni nadie quedó con vida. Un silencio gélido invadió la morada. Tuetué, tuetué rompió el silencio un misterioso pájaro que sobrevolaba la aldea. Tuetué, tuetué.
Capítulo 10. Cazando a una bestia
Litre se arrastraba sigilosamente por entre las raíces de los árboles. Su manta estaba embarrada con lodo y musgo. Tenía la cabeza bien apegada al suelo, olfateando, oteando, escuchando. No había sido difícil convencer a Sauce para que lo dejara partir. –No hay tal bestia –le dijo hace cinco días–. Eso era el miedo de Ulmo hablando, nada más. –Ella tiene razón, señor –le rebatió–. Cuando los perros se ven amenazados arman un alboroto que despierta hasta a los muertos y, según ella, ni siquiera aullaron. Junco estaba atento a las palabras de Litre. Sauce guardaba silencio, tenía los ojos cerrados y apoyaba el mentón sobre sus pulgares. –Además, los pumas no asesinan y abandonan a sus presas. Matan para comer o por miedo. Para mí esto es bastante raro. –Lo sé, muchacho, pero ¿qué querías que hiciera? ¿Que alentara la idea de que una bestia anda suelta por Costazul? ¿Que el odio encarnado actuó esa noche? Si hubiera hecho eso, ahora mismo tendría una revuelta. –Una bestia anda suelta, señor, y debemos capturarla. Déjeme ir por ella. Iré solo, así nadie sabrá de mis intenciones y no cundirá el pánico. Sauce meditó en silencio el ofrecimiento del muchacho. El pequeño Junco le entregó una jarra de greda con agua de boldo. Sopló para enfriar la bebida. El vapor dibujó siluetas en el aire. Bebió un largo trago. “No pierdo nada con dejarlo ir”, pensó el guerrero. –Por arma llevarás tu hacha, tu daga y una lanza. Pide a las ancianas que te den frutas, charqui y raciones para diez días. Partirás hoy después de la medianoche para que ningún aldeano te vea salir de El Claro. Y ahí estaba ahora, en medio del bosque. Habían transcurrido cinco días desde que emprendiera la cacería y no había visto nada fuera de lo normal. Evitó los clanes para no levantar sospechas. Durante el día los observaba a lo lejos, estaban conformados por apenas tres o cuatro casas y no más de cinco familias, las que compartían el alimento en una fogata ubicada en medio de sus tierras. Su vida era similar a la de El Claro solo que en menor escala. No más de treinta personas vivían en cada clan. “Es algo bastante melancólico y solitario”, pensaba al compararlos con el reino del norte, donde vivían miles de almas. Caminaba por la foresta y siempre se mantenía alejado de los senderos, de cuando en cuando descansaba bajo un árbol y se echaba un trozo de tortilla a la boca. De pronto, escuchó el crujir de una rama. No era habitual. Era un sonido pesado. Venía de su derecha. Desenvainó su daga con presteza y la arrojó contra un árbol lejano. El silbido de Canto Recio fue tan agudo que resonó en todo el bosque y tac, se clavó de lleno en un grueso tronco. Se acercó enfurecido cuando vio una pequeña niña cubriéndose las orejas y a Canto Recio clavada justo al lado de su cabeza. –Chiquillos entrometidos. ¿Qué hacen aquí? ¡Es peligroso! –les increpó mientras sacaba la daga del árbol. –Queríamos ayudarte. –Junco apareció desde atrás del árbol con una sonrisa temerosa–. ¡Trajimos armas! –Le mostró una lanza corta y boleadoras–. ¡Venimos a cazar a la bestia! El pequeño había llegado acompañado de unos mellizos del clan de los bosques con los que había hecho buenas migas durante la audiencia en El Claro: Ñirre y Lenga Finarraíz. Ñirre era una niña morena cuyos cabellos estaban bien peinados en la parte superior de su cabeza, y, luego, caían trenzados hasta sus hombros. Su hermano Lenga era muy similar a ella, salvo que llevaba el cabello rapado en los costados, y los del centro los peinaba hacia atrás, terminando en una larga trenza que le llegaba a la espalda. Ambos vestían mantas de tonos oliváceos. –Los vi seguirme desde el primer día y no dije nada, pensando que se cansarían y que volverían a sus hogares. ¿Qué dirán sus padres? –Los tres pequeños bajaron la vista–. No se diga más. ¡Regresaremos ahora mismo! –¡No, por favor! Déjanos ir contigo –rogó Junco–. Deseamos ayudar a los clanes. –¡Por favor! –suplicaron al unísono los mellizos. –Nuestros perros también fueron asesinados. Llegaron a nosotros cuando cumplimos cinco años –clamó la pequeña Ñirre. –Queremos vengarlos –insistió su hermano Lenga–. ¡Eran nuestros amigos! –No sabemos a qué nos enfrentamos, chiquillos. Si se nos cruza un puma corremos riesgo de morir, imaginen si lo que cazamos es realmente una bestia. –¡No somos chiquillos! Tenemos doce años. Mi padre partió con trece a la guerra contra los conquistadores, y a los quince mató al rey Emilio Martesta –replicó Junco. Ante aquel argumento, Litre se quedó sin palabras. Los repasó con una mirada llena de rabia y suspiró resignado. –No cometan ninguna estupidez –bufó. Los niños se miraron entre ellos, sonrieron, y lo siguieron con sus armas bien firmes en sus diminutas manos. Los cuatro buscaban cualquier indicio de la bestia, el musgo corroído en las rocas, marcas de garras en las cortezas de los árboles, heces, pelos, lo que fuera. Nada. –Yo no creo que encontremos a un puma. Debe ser un monstruo –le susurró Ñirre a su hermano. –¡No seas tonta! Los monstruos no existen. –Le dio un empujón–. Fue un puma. Clavó sus colmillos en los gaznates de nuestros perros y los desangró. –Un puma no hace eso –respondió–. ¿Para qué matarlos si no se los comerá? –Ñirre tiene razón. –Junco la defendió–. Con mi papá hemos recorrido muchos lugares de Costazul y hasta hemos llegado cerca de las primeras montañas y sé que un puma no hace eso. Yo he visto los restos de sus presas, no son más que huesos y pellejo. –Ignorantes –resopló Lenga–, mira que creer en monstruos. Fue un puma –afirmó sin dejar de caminar y buscar rastros entre la hierba y las raíces–. Estoy seguro de ello. Si tengo razón, los golpearé a los dos. Es una apuesta. –Inténtalo. Podría ganarte con una mano en mi espalda –le advirtió Ñirre
