Capítulo 20. La Isla Oscura

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Uooooooooooooh

Un poderoso vendaval comenzó a agitar el mar con violencia. Las gaviotas y pelícanos emprendieron el vuelo, despavoridos, y los lobos marinos huyeron tierra adentro, lo más lejos posible de ese mar iracundo. En El Claro, los aldeanos estaban atemorizados ante la inesperada tormenta que amenazaba con destruir sus casas. Sobre la Colina de La Victoria el viento arreciaba con aún más fuerza, siendo capaz de tambalear a Espino y a Sauce.

Uoooooooooooooooooooooooooh

–Sauce, algo viene desde el mar. Es… ¿es una isla? ¿Es la isla de la que hablaba el pájaro de mal agüero? –Espino Pastoseco no daba crédito a lo que veían sus ojos.

Uoooooooooooooh uoooooooooooooh

Un murmullo amargo y lamentos de terror se escucharon en toda la costa. Cánticos en una lengua desconocida que parecían provenir de los más insondables rincones del mundo, de lugares prohibidos para los humanos y cualquier otra criatura viviente. Las estrellas desaparecieron del cielo y el fuego perdió su potencia y luminosidad.

Todo se tornó en la más lúgubre oscuridad.

Sin lograr ver lo que sucedía en la playa, Sauce alzó una antorcha, pero esta apenas emitía una tenue luz ante aquella penumbra que parecía tener sustancia. Cuando logró vislumbrar lo que ocurría, deseó nunca haberlo hecho, deseó nunca haber contemplado aquella terrorífica visión: cientos de extraños seres levitaban por sobre el mar como si fuese tierra firme, criaturas cuyos cuerpos se fundían en la densa oscuridad, emanando un odio irrefrenable y el deseo de acabar con toda forma de vida. Sauce Briznasol y Espino Pastoseco, guerreros que tantas veces demostraron una valentía sin igual en el pasado, ahora apenas podían mover sus cuerpos, helados ante el horror. Sauce dirigió su vista hacia El Claro y vio a su gente aguardando por una respuesta, aterrorizados ante la sensación de hostilidad que sentían en sus cuerpos.

No tenían elección. Debían defenderse. Sauce Mano de Trueno debía renacer ante aquella amenaza proveniente de quién sabe qué aterradoras profundidades.

–¡Espino, trae mis armas y armadura! Ordena a todos los hombres y mujeres que puedan maniobrar un arma que suban a la colina. Defenderemos a nuestra gente y nuestra tierra. Los niños y ancianos deben huir hacia el bosque Pardo. Asegúrate de que Junco también se vaya de aquí. ¡Este no es lugar para él! –Apenas tenía fuerza en la voz.

Espino obedeció y descendió a El Claro.

–¿Qué sucede? ¿Qué esta oscuridad? –le preguntó Amancay sin ocultar su angustia.

–Abominaciones, abominaciones que pueden caminar sobre el mar vienen hacia Rocalga. ¡Cientos de ellas! ¡Deben huir! Tú y Totora reúnan a todos los ancianos y niños, y llévenlos lejos de aquí, al bosque Pardo. Allá estarán a salvo.

–¿Huiremos? ¿Todos? –preguntó la mujer con indignación.

–No. Los demás nos quedaremos a luchar para permitir que escapen.

–¡Entonces también me quedaré! –Amancay desenvainó una daga de piedra.

–Eres la hermana del líder, tu deber es guiar a nuestra gente.

–¡Defender a nuestra gente! –replicó ella–. Otras mujeres lucharán. ¿Por qué yo no puedo combatir junto a ustedes?

A pesar de que Espino no sentía simpatía por Amancay, sí le tenía un secreto respeto. La consideraba una persona capaz y valiente, claro que nunca había querido reconocerlo, menos decírselo a la cara. No tuvo otra opción.

–Nosotros lucharemos para que ustedes logren escapar. Si caemos, tú eres la única que puede guiar a nuestra gente y mantenerla con vida. Si abandonas a los ancianos y a los niños por ir a la batalla, los dejarás sin esperanzas. No hay persona más capaz que tú para liderar a nuestro pueblo en esta hora de necesidad.

–Espino tiene razón –intervino Totora–. Sé la lideresa que debiste ser hace años.

