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Primero se vio un destello en el cielo y, luego, el largo trueno se escuchó por todos los rincones del reino. Bastián agradeció que la lluvia lo encontrara guarecido en la Casona Hospitalaria de Nuestra Señora del Sagrado Halo. El día ya había sido lo suficientemente malo como para sumar el andar empapado por las calles.
–Con todos los problemas que tendrá que enfrentar el pobre Asterio, agradece que el rey no te envió a ti como embajador a dar la cara. Sobre todo, con esa jeta de perro ahorcado que tienes –bromeó Abdón.
A cualquiera le habría ensartado la quitapenas por tal insulto, pero al poeta se los aguantaba y hasta se reía. Esta vez solo atinó a resoplar y masajearse el bigote.
–Sabia, ¿qué opina usted? ¿Bastián debería estar que baila en una bota o no?
La anciana escuchaba sentada en una silla al fondo de la habitación. No respondió a la broma de Abdón. Caminó hacia la cama y le tomó la temperatura al hombre herido.
–Ha bajado la fiebre –dijo escueta–. Las hermanas de la Piadosa Curación hicieron lo que pudieron. Ahora solo queda esperar a que despierte.
–Venga, vamos, que no todo es malo ¿eh? –brindó el poeta e intentó reconfortar a Bastián dándole un abrazo con la zurda. Ni el maestre ni la sabia le correspondieron la alegría.
Abdón bufó indignado y se acomodó en un sillón ubicado junto a la pared.
–Vosotros dos sois cortados por la misma tijera. El uno se queda en la seguridad de su reino y sigue amargado, y la otra cuida a un enfermo cada vez más sano y no esboza ni una mísera sonrisa. Venga, que el mundo no es tan malo, aún tenemos poesía –brindó.
“El mundo no es tan malo”, reflexionó la anciana Acacia mientras cambiaba los vendajes del herido. Las dudas le embargaban la cabeza. “¿Qué pasaría si les cuento lo que me dijo este hombre? Lo peor es que ellos estén involucrados en el ataque, me asesinen y me hagan desaparecer. Está atardeciendo. Nadie los vería cargar mi cadáver para ocultarlo en alguna zanja”, pensaba. “No parecen culpables. El maestre de campo se ha mostrado preocupado por el muchacho y el consejero real no es más que un ebrio despreocupado sin apariencia de conspirador”.
Ya había tomado su decisión.
–“He venido a rescatarla, pero he fallado. Debe huir de aquí. Debe huir. Ellos nos han traicionado” –susurró la anciana.
Abdón y Bastián se miraron entre sí y alzaron las cejas. No entendían las palabras de Acacia. El poeta bajó los pies del taburete y apoyó los codos sobre sus rodillas.
–¿Qué habéis dicho? –preguntó el consejero frunciendo el ceño.
–Tales fueron las palabras de este hombre cuando llegó moribundo a la capital. Dijo que venía a rescatarme, pues ustedes habían cometido una traición contra nuestro pueblo.
–¿Por qué habéis guardado tanto tiempo el secreto?
–Ya estoy vieja y mis fuerzas no son las de antes. Opté por escuchar y saber en quién podía confiar. Es lo que hacemos los ancianos. Si les cuento esto ahora es porque confío en ustedes y también porque las noticias del duque Evelio me hicieron sentido. Este pobre hombre debe haber sufrido el ataque de mercenarios o piratas altamirios, no de los terramargos. Eso es lo que creo. Él, incapaz de diferenciarlos, asumió que vuestro reino había cometido traición.
–Las palabras de este hombre podrían reforzar nuestras sospechas de que los mercenarios y piratas ya están actuando de mala manera en Tierraíz ¡Hay que contarle esto al rey para que dé la orden de capturarlos!
–Con tus palabras, Abdón, pienso que, o no conoces a nuestro rey o el pánico te ha nublado el buen juicio. –Bastián se masajeaba las sienes con el pulgar y el índice de su mano derecha, preocupado–. Lo que haya dicho este hombre no será prueba para el rey, pues Acacia solo ha presumido un posible ataque de los mercenarios. Es una conjetura, no un hecho. Si le contamos esto al rey, querrá pruebas y nuestro deber será conseguírselas.
Horas más tarde, Bastián Bocablanca se encontraba en su humilde hogar junto a Lucio Molinero, el capitán de las Espadas de los Caminos. Encendió una vela semi derretida que iluminó melancólicamente la habitación de paredes de adobe.
–Quiero que entienda, capitán, que lo que ha pasado es estricto secreto. Necesitamos pruebas irrefutables que indiquen que hay mercenarios desenvainando la espada a diestra y siniestra por el reino. Decid a vuestros hombres que, ante un hecho formidable, entiéndase espadachines avezados o aparición de soldadescas sin la insignia del rey, se me informe primero. Yo tomaré las riendas de ahí en adelante.
–Comprendo –dijo Lucio Molinero–. Hablaré con mis hombres para que os informen de cualquier suceso fuera de lo común. Os conseguiré las pruebas que necesita para encarcelar a esos joputas.