Capítulo 36. Un sobre con el lacre roto

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“¡Es una injusticia!” “¡No he hecho nada, joputas!” “¡Soltadme, carajo!”, vociferaban los mercenarios al ser apresados. Los soldados reales habían invadido las chinganas de la capital y de los caminos, derribando sillas, vasos y mesas, combatiendo a punta de capa, espada y pistola.

–¡Que ninguno quede libre! –ordenaba Bastián montado sobre su yegua Poderosa–. ¡Traedlos a todos a la justicia del rey! –Agitaba las riendas con vehemencia–. Revisad sus antebrazos. Quienes tengan la marca de la Cruz de la Beligerancia o alguna otra señal de Estrechos, serán apresados inmediatamente.

Tres días duraron las escaramuzas. El resultado no fue el esperado. Capturaron apenas a menos de veinte de bandidos.

–Debo decir que me alegro de no contar con más de esos malhechores en el reino –suspiró la reina Felicia, sentada en su puesto del salón de consejos.

–Dudo que esos sean todos, hermana mía. Y, si lo son, debemos averiguar en qué barcos llegaron –reflexionó el duque. Un criado le sirvió una copa de vino–. Cuñado, ¿creéis que nuestro maestre deba marchar al puerto de Lobera a revisar los navíos?

–Me parece una idea bastante cauta –intervino la reina–. El maestre Bastián podría averiguar todo sobre el arribo de los mercenarios, los barcos en los que han llegado, quiénes son sus cabecillas, si los hubiere, sus propósitos, en fin, todo lo que pueda escarbar. Sin levantar mucho polvo, claro está. No sería una caza de brujas, sino una indagación que se apegaría a nuestras leyes.

–Tierraíz tiene mucha costa –resopló el rey con desconfianza, removía los leños de la chimenea con un espetón–. Los mercenarios deben tener algún atracadero clandestino.

–Querido cuñado, sabéis tan bien como yo que no contamos ni con recursos ni con hombres suficientes para hacer un barrido por todo el litoral, por lo que el puerto de Lobera sería un buen lugar para iniciar las pesquisas.

Bastián escuchaba la conversación con las manos juntas en la espalda. Esperaba la orden del rey.

–Os haré caso a ambos –dijo con desgano–, si así mi reina se siente más segura y mi cuñado también. –Tulio se acercó a la mesa y revisó unos mapas–. Maestre, el puerto de Lobera es vuestro destino. Os acompañará un pequeño destacamento. Escoged hombres a voluntad, no más de veinte. No quiero que hagáis mucho lío, quién sabe de qué serán capaces esos montoneros. Lo que menos deseo es que se arme una revuelta en el puerto y se pierdan vidas inocentes. Actuad con sigilo. Nadie debe saber que andáis por esos lares. Nadie.

 

Pequeñas gotas comenzaron a golpear los techos de las casas de la capital y al cabo de unos minutos el aguacero sorprendió a los terramargos.

–¿Vamos a echar un trago a la Vihuela para celebrar? –preguntaba el poeta horas después.

–Ir a cazar cabrones no es algo digno de celebrar, amigo mío –le respondió Bastián, arrebujándose con su capa para protegerse de la lluvia.

–¡Bah! Ya has cazado a esos fantoches que andaban por aquí. Y ahora marchas a Lobera para seguir protegiendo el reino. Si eso no es digno de celebración, no sé qué podría serlo. ¡Venga, vamos a por una jarra!

–¿Habló el poeta o el consejero del rey?

–¡Que se jodan ambos! Habló Abdón, el pobre y mal pagado Abdón.

En un abrir y cerrar de ojos había un tumulto de hombres y mujeres agrupados en la barra de la chingana y, sobre esta, Abdón Buenaventura, declamando y agitando los brazos, extasiado ante su propia poesía y el suspiro de las damas.

 

… Y aunque vasta en mí la bravura,

yendo por la vida con la espada

en esta diestra siempre empuñada,

me rindo ante vuestra fermosura.

 

Le regaló una rosa a una parroquiana.

Siguieron aplausos, silbidos y exagerados gemidos.

–Deléitenos con más palabras, don Abdón, que si no lo escucho se me parte el corazón –rimó una mujer sentada en las piernas de un comensal.

