Aquella era la última prueba. Nunca habían sentido tanto miedo al cruzar un puente, y es que aquel delgado camino pendía sobre un profundo desfiladero cuyo fondo era invisible a sus ojos. Mientras lo cruzaban, rogaban que no colapsara, sobre todo cuando alguna piedrecilla se desprendía y caía eternamente en aquel abismo insondable. Solo debían seguir recto, sin desviarse y siempre agradeciendo la ausencia del inclemente céfiro que los acompañó a lo largo de toda su travesía. –Lo logramos –dijo Brisafría al llegar a la falda de La Montaña, frente a una pequeña entrada rodeada por rocas iridiscentes que formaban un arco. La anciana la observó detenidamente. Se agarraba el mentón y profería unos largos mhh, mientras escudriñaba el interior. De entre sus mantas y pieles sacó una antorcha y, ayudada por unas yescas, la encendió para sumergirse sin miedo hacia la oscuridad. Los demás se miraron preocupados y la siguieron. Un hedor antiguo y penetrante inundó sus pulmones apenas ingresaron a las entrañas de La Montaña. Al dar unos pasos apareció una sutil pendiente bajo sus pies y descendieron hacia la oscuridad. –¿Sabemos a donde vamos? –inquirió Roble. Brisafría no respondió. Cormorán acarició las paredes lisas de aquella cueva ancestral, cerraba los ojos y respiraba hondo, casi como si pudiera establecer una conexión con el lugar. –No deberíamos estar acá. Este no es sitio para humanos –advirtió. –Si estamos aquí no es por mi voluntad –rezongó Brisafría, que agitaba su antorcha de un lado a otro, intentando disipar infructuosamente aquella negrura inescrutable. Paso a paso bajaron unas escalinatas mezcla de piedra mezcla de raíces, el más mínimo descuido los haría rodar peldaños abajo y romperse el cuello. No podían permitirse el lujo del error, por lo que avanzaban apegados a la pared de roca, bien alejados del precipicio que se cernía a veces a su izquierda a veces a su derecha y, a veces, a ambos lados. Más de una vez les llegó una brisa densa, cálida, de olor fuerte, sentían náuseas cada vez que eso ocurría. Tum, escucharon de pronto, mas pensaron que era una ilusión de sus cansadas mentes. Solo cuando Brisafría se detuvo sospecharon que ese retumbar existía realmente. Tum tum. La anciana llamó al silencio. La luz de la tea les permitió ver una sutil gota de sudor cayendo por su sien izquierda. –O estamos llegando o no saldremos de aquí con vida –susurró con miedo. –Debemos seguir. No tenemos otra opción. La Montaña nos recibió, nos considera amigos –dijo Pumagrís. –La cordillera no distingue amigo de enemigo, chamán. Recibe a quien sea que tenga la suficiente fuerza de voluntad, sin distinción… pero, al mismo tiempo, te tratará sin distinción y uno nunca sabe el destino que te tiene preparado –dijo y continuaron la marcha. Tum tum Ya era imposible negarlo. No era su imaginación. Alguien o algo provocaba aquel retumbar. –Reconozco ese sonido –dijo Pumagrís. Sacó el tambor ceremonial que siempre cargaba en su espalda y lo hizo sonar dos veces. Tum tum. La respuesta fue instantánea. –No creo que sea una buena idea –le advirtió Roble. El chamán siguió golpeteando su tambor, cada vez con más ahínco y ritmo. Mientras más fuerte él golpeaba, más fuerte le respondían hasta que todo el interior de la cueva resonaba con música de tambores. Un nuevo sonido, grave y melodioso, inundó la cueva. –¡El llamado de un cuerno! –El chamán respondió soplando el que llevaba consigo. Mantuvo el canto por largos segundos y, luego, gritó–. Soy Pumagrís, chamán de la aldea Rocalga y miembro de la Orden de La Cascada. –Bienvenido sean chamán Pumagrís, Roble Tallofuerte, Cormorán Surcalagos, Tórtola Brisafría –respondió la cavernosa voz de una mujer–. Los esperaba hace mucho. Sigan el sonido del tambor. Tum tum tum tum tum tum tum tum Retumbaba toda la cueva. Tras descender cientos de peldaños de piedra llegaron hasta una amplia estancia que parecía no tener techo. En el centro se alzaba un tótem, una fogata y, junto a esta, una anciana vestida con mantas negras sentada sobre un tocón, a su lado, en el piso, se hallaban un tambor ceremonial y un cuerno. –Acérquense al fuego. Deben tener frío. La compañía observó a la mujer que apenas se distinguía ante las llamas. Creyeron ver el reflejo de plumas sobre su avejentado rostro. –¿Dónde está el Espíritu de La Montaña? –No puede recibirlos. La cordillera es amplia y son muchos los que requieren de sus favores. Pumagrís apretó los puños con fuerza. Tanto esfuerzo y sacrificio para nada. –Necesito verlo –habló el chamán. –Eso es imposible, mas yo puedo ayudarte si así lo deseas. Pregunta lo que quieras saber. –¿Qué es la Isla Oscura? La misteriosa mujer arrojó hierbas a la fogata, y comenzó a tocar su tambor y a cantar una melodía con una tan voz poderosa que toda la estancia tembló. Muestra tu gracia y abre tus alas ¡Oh, gran Espíritu! Vuela en los bosques Protege la Tierra Bendice a su gente ¡Oh, gran Espíritu! Que ellos aprecien lo que tu mirada ha visto mil veces ¡Oh, gran Espíritu! Yo, la primera, sierva salvada y agradecida, lo pide con su alma ¡Oh, gran Espíritu! Los viajeros se aterrorizaron al ver que la pequeña hoguera se transformaba en una enorme llamarada que ascendió por toda la cueva e iluminó cada rincón con un fulgor dorado. –Tienes miedo, chamán, y con razón. Lo que quieres enfrentar es algo oscuro, vil y siniestro. Habló la mujer. Las llamas inundaron el salón de piedra y terribles imágenes podían verse en ellas. Cormorán contempló su tierra carbonizada y su gente enjaulada y arrastrada a tierras lejanas. –Pájaro de mal agüero, por seguir el rastro de tu propia sangre tu camino tomará intrincadas bifurcaciones. Cuídate de no avanzar demasiado o tu apodo se volverá tu hado. Por su parte, Roble no comprendía lo que veían sus ojos. Las Huestes del Corazón de Hierro marchaban con sus espadas desenvainadas y, bajo sus pies, cientos de papeles
Capítulo 40. A merced del frío