Capítulo 9. Algo más que un puma
–¡Esto es insólito! ¿Dónde está Ulte Hojaviva? ¿Dónde está el dizque líder de Rocalga? Hace días le envíamos loicas avisando que vendríamos y aún así no está aquí para recibirnos –gruñía Hualo, un hombre de panza prominente y el padre del clan del norte. –Ulte Hojaviva se encuentra de viaje en las otras aldeas. Tendrás que conformarte conmigo. En ausencia del líder, su hermana Amancay Hojaviva ordenó que me hiciera cargo de esta situación, así que habla libremente y cuéntanos lo ocurrido con tus animales –le respondió Sauce con serenidad. El guerrero yacía en un sitial que se había dispuesto en medio de El Claro para recibir a los emisarios de los clanes, quienes venían a narrar lo sucedido con sus animales muertos. Más de doscientos hombres y mujeres se agolpaban en el tótem de Coirón Riobravo para escuchar el testimonio de los recién llegados. Hualo se mordía el labio de la rabia. –¡Tu hermano debería haber estado acá! –le gritó a Amancay–. ¡Por algo lo elegimos líder! Si no cumple sus deberes como tal, que Sauce Briznasol asuma el liderazgo de Rocalga y de los clanes. El silencio se hizo en toda la aldea. –Elegir a un nuevo líder sin la presencia del actual es ir contra la ley –advirtió la sabia Totora–. Nuestras leyes dicen que si un líder no está presente se debe elegir a un aldeano confiable que lo represente y eso es lo que ha hecho Amancay. Una vez que Ulte regrese podrás postular a otro aldeano para liderarnos, no ahora. –Totora habla con la verdad –dijo Sauce–. Al igual que los presentes, también lamento que Ulte no esté en la aldea, pero tiene razones poderosas para ausentarse. Y ya que nada podemos hacer al respecto, te pido que nos cuentes por qué los clanes han solicitado este consejo. Hualo resopló airado, miró a sus acompañantes y comenzó su narración. –Si estamos acá no es por gusto, Sauce. Como ya sabes, como ya todos saben, nuestras llamas fueron asesinadas. Fue hace unos días. Desperté para darles alimento cuando las vi tiradas sobre la hierba con sus pescuezos desgarrados, abiertos de lado a lado. Los pumas han vuelto. Los clanes no estamos seguros en los lindes de la aldea… ¡y ustedes tampoco! –Un susurro de preocupación surgió entre el gentío. –¿Escuchaste algún sonido fuera de lo normal durante la madrugada? –preguntó Amancay. –Nada. Por eso digo que fue un puma. Solo esos animales pueden matar con tanto sigilo. –Una cosa es el sigilo y otra muy distinta es ningún ruido –se entrometió Litre Brizaveloz, que estaba entre la multitud. –Según entiendo, estoy hablando con Sauce, Totora y Amancay, no con un mocoso allegado –espetó el robusto hombre acercándosele amenazadoramente. –Tranquilos, mis amigos. –Sauce se levantó de su asiento y apoyó su brazo sobre la gruesa espalda de Hualo–. Litre sabe mucho de animales. Me ha contado que es un cazador experimentado y quiso ayudar. No volverá a interrumpirte. –Controla la lengua de ese muchachito. –Lo apuntó amenazante–. Lo que ha pasado no es motivo de bromas. –Lo haré, lo haré. Continúa. –Sauce volvió a sentarse y respiró hondo, hastiado por la situación. –No solo eran mis llamas, eran las de todo el clan. Nos servirían de abrigo, fuerza y alimento. Las criábamos entre todos. Queda poco para que llegue el invierno y ya no tendremos ni su leche ni su carne. ¡Necesitamos una solución ahora! –demandó. –No se preocupen por eso. Esta temporada la cosecha ha sido abundante y nuestras llamas se encuentran saludables, por lo que podremos proveerles de alimento. –Sauce, nuestro caso fue igual de trágico –intervino un hombre delgado que vestía un taparrabos–. Soy Tepú, representante del clan de la ribera sur del río Tronador. La vejez le quitó las fuerzas a nuestra matriarca, mi madre, para venir en persona, por lo que hablaré en su nombre. –Habla, Tepú, conozco a tu madre. La tengo en alta estima. –Nuestros ñandúes, Sauce. –Apenas podía hablar de la ira–. Todos ellos fueron asesinados. Sus pescuezos estaban destrozados. El grito de una pequeña nos alertó. Cuando salí a ver qué ocurría vi los cadáveres de nuestros ñandúes regados por todo el caserío. Sauce recordó aquel invierno de hace años. Aún tenía las cicatrices de su encuentro con aquel felino famélico. “¿Será este invierno igual de terrible?” Sin darse cuenta llevó su mano a la antigua herida de su pecho. –¡Nuestros perros también fueron asesinados! –gritó de entre la multitud la anciana Ulmo del clan de los bosques. Dos trenzas encanecidas le colgaban sobre los hombros–. Ni uno de ellos ladró, ni gruñó, ni aulló. No, Sauce, no fueron pumas los que atacaron. En los cuerpos de nuestros perros no quedó ni una gota de sangre. ¡Ni una! Lo que mató a nuestros animales fue algo más que un puma, ¡fue una bestia! –advirtió con tal seriedad y convicción que erizó la piel de los aldeanos. Silencio. “¡Hay que cazarla!”, gritó un aldeano de los clanes. “¡Hay que cazarla!”, lo siguió otra a coro. “¡Hay que cazarla! ¡Hay que cazar a la bestia!”, comenzaron a gritar a puño alzado los emisarios de los clanes hasta que el clamor emergió de toda la gente de Rocalga. “¡Silencio!”, pedía infructuosamente Totora, pero su avejentada voz era incapaz de sobrepasar la de la multitud. Sauce se levantó de su asiento con una severidad que pocos conocían. Junco nunca le había visto esa mirada. No era su padre, era un guerrero aterrador, de ojos bravos y boca fiera, y sin decir palabra alguna, las voces se fueron acallando. –Anciana Ulmo, sabe que guardo un profundo respeto hacia su sabiduría, pero lo que acaba de decir… –Suspiró–. Trae a nuestra aldea un miedo infundado. –Si hubieras estado allí esa noche sabrías que hablo con la verdad, Sauce –replicó la anciana con serenidad, convencida de sus palabras–. Hacía frío. Una brisa que cortaba la piel entró a mi hogar y apagó la lumbre. El viento susurraba el terror. ¡Esa noche actuó algo