Amancay le mantuvo la mirada a la anciana. Vio sus ojos grises, casi ciegos, indefensos. Resignada, comenzó a reunir a gritos a los cientos de niños y ancianos, y huyeron hacia el bosque. Antes de dejar El Claro, Amancay volteó una última vez para ver a las mujeres y hombres que lucharían contra aquellas criaturas, mas la oscuridad se lo impidió y apenas pudo divisar sutiles siluetas moviéndose hacia la cima de la colina. “Sobrevivan”, les deseó y dejó atrás las arengas de la inminente batalla.

 

–Lirio Hierbarcoíris –gritó Espino–, quédate por si tu medicina nos hace falta. Todos los demás tomen un arma. ¡Invaden Rocalga!

Sauce seguía de pie en la cima cuando Junco escaló hasta llegar a su lado.

–¡Ordené que te fueras! –le gritó indignado.

–No me llegó esa orden, padre. ¡Quiero estar contigo!

–No sabes lo que pides, Junco. Por favor, vete.

–¡Quiero estar contigo! ¡No te abandonaré!

Lo que fuera digna valentía o infantil tozudez se esfumó al ver a los cientos de espectros llegando hasta la playa. El miedo le impidió escuchar las desesperadas palabras de su padre, quien lo sacó de su estupor tomándole la cabeza con fuerza.

–¡Hazme caso y huye de aquí, Junco! No podré luchar si estoy preocupado por tu seguridad –le rogó.

–N… no te quiero abandonar, papá. Son muchos. No quiero que te pase nada –tartamudeaba. El miedo le recordó lo que siempre negó ser: un pequeño chiquillo desvalido.

–No me pasará nada, hijo. Venceremos.

–Roguemos a los espíritus que tu convicción nos dé la victoria –rugió el inmenso Cormorán Surcalagos que apareció de la nada. Su rostro reflejaba una ferocidad inhumana.

Tensó su arco y apuntó.

Uooooooooooooooooooooooh

Espino llegó con cerca de trescientos hombres y mujeres armados. Sauce se vistió con celeridad. Se protegió el pecho con un peto de cuero de lobo marino endurecido y en el cuello se colgó una manta roja, el color de los guerreros de Costazul. En la derecha empuñó una maza de alerce y en su cinto de lana envainó una hoz de hueso, la misma con la que derrotó a Emilio Martesta en ese exacto lugar hace más de dos décadas.

–Nos parapetaremos tras las rocas. Necesito arqueros a los costados –ordenaba–. Cuando los enemigos estén a distancia, disparen a discreción.

Los aldeanos se refugiaron tras los peñascos, aguardando con miedo el inminente ascenso de las criaturas.

Uooooooooooooooooooooooh

La oscura marcha de los espectros iniciaba. Los aldeanos tensaron sus arcos con manos temblorosas, incapaces de apuntar bien ante aquella terrorífica visión. Algunos ni siquiera cargaban sus flechas, convencidos de que estaban dentro de una pesadilla de la que despertarían en cualquier momento.

Cuando el deseo de muerte que emanaba de aquellas inefables abominaciones llegó a su clímax, Sauce dio la orden.

–¡Disparen!

Centenares de flechas volaron sobre su cabeza. La mayoría se clavaron en la hierba. “Qué desperdicio”, pensó Cormorán Surcalagos al ver cómo fallaban los disparos de sus improvisados compañeros de batalla y se levantó de entre las rocas para atacar. Antes de que su flecha atravesara a un espectro, ya había tensado otra en su arco. Su mano era veloz como el relámpago. Diez flechas había soltado mientras los demás apenas iban en su quinta andanada. No fallaba. Un tiro de su arco era un espectro que se esfumaba en la noche.

–Seres inhumanos son esos esteparios –le susurró Litre a Junco.

–¡Llegaste! –dijo el pequeño, con algo de alivio.

–¿Pensabas que no lucharía? Solo fui a colocarme mi armadura. Tú no deberías estar acá. No es un lugar para un niño.

–¡A este ritmo nos quedaremos sin flechas! –gritaba Espino.

–¡Entonces afinen su puntería! –gruñó Cormorán, agazapado de espaldas tras una piedra.

Sauce alzó la vista y vio una nueva oleada de espectros, habían dejado su lento levitar y ahora embestían de manera avasalladora. Las andanadas de flechas no hacían mella en ellos. Donde uno desaparecía, tres continuaban su sombrío ascenso.

Tendrían que luchar cuerpo a cuerpo.

