Capítulo 30. Sangrerrada

3

Con sutiles movimientos de su mano pasaba las hojas una tras otra, fascinado por aquel cantar de gesta. De vez en cuando bebía un trago de vino tinto y comía con delicadeza pequeños cubos de un cremoso queso traído de Fontarragués, siempre sumergido en la lectura.

 

Dirigióse a Histolia     errante y bravo

Juró cruel venganza     espada en mano

–Cuidaos de aquél,     falso amigo,

a vuestra espalda     macabro enemigo–

Cantó el poeta     su hermano de grescas

Aún de mañana     sin botas puestas

 

… Leía entre dientes el duque Evelio de Mondragón, inmerso en los versos de aquel cantar. Un golpe en la puerta lo sacó de su concentración. Por el umbral entró un flacucho paje de cabellos negros bien recortados.

–Excelentísimo señor, el conde Calisto Fuenteamplia ha llegado. –Hizo una exagerada venia.

–Dile que pase. Trae otra botella de vino y más comida.

–Como ordene, su excelentísimo señor.

El duque Evelio de Mondragón cerró el libro que leía y al instante ingresó el conde. Vestía un jubón dorado y pantalones de lana muy bien confeccionados, dignos de su altura nobiliaria.

–Buen día tenga, conde Calisto. Asiento, por favor.

–Gracias, su excelencia. ¡Vaya!, la gesta de El Bardo Errante –dijo distraídamente al ver de reojo el título del libro que estaba sobre el mesón.

–¿Vuestra merced ha leído dicho cantar? –El duque se mostró curioso ante el buen gusto del conde.

–Es mi favorito. Mi señor padre me lo leía cada noche antes de dormir.

–Vuestro señor padre, un hombre poderoso y respetado tanto en Altamiria como en Tierraíz. Le ha enviado cariños. Había olvidado mencionarlo. –Se levantó de su asiento y caminó hacia la abultada biblioteca que llenaba tres paredes del cuarto–. Así que os gustan las gestas heroicas. Aquí tengo muchas, quizás demasiadas, nunca me aburro de aquellos caballeros andantes que daban la vida por sus ideales –suspiró mientras acariciaba los lomos de los libros–. ¡Qué maravilla de historias! Mirad esta. –Sacó del estante un grueso tomo encuadernado en cuero llamado Las Desventuradas Andanzas del Montaraz Intrépido–. Este libro fue escrito por doña Inés de Campoidílico, una mujer inteligentísima, docta, amante de la música y las letras. Fue su ópera prima. Tomó como base la histórica Batalla de Monte Huracán. Algunos dicen que se inspiró en sí misma para inventar al personaje del montaraz, pues los rumores señalan que ella participó de aquella contienda disfrazándose de espadachín. Es tan alta como un hombre y no le habría costado mucho pasar por soldado, no tenía más que recortarse el cabello y fingir un poco la voz. Algunos lo consideran una comedia, yo lo considero un drama. Como fuese, es un excelente libro, os lo recomiendo.

Paseó su vista por un nuevo volumen.

–Imagino que este lo conocéis. –El conde asintió al ver las doradas letras sobre fondo terracota de La Balada de Lucila Danzaria–. Siempre he creído que todo terramargo debería leer este libro. La esforzada Lucila Danzaria, al igual que nosotros los terramargos, crea un pueblo nuevo tras las cenizas de la guerra. –Hablaba con una mezcla entre orgullo y ese tono especial que utilizan los académicos apasionados–. ¿No le parece maravilloso este libro, conde? Los personajes son sometidos a incontables y terribles penurias, pero siempre logran salir adelante, a punta de entereza y voluntad.

–Y de venganza –agregó el conde Calisto–. Recuerde que ella, una simple campesina, fue testigo del asesinato de su esposo e hijos a manos de los mismos soldados que habían jurado protegerlos. A ella la golpearon hasta dejarla inconsciente y, al despertar, juró venganza.

–“… Por el asesinato de su hombre, su prole y la desolación de su pueblo” –dijo de memoria el duque con voz inspiradora–. Sean los motivos que sean, es un libro maravilloso, siniestramente maravilloso. Fue escrito tomando como base la historia misma de Altamiria, cuando la sociedad era menos… civilizada. Y es increíble, mi estimado conde, que aún en estos tiempos exista gente que desee volver a aquellas épocas de sangre y fuego.

El conde Calisto no comprendió.

–Mirad. –Se alegró al encontrar el libro que buscaba y lo dejó sobre el escritorio–. Esta es una obra que me hace pensar muchas cosas. Tratadla bien, es una edición de casi doscientos años de antigüedad. Es uno de mis más grandes tesoros. Su título es sencillo, nada grandilocuente, de hecho, a buenas y primeras no dice mucho sobre la trama. Simplemente se llama Sangrerrada. –El conde conocía aquel famoso libro escrito por Darío Rocanegra, un letrado fraile altamirio quemado en la hoguera por culpa de aquella obra–. Este libro trata de una ficticia familia real amante de la violencia y el asesinato. Sangrerrada no era su apellido, pero así les llamaba el bajo pueblo que sospechaba de su pasión por el incesto. –Bebió un trago de su copa de vino–. Los Sangrerrada eran despiadados torturadores y asesinos. No dejaban tranquilos ni a amigos ni a enemigos. Todos debían caer bajo su poder. En sus garras tenían a las cortes, la religión, a los soldados, la corona, todo el imperio. Hicieron lo inhumanamente posible para llegar al trono y hacerse con el reino… Y eso, conde Calisto, es lo que me temo tras mi viaje a Altamiria.