–¡Es imposible continuar, Brisafría! –gritaba Roble mientras se aferraba con todas sus fuerzas a una roca escarchada–. Este viento nos arrojará por el desfiladero. ¡Apenas podemos caminar! –Ustedes quisieron venir, afronten las consecuencias –se quejaba la anciana a quien el viento parecía no afectarle. El vendaval era poderoso y cada paso era una tortura que requería de toda la voluntad de los viajeros. La tormenta de nieve se había transformado en una terrible granizada que golpeaba con inusitada violencia sus cuerpos. –¡Pumagrís, si seguimos así, moriremos! –Y si no continuamos todo Tierraíz podría desaparecer. Necesitamos saber, Roble ¡Necesitamos saber! –gritaba el chamán–. Solo el Espíritu de La Montaña puede guiarnos. –Si es que lo encontramos –respondió el guerrero. –Nosotros no podemos encontrarlo –corrigió Brisafría–. El Espíritu decidirá si se nos muestra o no. –Hemos caminado por días, dudo que quiera recibirnos –rezongó Roble. –El Espíritu siente su falta de voluntad, costeros. –Voluntad nos sobra, anciana, lo que no tenemos es paciencia –se defendió Roble arrebujándose como podía en sus ropajes. Pese a las muchas pieles y botas que Vientofuria les había regalado, sentían los brazos entumecidos, los muslos acalambrados, casi no sentían los dedos de las manos y en los dedos de los pies sentían agujas punzantes. “Hay puñales en mis pulmones”, se quejaba Roble, apretándose el pecho. Cada inspiración le provocaba un terrible ardor en las fosas nasales y la garganta. Si el camino a Cumbres Plateadas había sido tortuoso, este lo era cien veces más. Rocas se desprendían sobre sus cabezas y rocas se desprendían bajo sus pies. La posibilidad de morir los acompañaba a cada paso. La senda por donde marchaban era una superficie de nieve y hielo que los hacía resbalar y que en más de una ocasión los dejó colgando al borde de algún precipicio. Y cuando todo parecía imposible de empeorar, el sendero se cortó abruptamente y dio paso a un murallón de roca y escarcha de unos diez metros de alto. –Sobre esta pared hay una cueva, la llaman Salvación de las Alturas y es donde reposan los jinetes de la Compañía de los Cielos Gélidos cuando andan en campaña. Si tenemos suerte, encontraremos a alguno con un buen fuego armado, bebida y comida preparada –dijo la anciana Brisafría. Comenzaron a escalar. Sus dedos y uñas se laceraban por culpa de los afilados trozos de hielo que aparecían entre las rocas más veces de las que hubieran deseado. Brisafría ascendía como una niña subiría una pequeña pendiente, así de acostumbrada estaba a esa tierra inhóspita y salvaje. Llegó antes que todos. Solo el pájaro de mal agüero le pudo seguir el paso y llegó a la cima poco después. Cuando asomaron sus cabezas para buscar a sus compañeros aparecieron con una mujer de espalda recia que vestía con gruesas pieles grises y arrojaron unas cuerdas para ayudar a subir a Roble y a Pumagrís. –Tuvimos suerte. –Brisafría palmeó el hombro de la guerrera. La mujer se presentó como Zorzal Rachaudaz. A su lado se encontraba un cóndor de tamaño imponente, al menos un palmo más alto que el pájaro de mal agüero. El animal se acicalaba tranquilamente la parte baja de sus alas. Los viajeros ingresaron a la cueva y se arrimaron a la fogata que había en el interior. Las paredes del socavón estaban recubiertas con tablones de madera y pieles lo que proporcionaba el calor necesario para soportar el inclemente frío. –Beban un poco. Es sopa de changle. Les gustará. –Zorzal Rachastral les sirvió un plato de barro cocido con una espesa sopa en su interior. Apenas probaron un bocado se sintieron reconfortados. –Comeremos algo y seguiremos el viaje mañana por la mañana. Falta poco para el atardecer y no quiero que la noche y la tormenta nos encuentren fuera de este refugio –ordenó Brisafría–. Espero que mañana sea el último día de viaje, porque mis huesos me están doliendo –se quejó mientras golpeaba sus flacos muslos. Se alimentaron con tortilla de rescoldo, un poco de miel y siguieron bebiendo sopa de changle. Sus mantas, húmedas por la nieve, las colgaron junto a la fogata para secarlas. El vapor llenó poco a poco la pequeña estancia. –Mala época eligieron para subir la cordillera –les dijo Rachaudaz–. ¿Qué urgencia los llevó a transitar estos caminos en pleno invierno? Los cuatro guardaron silencio. Preferían omitir una respuesta antes que mentir. –Ya veo. No se sientan mal por no responder. Todos tenemos nuestros secretos. –Mascó un trozo de tortilla–. Como sea, lo mejor es que aguarden el amanecer. El frío de la madrugada puede ser letal. –Sobre todo para estos costeros acostumbrados al sol –añadió Brisafría con desdén. –Este frío del que te vanaglorias no es nada comparado con el de las estepas y el mar del fin del mundo –replicó Cormorán en defensa de quienes ahora consideraba sus cercanos. Estaba de pie en la boca de la cueva, vigilante, abrigado solo con su piel de ñandú–. Los esteparios nadamos en las gélidas aguas que colindan con la Tierra de Hielo apenas nos separan del pecho de nuestras madres, y son ellas mismas quienes nos arrojan –dijo con su voz ronca–. Esto no es más que una tarde de primavera para mí, y estoy seguro de que para Roble y Pumagrís también. Roble Tallofuerte agradeció la defensa con un gesto de su cabeza. –¡Hay que cerrar la cueva por hoy! –refunfuñó la anciana–. No quiero que el viento de la madrugada nos mate mientras dormimos. Estoy segura de que solo sobreviviría nuestro pájaro de mal agüero y eso no serviría de nada –ironizó–. Yo haré la primera guardia. Durante la noche el viento se filtraba por las hendiduras de la cortina de cuero que sellaba infructuosamente la gruta, provocándoles escalofríos y despertándolos en la madrugada. Un trueno prorrumpió en la oscuridad. El viento aullaba con furia. Las nubes resplandecían con los relámpagos. Creyeron escuchar pequeñas piedrecillas que caían desde las paredes. Silencio. Las piedras sonaron más y más fuerte. –Está granizando –informó Brisafría.