–¡A la batalla! –gritó Sauce con la maza en alto– ¡Que estas criaturas no pasen la Colina!

Hualo, el padre del clan del norte, saltó cual puma desde las rocas seguido por otros tantos hombres y mujeres dispuestos a dar su vida por la aldea. “¡Rocalga! ¡Rocalga!”, vociferaba el grueso guerrero agitando su hacha de piedra. “¡Rocalga!”, gritaban los miembros de su clan, pero las valerosas arengas se apagaban ante la arremetida invasora. Eran demasiados, los doblaban en número.

Junco no podía moverse del miedo y se quedó oculto tras las rocas, tapándose las orejas y viendo cómo se despeñaban faldas abajo aquellos que hace apenas unos instantes celebraban con alegría la llegada de un nuevo año. “Tenían razón, solo soy un niño. Un chiquillo miedoso”. Afirmaba una lanza corta, intentando reunir el coraje para batallar, mas no podía levantarse, sus piernas no le respondían. No era como su padre. Nunca podría ser como él. Sauce, en lo alto de la colina, se movía con ferocidad, atravesando con su maza a los espectros que se esfumaban ante sus golpes. Uno tras otro caía ante su brutal poderío. Los demás aldeanos poco podían hacer. Ninguno de ellos era un guerrero legendario y pocos habían estado antes en un campo de batalla.

–¡Salgamos de aquí, Junco! –Litre lo alzó en vilo y lo arrastró hacia El Claro–. Tu padre ha ordenado que defendamos esa zona. No debemos permitir que las bestias entren al bosque Pardo. Hay que proteger a los que han huido y a los heridos.

–N… no puedo moverme. ¡Tengo miedo!

–¿Qué vez, Junco? ¡Dímelo! –Litre le gritó enfurecido. El pequeño cerró sus ojos. Estaba aterrado–. ¡Dímelo, Junco!

–¡Veo a mi pueblo morir! –chilló entre lágrimas al verse rodeado de cadáveres.

–¡Véngalos, entonces! –le ordenó y desenvainó su daga Canto Recio–. Venga la muerte de cada uno de ellos al igual que lo hace tu padre.

En la cima de la colina, la manta escarlata de Sauce flameaba ante el poderoso vendaval.

–¡Espino, todos deben bajar! –gritaba mientras blandía su arma.

–No puedo dejarte solo. ¡Es una locura!

–Haré lo imposible para impedir que lleguen a El Claro. Deberán enfrentar a los que logren pasar mi defensa.

–¡No me pidas que te abandone! ¡Nunca lo he hecho y no lo haré ahora!

Sauce lo tomó con fuerza del hombro. “No hay otra opción, amigo mío. No sacrificaré la vida de nadie más”, le dijo con su mirada. Espino se mostró reticente ante la idea de abandonar a su camarada, sin embargo, y con el corazón lleno de tristeza, descendió.

–¡A El Claro, a El Claro! –ordenó a gritos.

Sauce se quedó de pie, solo sobre la cima. Cerró sus ojos y se encomendó a los espíritus de la naturaleza. “Denme fuerza”, les rogó y de un golpe de su maza liquidó a un espectro, y un segundo cayó ante otro brutal impacto. Era el mejor guerrero vivo de Tierraíz, cada movimiento de su maza era letal, allí donde caía su golpe un enemigo se evaporaba cual escarcha ante la salida del sol. Podría haber seguido combatiendo, pero una voz cadavérica proveniente desde la Isla Oscura lo paralizó. “¡Que todo arda!”. Sin fuego de por medio, los árboles se tornaron negros como el carbón y la hierba comenzó a morir ante los ojos de los atónitos aldeanos. “¡Brujería!”, pensó Sauce con desespero y comprendió lo ocurrido en Montepardo. “Cormorán tenía razón”. El viento rugió con más fuerza y sacó de raíz los carbonizados árboles. “¡Cuidado!”, alertaban en El Claro para no morir bajo el peso de los troncos o atravesados por las ramas.

Sauce apenas soportaba el poderoso vendaval. De unas rocas se afirmaba con su izquierda mientras seguía luchando con su derecha. “¡Denme fuerza, denme valor!”

Un relámpago dejó ver sus ojos inyectados en sangre.

La embestida de las huestes espectrales se detuvo gracias a la irrefrenable defensa de Sauce y una breve tregua se pactó sin acuerdo alguno. El guerrero se mantuvo de pie con los puños apretados. Su pecho subia y bajaba, agitado. Gotas de sudor resbalaban por su rostro y caían al pasto ennegrecido.