Capítulo 8. Duelo de amigos
El grave cantar de un cuerno despertó a Palma de su apacible sueño. Le siguió un ir y venir de fuertes pisadas y muchos “¡sí, líder!”. Amodorrado, se levantó lo más rápido que pudo y peinó sus desgreñados cabellos negros. De improviso, Chañar Cieloazul, la joven que había conocido en su primer día en Aguatrueno, entró a su tienda. –¡Despierta, despierta! Iremos al lago. ¡No hay tiempo que perder! –Lo sacó de la choza a empujones. Aún estaba oscuro y hacía mucho frío. La tropa de aprendices ya se encontraba formada fuera de la muralla norte junto a la ribera del lago Esmeralda. Los cerros que rodeaban el valle apenas se veían a esa hora de la madrugada. –Parece que a algunos les gusta dormir un poco más que al resto –dijo Roble sin quitarle la vista a Palma. El líder de batalla se veía intimidante ese día. Llevaba una armadura de cuero con el cráneo de un huemul tachonado en el pecho. –Todos a trotar alrededor del lago. Son diez kilómetros ¡Sin parar! –ordenó y durante todo el recorrido marchó tras el grupo azuzando con una vara de colihue a los rezagados. Así comenzaba un nuevo día de entrenamiento. Trotaron y nadaron por tanto tiempo que Palma sentía que su corazón iba a estallar y que sus pulmones se congelarían. –¡Suficiente! Tengo un regalo para ustedes –dijo Roble–, mantas recién tejidas por nuestras ancianas. Ellas se esmeraron mucho. Son bastante gruesas y hechas con la mejor lana de guanaco. Fórmense en la orilla del lago para entregárselas ordenadamente. Una vez con las mantas puestas, apareció una docena de guerreros y empujaron a los jóvenes a las aguas del lago. –¡No se las saquen! Con esas mantas mojadas y pesadas deben ser capaces de salir del lago y subir aquel cerro. –Roble apuntó uno de los macizos–. ¡Imaginen que llevan a un compañero herido a cuestas! ¡Rápido! –¿Cuánto tiempo llevas aquí? –le preguntó Palma a Chañar. Estaban recostados sobre la tierra fría, exhaustos tras salir del lago y subir y bajar el enorme cerro. –Casi un año. Aún me queda bastante –respondió Chañar, aún jadeante por el esfuerzo. –¿Y siempre es así? –Estos días el entrenamiento ha sido suave, para que no te asustes. Mañana… mañana ya puedes empezar a asustarte. Y el mañana llegó. Al amanecer, Palma se encontraba en lo alto de la cascada. Debía saltar desde allí, vestido con la misma manta del día anterior, y quedarse flotando en el lago hasta que Roble le ordenase lo contrario. Tiritaba de miedo y de frío, tenía los pies congelados y arrugados por el agua. Nunca en su vida había visto una cascada y ahora debía saltar desde lo alto de una. “Todos lo hemos hecho y seguimos vivos. No te preocupes”, lo arengaban sus compañeros. Palma apretó sus puños y miró de reojo a Roble que lo observaba con severidad. Junto al líder estaba Chañar con el puño en alto, dándole ánimos. El joven tensó sus músculos, cerró sus ojos, respiró hondo y se lanzó al vacío. En un segundo estaba arriba y, al otro, se encontraba bajo el terrible tumulto de las aguas. El peso de la manta le impedía salir a flote y tuvo que nadar con todas sus fuerzas para alcanzar la superficie, dando una inmensa bocanada cuando logró emerger, feliz de haber sobrevivido a la experiencia. Los vítores de sus compañeros inundaron el valle y le llenaron de júbilo. De pronto, se dio cuenta que los gritos se acallaban y que sus compañeros se marchaban, abandonándolo a merced de las frías aguas del lago. Recién al atardecer regresó Roble. –Ya puedes salir, muchacho –le ordenó. Palma estaba al borde de la hipotermia, tenía los dedos arrugados y tiritaba de pies a cabeza. Ni siquiera le quedaban fuerzas para caminar y el peso de la manta mojada poco le ayudaba; apenas dio un par de pasos, se desplomó pesadamente en la orilla. –Quítate eso. Ten, sécate y come. –Le pasó una manta seca, un trozo de pan y un caldo caliente increíblemente reconfortante–. Ya has tenido suficiente. Todos los niños que llegan a Aguatrueno creen que se convertirán en el héroe que salvará al pueblo… pero los héroes no nacen, se hacen a punta de disciplina y sangre derramada. Aunque debo reconocer que, de todos los chicos que han pasado por esta prueba, eres el primero que soporta flotando en el lago hasta mi llegada. Siempre salen antes, cansados de tanto mover pies y brazos. –Palma no podía pronunciar palabras de agradecimiento ante las alabanzas, le temblaba demasiado la mandíbula–. Toma el caldo, te hará bien. Lo hizo nuestra chamana Quila Flordorada. Es medicinal. En los siguientes días no hubo tiempo para descansar. Palma se dedicó a reparar los cimientos del torreón sur, añadir piedras a un hueco del muro oeste, mejorar las casas de abastecimiento y combatir, su actividad favorita. La robusta Laurel estaba a cargo del entrenamiento de esa jornada. –Ustedes dos –apuntó a Palma y a un chiquillo de cara huesuda–, tomen un arma al azar y muestren lo que tienen. Palma tomó una lanza de madera de punta redondeada y el otro chico una daga de piedra sin afilar. –¡Peleen! –ordenó la guerrera. Palma intentaba no burlarse de las débiles estocadas lanzadas por su rival, limitándose a detenerlas con el mango de su lanza o con el dorso de su mano. –Está muy verde esta criatura –gruñó Laurel agitando su cabeza con rabia–. ¡Chañar Cieloazul! –gritó–. Tú te enfrentarás a Palma. ¡Denme una pelea de verdad y no esta burla de combate que acabamos de ver! –¡Sí, señora! –respondió la muchacha e ingresó al círculo formado por la tropa de aprendices que agitaban sus lanzas y puños, ansiosos por verlos pelear. –Tómatelo con calma, Chañi –le aconsejó Palma, desafiante–. Ya sabes cómo terminará esto. –¿Contigo en el suelo y llorando? –Así es como se parte un buen duelo de amigos –reía la veterana Laurel–. ¡Aprendan! –¿Estás listo, Palma?
