Capítulo 25. Infanticida

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Le era imposible ocultar su frustración a la mujer de apelmazados cabellos cenizas. Ella lo conocía bien. Quizás mejor que cualquier otra persona en Tierra Amarga.

–Venga, Bastián, ¿por qué esa cara? –Le acariciaba las greñas mal recortadas–. Aún no amanece y ya estás amargado ¿Qué más pasó en el consejo de ayer?

Bastián estaba de espaldas, recostado en su humilde cama, sin quitar la vista del techo. No respondió. Ella le acarició el torso desnudo.

–Déjame adivinar… –Le besó el cuello–. Ya me dijiste que el rey insiste con la idea de no encarcelar a los mercenarios, también me contaste que hay una posible invasión de piratas. –Le pasaba el índice por una de las tantas cicatrices que tenía en su pecho–. ¿Acaso temes por la reacción de Roble y los suyos?

Bastián entornó los ojos.

–¿Me acerco? ¿Es por el embajador que designó el rey?

Bastián resopló preocupado.

–¿Quién es? ¿Lo conozco?

Bastián mantuvo su mutismo.

El maestre de campo recordó un oscuro episodio de su infancia. La invasión de Emilio Martesta ya llevaba algunos años y la crueldad de las batallas y el trato entre los bandos empeoraba. Se vio a sí mismo de niño en el fuerte Villa Isabella, junto a su padre, un simple peletero. No recordaba qué hacía precisamente en ese momento. “¿Desollaba unas chinchillas?” Los pobladores comenzaron a agitarse, dejaron de lado sus martillos, las herraduras, las cuchillas, las redes de pesca y hasta los vasos de vino caliente, y salieron de sus casas y tiendas para ver llegar a la patrulla montada liderada por Ernesto Siemprebravo, capitán y brazo derecho de Emilio. Decían las malas lenguas que antes de enrolarse en el ejército de Altamiria había ejercido como pirata y Bastián no dudaba de ello, pues conocida era su ferocidad y ansia de sangre. Ernesto Siemprebravo venía a la cabeza de la tropa con una decena de prisioneros encadenados. Bastián temblaba de pies a cabeza. La imagen del capitán siempre le había infundido más miedo que respeto. Abrazó las piernas de su padre.

–¡Arriba, salvaje! –Recordó cómo Ernesto Siemprebravo le gritó a una niña que traía atada de las muñecas. La alzó con violencia ante la mirada de los habitantes–. Mirad, ciudadanos de Villa Isabella, hemos capturado a los hostiles que mataron a vuestras cabras.

“Apenas debe tener mi edad”, pensó Bastián.

–Encontramos a esta salvaje rondando por los bosques colindantes. A punta de azotes confesó el ultraje. –Hablaba desde su caballo mientras arrastraba a la indefensa pequeña, paseándola ante los cientos de ojos temerosos–. Y aquí están sus cómplices.

Los soldados empujaron con sus monturas a los otros prisioneros, todos niños de entre nueve y once años. Ernesto descendió de su potro y se acercó a la niña que, pese al castigo infligido, se mantenía en pie, con actitud desafiante.

–Esta no es una niña. Las niñas no andan por los bosques cazando animales que no les pertenecen. ¡Esta no es una niña! –le gritó al pueblo–. Es un animal salvaje, cual león, cual lobo, que se come nuestro ganado. ¿Y qué hacemos en Altamiria con los animales que devoran nuestra comida? –Un murmullo se escuchó entre los aldeanos–. Los sacrificamos.

Desenvainó su espada ropera y colocó la punta en la garganta de la pequeña.

–¿Al menos entiendes lo que digo, mocosa, o es que ni siquiera sabes expresarte con palabras?

Ella no le respondió. No entendía su lenguaje. Ni siquiera intentó escapar. Entornó sus ojos con ira. Si hubiera podido, si hubiera tenido la fuerza necesaria, habría matado a aquel invasor con sus propias manos, pero no había nada que pudiera hacer.

–Lo que hago, lo hago por vosotros, pueblo de Villa Isabella. ¡Por vosotros y por la corona de Baluarte!

Y con esas palabras se convenció de que hacía lo correcto cuando asesinó a los pequeños.

 

–¿Lo conozco? –La pregunta de la mujer de apelmazados cabellos cenizas sacó a Bastián de sus oscuras reminiscencias.

–Sí. El rey ha decidido enviar como embajador a Asterio Siemprebravo, el hijo de Ernesto Siemprebravo el Infanticida, el hijo del hombre que más odian Roble Tallofuerte y los suyos. Por lejos el peor ser humano que ha pisado estas tierras. Temo que el rey ha sumado otro problema al reino –suspiró Bastián.

 

Aún no cantaba el gallo cuando Bastián ya se había vestido y se dirigía a la casona real para convencer al rey Tulio de no cometer lo que consideraba una insensatez. Los guardias le abrieron las puertas del salón real donde estaba el rey estudiando unos mapas con el duque Evelio.

Su respiración agitada lo delató.

–¿Algo os molesta, maestre? –preguntó Tulio Hojaltiva.

–Sé que su majestad sabrá perdonar mi insolencia, pues entenderá que proviene de mi amor por el reino…

–No digáis más, maestre, no estáis conforme con mi elección de Asterio Siemprebravo como mensajero.

–Así es, su majestad –respondió sin miedo a las consecuencias–. El apellido Siemprebravo se asocia al Infanticida. Es odiado en estas tierras y temo que vean su presencia como una provocación.

–¿Y por qué no hablasteis ayer en el consejo?

–No deseaba cuestionaros frente a los nobles, su majestad.

–Pero aquí estáis, cuestionándome igualmente y frente al noble de mayor rango del reino y mi propio cuñado –endureció la voz.

–Son nuevos tiempos, maestre –intervino el duque–. Yo mismo hablé con Asterio. Creo que esta es una gran oportunidad para que demuestre que él nada tiene que ver con su señor padre, cuya alma debe estar ardiendo por sus pecados cometidos en vida. Son nuevos tiempos –repitió– y Roble debe entender que no siempre corre el dicho de “a tal palo tal astilla”. Asterio ni siquiera conoció a su padre. Él creció como un hombre de bien, un hombre instruido en las artes, en la literatura… no como su salvaje progenitor que nació con la espada en la mano y mamó sangre en vez de leche.

–Sus aptitudes son idóneas para la tarea que se le encomendó. Es un excelente cronista, un gran historiador y excelente diplomático –sumó el rey.

–Su majestad sabe que yo también poseo ciertas cualidades de valor –se defendió Bastián–. Quizás no las más adecuadas para la misión, sin embargo, mi presencia en Aguatrueno sería menos… polémica. Enviadme a mí en su lugar, os lo ruego.

–Demasiado tarde. Asterio ya ha marchado. Partió en la madrugada con una pequeña soldadesca.

El maestre apretó la mandíbula.

–Roble Tallofuerte debe comprender que el apellido Siemprebravo no es sinónimo de maldad y Asterio así se lo demostrará –dijo el duque–. En estos tiempos de oscuridad necesitamos la luz de la confianza entre los pueblos y hemos de forjarla cueste lo que cueste.

“Mientras no le cueste la cabeza al pobre de Asterio”, pensó Bastián.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2