Capítulo 28. Más preguntas que respuestas

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La gente de Aguatrueno corría de un lado a otro cargando vasijas llenas de aguas medicinales, hierbas y vendajes para los heridos de Rocalga, siempre siguiendo las órdenes del chamán Pumagrís o de su aprendiza Lirio Hierbarcoiris.

–Debes descansar, chamán. No te has detenido desde que llegaron –le aconsejó Roble Tallofuerte.

–Fue mi lentitud la que produjo esta debacle. Si no pude impedir que fueran heridos por los espectros, al menos debo ser capaz de sanarlos. –Su voz estaba quebrada y sus ojos, cansados e inflamados.

El chamán llevaba días y noches enteros sin dormir ni comer en su afán de atender a los heridos. Pese a su arduo esfuerzo, fueron muchos los que murieron entre espasmos y heridas infectadas.

–El Consejo de Guerra lleva días esperando una explicación. No puedes seguir evadiéndolos, chamán.

–Asistiré al consejo cuando el último de los aldeanos esté recuperado, no antes –respondió secamente al tiempo que limpiaba las laceraciones de una mujer.

–La chamana Quila puede encargarse de los enfermos. Tu aprendiza también puede hacerlo.

–¿Lirio?… Esa chiquilla está tan herida como sus pacientes y aún así ha colaborado sin miramientos ni queja alguna. No puedo creer que tus líderes guerreros gimoteen más que una niña de trece años que acaba de librar una batalla. No la abandonaré. Tus guerreros pueden esperar, los heridos no.

Roble observó las camas llenas de lesionados, la ardua labor de las ancianas que hacían lo posible por aliviar sus dolores y el rezo de otras que rogaban a los espíritus para que el alma de los moribundos se encontrara con sus ancestros en la otra vida. Ante tamaño sufrimiento, el líder de batalla no tuvo más opción que asentir resignado ante la obstinación de Pumagrís.

–Cuando tengas tiempo ve al consejo, Pumagrís. Necesitamos respuestas –dijo al fin.

 

Roble dejó al chamán en su misión y recorrió la ribera del lago Esmeralda donde ahora había tiendas repletas de heridos. En los alrededores de la aldea los aprendices no paraban de martillear y fortalecer ya fueran las torres, las puertas o los muros. Entre ellos estaba Palma, afanado en el techo de una torreta.

–Muchacho, ven aquí –le gritó.

–Señor –saltó desde lo alto.

–Deja eso. Tu madre quedó muy herida tras la batalla, ve a atenderla.

–Fue mi madre quien me envió a trabajar, señor. Ya se encuentra mejor y no desea que pierda mi tiempo con ella. Dijo que Aguatrueno necesita mejores defensas contra los… los monstruos –le tembló la voz.

–Las murallas ya están bastante altas, muchacho. Esos monstruos deberían tener alas para poder sortearlas –sonrió. No consiguió el mismo efecto en Palma.

Notó que apretaba los puños, no sabía si por rabia o por miedo. La altura, la contextura y la voz grave de Palma le hacían olvidar que solo era un niño.

–¿Cómo está tu amigo Junco?

Palma hizo una mueca de tristeza.

–Lo… lo escuché llorar cuando fui a verlo esta mañana. No se encuentra bien.

–Nadie lo está, muchacho.

 

Los días pasaron y los aldeanos sanos ya se veían en mayor número por la aldea–fuerte. Caminaban con muletas, cabestrillos, cataplasmas en la frente y vendajes en distintas partes del cuerpo. “Ya es hora”, pensó Pumagrís con mejor ánimo y se dirigió al Consejo de Guerra sorteando a duras penas el barrial que las lluvias de aquel invierno inmisericorde habían provocado.

–Bienvenido. –Roble lo recibió con talante serio.

En el interior de la morada se encontraba la chamana Quila alimentando la hoguera y, a su alrededor, los líderes guerreros que conformaban el consejo, sentados en el suelo o en tocones. Pumagrís los saludó uno por uno.

–Doy disculpas por mi demora… debía atender a los aldeanos heridos si deseaba tener a alguien a quien defender ante el mal que se avecina. –Se sentó trabajosamente sobre un tocón cubierto con piel de chinchilla.

–¿Y qué mal es ese, chamán? ¿Acaso los esteparios te contagiaron esa fantasía de la Isla Oscura? –inquirió Ciprés Huironegro, mordaz como siempre–. Espero que sepas respondernos, porque tenemos demasiadas preguntas.