Capítulo 7. Litre Brisaveloz
“Tengo que aprender a escuchar a los espíritus”, pensaba Junco. La sabia Totora le había dado unas cuantas pistas: “Si crees que el mar es azul, estás equivocado, muchacho”. Con esas palabras en mente, día tras día se sentaba en las rocas repletas de algas que daban el nombre a su aldea para intentar distinguir las diferentes tonalidades del océano y leer los mensajes que allí se ocultaban. En ocasiones, podía apreciar ondas de un azul claro, otras más oscuras, jirones blancos con manchas parduzcas y, cerca de la desembocadura, un manchón grisáceo que provenía del río. Inconforme con solo ver la diferencia de colores, se sumergía en las aguas para saber a qué se debía. Gracias a su curiosidad supo que representaban profundidades, mareas y corrientes distintas, lo que le permitió descubrir hacia dónde iban los bancos de peces, dónde se alimentaban y un sinfín de detalles de los cuales nunca se había percatado. “Cada grieta en la corteza de un árbol es un mensaje de los espíritus que solo aquellos con ojos sagaces pueden leer”, le decía Totora, así que Junco se esmeraba en estudiar los temus, canelos y maquis que crecían cerca de la costa o del río, y se adentraba en los bosques con el objetivo de desentrañar sus secretos. Aquel día, al igual que muchos otros, Junco estudiaba la foresta. Había despertado antes de que despuntara el alba para poder regresar al atardecer y no preocupar a su padre. Todos dormían, salvo algunas ancianas que ya preparaban comida en El Fogón. Arrojaban ramitas y hojas secas en una olla de arcilla y amasaban lo que parecía un futuro pan de semillas. Amaba el olor del desayuno, pero no podía detenerse a comer. La bruma matutina que acariciaba la hojarasca fue desapareciendo a medida que pasaban las horas. Para el mediodía había caminado con tanto ahínco que ya se encontraba en la quebrada Escarlata, que recibía su nombre por albergar innumerables flores acampanadas del mismo color. Un arroyuelo cruzaba en lo profundo y desembocaba en un pequeño humedal cerca de la costa, al norte de la aldea. Junco se acercaba a las flores, sentía su aroma, veía si alguna brizna de hierba era diferente al resto, inspeccionaba las grietas en las cortezas de los árboles, escuchaba las abejas, el cantar de las ranas y el olor que traía el viento. Todo le decía algo… solo que no sabía qué, y eso era lo que debía averiguar. De pronto, llegó a su nariz un aroma que le recordó que no había probado bocado en todo el día. Se imaginó que el pan de semillas que preparaban las ancianas ya estaba horneado, tibio, delicioso… y él no comería ni un mísero mendrugo. Caminó en dirección a aquel perfume y vio una fina línea de humo elevarse por sobre las copas de los árboles. Escaló a lo alto de la quebrada. De allí venía el aroma. Se escondió tras un árbol y vio a un hombre de unos veinte años, de largo pelo negro, piel morena y ojos sagaces. Vestía un peto confeccionado con cuero de lobo marino y de su cuello colgaba una larga manta de lana gris que asemejaba una capa. En la cintura llevaba una daga y un hacha de piedra. Mascaba una tortilla que untaba en un jugoso guiso de zapallo con papas y charqui aliñado con una pizca de merquén. Todo servido en un plato de greda puesto sobre una fogata. El estómago de Junco rugió con rabia. –Puedes comer si quieres –dijo el sujeto sin quitar la vista de su plato. “¿Cómo me vio?”, se preguntó el pequeño. –Desde aquí escucho tus tripas. –Junco se sonrojó–. Ven aquí y come conmigo, chiquillo. Junco salió tímidamente tras el árbol. Tenía miedo. Nunca había visto a aquel sujeto. No era de Rocalga. Su manta tampoco era la de un guerrero de Aguatrueno. Se preguntó si era alguien de las otras aldeas o clanes. –Ven, no tengas miedo. No te haré daño –le dijo. Su voz sonaba como la de una persona confiable. Le ofreció un plato lleno de guiso–. Cociné más de la cuenta y no quiero botar la comida. Sería deshonrar a la Tierra. Acompaña a almorzar a este viajero. “Respeta a la Tierra”, pensó Junco. En los últimos días muchos viajeros habían pasado cerca de Rocalga. Dos noches atrás una familia entera marchaba hacia el noreste. Se veían asustados. Hace cinco días su padre se encontró con dos hombres que arreaban un guanaco, marchaban al este, a las tierras de más allá de la cordillera. Por alguna razón los ojos de esos viajeros estaban cargados de terror. –¿Quién eres? –preguntó Junco con timidez. –Me llamo Litre Brisaveloz. Vengo de muy lejos, de los reinos del norte. Y tú, ¿de dónde eres, pequeño? –No soy pequeño, ya tengo doce –replicó indignado. –No te enojes, muchacho. Ven aquí, siéntate. Junco se sentó al alero del fuego y recibió el plato de greda, sin dejar de sentirse ofendido. –Vale, toma. Un regalo a modo de disculpa por haberte hecho enfadar. –De su bolsillo sacó lo que para Junco parecía una piedra plana y brillante con tallados sin sentido. –¿Qué es? –Se llama moneda. Con ella puedes conseguir cosas. ¡Muchas cosas! En el reino del norte todas las personas las tienen. Si sabes cuándo sembrar y cosechar, cómo obtener carne o pescados, martillar, pintar o lo que sea, te dan monedas. Yo sabía todo eso y gané bastantes, y las intercambié por esta manta de alpaca y mis botas de cuero. –No te creo. ¿Por qué te darían tantas cosas por esta piedrita tan pequeña? –Junco no comprendía. –Así son las cosas en el reino del norte. Esta moneda que te doy la llaman lienzo. Tengo otra aquí, más oscura, que llaman cuadro. Vale cinco lienzos. Con un lienzo puedes comprar un buen charqui de guanaco, en cambio, con otra moneda llamada tallado, que equivale a muchos cuadros, compré esto. –Desenvainó una daga de acero–. La
Capítulo 6. Aguatrueno
Al fin había llegado el último día. Quince jornadas duró el viaje de Palma hasta Aguatrueno, pues Roble no paró de cambiar el rumbo de manera constante para visitar los clanes dispersos por Costazul y ayudarlos en caso de necesidad. “Somos los protectores de esta tierra y nuestro deber es velar por ella”, arengaba cada vez que se desviaba del camino. El morral que Palma llevaba consigo se había hecho más pesado con el paso de los días. No estaba acostumbrado a recorrer grandes distancias. Pese a su alegría inicial, ahora añoraba su hogar y su cama. Estaba cansado de dormir sobre el suelo desnudo. Extrañó aún más aquellas comodidades cuando le informaron que debían escalar un cerro para llegar al valle donde se emplazaba la aldea–fuerte. “Al menos es diminuto”, fue su consuelo. –Desde aquí parece pequeño, pero te sorprenderás cuando lo veas de cerca… ¡Es gigantesco! –le advirtió la guerrera Laurel Montepiedra como si hubiese leído su mente–. Acostúmbrate a ese cerro, chico, desde mañana tendrás que subir y bajar por él todos los días hasta que termine tu entrenamiento. Pese a su tez huraña, el joven Palma consideraba a Laurel como una excelente compañera de viaje. Siempre estuvo dispuesta a brindarle consejos y a reconfortarlo en el cansancio. Sin embargo, aquella información sobre su cada vez más cercano entrenamiento fue como si le hubiesen puesto un enorme saco de arena sobre los hombros. Su única respuesta fue un suspiro resignado. Tras un frugal desayuno continuaron su derrotero sin detenerse para almorzar. Tan extenuante fue la caminata que pasado el mediodía ya se encontraban en las faldas del otrota pequeño cerro que ahora se alzaba como un enorme macizo. Con las últimas fuerzas que le quedaban, Palma comenzó el ascenso. Paso a paso subió y cada paso le pesaba más que el pasado. Ya no respiraba, jadeaba. Siete veces tropezó y cayó de bruces, y las siete veces se levantó sin ayuda, no porque se la negaran, sino porque él la rechazaba. Quería demostrar su valía en esta última etapa. El sol estaba justo detrás de sus cabezas. Sentía sus hombros quemarse con el dorado astro e irritarse con el roce de los cordones de su bolso de cuero. Tenía que dar su último esfuerzo. Nada le importaba más que llegar a Aguatrueno