Capítulo 39. Relación de la travesía a Aguatrueno III
“Tantos colores ven nuestros ojos a medida que avanzamos hacia el sur. Bellos son los parajes que estos hombres y mujeres poseen, por algo los defendieron con su propia vida hace tantos años. ¡Qué equivocado estaba Emilio Martesta al quemarlo todo para obtener recursos minerales y madereros! La riqueza de este lugar no está en sus árboles talados ni bajo la tierra, está aquí, frente a nuestros ojos: en sus bosques, en su flora, en sus animales, en sus ríos, en su cielo claro, limpio de todo humo. En una vida sencilla. A esto aspiramos los terramargos. Aspiramos a resarcir el daño de Emilio y que el territorio que nos fue entregado luzca igual que estos parajes prístinos. Tal es mi deseo como terramargo. Claro que tanto verde y lagos cargados no vienen solos. Se requiere de mucha agua y mucha es la que hemos tenido que soportar sobre nuestros sombreros en estos largos días de cabalgata. Al menos hemos retomado el sendero planeado, lo que alegró a los soldados, permitiéndonos avanzar con prontitud entre lomas cuyas faldas estaban cubiertas de inmensas hojas de nalcas y flores lilas y naranjas que no supe reconocer. Deberíamos haber venido con un naturalista o un herborista, de seguro habría obtenido interesantes muestras para los boticarios. Dejo tal consejo por escrito para que sea tomado en cuenta en futuros viajes. Al fin todo está saliendo según lo planeado”. –¡Don Asterio! –Los gritos de Lope Altagracia interrumpieron su escritura. El espadachín regresaba al galope tras una breve exploración. Asterio Siemprebravo guardó su libro y su pluma, y se levantó para recibir al jinete. –Don Asterio, es imposible seguir por este sendero. El río creció tanto que anegó los puentes. No hay cómo atravesar el torrente si seguimos por esta vía. –Sostenía con firmeza las riendas de su agitada yegua. “¿Por qué esto ahora si todo iba tan bien?”, pensó Asterio, enrabiado, masajeándose los párpados. El semblante de los soldados se desdibujó. –¿Viste opciones? –preguntó Darío García y Peñafiel. –Solo una –respondió el batidor–. Hay un pequeño sendero que se interna en un bosque hacia el sur. Darío sacó el mapa que llevaba en su morral y lo puso sobre la tierra para que todos los hombres pudieran verlo. –Nos encontramos en este punto. –Señaló el mapa con su dedo enguantado–. Don Lope, si tenéis razón, este sería el sendero. Se extiende al menos por diez kilómetros y reaparece en un puente colgante que nos permitiría sortear el río. –¿Y qué hay más allá del puente? –preguntó Asterio. –¿Veis este cordón de cerros que parece formar un gigantesco fuerte natural? Pues ese es el Resguardo de Aguatrueno. Si tenemos suerte y logramos llegar a ese puente, daremos con el Paso Del Valle que lleva directo a la aldea–fuerte. Nos tomaría una semana como máximo. –¿Estáis seguro? –Asterio confiaba en el acabado conocimiento de Darío, mas todos los obstáculos que habían tenido que sortear durante la travesía le habían quitado las esperanzas. –Si fuera verano, mi respuesta sería un sí rotundo. Los hombres se miraban entre ellos, buscando en vano un consejo que los tranquilizara. –Joer que no hay má ruta –dijo un soldado viejo de barba abundante de nombre Miguel Bocafloja–. Esa ruta o la’e regreso –escupió al suelo–, y hasta’onde sé, a ninguno aquí le gusta recular. –Con razón habla, don Miguel –lo apoyó un soldado joven. Darío observó a Asterio. Todos esperaban su orden. –Será el puente, entonces –dijo al fin el cronista.
Capítulo 38. Ulte
Amancay se encontraba de pie en la entrada norte de Aguatrueno, las manos empuñadas, la mandíbula apretada, los ojos rojos de tanto aguantar un llanto colérico. Uoooh uoooh resonaban el cuerno que anunciaba el arribo de un nuevo grupo de refugiados. Al frente de la multitud proveniente de diferentes aldeas vio llegar a Ulte, su hermano y líder de Rocalga. El líder ausente, el líder que no es, lo llamaban los aldeanos. –¡Amancay! –Ulte se sorprendió al verla. Más sorprendido quedó al ver su rostro endurecido, rabioso, en una mezlca de ira y tristeza que se podía apreciar en lo profundo de sus ojos negros. –Tantos muertos, Ulte –fueron las palabras de recibimiento de Amancay, apenas aguantaba el llanto–. Tantos amigos muertos. Yo quería luchar, quería defenderlos, quería salvarlos. –Apretó la mandíbula–. Cuando volví a la aldea… las casas, los árboles, todo estaba carbonizado. Muchos de nuestros amigos estaban allí, muertos sobre el pasto ennegrecido… y tú… tú no estabas. Ulte agachó la cabeza, avergonzado. –Amancay yo… –Ulte –lo interrumpió la guerrera Chilca–, yo me encargaré de recibir a los refugiados. Te preparamos una tienda cerca de la cascada. Ve con Amancay –le ordenó. Aguatrueno estaba repleta de habitantes de las distinas aldeas de Costazul, solo faltaba que llegara Ulte con el último grupo de refugiados. Sentía la amargura en el aire, pero lo peor era el silencio de su hermana Amancay. No le habló en todo el camino hasta la tienda. Apenas había alcanzado a encender una hoguera en el interior cuando apareció Hualo, el robusto padre del clan del norte, quien llevaba el brazo empotrado en un cabestrillo y una cicatriz que aún no sanaba cruzándole el pecho. –Te esperamos, Ulte. ¡Juro por todos los espíritus que te esperamos! Y al fin te has dignado a estar con tu gente, cuando ya es demasiado tarde –le reclamó con amargura. –Lo, lo lamento, Hualo. –Tantos viajes de un lado a otro. ¡Abandonaste a tu pueblo por nada! –Los jefes y chamanes estábamos investigando el significado de la luna roja –se excusó. –Y ahora lo sabes. Montepardo desapareció, tal y como desapareció Rocalga, la aldea que juraste dirigir y proteger. –Mi presencia no habría cambiado nada –se defendió. –¡Pero al menos habrías estado con nosotros, tal como estuvo Sauce! No sabes cuánto deseo que tú hubieras desaparecido en vez de ese hombre valiente. Iba a proponerlo a él como nuestro líder… Ahora tendré que seguir conformándome contigo. –Escupió al suelo. Ulte guardó silencio. Ya se sentía demasiado culpable como para seguir discutiendo. Amancay mantuvo su iracundo mutismo. Quién sabe qué palabras encolerizadas guardaba para su hermano. De haber hablado, se habría unido a Hualo en el reproche. –Lo siento… –Se disculpó nuevamente. –¿Lo sientes? ¿Lo sientes? ¿Sabes lo que yo siento? –siguió Hualo–. Siento dolor en la cicatriz que me dejaron esos espectros, siento dolor en mi brazo quebrado, siento tristeza por mis amigos muertos y siento asco por tenerte como líder. –¿Y qué deseas que haga? No