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–¡Es imposible continuar, Brisafría! –gritaba Roble mientras se aferraba con todas sus fuerzas a una roca escarchada–. Este viento nos arrojará por el desfiladero. ¡Apenas podemos caminar!
–Ustedes quisieron venir, afronten las consecuencias –se quejaba la anciana a quien el viento parecía no afectarle.
El vendaval era poderoso y cada paso era una tortura que requería de toda la voluntad de los viajeros. La tormenta de nieve se había transformado en una terrible granizada que golpeaba con inusitada violencia sus cuerpos.
–¡Pumagrís, si seguimos así, moriremos!
–Y si no continuamos todo Tierraíz podría desaparecer. Necesitamos saber, Roble ¡Necesitamos saber! –gritaba el chamán–. Solo el Espíritu de La Montaña puede guiarnos.
–Si es que lo encontramos –respondió el guerrero.
–Nosotros no podemos encontrarlo –corrigió Brisafría–. El Espíritu decidirá si se nos muestra o no.
–Hemos caminado por días, dudo que quiera recibirnos –rezongó Roble.
–El Espíritu siente su falta de voluntad, costeros.
–Voluntad nos sobra, anciana, lo que no tenemos es paciencia –se defendió Roble arrebujándose como podía en sus ropajes.
Pese a las muchas pieles y botas que Vientofuria les había regalado, sentían los brazos entumecidos, los muslos acalambrados, casi no sentían los dedos de las manos y en los dedos de los pies sentían agujas punzantes. “Hay puñales en mis pulmones”, se quejaba Roble, apretándose el pecho. Cada inspiración le provocaba un terrible ardor en las fosas nasales y la garganta.
Si el camino a Cumbres Plateadas había sido tortuoso, este lo era cien veces más. Rocas se desprendían sobre sus cabezas y rocas se desprendían bajo sus pies. La posibilidad de morir los acompañaba a cada paso. La senda por donde marchaban era una superficie de nieve y hielo que los hacía resbalar y que en más de una ocasión los dejó colgando al borde de algún precipicio. Y cuando todo parecía imposible de empeorar, el sendero se cortó abruptamente y dio paso a un murallón de roca y escarcha de unos diez metros de alto.
–Sobre esta pared hay una cueva, la llaman Salvación de las Alturas y es donde reposan los jinetes de la Compañía de los Cielos Gélidos cuando andan en campaña. Si tenemos suerte, encontraremos a alguno con un buen fuego armado, bebida y comida preparada –dijo la anciana Brisafría.
Comenzaron a escalar. Sus dedos y uñas se laceraban por culpa de los afilados trozos de hielo que aparecían entre las rocas más veces de las que hubieran deseado. Brisafría ascendía como una niña subiría una pequeña pendiente, así de acostumbrada estaba a esa tierra inhóspita y salvaje. Llegó antes que todos. Solo el pájaro de mal agüero le pudo seguir el paso y llegó a la cima poco después. Cuando asomaron sus cabezas para buscar a sus compañeros aparecieron con una mujer de espalda recia que vestía con gruesas pieles grises y arrojaron unas cuerdas para ayudar a subir a Roble y a Pumagrís.
–Tuvimos suerte. –Brisafría palmeó el hombro de la guerrera.
La mujer se presentó como Zorzal Rachaudaz. A su lado se encontraba un cóndor de tamaño imponente, al menos un palmo más alto que el pájaro de mal agüero. El animal se acicalaba tranquilamente la parte baja de sus alas. Los viajeros ingresaron a la cueva y se arrimaron a la fogata que había en el interior. Las paredes del socavón estaban recubiertas con tablones de madera y pieles lo que proporcionaba el calor necesario para soportar el inclemente frío.
–Beban un poco. Es sopa de changle. Les gustará. –Zorzal Rachastral les sirvió un plato de barro cocido con una espesa sopa en su interior. Apenas probaron un bocado se sintieron reconfortados.
–Comeremos algo y seguiremos el viaje mañana por la mañana. Falta poco para el atardecer y no quiero que la noche y la tormenta nos encuentren fuera de este refugio –ordenó Brisafría–. Espero que mañana sea el último día de viaje, porque mis huesos me están doliendo –se quejó mientras golpeaba sus flacos muslos.
Se alimentaron con tortilla de rescoldo, un poco de miel y siguieron bebiendo sopa de changle. Sus mantas, húmedas por la nieve, las colgaron junto a la fogata para secarlas.
El vapor llenó poco a poco la pequeña estancia.
–Mala época eligieron para subir la cordillera –les dijo Rachaudaz–. ¿Qué urgencia los llevó a transitar estos caminos en pleno invierno?
Los cuatro guardaron silencio. Preferían omitir una respuesta antes que mentir.
–Ya veo. No se sientan mal por no responder. Todos tenemos nuestros secretos. –Mascó un trozo de tortilla–. Como sea, lo mejor es que aguarden el amanecer. El frío de la madrugada puede ser letal.