–Y yo no tengo todas las respuestas… quizás, solo más preguntas.

–No te burles de nosotros y habla claro. –La voz del calvo Ciprés iba cargada de insolencia.

Pumagrís le dirigió una mirada iracunda. Los guerreros sintieron la tensión en el ambiente. No era sensato ofender a un chamán, menos a uno con la fama de Pumagrís, cuyas habilidades, decían los rumores, iban más allá de lo puramente medicinal, siendo capaz de manejar la energía de la naturaleza a su antojo y superar a cualquier guerrero de Tierraíz.

–Puedo enumerarles hechos –dijo al fin.

–Cuéntanos, por favor –solicitó el flemático Corcolén Pastosombrío.

–Dinos todo lo que sepas, ya que Chilca no ha querido soltar la lengua pese a mi insistencia –gruñó la robusta Laurel mientras devoraba un trozo de pierna de guanaco–. Lo último que sabíamos de ella es que tenía órdenes estrictas de ir a las estepas para encontrarse contigo y averiguar qué ocurría en Montepardo, y no pasa ni una luna y ya está de vuelta… Y para nuestra sorpresa, ¡no llegó sola ni con buenas noticias!

Roble guardaba silencio. Sabía que los guerreros estaban molestos con el chamán.

Pumagrís bebió un trago de su agua de hierbas y abrigó sus manos junto a la hoguera.

–Todo comenzó con la luna roja –comenzó su narración–. Sabíamos que aquello no era normal, era una advertencia de los espíritus. Esa misma noche anuncié a Ulte, el líder de Rocalga, que invocaría a los chamanes de la Orden de la Cascada para un concilio que nos permitiera reflexionar sobre aquel críptico mensaje. Envié los cantos y emprendí el rumbo hacia nuestro punto de encuentro habitual. Tras mucho discutir entre los chamanes, decidimos buscar respuestas en los distintos territorios. Unos marcharon a Pampadorada y otros al pueblo de Arenárida; pocos quisieron aventurarse en Ventosol y muchos menos en las Tierras Selváticas. Yo y el chamán Llamablanca decidimos ir a las estepas… Y me alegro, pues elegimos bien.

»Los chamanes esteparios nos permitieron recorrer libremente sus tierras para seguir nuestra investigación. Hubo semanas enteras en que caminamos por páramos desolados, descendimos por profundas quebradas de hielo, escalamos riscos traicioneros y navegamos por ríos tan claros como el cielo del amanecer. Pero por mucho que nos esforzáramos sintiendo la brisa y leyendo el comportamiento de los árboles, nada nos entregaba un indicio acerca de qué podría haber significado la luna roja. Todo se veía… normal. –Guardó silencio, como quien intentase evitar un mal recuerdo–. Fue un día que nos adentramos en un bosque de arrayanes cuando escuchamos un angustiante susurro en el aire y una pesada carga sin nombre se posó sobre nuestros hombros. Llamablanca me miró con un dejo de terror. “Esto no es obra de un ser humano”, me dijo. Aquella noche preferimos guarecernos en los límites de la foresta antes de adentrarnos en sus extraños senderos cargados de una energía que atacaba nuestro espíritu. Esa misma madrugada envié un mensaje a Roble para que vigilara los pueblos de Costazul. –El guerrero asintió con la cabeza confirmando el testimonio del chamán–. Ya de mañana, cuando nos preparábamos para internarnos en el bosque, escuchamos un susurro que nos erizó la piel: “No entren, no entren”, nos advertían los árboles incluso cuando nos tapábamos las orejas. No hicimos caso a la advertencia y proseguimos. Los arrayanes nos cerraban el paso, impidiendo nuestro andar, levantando sus raíces para hacernos caer sobre el fango en un vano intento por protegernos. Al amanecer del quinto día notamos que muchos de los árboles tenían serias quemaduras, pero nunca sentimos olor a carbón. Mientras más nos adentrábamos, más árboles carbonizados veíamos. El suelo estaba ennegrecido. A lo lejos vimos una pequeña elevación con una piedra gris en la cima. “Colina Centinela”, me indicó Llamablanca. Estábamos en Montepardo o lo que quedaba de ese pueblo, pues lo que fuera un inmenso y hermoso bosque lleno de vida, era ahora un cementerio de árboles calcinados. Nos dirigimos al centro de la aldea. –Se quedó en silencio. Bebió de su infusión sin dejar de mirar el bailar de la llama sobre la hoguera, perdido en sus recuerdos. Tras un largo rato prosiguió la narración–. Cuando llegamos encontramos el suelo lleno de cadáveres. Cientos de ellos. El miedo se apoderó de nosotros cuando escuchamos nuevamente aquel susurro en el viento. “¡Hullan! ¡Hullan!” Esta vez decidimos escuchar al boque y huimos, corrimos con todas nuestras fuerzas, siempre advertidos por aquel murmullo. Los arrayanes ahora nos abrían el paso.