puedo cambiar lo que pasó. –¡Deseo que actúes, maldición! Siempre estás ausente o calmo, esperando que otros tomen las decisiones. Te ausentaste un año de nuestra aldea, no mandaste mensajes, no llegaste a la batalla. ¡Por los espíritus, hasta fuiste el último líder en llegar a Aguatrueno! –Se agarraba la cabeza con desesperación–. Todos saben que Amancay no es de mis personas favoritas, pero aun así me dolía verla sufrir por tu culpa. Tras el ataque, su preocupación crecía día tras día pensando que habías muerto en algún otro asalto de esos espectros. Cada amanecer subía a las torres y miraba al horizonte esperando tu llegada, y cada atardecer regresaba desolada a su tienda. Si tan solo te hubieras dignado a enviarle un mensaje para decirle que estabas vivo y que venías en camino. ¡Uno! Tú no la escuchaste como yo sollozar sola en su cama. Tan fuerte es ella que, incluso en su amarga soledad, intentaba ahogar el llanto. Si fueras la mitad de fuerte que ella, tan solo la mitad, te tendría respeto. –No, no pensé que fuera necesario avisar. –Miró a su hermana que seguía en silencio aguantando la cólera. –“No pensé que fuera necesario…” –remedó despectivo Hualo–. Gran líder de Rocalga es el que tenemos. Los líderes de verdad te están esperando hace días. Se han reunido en la morada de los consejos. Están con líderes guerreros. Actúa como uno de ellos –le dijo antes de marcharse entre maldiciones. Ulte reflexionó ante las fuertes palabras de Hualo. Observaba a su hermana, arrepentido por todo lo que la había hecho sufrir. Ella seguía sin dirigirle la palabra, y con un gesto de su mentón él entendió que debía marchar a la reunión. El fuerte viento del exterior le trajo un aroma de su pasado, una mezcla de pescado y hierbas silvestres. El olor lo transportó a más de un año atrás, antes de la luna roja, antes de Montepardo, antes de tantos viajes, antes de tantos reproches. “Son las ancianas del Fogón. ¡Están vivas!”, se alegró y se dirigió a la fuente de la deliciosa fragancia. –¡Ulte! –Una anciana de rostro entristecido dejó las verduras en la mesa, se limpió las manos con un paño y le dio un gran abrazo y un beso en la mejilla–. Estás más crecido, muchacho. –¡Tanto tiempo! –Lo recibió otra mujer con una vocecilla aguda–. Te extrañábamos. Tu pobre hermana pensaba que habías muerto. Estaba desconsolada, era imposible levantarle el ánimo. –Lo sé, la acabo de ver. –Espero que ahora no nos abandones -le dijo otra de las ancianas sin dejar de cortar unos dihueñes. –No le hagas caso, chiquillo. Nosotras sabemos que tenías mucho que hacer y nadie se imaginó lo que podría pasar. –Le dio palmaditas en el rostro–. Lo que hiciste fue pensando en tu pueblo, en nosotras. –Gracias. –La abrazó–. ¿Hablamos después? Ahora debo ir a una reunión. –¿Y te demorarás otro año? –¡Ay, mujer, ya déjalo! –la increparon las demás–. Anda tranquilo, muchacho. Haz lo que
Capítulo 37. Llévame
Apoyaba su torso desnudo en el espaldar del camastro. No podía dejar de mirar a la hermosa mujer de apelmazados cabellos cenizas que afinaba concienzudamente las cuerdas de su vihuela. –Te voy a extrañar –le dijo Bastián. Ella no respondió–. No sé cuánto tiempo me tomará la misión. –Podría acompañarte. Sabes que no me van mal las espadas. Quizás hasta pelee mejor que tú. –Rasgueó un do. –En tus sueños –bromeó el maestre. Se bajó de la cama y se acercó a la mujer y le rozó la espalda con uno de sus dedos. Ella seguía concentrada en afinar su instrumento. –La única vez que he estado en Lobera fue cuando llegué al continente y siempre he querido volver. Sin embargo, nadie desea acompañarme. –Raro en tan bella moza. –Le acarició los hombros de lado a lado–. Yo te acompañaría hasta el fin del mundo. –Y aun así no permites que te acompañe. –Esto es distinto, voy a cazar mercenarios, no a dar un paseo romántico por la playa. –Intentó no molestarse y mantuvo la voz suave. Quería seguir gozando de aquella compañía. –¿Cuándo debes marchar? –Tocó una escala. –Mañana, antes de que salga el sol, para llegar allá al día siguiente antes de que caiga la noche. Nadie debe percatarse de nuestra presencia. Algunos hombres se quedarán acampando lejos del pueblo, otros entraremos a goteras para no levantar sospechas. –Si vas con una mujer sospecharían menos. –Se levantó para dejar la vihuela en un rincón de la habitación. Su caminar hipnotizó a Bastián. Se recostó junto a él y le acarició los brazos. –Llévame –le rogó. –Es demasiado riesgo. No puedo… no puedo.
Capítulo 36. Un sobre con el lacre roto
“¡Es una injusticia!” “¡No he hecho nada, joputas!” “¡Soltadme, carajo!”, vociferaban los mercenarios al ser apresados. Los soldados reales habían invadido las chinganas de la capital y de los caminos, derribando sillas, vasos y mesas, combatiendo a punta de capa, espada y pistola. –¡Que ninguno quede libre! –ordenaba Bastián montado sobre su yegua Poderosa–. ¡Traedlos a todos a la justicia del rey! –Agitaba las riendas con vehemencia–. Revisad sus antebrazos. Quienes tengan la marca de la Cruz de la Beligerancia o alguna otra señal de Estrechos, serán apresados inmediatamente. Tres días duraron las escaramuzas. El resultado no fue el esperado. Capturaron apenas a menos de veinte de bandidos. –Debo decir que me alegro de no contar con más de esos malhechores en el reino –suspiró la reina Felicia, sentada en su puesto del salón de consejos. –Dudo que esos sean todos, hermana mía. Y, si lo son, debemos averiguar en qué barcos llegaron –reflexionó el duque. Un criado le sirvió una copa de vino–. Cuñado, ¿creéis que nuestro maestre deba marchar al puerto de Lobera a revisar los navíos? –Me parece una idea bastante cauta –intervino la reina–. El maestre Bastián podría averiguar todo sobre el arribo de los mercenarios, los barcos en los que han llegado, quiénes son sus cabecillas, si los hubiere, sus propósitos, en fin, todo lo que pueda escarbar. Sin levantar mucho polvo, claro está. No sería una caza de brujas, sino una indagación que se apegaría a nuestras leyes. –Tierraíz tiene mucha costa –resopló el rey con desconfianza, removía los leños de la chimenea con un espetón–. Los mercenarios deben tener algún atracadero clandestino. –Querido cuñado, sabéis tan bien como yo que no contamos ni con recursos ni con hombres suficientes para hacer un barrido por todo el litoral, por lo que el puerto de Lobera sería un buen lugar para iniciar las pesquisas. Bastián escuchaba la conversación con las manos juntas en la espalda. Esperaba la orden del rey. –Os haré caso a ambos –dijo con desgano–, si así mi