–Sobre todo para estos costeros acostumbrados al sol –añadió Brisafría con desdén.
–Este frío del que te vanaglorias no es nada comparado con el de las estepas y el mar del fin del mundo –replicó Cormorán en defensa de quienes ahora consideraba sus cercanos. Estaba de pie en la boca de la cueva, vigilante, abrigado solo con su piel de ñandú–. Los esteparios nadamos en las gélidas aguas que colindan con la Tierra de Hielo apenas nos separan del pecho de nuestras madres, y son ellas mismas quienes nos arrojan –dijo con su voz ronca–. Esto no es más que una tarde de primavera para mí, y estoy seguro de que para Roble y Pumagrís también.
Roble Tallofuerte agradeció la defensa con un gesto de su cabeza.
–¡Hay que cerrar la cueva por hoy! –refunfuñó la anciana–. No quiero que el viento de la madrugada nos mate mientras dormimos. Estoy segura de que solo sobreviviría nuestro pájaro de mal agüero y eso no serviría de nada –ironizó–. Yo haré la primera guardia.
Durante la noche el viento se filtraba por las hendiduras de la cortina de cuero que sellaba infructuosamente la gruta, provocándoles escalofríos y despertándolos en la madrugada. Un trueno prorrumpió en la oscuridad. El viento aullaba con furia. Las nubes resplandecían con los relámpagos. Creyeron escuchar pequeñas piedrecillas que caían desde las paredes. Silencio. Las piedras sonaron más y más fuerte.
–Está granizando –informó Brisafría.
–Esperemos que mañana amaine –respondió Pumagrís. Eran los únicos despiertos. Ninguno de los dos parecía dormir jamás.
Faltaban pocas horas para el amanecer y el frío se mantenía a raya solo gracias al calor humano y la fogata. El sol no se dignó a aparecer para anunciar la mañana. Las nubes negras cubrían todo el cielo. “Al menos se detuvo la granizada”, agradeció Pumagrís.
Debían seguir su camino.
Rachaudaz le entregó una cantimplora de cuero con agua hirviendo y otra con caldo de changle a cada uno de los expedicionarios para que se hidrataran y nutrieran en su camino. La guerrera alzó su mano en señal de despedida, agitó las riendas de su cóndor y la majestuosa ave batió sus alas alzando el vuelo. Al cabo de unos minutos apenas la podían ver planeando en el horizonte.
Nuevamente estaban solos y a merced del frío.
–Continuemos. –Por primera vez sintieron que la voz de la vetusta Brisafría sonaba cansada.
Ascendieron por pendientes escarpadas que parecían no tener fin. El blanco paisaje y las incontables montañas filosas fueron sus únicos compañeros de viaje. Tan agotados estaban que ya no conversaban. Incluso Cormorán se tambaleaba y cuando eso pasaba emitía un gruñido a modo de queja.
Horas más tarde se encontraron con un tótem de madera bañado en tonos negros y rojos, en el extremo superior tenía tallada la cabeza de un cóndor y en el inferior, a una pequeña en señal de rogativa.
–Las historias dicen que este fue el lugar exacto donde el Espíritu de La Montaña se le apareció a Loica Vientoleal. –La voz de Brisafría estaba cargada de respeto–. Es un lugar sagrado, único, que marca el punto de encuentro entre la humanidad y la naturaleza.
Siguieron avanzando.
Llegada la tarde el frío se hizo presente junto a un viento huracanado y cortante que les impedía continuar. La nieve caía rápida y sin parar, al cabo de una hora les llegaba a las rodillas y cuando se ocultó el sol, ya les sobrepasaba la cintura, teniendo que removerla a pulso con las manos desnudas y entumecidas. Con la oscuridad como compañera, su único consuelo era la intermitente luminosidad de los relámpagos que encendían los cielos de las montañas lejanas. Aquella noche no hubo refugio ni fogata, solo cuerpos doblados sobre sí mismos, sentados los unos al lado de los otros para soportar el frío. Todo era tolerable con tal de obtener respuestas. Estaban dispuestos a resistir cualquier prueba siempre que pudieran saber la razón de aquellos espectros en sus tierras.
La fuerza de voluntad dio frutos.
Al amanecer vieron una enorme montaña frente a ellos, la más grande que hubieran visto jamás. Las rocas de su falda brillaban en todos los colores ante la luz del alba y la nieve de su cumbre resplandecía tanto que los cegaba. Un delgado y extenso puente de piedra sólida partía desde su base y llegaba justo hasta donde ellos se encontraban.
Quedaron perplejos ante tamaña visión.
–¿Esa montaña estaba aquí ayer? –preguntó Roble sin creer lo que veía.
–Conozco estos senderos como mi propia vida y esa montaña nunca la había visto en esta zona. Es La Montaña –respondió Brisafría–. ¡El Espíritu ha decidido recibirnos!