–Eh, poeta, que a buen árbol te ha’rrimao, en esta chingana muchas moneas te ha’ganao –brindó un borracho que le arrojó una moneda de un lienzo.

–Y yo pido más poesía, que a mi alma eso le encanta –clamó un joven.

–¡Joder, que eso no rima! –gritó un ebrio.

–¡Pero igual me acosté con vuestra prima! –rimó el muchacho ante las carcajadas de los contertulios.

–Queridos amigos, todos sabéis lo feliz que me hacen las loas, pero me río más con monedas en la gorra ¡A su salud! –dijo Abdón y dejó su boina sobre la barra, brindó con una jarra de tinto en alto y la bajó de un trago ante el aplauso de los borrachos.

–¿Si ganas sueldo como consejero y como poeta, por qué sigues viviendo en un chiquero? –le preguntó Bastián cuando su amigo llegó a la mesa.

–¡Se ve que nada sabes de economía! –Se hizo el ofendido–. Nadie en Tierra Amarga o Tierraíz confecciona papel y tinta, así que debo encargarlos a los pueblos de Baluarte. Un cargamento en barco desde otro continente siempre es costoso.

–Al igual que el vino, que lo pides al por mayor –bromeó el maestre.

 

El maestre y el poeta iban por su segunda jarra de vino cuando recibieron una visita más que inesperada en su mesa.

–¿Y qué harás con el nativo herido ahora que no estarás en la ciudad? ¿Quién lo cuidará? Ahora que lo pienso, quizás no es tan buena idea que marches al puerto. –La borrachera siempre ponía más paranoico al poeta. Se enderezó de golpe, asustado.

–Tranquilo, don Abdón. Acacia y un turno de soldados lo vigilan día y noche. No tengo nada de qué preocuparme.

–¿No? ¿Te parece que todo lo que está pasando no es digno de preocupación, Bastián? Guerra en Altamiria, piratas navegando por nuestros mares, mercenarios en el reino, un nativo luchando por su vida en la capital y… y… –no sabía cómo verbalizarlo– y criaturas dignas de pesadilla en las aldeas del sur. Se viene el fin del mundo, amigo mío. Se viene el fin del mundo, te lo digo yo.

–Y nadie más –bebió de su jarra.

De pronto, sintió un gentil toque sobre su hombro. Bastián sujetó su daga y giró lentamente la cabeza para ver mejor a aquel parroquiano que había osado ponerle una mano encima. A sus espaldas vio a un joven delgado, imberbe y de rasgos finos, tenía el rostro maquillado con polvos blancos, rubor en las mejillas, labios delicadamente delineados con un sutil rosa y llevaba perfume de ámbar. Aquel mozuelo no se parecía en nada a los rudos hombres y mujeres que frecuentaban la chingana a esa hora de la tarde. Solo su suave voz se condecía con su belleza.

–Tenga mis cordiales saludos, maestre de campo, os vengo a buscar en nombre de mi señor. –El joven habló con tanta educación y delicadeza que el maestre pensó que hablabla con un diplomático o un erudito. Un bálsamo para unos oídos tan acostumbrados a escuchar el ruido de tugurios como en el que se encontraban.

–¿Y quién es vuestro señor? –gruñó Bastián y se levantó del asiento, haciéndole notar a su misterioso interlocutor que ya tenía la mano en el mango de su espada. Abdón, mareado, se plantó al lado de su amigo.

–Mi señor es un hombre de confianza. Desea hablaros con urgencia acerca de su misión en el puerto de Lobera. Si vuestra merced lo desea, puede ir con vuestro acompañante. Mi señor confía en él.

Tras intercambiar un par de miradas, siguieron al muchacho.

–¿Quién es este mocoso, Bastián?

–Ni idea. Lo que me perturba es que estaba al tanto de mi viaje a Lobera. Por eso y solo por eso le he dado el beneficio de la duda. ¿Vas con acero?

–Siempre –respondió el poeta aún algo ebrio y se levantó la camisa para mostrarle a su amigo el mango de su puñal.

Llegaron hasta una casona blanca, de adobe y dos pisos. Sobre la puerta marrón había un letrero colgante con la silueta de un león rojo sobre fondo blanco.

–Su señor debe ser bastante poderoso si se hospeda en El Rugido del Alba –susurró Bastián.