reina se siente más segura y mi cuñado también. –Tulio se acercó a la mesa y revisó unos mapas–. Maestre, el puerto de Lobera es vuestro destino. Os acompañará un pequeño destacamento. Escoged hombres a voluntad, no más de veinte. No quiero que hagáis mucho lío, quién sabe de qué serán capaces esos montoneros. Lo que menos deseo es que se arme una revuelta en el puerto y se pierdan vidas inocentes. Actuad con sigilo. Nadie debe saber que andáis por esos lares. Nadie. Pequeñas gotas comenzaron a golpear los techos de las casas de la capital y al cabo de unos minutos el aguacero sorprendió a los terramargos. –¿Vamos a echar un trago a la Vihuela para celebrar? –preguntaba el poeta horas después. –Ir a cazar cabrones no es algo digno de celebrar, amigo mío –le respondió Bastián, arrebujándose con su capa para protegerse de la lluvia. –¡Bah! Ya has cazado a esos fantoches que andaban por aquí. Y ahora marchas a Lobera para seguir protegiendo el reino. Si eso no es digno de celebración, no sé qué podría serlo. ¡Venga, vamos a por una jarra! –¿Habló el poeta o el consejero del rey? –¡Que se jodan ambos! Habló Abdón, el pobre y mal pagado Abdón. En un abrir y cerrar de ojos había un tumulto de hombres y mujeres agrupados en la barra de la chingana y, sobre esta, Abdón Buenaventura, declamando y agitando los brazos, extasiado ante su propia poesía y el suspiro de las damas. … Y aunque vasta en mí la bravura, yendo por la vida con la espada en esta diestra siempre empuñada, me rindo ante vuestra fermosura. Le regaló una rosa a una parroquiana. Siguieron aplausos, silbidos y exagerados gemidos. –Deléitenos con más palabras, don Abdón, que si no lo escucho se me parte el corazón –rimó una mujer sentada en las piernas de un comensal. –Eh, poeta, que a buen árbol te ha’rrimao, en esta chingana muchas moneas te ha’ganao –brindó un borracho que le arrojó una moneda de un lienzo. –Y yo pido más poesía, que a mi alma eso le encanta –clamó un joven. –¡Joder, que eso no rima! –gritó un ebrio. –¡Pero igual me acosté con vuestra prima! –rimó el muchacho ante las carcajadas de los contertulios. –Queridos amigos, todos sabéis lo feliz que me hacen las loas, pero me río más con monedas en la gorra ¡A su salud! –dijo Abdón y dejó su boina sobre la barra, brindó con una jarra de tinto en alto y la bajó de un trago ante el aplauso de los borrachos. –¿Si ganas sueldo como consejero y como poeta, por qué sigues viviendo en un chiquero? –le preguntó Bastián cuando su amigo llegó a la mesa. –¡Se ve que nada sabes de economía! –Se hizo el ofendido–. Nadie en Tierra Amarga o Tierraíz confecciona papel y tinta, así que debo encargarlos a los pueblos de Baluarte. Un cargamento en barco desde otro continente siempre es costoso. –Al igual que el vino, que lo pides al por mayor –bromeó el maestre. El maestre y el poeta iban por su segunda jarra de vino cuando recibieron una visita más que inesperada en su mesa. –¿Y qué harás con el nativo herido ahora que no estarás en la ciudad? ¿Quién lo cuidará? Ahora que lo pienso, quizás no es tan buena idea que marches al puerto. –La borrachera siempre ponía más paranoico al poeta. Se enderezó de golpe, asustado. –Tranquilo, don Abdón. Acacia y un turno de soldados lo vigilan día y noche. No tengo nada de qué preocuparme. –¿No? ¿Te parece que todo lo que está pasando no es digno de preocupación, Bastián? Guerra en Altamiria, piratas navegando por nuestros mares, mercenarios en el reino, un nativo luchando por su vida en la capital y… y… –no sabía cómo verbalizarlo– y criaturas dignas de pesadilla en las aldeas del sur. Se viene el fin del mundo, amigo mío. Se viene el fin
Capítulo 35. Los rostros de unos muertos
La mujer de apelmazados cabellos cenizas había logrado tranquilizar a Bastián con los acordes de una melancólica tonada. Pese al constante bullicio de los ebrios contertulios, la chingana era el único lugar en el que los nervios del maestre de campo se relajaban. Había bajado media jarra de vino caliente, mas su cuerpo apenas lo sentía, pues el frío del invierno era tal que aquel brebaje le parecía, con suerte, una mera infusión de hierbas. –Maestre de campo –un criado le tiró de la capa–, lo busca el capitán de las Espadas de los Caminos. –¿Dónde está? –Acompáñeme. La mujer de apelmazados cabellos cenizas siguió al maestre con la mirada hasta que lo perdió de vista. No detuvo su música. En una oscura sala de la casona real, iluminada apenas por un par de velas, Lucio Molinero, capitán de las Espadas de los Caminos, esperaba a Bastián acompañado por otro espadachín, un mocetón de cara infantil y sonrisa ruin. –No sé si son malas o buenas nuevas las que os traigo, maestre –habló el capitán–. Las Espadas de los Caminos me han informado que los senderos están infestados de bandoleros y cuatreros. Las rondas son cada vez más sangrientas y mis hombres están cansados de tanto agitar la espada. –Al grano, capitán. ¿Tenéis prueba de que algunos de esos bandoleros sean mercenarios de Estrechos? –preguntó Bastián. –No puedo asegurarlo, maestre. Caras viejas y nuevas se han atrapado. Es por ello que he venido con este mozo, el más joven de las espadas. Preséntate ante el maestre de campo –ordenó Lucio. El joven espadachín hizo una pequeña reverencia. –Mi nombre es Blasco Fontanalta, hijo de Juan Fontanalta, maestre. –¿El mismo Juan Fontanalta que es caballero en los tercios del rey Francisco de Odragón? –preguntó Bastián entornando los ojos. –Sí, maestre. También es miembro de la Orden del Tenebrario. –Se llevó la diestra al pecho con orgullo. –He oído de él y también he oído de vuestra merced. Nunca os había visto en persona. Por todas las historias que cuentan, pensaba que erais mayor, mas veo que apenas llegáis a la veintena. Contadme, pues, ¿qué es lo que han visto? –Este chiquillo se enfrentó y derrotó a dos sujetos con entrenamiento militar avanzado –intervino Lucio. El maestre arqueó una ceja. –La mayoría de las veces los bandidos que apresamos en los caminos son hambrientos que atacan pequeñas caravanas para obtener algunos sacos de pan o cereales. Apenas saben maniobrar la espada, mi señor –explicó el joven Blasco Fontanalta–. Con suerte no nos reímos de ellos cuando el acero se les cae de las manos por el miedo. Siempre ha sido así. Al final del día, su majestad los perdona y les otorga terrenos y herramientas para que trabajen la tierra. Gracias a estas políticas de nuestro amado rey hemos mantenido la paz en el reino y este ha crecido. Sin embargo, hace dos noches me vi enfrentado a algo totalmente