Un nuevo susurro se escuchó desde la Isla.

–Di tu nombre, guerrero.

–Vienen a nuestra aldea, profanan a la Tierra, asesinan a mis amigos ¿y exigen mi nombre? Les diré, pues, quien soy, engendros. Soy el Vencedor del Alba Sangrienta, Mano de Trueno… ¡Soy Sauce Briznasol! Y mía es la leyenda del más valeroso guerrero vivo de esta tierra. Nadie puede derrotarme. No ha nacido aún quien siquiera me haya herido –respondió con orgullo y un fulgor legendario brilló en sus ojos negros.

Desde la Isla provino un sonido similar a una risa socarrona y una inefable masa fundida en la penumbra ascendió lentamente por la falda de la colina. En El Claro, los aldeanos miraban con espanto a la gigantesca nada que se alzaba en la cima frente a Sauce. Junco tuvo miedo por su padre y se aferró a la manta de Espino.

–¡Hay que ayudarlo! –chillaba, pero Espino no reaccionaba, miraba a su amigo, quizás, por última vez.

En lo alto de la Colina de La Victoria Sauce hacía lo posible por comprender lo que tenía frente a sus ojos, una oscuridad insondable, el reflejo de la muerte, del odio. De aquel vacío solo se podía percibir la siniestra voluntad de extinguirlo todo. El guerrero afianzó su maza con todas sus fuerzas, alejó la duda de su mente y se abalanzó. “¡Imposible!”, exclamó al ver su maza estallar en miles de astillas cuando golpeó a la siniestra entidad. A los otros espectros los hacía desaparecer si los golpeaba lo suficientemente fuerte, pero este era diferente.

–Ríndete –ordenó la Isla.

Sin deseos de someterse ante el enemigo, Sauce desenvainó la segunda arma que le quedaba: su hoz de hueso. Saltó con tal potencia que aquella hazaña se narró por años. Sobrepasó la inmensidad del espectro y le asestó un golpe, pero su hoz se partió en dos. Estaba desarmado, sudor frío manaba de su rostro, cada músculo de su cuerpo estaba resentido por la fatiga, su brazo no le respondía como debía, las piernas le temblaban y su enemigo seguía allí, indemne, inmóvil… hasta que atacó. Qué escena más terrible fue la que presenciaron los aldeanos cuando el cuerpo de Sauce fue envuelto por aquella entidad sin forma, engulléndolo hasta hacerlo desaparecer en la oscuridad de la noche.

“¡Papááááááá!” Las lágrimas manaron cual cascadas por el desencajado rostro de Junco.

El más grande guardián de Rocalga se había desvanecido y la marea de espectros no tuvo rival que le impidiera descender hacia el pueblo. Junco nunca olvidará los gritos de terror de su gente. Vio caer a Espino, vio a Litre tendido sobre la hierba. “¿Están muertos?”, se preguntaba al borde de la locura. No veía al pájaro de mal agüero. “¿Dónde está Lirio?” La oscura marea se cernía ante él y su único reflejo fue cerrar los ojos ante la inminente perdición. De pronto, el grito de una mujer sobresalió de entre los alaridos de pánico, pero no era de terror, todo lo contrario, era un llamado a luchar.

–¡No dejen abominación con vida!

El pequeño alzó la vista y vio a una mujer de ojos iracundos emerger rauda desde el bosque Pardo. La acompañaba un hombre vestido con pieles, cuyo yelmo era la cabeza de un puma. Tras ellos, hombres y mujeres usando el escarlata atravesaban a las oscuras entidades como los rayos del sol atraviesan las nubes tras una larga tormenta. Y lo que fuera una muerte segura para la gente de Rocalga, se tornó en esperanza, pues a esa hora de la madrugada llegaba el chamán Pumagrís junto a la guerrera Chilca Ramaseca y los guerreros de Aguatrueno. “¡Hoy venceremos! ¡Esta noche venceremos!”, gritaban, y una luz resplandeciente inundó la costa. Los guerreros arrasaron con todos los espectros a su paso, llegando hasta la cima de la Colina de La Victoria y descendiendo hasta la playa, desde donde arrojaron flechas en llamas a la Isla Oscura.

Lo último que vio Junco antes de perder el conocimiento fue que las estrellas volvían a adornar el cielo.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2