para poder descansar y convertirse en un guerrero. Aún no atardecía cuando alcanzaron la cima. Roble se adelantó al trote hasta una roca de casi cuatro metros de alto. –¡Palma, ven! –lo llamó a viva voz. El joven obedeció apenas. Tenía los muslos agarrotados–. Esta es la Piedra del Águila. Desde este punto puedes ver todo el valle de Aguaviva, donde yace nuestra aldea. Mira. Aguatrueno se le apareció como si estuviese en un sueño. Al interior del valle y rodeada por escarpados cerros cubiertos de árboles de tupido follaje se hallaba la aldea–fuerte. La capital de Costazul estaba protegida por una resistente muralla de piedra de tonos pardos que desfilaba por las faldas de los cerros. En su costado norte había un lago de aguas verdes que nacía por obra de una altísima y delgada cascada, cuyo estruendo al caer daba el nombre a la aldea; en el sector sur de la fortaleza se encontraba un portón confeccionado con resistentes troncos que daba paso a un camino que bifurcaba al este, perdiéndose en un enorme bosque. –El lago Esmeralda y el bosque Silente. –Apuntó Roble con su lanza–. Ambos, junto a estos enormes cerros, nos protegen de toda amenaza. Aquí será tu entrenamiento, muchacho. Es aquí donde te convertirás en un guerrero. Tu única misión en la vida será entrenar cuerpo y mente para que, llegado el momento, defiendas a tu gente de cualquier mal, venga del norte o del mar, del sur o de más allá de las montañas. ¿Entiendes eso, Palma? Siempre debes estar del lado de tu pueblo. –Entiendo, señor. –¡Bajemos entonces! El descenso fue mucho más sencillo. Saltaban de roca en roca y se deslizaban con agilidad por los senderos. El grave canto de un cuerno los recibió y las puertas se abrieron de par en par. ¡Al fin Palma había llegado a Aguatrueno! Pese a que el sol ya se ocultaba, había un gran alboroto en el interior. Hombres y mujeres cargaban bultos de aquí para allá, entre las chozas y casas construidas con piedra, madera y colihue. El sonido constante de voces y gritos inundaba la aldea. Al igual que en Rocalga, en el centro también contaban con un tótem de Coirón Riobravo, el cual se encontraba junto a una enorme hoguera donde parte del pueblo se reunía para capear el frío otoñal. Era similar a su antigua aldea, pero mucho más grande y con más habitantes. –¿Habías visto alguna vez tal cantidad de personas en un solo sitio, muchacho? –Palma no era capaz de cerrar la boca–. Antiguamente esta aldea era muy parecida a la tuya, no más de diez casas en el centro y algunos pocos clanes en los alrededores. El muro que rodeaba Aguatrueno en ese entonces no se compara con el actual. Fue durante la invasión de Emilio Martesta que mejoramos la fortificación, siendo nuestra última defensa en caso de que tuviéramos que huir y refugiarnos de los conquistadores. Pese a nuestra victoria, mucha gente se vino a vivir tras estas murallas. Se sienten seguros aquí y todos los años recibimos a más personas. De las seis aldeas de Costazul, esta es la más habitada y contamos con grandes huertas y animales para subsistir en caso de una nueva invasión. –Pensaba que solo era un lugar de entrenamiento. –También lo es. Sígueme, te mostraré lo que te espera. Roble guio al joven por entre las casas y la multitud hasta llegar a una explanada ubicada fuera de los muros, en la ribera del lago Esmeralda. Allí vio a una veintena de jóvenes combatiendo con lanzas y mazas. –¡Señor Roble, ha regresado! –gritó una chica de negro pelo trenzado que corrió hacia ellos
Capítulo 5. Un canto de terror
Sauce no iba feliz a conversar con Amancay Hojaviva. Le molestaba que se ufanara de ser la hermana del líder de la aldea y sentirse con el derecho de dar órdenes como si el mundo estuviera a sus pies. Al llegar a su hogar, no se sorprendió al encontrarla sentada en el sitial de su hermano, un tronco tallado y cubierto con mantas de lana de alpaca. Sobre sus hombros caían lizos cabellos negros que enmarcaban un rostro de rasgos angulados adornados con intensos ojos brunos. Llevaba un vestido oscuro, una manta gris colgaba de su cuello y en su cintura calzaba un fajín de lana de tonos ocres. –Amancay –saludó Sauce. La mujer esbozó una dulce sonrisa y lo invitó a sentarse junto a ella. Sauce se negó, manteniéndose de pie en su lugar, apenas un paso después del umbral de la puerta, con ambos brazos tras su espalda. La mujer volvió a sonreír, ahora con cinismo. –¿Qué desea la hermana del líder? –Tan formal como siempre, Sauce. –Su voz era seria, casi un susurro. Se levantó del sitial, se acercó a la hoguera ubicada en el centro de la pequeña casa, tomó una vasija de greda y se sirvió una infusión de hierbas aromáticas. Sauce negó con la cabeza cuando le ofreció–. Como sabrás, acompañé a mi hermano a un viaje a Marbella. Allí llegaron unas loicas provenientes de los clanes de Rocalga que le llevaban un canto preocupante. –Volvió a posarse en el sitial. –¿Qué decía el canto? –preguntó estoico. –Tu forma de hablar es tan dura, Sauce. –Cambió el tema–. Esa es la dureza que hace falta en Rocalga. Tú deberías ser nuestro líder, no el blando de mi hermano. –Sauce no respondió, ya sabía hacia dónde iba la conversación. No era la primera vez que la tenían–. No se puede respetar a un hombre sin carácter como Ulte. Para estar a la cabeza de una aldea se requiere de lanzas y brazos fuertes. –Son tiempos de paz, no se necesita de guerreros. Te recuerdo que Ulte se ganó su puesto al salvar a esta aldea hace cinco inviernos. Ni mil lanzas habrían remediado la sequía y la escasez de alimento. –Cualquiera que hubiese sabido qué sembrar, dónde plantar y cuándo cosechar, habría salvado la aldea –respondió ella con desdén. –No sabía que fueses experta en cultivos. ¿Por qué no fuiste tú, entonces, quien nos salvó del hambre? Ahora serías nuestra lideresa y no tu hermano. –Los ojos de Amancay no reflejaron la ira que sintió en ese momento. –Tiempos de paz –dijo finalmente Amancay–. ¿Quién te ha dicho que son tiempos de paz? Nuestros líderes revolotean por todo Tierraíz buscando una explicación a la luna roja y a las siniestras visiones de los chamanes, ¿y crees que hay paz? Vivimos tiempos de incertidumbre y la incertidumbre lleva a tiempos turbulentos. Te aseguro, Sauce, que en algún lugar de este mundo alguien está forjando una guerra. Es ahora cuando más necesitamos de tu fuerza –dijo con seriedad. –Llevamos años de tranquilidad. Ningún ejército nos ha atacado, los pueblos son libres. Los tiempos de los guerreros han terminado. –¿Sí? –preguntó con sorna–. ¿Cómo explicas, entonces, el canto de las loicas? “¡Las loicas!” Sauce ya las había olvidado. Miró en silencio a Amancay esperando sus siguientes palabras –Los años de paz se han acabado y el tiempo de los guerreros está por volver. –¿A qué te refieres? –Las loicas dirigidas a mi hermano traían un canto de terror. Y ni siquiera por esa razón él fue capaz de venir personalmente a informarte de la situación. Prefirió quedarse en Marbella y enviarme en su lugar –bufó con indignación–. Suerte que estaba apenas a un día de distancia. Las loicas cantaron que todas las llamas del clan del norte fueron asesinadas. El clan de la ribera sur del río Tronador también envió un canto alertando que algo o alguien desangró a sus ñandúes. Y hace tres noches los perros del clan de los bosques del este aparecieron degollados. –¡Pumas! –No lo sabemos. Cada clan enviará emisarios para narrar lo sucedido. Llegarán en ocho días. Como mi despreocupado hermano Ulte se encuentra en Marbella, tú tendrás que recibirlos. –¿Por qué yo? No es mi deber. –Como hermana del líder tengo potestad para decidir si yo o alguien más atiende estos asuntos. No es trivial lo que ha ocurrido. Los aldeanos no necesitan a un líder ausente e incapaz de tomar decisiones como Ulte. Quieren a alguien que les infunda seguridad. ¡Desean un guerrero! Aunque solo sea por esta vez, asume el puesto que te corresponde, Sauce. Esa es mi palabra y debe ser respetada.