distinto. Bastián se sirvió un vaso de vino, le dio otro al capitán y se sentó en el escritorio de la pequeña sala, dispuesto a escuchar la narración. –Camino a Campo Yermo –prosiguió el mozuelo– me hospedé en la Posada del Peregrino para guarecerme de la lluvia. Buena gente sus dueños. Al verme llegar con la capa estilando me ofrecieron pan con tocino, caldo de vaca y una buena conversación que duró hasta pasada la medianoche. A esas horas de la madrugada alguien golpeó fuertemente la puerta, mostrando un nulo atisbo de respeto ni cuidado de los buenos modales. El posadero, que de pequeño nada tenía, abrió su estancia y de un segundo a otro cayó herido por el tajo de una espada. Su esposa acudió en su auxilio, mas solo consiguió un puntapié en la barriga. En ese momento vi dos siluetas recortadas en el umbral de la puerta, ambas con espada en mano y un arcabuz. Me presenté como una Espada de los Caminos, mas se rieron de mi rango. Entrambos me atacaron a la velocidad del rayo y me tuve que defender con lo que tuviera a mi alcance, pues mi espada reposaba en mi habitación. Me valí de un bastón que un viejo borracho me entregó, con el que conseguí, con no poco esfuerzo, robar el sable de uno de mis atacantes, el mismo que, luego, me disparó a quemarropa. Grande es Nuestra Señora, pues la bala solo atravesó la capa. –Mostró el agujero que le había dejado el proyectil–. Al tiempo que el mocetón recargaba, logré herirlo de muerte. Su acompañante me atacó con ira y con el filo de su hoja me hirió el brazo y la pierna, haciéndome caer. El posadero se levantó para ayudarme, mas, herido como estaba, nada pudo hacer. “El perro”, le grité a la esposa. “¡Soltad a mi perro!”. La mujer corrió al patio y abrió la jaula de Fauces, que, feroz como él solo, devoró la garganta del segundo bandido. –¿Fauces? –El perro perdiguero que siempre lo acompaña, maestre… es una larga historia –acotó Lucio y agitó la mano como si fuera algo sin importancia. –Esos dos eran espadachines expertos –continuó el muchacho–. Se notaba por como se desempeñaban con la espada, la quitapenas y el uso de la capa. No eran los típicos bandoleros hambrientos de Tierra Amarga. Si esos dos no eran mercenarios, yo no soy un fiel siervo de Nuestra Señora. Bastián tenía el entrecejo fruncido. Movía los labios con algo de enojo y algo de preocupación. Hizo crujir los huesos de su mano. –¿Dónde están los cuerpos de esos dos? –En la Iglesia del Sagrado Halo –respondió Lucio. El maestre meditó en silencio, se levantó del escritorio y miró por la ventana que daba a la plaza. A esa hora de la noche no transitaban los mercaderes ofreciendo su mercadería a gritos, ni las damas que paseaban del brazo junto a sus galanes señoritos. Solo el sereno rondaba con su fanal: “¡Las diez han dado y sereno!”, lo escuchó gritar a lo lejos. Cruzando la
Capítulo 34. Cóndor Vientofuria
El negro cabello de Cóndor Vientofuria, el líder de Cumbres Plateadas, resplandecía ante el sol del amanecer. Las mantas que lo abrigaban flameaban armoniosamente ante el bravo céfiro que provenía del desfiladero desde donde contemplaba el horizonte cordillerano. Se sentía intranquilo. El viento le traía oscuras noticias. Sentado al borde de aquel nevado precipicio cerró sus ojos e insufló su pecho con el aire congelado. A su cabeza llegaron imágenes de guerra y sufrimiento. Tierraíz estaba en peligro. La última vez que el viento le entregó tales mensajes fue cuando Emilio Martesta arribó al continente junto con sus Huestes del Corazón de Hierro. La culpa aún calaba su alma por no haber actuado con prontitud en aquel momento. Tras cuatro largos años de guerra, la mayoría de los pueblos de Tierraíz se encontraban sitiados bajo el poder de Emilio. Confiado de vivir oculto en la cordillera de Piedrafría, Cóndor Vientofuria optó por no inmiscuirse en las batallas, pues no deseaba exponer a su gente a la crueldad de aquel rey proveniente de tierras lejanas. “Ningún señor, ni siquiera uno tan ambicioso como Emilio Martesta, sería tan desquiciado como para intentar franquear el poderío de estas montañas. Aquí podremos vivir ocultos por mil años”, pensaba, pero se equivocó, pues la guerra es inevitable. Fue una mañana de otoño, mientras su hijo jugaba en las faldas de la cordillera, que la guerra llegó hasta su pueblo. Una tropa de cien soldados de las Huestes del Corazón de Hierro vio al pequeño y lo tomo como rehén con el objetivo de invadir Cumbres Plateadas. El capitán de la tropa, un sujeto de prominente barba roja y exigua cabellera, le puso su cuchillo en la garganta y a gritos amenazó a Cóndor Vientofuria, retándolo a que bajara y entregara Cumbres Plateadas. Altivo y orgulloso, Vientofuria descendió desde el alto cielo montado sobre el cóndor más imponente que jamás se había visto en aquellos años y miró fijamente al capitán. “¡Suelta a mi hijo!”, gritó con tal potencia que dicen que su voz hizo temblar los mismos cimientos de la cordillera. Gritó aún más fuerte cuando vio manar la sangre por el delgado cuello de su pequeño. Nunca ha dejado de sentirse culpable por ello. Motivado por la venganza, Cóndor Vientofuria lideró a su Compañía de los Cielos Gélidos contra los invasores. No se detuvo allí, y fue liberando pueblo tras pueblo de Tierraíz hasta mermar al ejército de Emilio. Si hubiera intervenido antes, quizás su hijo seguiría vivo. Tal posibilidad le impedía conciliar el sueño. De aquello habían pasado más de veinte años y pensó que nunca más tendría que luchar. Al parecer, nuevamente se había equivocado. –Vientofuria –interrumpió sus pensamientos una mujer de tez morena que vestía prendas tejidas con lana de alpaca blanca–, los guardias capturaron a unos hombres que merodeaban por los senderos. Uno de nuestros guerreros fue herido por uno de ellos, un gigante que no parece de este mundo. Tal relato no parecía baladí, por lo que Vientofuria decidió dejar de lado su meditación y marchó a la aldea, descendiendo por un intrincado camino de piedras y nieve, siempre acompañado de un intenso nevazón. –¿Dónde se encuentran? –le preguntó a la mujer, Perdiz Soplocalmo, cabecilla de la Compañía de los Cielos Gélidos. –En el centro de la aldea, ante los ojos de todo el pueblo. “¿Tendrá esto que ver con lo que me ha susurrado el viento?” Al llegar vio a cientos de curiosos rodeando a los prisioneros, quienes se encontraban arrodillados, atados de pies y manos a un poste empotrado junto a una fogata. Pese al calor del fuego, tiritaban por el frío de aquella tarde y por la nieve que caía sobre sus cuellos desnudos. –¡Desátenlos