»Fuera de la foresta, exhaustos, nos encontramos con un grupo de cazadores esteparios. Les contamos de nuestra misión y lo que encontramos en la aldea. Valientes son esos esteparios, pues sin importarles la advertencia de peligro, nos acompañaron para rescatar los cuerpos. “Todo hombre y mujer merece digna sepultura”, nos dijeron decididos. Tantos cadáveres eran, que la triste tarea de dar los rituales y dejar los cuerpos en el océano Tranquilo nos llevó largos y tristes días. Recorrimos el territorio advirtiendo de lo ocurrido a los chamanes esteparios, los que se reunieron en cónclaves con fogatas tan inmensas que llegaban al cielo. Llamablanca y yo enviamos cantos narrando lo sucedido a los pueblos y emprendimos el camino de regreso. En el humedal Juncosalto separamos nuestros caminos y allí me encontré con Cormorán Surcalagos, un mensajero de las estepas…

–Un pájaro de mal agüero, querrás decir –bufó Ciprés.

El chamán hizo caso omiso a la intervención del impertinente guerrero y prosiguió:

–Cormorán Surcalagos se dirigía a Rocalga a informar que dos esteparios habían visto la Isla Oscura, una isla que solo habían escuchado en historias de viajeros temerosos, una isla que hasta ese momento dudaban de su existencia. Le pedí de favor que también avisara a Sauce Briznasol de mi pronta llegada y se marchó a toda prisa. Aproveché la soledad del bosque para rogar a los espíritus por respuestas y me enviaron una imagen de Rocalga ennegrecida, al igual que Montepardo, pero por obra de aquella isla. Horrorizado, avancé lo más rápido que pude y al llegar al Senda Estrecha me encontré con Chilca Ramaseca y sus guerreros que iban camino a las estepas. Les conté lo sucedido y me acompañaron a Rocalga para evitar que sufriera el mismo destino que Montepardo… y ya conocen el resto de la historia.

Los líderes guerreros se observaron con preocupación.

–¿Sabes de dónde proviene esa isla, chamán? Nunca había escuchado de ella –preguntó Corcolén.

–¡De la estupidez de los esteparios! ¡De ahí proviene! Cuentos que los esteparios creen a destajo y que andan promoviendo por todo Tierraíz mediante sus pájaros de mal agüero –respondió Ciprés con desdén.

–¿Dices que un cuento inventado fue lo que atacó a Rocalga? –le reprendió Corcolén–. Cuida tus palabras si quieres seguir siendo parte del consejo. Hay cientos de testigos que vieron a los espectros y a la Isla Oscura.

–¡Estupideces! –gruñó Ciprés.

–Lo único estúpido son tus palabras –le increpó Chilca–. Siempre nos contradices a sabiendas que tenemos la razón.

–Traigo sensatez a este consejo –se defendió el calvo guerrero.

–¡Basta ya! –De un terrible grito Pumagrís terminó la discusión–. No estamos aquí para discutir si Ciprés es o no un insensato, y atrévete a rebatirme si deseas conocer mi poder –le amenazó apuntándolo con su índice–. Estamos aquí para tomar decisiones, y yo ya tomé la mía.

–¿Qué harás? –suspiró Roble, hastiado.

–Como les advertí, tengo más preguntas que respuestas. ¿Qué es la Isla Oscura? ¿Qué son los espectros? ¿Volverán a atacar? ¿Qué pueblo o aldea invadirán ahora? Y, la más importante, ¿por qué lo hacen y quién los comanda? Ante esto, he tomado una decisión. Al igual que la pequeña Loica Vientoleal hizo hace años, me dirigiré a la cordillera a hablar con el Espíritu de La Montaña para que me dé respuestas.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2