Capítulo 4. Conocer el territorio
Junco recogía con fuerza la red que había arrojado a la desembocadura del río. Sus músculos infantiles apenas podían con el peso de los peces que había atrapado. Alternaba con ambos brazos, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Mantenía un ritmo constante. Su red tenía cerca de cuatro pescados, todos enormes. Dejó la captura sobre el lodo de la rivera y se sumergió, nadando desde las dulces aguas de la desembocadura del río Tronador hasta las saladas aguas del mar Tranquilo y, tras largos minutos, salió con una bolsa de cuero con algunas lapas, choritos, algas y locos. Habían transcurrido dos semanas desde la partida de Palma y sentía un gran vacío. Era uno de sus mejores amigos y, para no caer en la tristeza, pasaba el tiempo capturando peces y moluscos, y recolectando frutos para la gente de la aldea. Cuando no lo hacía, se dedicaba a recorrer en solitario la playa y los bosques costeros. –La soledad no es buena compañera. –Se acercó su padre al encontrarlo sentado en los roqueríos junto a una manada de lobos marinos y unas pocas gaviotas que sobrevolaban en círculos, graznando por alimento. –No estoy solo, los animales me acompañan. –Le arrojó una cola de pescado a un pelícano. –Sabes a lo que me refiero, hijo. –Se sentó a su lado–. Sé que extrañas a Palma, pero hay otros niños en la aldea. –La mayoría son menores que yo. El más grande apenas tiene diez años y lo único que hacen es jugar. Yo quiero hacer cosas importantes. –¿Por eso dedicas tu tiempo a la pesca? ¿Por nuestra gente o para calmar tu tristeza? –Junco guardó silencio–. No desquites en la Tierra la pena por la partida de tu amigo. Piensa que solo está a unos días de aquí. –No puedo molestarlo mientras dure su entrenamiento. –¿Y qué harás durante todo este tiempo? –Quiero servir a mi pueblo –afirmó con tristeza. Sauce le señaló a unos aldeanos que estaban a lo lejos, buceando y tirando redes en la orilla de la playa. Habían capturado mucho alimento. –¿Sabes por qué ellos son capaces de pescar tantos peces sin necesidad de esforzarse o salir todos los días a la mar como tú lo haces? Es porque conocen esta tierra y su mar. Somos un pueblo costero. La mar es lo más importante para nosotros. –Apuntó con su mentón al océano que a esa hora se veía de un majestuoso azul brillante–. Aprende a leer las mareas. Los espíritus nos envían mensajes a través de ellas. Nos enseñan, nos aconsejan, nos dicen dónde buscar alimento, cuándo lloverá y cuándo saldrá el sol. Aprende a sentir la brisa y a leer el vuelo de las gaviotas y de los pelícanos. Los espíritus del viento y de la mar se unen para ayudarnos. Respétalos. No entres a la mar sin su permiso y, si sacas algo de ella, dale otra cosa a cambio y no abuses de sus bondadosos regalos. Juntos cargaron la captura de ese día. Subieron por la Colina de La Victoria y se detuvieron a descansar en la cima. –Si quieres procurar alimento a tu pueblo, Junco, debes conocer tu territorio. ¿Sabes el nombre de aquel río? –Apuntó hacia el sur, a una enorme porción de agua que bajaba desde el este. No era un desafío complejo para el pequeño, conocía esas aguas desde que nació. –Es el río Tronador. Nace en la cordillera de Piedrafría y termina en el humedal. –Que llamamos… –Nido de Garzas –respondió con rapidez. –Bien, bien. ¿Y cómo llamamos al bosque que rodea a El Claro? Había escalado aquellos árboles desde antes de aprender a hablar. –Bosque Pardo. Sauce asintió con un gesto orgulloso. Emprendieron el descenso y en el camino se encontraron con la sabia Totora Hierbanoble, una de las integrantes del Consejo de Ancianos de Tierraíz. Sus más de ochenta años habían transformado sus ojos aceitunados en grises, adelgazado su piel, dibujado manchas en sus manos y sienes, y teñido de blanco sus largos cabellos azabaches. Vestía una manta negra, un fajín de lana del mismo color y apoyaba su humanidad sobre un cayado nudoso adornado con incrustaciones de huesos. –Sauce –dijo la anciana con voz grave y carraspeada–, Amancay desea hablar contigo. Te espera en su hogar. –¿Ya llegó? ¿Qué es lo que desea? –Doy su mensaje, no hice preguntas. Sauce resopló resignado. –¿Podría ayudar a Junco a llevar esto a El Fogón mientras me adelanto, por favor? –Le entregó una bolsa llena de peces y mariscos. –No hay problema, muchacho –respondió y Sauce marchó con desgano. –Esa Amancay. –Suspiró la anciana Totora–. Le pone los pelos de punta a tu padre. –Junco se preocupó. Su padre siempre llegaba de mal humor cuando regresaba de hablar con Amancay–. Tranquilo, él sabe cómo tratar con ella. No tienes de qué preocuparte. Tras dejar la captura en El Fogón, Junco mantuvo una mirada pensativa en la anciana. Hace mucho tiempo su padre le había contado que ella era una de las mujeres más sabias de Tierraíz, conocía los secretos de cada región y de sus habitantes, desde el árido desierto del norte hasta las heladas tierras australes. No había río, lago, bosque o montaña que no estuviera en su memoria. Todo ese conocimiento lo obtuvo tras La Guerra de las Veinte Lunas, nombre que le dieron a un gran conflicto de antaño del cual ya quedaban pocos testigos vivos. Cuando la paz fue alcanzada, Totora fue designada como mensajera de buenas nuevas, por lo que recorrió sin descanso todos los pueblos para entregar la noticia, travesía que le dio una comprensión total del territorio. Muchos años después, ese conocimiento generó la estrategia que permitió poner en jaque al rey conquistador Emilio Martesta y a sus Huestes del Corazón de Hierro, ganándose un puesto en el Consejo de Ancianos. Lamentablemente, su avanzada edad ya no le permitía asistir a los cónclaves, por lo que ahora pasaba sus días en Rocalga, donde narra historias a los pequeños de la
Capítulo 3. Hacia la aldea-fuerte