y sáquenles las vendas! ¡Son aliados de Cumbres Plateadas! –ordenó Vientofuria ante la sorpresa de los aldeanos. –Veo que las malas noticias ya han llegado hasta aquí si tratas así a quien alguna vez te salvó la vida –dijo uno de los cautivos mientras le quitaban las gruesas cuerdas y se ponía de pie. –Chamán Pumagrís, Roble Tallofuerte. –Vientofuria los saludó estoico y escudriñó de pies a cabeza a Cormorán Surcalagos–. Tú debes ser el gigante. Un estepario, un pájaro de mal agüero. Les ofrezco mis más sinceras disculpas por este trato. Espero sepan perdonar a mi gente por esta recepción. De haber sabido que vendrían les habría preparado un mejor recibimiento. Sean bienvenidos. Imagino que deben estar hambrientos. –El hambre puede esperar ante las noticias que traemos –respondió Pumagrís. –Ya han sido suficientemente maltratados como para que, además, se les niegue el alimento. Iremos a mi hogar, allí recibirán comida y abrigo ¡Vuelvan a sus casas gente de Cumbres Plateadas! –ordenó a los curiosos aldeanos–. Estos no son bandidos, son amigos de nuestro pueblo y hoy son mis invitados. A una orden de su mano llevaron carnes aderezadas, papas asadas y licor a su morada, una casa de piedra cuyo interior estaba recubierto de madera, lana y pieles para mantener el calor. Vientofuria encendió las hogueras y se sentó en su sitial, un tocón de alerce con dos gigantescas alas de cóndor talladas en madera que se alzaban como respaldo. –Siéntense, coman y beban, acá el frío es intenso y deben calentar sus cuerpos. La cordillera debe ser demasiado fría para hombres de la costa. –Arrojó un leño al fuego y lo atizó con un espetón–. Me imagino que fue un viaje duro. Mis vigías me indicaron que llegaron a pie. –Queríamos que fuera un viaje discreto –aclaró Pumagrís. –¿Y también suicida? Adentrarse en mis tierras en pleno invierno y sin avisar no es propio de la sabiduría de un chamán. Podrían haber muerto en su insensata travesía, un paso en falso y se habrían despeñado por los acantilados de la cordillera. La nieve esconde trampas letales para quienes no conocen estos derroteros –decía sin dejar de mover las brasas–. Ya saben lo que dicen: la cordillera no distingue amigo de enemigo. Imagino que la urgencia que mueve sus
Capítulo 33. Siempre hay enemigos
El viento y la lluvia arreciaban con tanta fuerza que apenas podían abrir sus ojos, cada gota que les golpeaba el rostro era como un puñal gélido que les laceraba la piel. Sus pies estaban llenos de heridas y sentían que sus manos se les caerían a pedazos por el implacable frío que aumentaba a medida que se acercaban a la cordillera. Uuuuh aullaba con fuerza el inclemente céfiro, desestabilizándolos a cada paso, y en más de una ocasión cayeron de bruces sobre raíces húmedas y musgosas. Un relámpago furtivo rompió la férrea oscuridad dejándoles ver el cordón montañoso de Piedrafría en la lejanía, ese era su destino; segundos después, un poderoso trueno se dejó sentir en el paso de Crestacuerno, provocando el lamento de una jauría de perros cuyos aullidos resonaron en lontananza. –Queda poco para el amanecer –gritó Pumagrís con todas sus fuerzas y aún así apenas consiguió hacerse escuchar. El viento opacaba su voz–. Cuando salga el sol, descansaremos. –Hoy no saldrá el sol –advirtió Roble con pesimismo. –Ni hoy ni mañana. ¡Lloverá mínimo por tres días más! –gruñó el pájaro de mal agüero. Y así fue. Recién al cuarto día el sol se dignó a salir. Para ese momento ya habían dejado el paso de Crestacuerno y ahora caminaban por frondosos parajes. A su lado desfilaban arrayanes y tineos, algunas quilas y muchos notros, las murtas abundaban, al igual que los coigües y colihues. De vez en cuando se alzaban enormes alerces milenarios de troncos tan gruesos que ni siete personas con los brazos extendidos lograrían darles la vuelta. La lluvia había amainado, mas no el frío del invierno. Y mientras más ascendían, más helados eran los días. La vegetación iba cambiando a medida que aumentaba la altura. Si antes veían extensas familias boscosas, ahora apenas apreciaban parches de árboles. Al doblar por uno de los tantos senderos, notaron que sus pies se hundían en el piso y que el caminar se convertía en una tarea cada vez más ardua: nieve. –Esta nieve parece de ayer. No tardará en nevar nuevamente –hizo notar Cormorán. –No estamos preparados para esto –dijo Roble. –No, no lo estamos. A unos pocos kilómetros hay una pequeña cueva. Ahí descansaremos –respondió el chamán y ordenó que recogieran todas las ramas que encontrasen por el camino. –Dime la verdad, ¿crees que Cóndor Vientofuria nos permita ir al templo? –preguntó Roble mientras descartaba una rama húmeda. –Claro que lo creo, es un aliado de Costazul. –El chamán se agachó por un tronco pequeño. –Todos sabemos que esa alianza no se forjó por el amor que Vientofuria siente por nosotros –replicó Roble con escepticismo–. No confío en él. –Entonces, confía en mí. Mira, allí está la cueva. Sintieron un gran alivio en sus cuerpos cuando consiguieron encender un fuego al interior de la gruta. El pájaro de mal agüero vigilaba la entrada en silencio. –Tranquilo, aquí no hay enemigos. No son las estepas. Ven y come. –Pumagrís le ofreció un pan de trigo. –Siempre hay enemigos, chamán. –No dejaba de otear el negro horizonte–. A veces puede ser un puma hambriento, otras, un cóndor envalentonado, una jauría rabiosa y, en ocasiones, espectros sin forma. En los siguientes días de caminata Cormorán Surcalagos olfateaba el aire y se parapetaba sobre las rocas para vigilar, siempre intranquilo. “Siento que nos observan”, pensaba, incapaz de descubrir qué o quién lo hacía, ocultaban bien su rastro. El camino se hacía monótono y la pendiente se inclinaba a cada paso. Avanzaban por riscos tan altos que un simple tropezón los haría perder la vida. A un lado tenían un macizo y al otro un precipicio por donde el viento desfilaba silbando una tonada deletérea. Comenzó a nevar. Sus mantas tenían pequeños montículos de nieve en los hombros y los cabellos se les tiñeron de blanco, al igual que sus pestañas. Agradecieron que estuvieran en los primeros días del invierno, cuando la nieve todavía era bella y no letal. Un grupo de cóndores sobrevolaba sus cabezas dando vueltas en círculos. –Los hijos del Espíritu de La Montaña –dijo Pumagrís, fascinado. Sorpresivamente, Cormorán se dirigió hacia la cabeza de la compañía. –¡Cuidado, chamán! Alcanzó a advertir cuando unos veinte hombres de rostro arisco, todos armados con lanzas y puñales, aparecieron entre la nieve.