El maestre conocía aquella posada, mas nunca había entrado, era demasiado costosa para su sueldo de soldado y ahora veía por qué, el piso era de mármol bruñido y de las paredes colgaban lienzos de seda y terciopelo que al tacto eran tan suaves como el agua tibia. El salón era pequeño y muy bien cuidado. Del techo colgaba una lámpara de hierro con decenas de velas blancas. En el interior, la tendera atendía a un grupo de mujeres y hombres jóvenes, de buena postura y fina delgadez. Sus camisones y pantalones eran notoriamente costosos, al igual que sus chaquetas doradas y plateadas, verdes y celestes, blancas y rosadas, todas con brillantes bordados. Algunas bebían vino caliente junto a la chimenea, otros, agua de limón; unos leían poesía, otras conversaban de política. Cada integrante de aquel pintoresco grupo sonrió amistosamente cuando vieron entrar al maestre y al consejero. Ante aquellos jóvenes, ambos se sintieron como cerdos entre cisnes.

–Mi señor llegará pronto. Podéis esperarlo en el salón. –El mozuelo subió las escaleras al trote.

Segundos después, el conde Santiago de Monteáguila bajaba los peldaños con los brazos abiertos y mostrando sus blancos y alineados dientes en una amplia sonrisa. Sus bucles dorados despedían un brillo imposible en una melena humana. Bebía una copa de vino tinto de su propia cosecha.

–Tendera, traed vino a mis invitados, os lo ruego. ¡Que no falte nada en la cena! –ordenó con su bien cuidada voz.

Abdón y Bastián hicieron una reverencia automática ante el noble.

–Dejad el protocolo para la corte, aquí somos amigos. Permitid que les presente a mi séquito. –Los llevó ante al grupo de jóvenes–. Los llamo las dagas del rocío. –Bastián y Abdón se miraron consternados–. ¿Por qué los llamo así?, se preguntarán vuestras mercedes. Pues porque son hermosos como el rocío, pero letales como una helada de invierno. Son mi propia guardia.

Tomó gentilmente del hombro a sus dos invitados y los hizo pasar con ademanes refinados a una habitación contigua iluminada por una lámpara de lágrimas. La mesa estaba dispuesta para tres. La vajilla era de plata fina con adornos rimbombantes, había copas con agua, jarras de vino, carne especiada cortada en pequeños trozos, huevos, diferentes tipos de queso, pescado y aguamaniles.

–Asiento. Comed, por favor. Tenemos mucho de qué hablar antes de que vuestra merced parta a Lobera. Sí, sé todo sobre vuestra reunión de hoy, maestre de campo. Va a cazar mercenarios al puerto. Me alegro mucho. –Sacó un trozo de carne de carnero–. Sé que vuestras mercedes están inquietas por estos bandoleros provenientes de Altamiria. Yo también lo estoy, y por tal razón los he mandado a llamar. –Comió un cubo de queso y se dirigió a Abdón–. Me han contado que sois un poeta. Me gusta la poesía. ¿Conoce los versos de Casimiro Piedrarreal?

–No son de mi agrado –Abdón frunció el entrecejo.

–¡Eso me alegra! Ya tenemos algo en común –le sonrió y chocó sutilmente su copa con la de Abdón. Claro que la copa del poeta seguía sobre la mesa. Luego observó a Bastián–. Tan silencioso como siempre, maestre, al igual que en los consejos. Me he dado cuenta de que nunca me dirige la palabra más de lo estrictamente necesario. Sé que no soy una persona de su agrado. ¿Son mis perfumes, quizás? El aroma del ámbar y de la algalia no gustan a todas las personas. Podría cambiarlos para que me tenga más confianza. –Bastián no contestó–. Mi querido maestre, debo deciros que, de los nobles, soy uno de los pocos en los que ustedes dos realmente pueden confiar –los apuntó con su dedo índice.

–Tendré en cuenta vuestras palabras, su señoría, os lo agradezco –dijo Bastián, aunque en realidad quería decir “si vos lo decís”.

–Hablo en serio, maestre. Mire, para que confíen en mí, les propongo un juego. Díganme el nombre de un noble y yo los haré pensar. Hagan la prueba, no os defraudaré.

–Su señoría entenderá que prefiero guardar silencio, solo soy un soldado al servicio del rey.