No todos los días un niño era elegido por el mismísimo Roble Tallofuerte para ir a Aguatrueno. Los aldeanos estaban contentos por Palma e iban a su pequeña casa para felicitarlo y darle los más vistosos obsequios. Piñones, mantas, cuchillas de piedra y más recibía el joven, no teniendo ya ningún lugar libre en su morral. Los niños se agolpaban en el umbral para verlo y, los más osados, entraban sin permiso y comparaban su estatura con la del fornido chiquillo. “¡Yo seré más alto!”, exclamaban mientras sacaban sus infantiles cálculos. –Quizás algún día sean tan altos como yo, pero ¿serán así de fuertes? –gruñó y alzó a uno de los niños con un solo brazo. Tanto asombro y temor les causó, que huyeron gritando y agitando las manos. Palma rio a carcajadas y siguió ordenando su equipaje cuando vio una nueva sombra ingresando a su morada. –¿Acaso no jugaron bastante? –preguntó y, al voltear, vio el rostro de su madre– ¡Perdón, mamá, pensé que eran los niños! –Esos pequeños… Recién los vi jugando con unas ramas. Gritaban tu nombre y el de Roble, imitando la pelea de ayer. Te admiran. –No deberían hacerlo. Apenas tengo dos o tres años más que ellos. Además, soy un donnadie. –Seguía sacando y guardando cosas de su atiborrado morral. No sabía cómo ordenarlo. –Algún día serás alguien. Los niños te tienen fe. Piensan que serás un héroe. Tú también deberías confiar en ti mismo ¿O acaso dudas de tus habilidades? –Dudo de pasar el entrenamiento de Roble. ¡Dicen que es terrible! –Lo es, de eso no hay duda. Aún me quedan un par de cicatrices de mis años en Aguatrueno. –Le mostró unas heridas que tenía en la espalda y otras en la cabeza, donde ya no le crecían cabellos–. A ti te irá bien. –¿Te entrenó Roble? –No, fui su compañera. A ambos nos entrenó el anterior líder de batalla. Nos conocemos desde entonces. Notó que su hijo seguía complicado ordenando sus pertenencias. Lo ayudó empujando con fuerza hacia abajo. –Apresúrate. La tropa está por partir y no querrás quedarte fuera por culpa de tu equipaje. Toda la aldea estaba en pie. Querían despedirse de los guerreros y del joven Palma Talloverde. Vitoreaban y le gritaban arengas. –Nos veremos en unos años –le dijo Junco y alzó su mano en despedida. –Cuando vuelva veremos quién caza más guanacos –bromeó Palma. Su madre fue la última persona de Rocalga en hablarle. Su rostro reflejaba a la vez orgullo y tristeza. Le tomó de los hombros por largos segundos hasta que el cantar de una loica le sacó las palabras. –Cuídate, cuida a tus compañeros y respeta a Roble. –Lo haré, madre. Palma marchó en dirección al alba. Volteó para ver a su gente y se despidió con la mano en alto. “Extrañaré Rocalga”, pensó y se perdió en la lejanía con sus nuevos compañeros de armas. Roble avanzaba decidido, siempre adelante. Eclipsalunas lucía majestuosa en su mano derecha apuntando hacia la aldea–fuerte. Tras él iba Palma, nunca había salido de los límites de Rocalga y menos emprender un viaje a otra aldea. Siempre había soñado con tener aventuras en tierras lejanas: rescatar a una doncella, ser un batidor avezado o defender a su pueblo. Tales eran sus fantasías y ahora se estaban cumpliendo. Todo aventurero debía partir de abajo y este viaje a nuevas tierras lo prepararía para futuros peligros. Mientras cruzaba arroyuelos y escalaba lomas, se imaginaba vistiendo una resistente armadura de cuero confeccionada por famosos peleteros y blandiendo su maza con majestuosidad. Se vio a sí mismo bajando a las cavernas más profundas presto a luchar contra aquellas extrañas criaturas de las historias que le contaba su madre ¡Él sería el héroe que volvería con la cabeza del monstruo! –¡Eh, muchacho, deja de soñar despierto y ten cuidado por donde pisas! –le dijo un guerrero al verlo tropezar–. No llevamos ni mediodía de viaje como para que te lastimes una pierna. Roble detuvo la marcha y oteó el horizonte oriental desde la cima de una loma. Palma aprovechó para encaramarse en una formación rocosa y contemplar el paisaje. Desde las alturas vio un inmenso bosque de canelos, boldos, temu, mañíos y otros tantos árboles que cubrían gran parte del territorio; hacia el ahora lejano oeste divisó el mar que había abandonado, brillaba con destellos plateados y dorados. Pudo distinguir también la Colina de La Victoria en todo su esplendor, así como los árboles que rodeaban a El Claro; más cerca, vio pequeñas humaredas provenientes de las casas de los clanes aledaños. Todo le parecía maravilloso. –Nos detendremos aquí, comeremos un bocado y luego proseguiremos –ordenó Roble, dejando caer pesadamente sus pertenencias–. Aún nos queda mucho camino. ¿Cómo te sientes, muchacho? –Bien –respondió Palma. –¿Cansado? –No, señor. –Excelente, porque caminaremos unos cuantos kilómetros más antes de que anochezca. –Llamó al resto de la tropa, tomó una pequeña rama y trazó rutas en la tierra–. Si seguimos a este ritmo llegaremos cerca de la media tarde al Paso de las Raíces y allí doblaremos hacia el norte para llegar al Derrotero del Gigante, donde acamparemos. Por la mañana… –¿Derrotero del Gigante? –interrumpió Palma. –¿Te asusta el nombre, hijo? Esa pregunta no pudo estar más alejada de los reales sentimientos del joven, pues al escuchar el nombre de aquellas criaturas de cuentos antiguos su ánimo aumentó por la posibilidad de ver a un gigante de carne y hueso. –No hay nada que temer –aseguró Roble–. Nuestros ancestros se encargaron de que ese camino antaño peligroso hoy sea seguro. Esto pasó hace mucho tiempo. –Comenzó a narrar–. Extraños temblores asustaban a la gente. Los bebés lloraban y los perros ladraban atemorizados. Nadie sabía qué ocurría. Los más temerosos culpaban a los espíritus, otros, más suspicaces, decían que los temblores eran provocados por una criatura que podían tocar, ver y oler. Fue así como dos guerreras y una cazadora tomaron arco y flecha, cuchilla y hacha, y marcharon al lugar donde los temblores se