Capítulo 32. Relación de la travesía a Aguatrueno II
“No hay duda de que Colina Magra, la marca que rige el marqués Antoine Garraleón, es la ciudad más hermosa del reino. Aun a la distancia resalta con majestuosidad al romper abruptamente las planicies de plantaciones de trigo y maíz. Al cabalgar por entre sus tantas haciendas nos salió al paso don Manuel de Botacera, un hacendado de renombre. Sacóse su sombrero y me solicitó agradecer al rey por los cien soldados que había enviado para ayudar en Colina Magra, todos de excelente disposición y siempre prestos para colaborar en todo lo que se les pidiera, incluso en las faenas agrícolas propias de su campo. No estaba enterado de tal decisión de su majestad; aun así, tal muestra de gratitud la dejo por escrito en este mismo texto. Seguimos nuestro camino. No pocas veces nos salieron al encuentro otros hacendados, parceleros, inquilinos y peones arreando ganado, principalmente vacas. Sus niños nos saludaban y nos regalaban frutas y algunos panes. Para ser sincero, lamento no habernos hospedado en alguna chingana de Colina Magra, más aún cuando nos cayó encima un chaparrón nocturno que casi nos mata del frío. Ya habíamos cruzado la frontera del reino y entrado en territorio de los nativos cuando la lluvia comenzó. ¡Qué diferencia de paisaje! El daño provocado por Emilio Martesta y por mi propio padre nos dejó un triste legado. Si Tierra Amarga no era más que tocones, ceniza y árboles muertos, el territorio de Roble Tallofuerte y su gente era todo lo contrario, con verdes bosques que se extienden más allá de donde permite la vista. Los soldados no tienen la misma expresión que yo ante aquellos parajes, imagino que por la lluvia. Un bello paisaje no compensa un mal tiempo, sobre todo si los truenos y relámpagos restallan por doquier, asustando a los caballos y mulas que cargan nuestro equipaje. De no haber sido por un nativo, quizás yaceríamos congelados a la vera del camino. Salió de entre los árboles con un atado de pescados y nos invitó a su hogar para protegernos del frío. Dicen que solo un hombre de bien y con la conciencia limpia podría confiar así en un grupo de extraños”. Los agarrotados músculos de Asterio Siemprebravo apenas conseguían relajarse al alero del brasero en el que se asaban los peces. Los soldados agradecían el techo y el fuego ofrecido, y pese a que no comprendían la lengua de su anfitrión, sonreían cada vez que él o su esposa les entregaban una manta o un caldo caliente para olvidar el temporal que azotaba esas tierras. –Reitero mis eeeh gracias, buen señor –balbuceaba Asterio haciendo un gran esfuerzo por recordar las formas verbales y algunas palabras de la lengua de Tierraíz, sin éxito–. De no ser por tú y ella, habríamos muerto por frío. –No deberían haber salido con este día. Es una lluvia extraña. –Destelló un relámpago y retumbó un trueno–. Cosas raras están ocurriendo por estos lares, animales que nunca habíamos visto merodean por nuestros clanes y pájaros que no deberían existir andan cantando la muerte a quien los escuche –dijo su anfitrión. –No los asustes –le reprochó su esposa. –Si se asustaran no serían soldados. Me imagino que si andan por aquí, tan lejos de su tierra, es porque algo deben haber escuchado. ¿O me equivoco? –Los miró inquisitivo–. A ustedes los terramargos les gusta eso de estar tranquilos en su reino y que ojalá nada fuera de lo normal ocurra. Son distintos a sus ancestros, que amaban la guerra y explorar territorios ajenos. –Tener razón. No estamos aquí por eeeh gusto, señor. Vamos a Aguatrueno como mensajeros. –Asterio se sobaba las manos frente al fuego. –Imagino que sabrán lo que pasó en las aldeas. –El hombre sacó un trozo de pescado con sus dedos para comprobar si estaba en su punto–. Esto ya está listo para comer. Los soldados entendieron la invitación que les hizo con la mano y sin decir esta boca es mía sacaron un pescado cada uno y lo comieron directo de la vara en la que estaban ensartados. El anfitrión se mostró satisfecho. Si no hubieran aceptado su comida, los habría expulsado de su hogar, lloviera o no lloviera a cántaros. –Muchos estamos dejando el sur debido a lo que ocurrió en Montepardo y Rocalga –dijo la mujer–. Con mi esposo vivíamos en Tierrarcilla, un pueblito que quedaba al norte de Montepardo y digo “quedaba” porque Montepardo ya no existe. En la noche de la luna roja nos encontrábamos en el límite entre Tierrarcilla y Montepardo recolectando frutos y habíamos decidido quedarnos allí a dormir… Lo cual fue imposible. Era una noche fría, la oscuridad era densa, apenas se podían ver las estrellas. No podíamos dormir, así que decidimos ocupar el tiempo en algo provechoso, por lo que caminamos hacia la costa para ir a pescar. –Fue un error –dijo su esposo sacándose una espina de entre los dientes–. El frío se hizo más intenso, la noche más oscura, las nubes desaparecieron y en el cielo apareció esa enorme luna roja. –También la vimos –dijo Asterio. –No como nosotros –resopló el fornido sujeto. Bebió un largo trago de licor y removió las brasas para aumentar la temperatura de su hogar–. Recién iniciada la noche habíamos partido a la costa, por lo que ya estábamos cerca de la playa cuando la luna roja apareció. Su brillo era misterioso, peligroso. Su advertencia era clara. Llegamos a la cima de una pequeña loma donde siempre acampábamos para relajarnos con el romper de las olas, pero lo que vimos esa noche fue algo totalmente distinto. La tormenta aumentó su intensidad, azotando violentamente el techo de colihue de la morada. Los soldados miraban con reticencia la rústica construcción, rogando que soportara el aguacero. Su anfitrión no parecía inmutarse ante el inclemente temporal y continuó su narración. –Gritos, lamentos, aullidos de odio y de dolor, como si miles de personas gritaran con una ira y un sufrimiento incontenible. Y en