–No cualquier soldado, sois el maestre de campo, hombre de confianza de su majestad y quien lidera a todas las tropas del reino. Vuestra opinión es escuchada por su alteza. Vamos, jueguen conmigo.

Ambos amigos guardaron silencio. Aunque ebrios, eran lo suficientemente inteligentes para no seguirle el juego a un noble.

–Muy bien, yo comenzaré por ustedes –dijo el conde–. El nombre que diré es… ¡Antoine Garraleón! Sí, el gordo marqués. –Se golpeaba el mentón con su dedo índice simulando pensar–. Garraleón añora sus rechonchos corceles y sus tierras llenas de hierba verde con interminables prados repletos de árboles frutales, flores por doquier y un atardecer que es la envidia de reyes y príncipes –alzaba las manos con irónica solemnidad–. Él no está contento de vivir en esta tierra yerma e infértil, plagada de tocones quemados y escasos bosques. –Jugueteaba con su copa de vino–. Os aseguro que él haría lo que fuera por volver a su amada Fontarragués y hartarse con sus manjares. Como sabrán, fue el rey de Baluarte, Francisco de Odragón, quien lo envió a este territorio, en parte como castigo por su apoyo monetario a Emilio Martesta. Tenía que mantenerlo lejos, aunque sin perderlo de vista ni quitarle tantos privilegios como para que le guardara rencor. Considerando eso, aconsejó a Tulio que lo nombrara marqués de este nuevo reino, y nuestro neófito rey, inocentemente, aceptó, pues en ese entonces venía de ser un simple escudero y no sabía mucho de política. Si junto todas las piezas, puedo suponer que el gordo marqués está esperando cualquier oportunidad que le permita regresar a su tierra natal y, de paso, vengarse del rey Francisco de Odragón. Ahora que hay guerra en Altamiria, ¿quién nos asegura que el grueso marqués no hará todo lo que estime necesario para regresar a Fontarragués? Hasta podría traicionar al rey Francisco apoyando en secreto a los reyes de Secarena, Dunaria y Puerto Tiburón si con ello puede conseguir su cometido.

–Eso no afectaría en nada al rey Tulio, solo al trono de Baluarte –replicó Abdón.

–¿Y acaso pensáis que los reyes vencedores no intentarán conquistar Tierraíz? Aquí hay recursos y oro para levantar un imperio entero y mantenerlo por diez mil años. El rey Tulio no lo hace porque no le interesa. ¡No nos interesa! No queremos repetir los errores del pasado. Sin embargo, con tal de volver a Fontarragués, el marqués no dudaría en traicionar a Tulio sirviendo de espía al enemigo y señalándole los puntos débiles de nuestro reino.

Pese a que el vino tenía a Bastián algo confundido, encontraba que el razonamiento del conde estaba bien fundado. Recordó que el grueso marqués hablaba a cada momento de su tierra natal, siempre con añoranza.

–Veo que al fin tengo vuestra atención, amigos míos. Vamos, decidme el nombre de otro noble y os haré pensar.

–¡Calisto Fuenteamplia! –gritó con entusiasmo Abdón.

Santiago frunció sus delineados labios.

–Él es uno de los nobles más interesantes –respondió al tiempo que limpiaba sus dedos en una jofaina tras engullir un trozo de pollo–. Calisto es un hombre poderoso, hijo de Sixto Fuenteamplia, un sujeto aún más poderoso, reconocido mercader agrícola y dueño de minas en Altamiria. Calisto vino como emisario de su padre para explotar los yacimientos de oro y plata de este bello continente, lo cual ha hecho con esmero. Paga puntualmente sus impuestos a la corona de Tulio Hojaltiva y se dice que también deja unas cuantas monedas en Baluarte… y no precisamente en las arcas del reino. –Abrió los ojos y tapó su boca como si actuara en una comedia de cuarta categoría–. Me han llegado unas cartas de ciertos amigos informándome que un simple soldado raso de Baluarte comenzó a forjar una dudosa fortuna y, tras unas pequeñas batallas por aquí y un muerto por allá, ascendió a cabo, luego a capitán, y ahora cuenta con el rango de sargento mayor, y dudo que llegue hasta ahí. Entiendo que el actual maestre de campo de Baluarte está sumamente enfermo, parece que algo le cayó mal al estómago y no ha podido recuperar su salud.