–¿A qué os referís, duque?

–Como sabéis, estuve allá por casi un año, principalmente en el reino de Baluarte. Para disfrutar mejor el viaje recorrí aquellas tierras que me vieron nacer y que tanta alegría dan a mi ya viejo corazón. Conversando de incógnito con el pueblo, escuché rumores y comidillos que me resultaron difíciles de creer, así que desembolsé una buena cantidad de oro para que algunos informantes conocidos me dieran respuestas a las tantas preguntas que nacieron en mi atribulada cabeza. Me respondieron algunas, callaron otras y me llegaron rumores de cosas que ni siquiera había consultado. Uno de esos rumores llamó poderosamente mi atención.

Se sentó y aclaró su garganta.

–Sabemos que cuando se acabó la intentona de conquista de Emilio –prosiguió–, toda su familia y sus seguidores fueron ajusticiados.

–Y muy bien hecho estuvo –interrumpió con frialdad el conde–. No podíamos dejar vivo a ningún Martesta luego de las atrocidades que cometieron en este continente.

–¿Y si en verdad no se acabó con todo ese linaje? –inquirió el duque. Apoyó ambos codos sobre la mesa, notablemente perturbado.

–Un absurdo. –El rostro del conde permanecía inmutable–. Todos vimos morir en la guillotina y en la horca a primos, hermanos, tíos, sobrinos y madres Martesta. No queda nadie en este mundo que lleve ese infame apellido. Sus muertes constan en los registros.

–¿Y su esposa, la reina Anabella?

–¿Anabella la loca? Todos saben que se suicidó cuando se enteró de la derrota y muerte de su marido.

–La versión oficial dice que Anabella se arrojó desde lo alto de la Torre de la Doncella Indomable, destrozando su cuerpo contra las rocas y perdiéndose en el mar por siete días, tiempo en que los animales desdibujaron sus restos.

–Así es. Tal fue su locura que se lanzó al vacío usando su vestido de matrimonio. Gracias a ese detalle el médico de Baluarte identificó su cuerpo. Además, tenía el collar de esmeraldas que yo mismo le regalé en su boda.

–Indumentarias y alhajas que muy fácilmente se podrían haber colocado en el cadáver de cualquier otra mujer… una sirvienta, por ejemplo.

El conde Calisto observó al duque con recelo.

–¿A dónde desea llegar, su excelencia? ¿Estáis diciendo que Anabella nunca falleció? ¿Que todo fue un engaño?

–No lo digo yo. Al igual que en Sangrerrada, donde el pueblo sospechaba del incesto de sus gobernantes, en Altamiria es la gente de Baluarte la que dice que Anabella no murió, lo dicen las viejas que lavan la ropa en el castillo, los vendedores de pescado de la caleta de Histolia, los herreros de Dontos, los armeros de Berenús, los jinetes de Fontarragués. Algunos hasta dicen saber el nombre de la sirvienta que usaron para fingir la muerte de la reina… Una chiquilla del bajo pueblo llamada Clara Bobadilla.

–Palabras de ignorantes, su excelencia. Si me dedicara a escuchar lo que dice la plebe de Corteza Quemada, viviría preocupado de esferas de luces que aparecen en la madrugada.

–Conde, Anabella estaba embarazada cuando supuestamente cometió suicidio. ¿Visteis el cadáver del nonato?

–No, mi señor. El médico de Baluarte fue quien nos informó de la muerte. Ninguno de los nobles vio el cadáver.

El duque Evelio entrelazó los dedos con fuerza y apoyó en ellos su mentón.

–Eso es una lástima, estimado conde. Si sumo lo que me decís, más lo que me dijo el pueblo de Altamiria, puedo llegar a creer que Anabella la loca nunca se suicidó, que orquestó un intrincado plan para huir y dar a luz al hijo de Emilio Martesta y que, en un acto de demencial venganza, estaría perpetrando desde las sombras una estratagema para hacerse con el trono de Baluarte y el de Tierra Amarga, y hacer que llueva fuego sobre todas las personas que considere culpables por la muerte de su esposo.

–Creo que deberíamos desestimar las palabras del bajo pueblo, duque –su voz se endureció–. No es una fuente de fiar. Anabella está muerta.

–Espero que sea así, conde. No me gustaría que, al igual que los Sangrerrada, los Martesta muevan hilos tras bambalinas y reaparezcan para hacerse con la corona y desbaraten la frágil paz que tanto nos ha costado. Y por eso os he llamado, ya que el condado de Corteza Quemada, que vuestra merced dirige, es de suma importancia para nuestro reino, pues allí se encuentran los lavaderos de oro y plata con los que pagamos a los ciudadanos y mantenemos la economía –revisó unos papeles–. Con los mercenarios deambulando por el reino sería terrible que alguien intentara tomar por la fuerza vuestro condado o, peor aún, que intentara corromperos en su afán de mover hilos para llegar al poder –dijo con un tono sombrío–. Por tanto, el rey os ruega que si veis o escucháis algo sospechoso, por favor, hablad primero con nosotros. Su majestad confía plenamente en vuestra merced y sabrá como recompensar vuestra lealtad con creces.

–Agradezco la confianza, duque.

–No es mi confianza… Es la de vuestra majestad.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2