Capítulo 2. Los guerreros de Aguatrueno
Era la tercera mañana desde la cacería y se vivía una gran agitación en Rocalga. Mujeres y hombres prendían fuego y arrojaban hierbas aromáticas a las hogueras. Junco despertó confundido, sin entender el ajetreo. Al ver que su padre no se encontraba en la choza, salió en su búsqueda. Soplaba un viento frío, por lo que se abrigó con una manta gris y afirmó su cabello con un cintillo de lana del mismo color. Algo ocurría en el centro de la aldea, vio a muchas personas desconocidas ingresando a El Claro, lucían mucho más fornidas que los habitantes de Rocalga, vestían con muñequeras, cintillos de cuero, cubrían sus hombros con mantas rojas, y estaban armados con macanas, lanzas y puñales de piedra. “¡Los guerreros de Aguatrueno!”, exclamó al reconocer el inconfundible escarlata que nadie más que los mejores guerreros de su pueblo podían utilizar. De entre ellos, había uno que sobresalía, tenía el cabello largo y encanecido, y se veía más añoso que sus acompañantes. Conversaba con su padre. –¡Sauce, muchas gracias por recibirnos! Estamos sedientos y nuestras barrigas no dan más del hambre. –Aquí siempre serán bienvenidos, amigo Roble. Hay comida y bebida de sobra. Siéntate y disfruta. “Roble Tallofuerte… el líder de Aguatrueno. ¡Y el hombre que dirige las tropas de Costazul!”, se sorprendió Junco. La tropa se sentó alrededor de una gran hoguera que encendieron en el centro de El Claro al tiempo que corrían las vasijas con granos, frutas, carne de guanaco y pescado asado de una mano a otra, inundando todo con un delicioso aroma. Junco, sin dudarlo, se acercó. –¿Acaso este es Junco? ¡Vaya que estás delgado, muchacho! No te veía hace años –le dijo el veterano Roble al verlo llegar. –Hijo, saluda a nuestro líder de batalla –le ordenó Sauce. El pequeño saludó cortésmente–. Y no lo juzgues por su delgado físico, Roble. Mi hijo es rápido y ágil como un zorro. El cazó la carne que estás comiendo. –¿En serio? –inquirió escéptico mientras devoraba el humeante trozo de guanaco–. ¡Está bastante buena! –Lo cacé con la boleadora –contó el pequeño con un toque de inocencia y una pizca de orgullo. –Y un muchacho de la aldea cazó a otro animal con sus propias manos –sumó Sauce–. En Rocalga tenemos gente fuerte y valerosa. No nos menosprecies. –No podría menospreciar a quienes viven en esta aldea, amigo mío –dijo al tiempo que bajaba la comida con un largo trago de licor de maíz–. ¡Ah! Esto está bueno. ¡Está muy bueno! Escondido detrás de un árbol, Palma observaba toda la escena. Los guerreros le inspiraban un profundo respeto y admiración, por lo que se mantenía lejos, temeroso. Junco lo descubrió y, a sabiendas de los profundos deseos de su amigo, lo llamó a gritos, agitando sus manos para que tomara asiento con ellos. Palma se acercó a paso lento, tímido. Sentía el rostro acalorado. El líder de batalla vio al muchacho y le llamó profundamente la atención su envergadura física. –Junco, ¿quién es este chico al que invitaste a comer con nosotros? –le preguntó mientras untaba un trozo de tortilla en una vasija con miel. –Me llamo Palma Talloverde. –Se adelantó él, haciendo lo posible para que no se notara su nerviosismo. –¿Talloverde? ¿Eres el hijo de Boldo Talloverde? –Sí, señor. –¿Cuántos años tienes ya, muchacho? –Trece años… –¡Trece! La última vez que te vi eras apenas un crío de nueve y no pensaba que fueses a alcanzar esta talla. ¡Si pareces un guerrero! El pecho de Palma se infló tanto del orgullo que cualquiera habría pensado que iba a reventar. –Él fue quien cazó al guanaco a mano limpia. –Así que fuiste tú ¡Acércate! –El joven se puso de pie lo más estirado posible. Casi alcanzaba en tamaño a Roble Tallofuerte, quien ya era más corpulento y alto que el resto de los guerreros que lo acompañaban–. ¿Por cuánto tiempo pensabas ocultarme a este gigante, mujer? –gritó buscando con la mirada a la madre, que sonreía orgullosa entre el gentío–. Este chiquillo podría ser cabeza de tropa en el futuro. ¡Podría sucederme en el puesto, incluso! ¿Estás seguro de que tienes trece años? ¡No me mientas! –¡Yo nunca miento, señor! –Muchacho, muchacho, tu destino es venir a Aguatrueno con nosotros. Acepta acompañarnos a la aldea–fuerte y te convertirás en un gran guerrero. Me imagino que tu madre Boldo te educó bien en los juegos de destreza. –Sí. Me enseñó lucha y adiestramiento de armas. –Interesante. ¿Qué arma te gusta más? –Mi madre me enseñó a usar la lanza y la macana. –Miró de reojo a su progenitora. –¿Y si tuvieras que elegir? –insistió Roble. –Me quedaría con la macana, señor. –Y me imagino por qué. Un golpe con ese brazo tuyo debe ser devastador. Jugaremos a algo, muchacho, combatiremos tú y yo, aquí, a los pies del tótem de Coirón Riobravo. ¡Que él vea desde la tierra de los ancestros que los costeros seguimos siendo los más fuertes de Tierraíz! “¡Eaaaa!”, gritaron a viva voz los aldeanos. Decir que Palma estaba emocionado era poco. Su corazón latía con celeridad ante la posibilidad de convertirse en un guerrero. Su madre le entregó una gigantesca maza de madera envuelta en lienzos de cuero y reforzada con incrustaciones de piedra. Era tan pesada que muy pocos niños de su edad podían siquiera levantarla del piso, mientras que él la maniobraba como si fuese la ramita seca de algún arbusto moribundo. –Trátalo con respeto, hijo. Recuerda que es el líder de batalla –le aconsejó su madre con seriedad. –No te preocupes, no le pegaré tan duro –bromeó Palma y agitó su maza de un lado a otro. Roble observó la imponente macana del joven y quiso combatirle con un arma de igual poderío. –Muchacho, tendrás el honor de luchar contra Eclipsalunas. Dijo y de entre unas telas sacó una lanza de punta refulgente. Su asta estaba hecha con la mejor madera de regiones lejanas y su punta era de la piedra más exótica que se podía