–¿Acaso estáis diciendo que…?

–¿Envenenado? No lo sé… quién sabe. –El conde masticaba un huevo duro–. Al menos a mí me parece sospechoso. Quizás el rey Francisco de Odragón está tan preocupado por el alzamiento de Secarena, Dunaria y Puerto Tiburón que no ha tenido tiempo de pararse a pensar en esas extrañas coincidencias. La guerra se avecina y requiere de un maestre de campo sano, y no dudará en reemplazarlo de ser necesario. Vuestras mercedes ya se imaginan a quien nombrará… sí, al últimamente muy acaudalado soldado misterioso.

–¿Por qué el conde Calisto le daría dinero a este soldado? No encuentro motivo para ello. –Bastián se sentía incómodo con la conversación. Deseaba marcharse.

–Quizás Calisto encuentra que el impuesto que Tulio le exige por los lavaderos de plata y oro es muy alto. Lo mismo debe pensar su padre sobre los impuestos que le cobra el rey Francisco por sus negocios en Altamiria. Quizás ambos, padre e hijo, estén conspirando tanto contra el reino de Baluarte como contra el reino de Tierra Amarga. Si Fuenteamplia padre ayuda a derrocar a Francisco de Odragón y deja en el trono a los reyes rivales, podrían dejarlo exento de pagar impuestos e incluso darle mayores tierras y un cargo en la corte.

–Es imposible derrocar a Francisco. El ejército de Baluarte es prácticamente indestructible –argumentó Abdón.

–Y ahí entra en juego Fuenteamplia hijo. Él piensa que todos en este mundo tienen un precio, por algo estaría invirtiendo tanto dinero para que su soldado infiltrado llegue a ser maestre de campo. Con la cabeza del ejército en las manos de Calisto, Baluarte se queda sin defensas.

–Un solo soldado, aunque sea el maestre de campo, no hará que todo un ejército traicione sus votos –gruñó Bastián.

–¿Quién dice que es solo uno? Mis informantes me hablaron solo de él, pero es muy posible que el oro de Calisto llegue a muchos otros soldados de Baluarte. Y sin un ejército, Francisco de Odragón sería derrotado. Y sin el rey, Secarena y los otros reinos no tendrían impedimento para extender su imperio hasta Tierraíz, viéndose beneficiado nuestro querido conde Calisto, a quien también lo dejarían libre de impuestos y hasta podrían otorgarle el cargo de gobernador como pago por su traición. Estoy elucubrando, nada más, no se asusten.

–Los impuestos que cobran tanto el rey Tulio como el rey Francisco son para el bien del pueblo. Nunca habíamos alcanzado tal pináculo de civilización. Hasta el aldeano de la granja más humilde ahora sabe leer y escribir, se han incrementado las plantaciones, fortalecido las murallas, promovido el comercio, contratado más médicos y profesores para la gente –enumeraba Abdón.

–Calisto y su padre pueden pagarse todo eso y más sin necesidad de impuestos. –Agitó su mano con desdén–. Los impuestos sirven para retribuir al pueblo su esforzado trabajo, pero esos dos odian al pueblo. Lo consideran simple chusma, parásitos que usufructúan de logros ajenos. –Santiago se notaba molesto.

–Sin pueblo no tendrían mineros ni campesinos que les den sus riquezas.

–Eso decídselo a ellos. Los Fuenteamplia siempre han sido ciegos a ese enorme detalle. Son ricachones nacidos en cuna de oro que nada saben de la falta de pan. Vamos, decidme otro nombre.

Bastián y Abdón tenían muchos nombres en sus mentes, pero fue el maestre el que habló primero.

–Santiago de Monteáguila –dijo desafiante.

–Os demorasteis más de lo que esperaba. –El conde brindó al escuchar su propio nombre.

–¿Por qué deberíamos confiar en vuestra merced?

El conde suspiró y miró sin expresión su copa vacía. La meneaba de un lado a otro sujetándola del tallo.

