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El viento y la lluvia arreciaban con tanta fuerza que apenas podían abrir sus ojos, cada gota que les golpeaba el rostro era como un puñal gélido que les laceraba la piel. Sus pies estaban llenos de heridas y sentían que sus manos se les caerían a pedazos por el implacable frío que aumentaba a medida que se acercaban a la cordillera. Uuuuh aullaba con fuerza el inclemente céfiro, desestabilizándolos a cada paso, y en más de una ocasión cayeron de bruces sobre raíces húmedas y musgosas. Un relámpago furtivo rompió la férrea oscuridad dejándoles ver el cordón montañoso de Piedrafría en la lejanía, ese era su destino; segundos después, un poderoso trueno se dejó sentir en el paso de Crestacuerno, provocando el lamento de una jauría de perros cuyos aullidos resonaron en lontananza.
–Queda poco para el amanecer –gritó Pumagrís con todas sus fuerzas y aún así apenas consiguió hacerse escuchar. El viento opacaba su voz–. Cuando salga el sol, descansaremos.
–Hoy no saldrá el sol –advirtió Roble con pesimismo.
–Ni hoy ni mañana. ¡Lloverá mínimo por tres días más! –gruñó el pájaro de mal agüero.
Y así fue. Recién al cuarto día el sol se dignó a salir. Para ese momento ya habían dejado el paso de Crestacuerno y ahora caminaban por frondosos parajes. A su lado desfilaban arrayanes y tineos, algunas quilas y muchos notros, las murtas abundaban, al igual que los coigües y colihues. De vez en cuando se alzaban enormes alerces milenarios de troncos tan gruesos que ni siete personas con los brazos extendidos lograrían darles la vuelta. La lluvia había amainado, mas no el frío del invierno. Y mientras más ascendían, más helados eran los días. La vegetación iba cambiando a medida que aumentaba la altura. Si antes veían extensas familias boscosas, ahora apenas apreciaban parches de árboles.
Al doblar por uno de los tantos senderos, notaron que sus pies se hundían en el piso y que el caminar se convertía en una tarea cada vez más ardua: nieve.
–Esta nieve parece de ayer. No tardará en nevar nuevamente –hizo notar Cormorán.
–No estamos preparados para esto –dijo Roble.
–No, no lo estamos. A unos pocos kilómetros hay una pequeña cueva. Ahí descansaremos –respondió el chamán y ordenó que recogieran todas las ramas que encontrasen por el camino.
–Dime la verdad, ¿crees que Cóndor Vientofuria nos permita ir al templo? –preguntó Roble mientras descartaba una rama húmeda.
–Claro que lo creo, es un aliado de Costazul. –El chamán se agachó por un tronco pequeño.
–Todos sabemos que esa alianza no se forjó por el amor que Vientofuria siente por nosotros –replicó Roble con escepticismo–. No confío en él.
–Entonces, confía en mí. Mira, allí está la cueva.
Sintieron un gran alivio en sus cuerpos cuando consiguieron encender un fuego al interior de la gruta. El pájaro de mal agüero vigilaba la entrada en silencio.
–Tranquilo, aquí no hay enemigos. No son las estepas. Ven y come. –Pumagrís le ofreció un pan de trigo.
–Siempre hay enemigos, chamán. –No dejaba de otear el negro horizonte–. A veces puede ser un puma hambriento, otras, un cóndor envalentonado, una jauría rabiosa y, en ocasiones, espectros sin forma.
En los siguientes días de caminata Cormorán Surcalagos olfateaba el aire y se parapetaba sobre las rocas para vigilar, siempre intranquilo. “Siento que nos observan”, pensaba, incapaz de descubrir qué o quién lo hacía, ocultaban bien su rastro.
El camino se hacía monótono y la pendiente se inclinaba a cada paso. Avanzaban por riscos tan altos que un simple tropezón los haría perder la vida. A un lado tenían un macizo y al otro un precipicio por donde el viento desfilaba silbando una tonada deletérea. Comenzó a nevar. Sus mantas tenían pequeños montículos de nieve en los hombros y los cabellos se les tiñeron de blanco, al igual que sus pestañas. Agradecieron que estuvieran en los primeros días del invierno, cuando la nieve todavía era bella y no letal.
Un grupo de cóndores sobrevolaba sus cabezas dando vueltas en círculos.
–Los hijos del Espíritu de La Montaña –dijo Pumagrís, fascinado.
Sorpresivamente, Cormorán se dirigió hacia la cabeza de la compañía.
–¡Cuidado, chamán!
Alcanzó a advertir cuando unos veinte hombres de rostro arisco, todos armados con lanzas y puñales, aparecieron entre la nieve.