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Apoyaba su torso desnudo en el espaldar del camastro. No podía dejar de mirar a la hermosa mujer de apelmazados cabellos cenizas que afinaba concienzudamente las cuerdas de su vihuela.
–Te voy a extrañar –le dijo Bastián. Ella no respondió–. No sé cuánto tiempo me tomará la misión.
–Podría acompañarte. Sabes que no me van mal las espadas. Quizás hasta pelee mejor que tú. –Rasgueó un do.
–En tus sueños –bromeó el maestre. Se bajó de la cama y se acercó a la mujer y le rozó la espalda con uno de sus dedos. Ella seguía concentrada en afinar su instrumento.
–La única vez que he estado en Lobera fue cuando llegué al continente y siempre he querido volver. Sin embargo, nadie desea acompañarme.
–Raro en tan bella moza. –Le acarició los hombros de lado a lado–. Yo te acompañaría hasta el fin del mundo.
–Y aun así no permites que te acompañe.
–Esto es distinto, voy a cazar mercenarios, no a dar un paseo romántico por la playa. –Intentó no molestarse y mantuvo la voz suave. Quería seguir gozando de aquella compañía.
–¿Cuándo debes marchar? –Tocó una escala.
–Mañana, antes de que salga el sol, para llegar allá al día siguiente antes de que caiga la noche. Nadie debe percatarse de nuestra presencia. Algunos hombres se quedarán acampando lejos del pueblo, otros entraremos a goteras para no levantar sospechas.
–Si vas con una mujer sospecharían menos. –Se levantó para dejar la vihuela en un rincón de la habitación. Su caminar hipnotizó a Bastián.
Se recostó junto a él y le acarició los brazos.
–Llévame –le rogó.
–Es demasiado riesgo. No puedo… no puedo.