–Porque yo antes era como esta copa vacía, maestre. Un donnadie proveniente de una casa menor. Y, al igual que esta copa, si la lleno con vino –se sirvió de una botella de tinto–, se transforma en algo maravilloso y que a todo el mundo causa alegría. Así soy yo ahora, la persona que más lejos ha llegado en mi dizque noble familia. Que todo se mantenga tal y como está sirve a mis intereses. En Tierra Amarga soy una copa llena, un conde respetado, mi pueblo me idolatra, me invitan a sus fiestas, bendigo sus matrimonios y me aman porque comparto mi mesa con los desposeídos. En cambio, en Altamiria los Monteáguila somos vapuleados constantemente por gente como los Garraleón o los Fuenteamplia. Allá somos mal vistos, humillados. Acá somos iguales. Si Secarena y los otros reinos vencen a Baluarte y, luego, vienen a conquistarnos, me quedo sin nada. Volvería a ser una miserable copa vacía.

–Podríais comprar favores, tal como el conde Calisto o el marqués Antoine. Después de lo que hemos conversado en esta fastuosa cena, me parecéis tan sospechoso de traición como ellos –dijo Abdón sin pelos en la lengua.

–Gastáis energía innecesariamente al sospechar de mí. –Se levantó de su asiento y paseó por el salón con las manos en la espalda. De vez en cuando sacaba una uva o un trozo de queso–. Calisto tiene oro y plata, y Antoine posee tierras y caballos. Yo no tengo cómo pagar favores, no soy dueño de minas ni poseo grandes terrenos. Soy un simple hombre que ha hecho surgir a su pueblo gracias a pequeños viñedos. Aunque nuestro vino está casi a la par con el de Histolia, como me imagino han podido notar –dijo con orgullo–. Lamentablemente, el vino no sirve de nada para financiar una guerra o pagar favores. Decidme, amigos míos, ¿cómo un rey vencedor podría beneficiarse de mis viñedos? Decídmelo y así podré pagar los favores que decís.

A Bastián no se le ocurría nada más que a los soldados enemigos saqueando las bodegas para celebrar las victorias.

–Y yo sería usado como un simple copero –dijo el conde adivinando sus pensamientos–. No quiero perder la paz de Tierraíz, conviene demasiado a mis propósitos. ¡Quiero seguir siendo conde y mantener mis viñas! Y para mantener esta maravillosa paz debemos estar atentos también a lo que pasa en Altamiria, saber las intenciones de aquellos que rodean al rey Odragón y averiguar quiénes son los posibles enemigos de la corona de Baluarte y de Tierra Amarga. Por eso necesito de vuestra ayuda.

El maestre estaba intrigado.

–Los mercenarios, piratas, la guerra –prosiguió el conde–. Si lo he llamado, maestre, es porque creo que todo está conectado con nuestra nobleza… y esta carta confirma mis sospechas. –Dejó un sobre con el lacre roto sobre la mesa–. Mis dagas del rocío la encontraron en una chingana de mala muerte en Colina Magra, la marca que dirige el marqués Antoine Garraleón. Me informaron que se le cayó del bolsillo a un hombre de aspecto huraño que estaban vigilando.

Los ojos del maestre, con la carta en la mano, se dirigieron directamente a las frases “envié un nuevo contingente de mercenarios de Estrechos… en el Día de San Clemente de Buenacepa… derrocar al rey”. Sintió un vacío en las tripas y un fuerte dolor le sobrevino en la sien derecha. Hizo crujir los dedos de sus manos. Apretó la mandíbula. Movió su bigote. Le entregó la misiva a su amigo Abdón.

–¿Quién… quién escribió esto? ¡Es… es la prueba irrefutable de una conspiración contra el rey Tulio y la corona de Tierra Amarga! –El poeta estaba iracundo. Sintió que se le devolvía todo lo comido y bebido.

–No sabemos quién escribió la carta ni quién era el destinatario, querido consejero, querido poeta. Y su dueño se perdió entre el gentío –dijo con decepción el conde.

–¡Hay que entregársela al mismísimo rey y al consejo real!

–No, mi querido Abdón. Dejemos al consejo real fuera de esto. Que esta carta haya sido encontrada en la marca me hace desconfiar de algunos de los miembros de la nobleza, especialmente del marqués Antoine. Esto debe tratarse con el máximo secreto, amigos míos –dijo con solemnidad–. Así que, mi querido maestre, a la misión que le ha dado nuestro rey en Lobera, sume la que le doy ahora: Averigüe lo que pueda sobre esta misiva y salve al reino de Tierra Amarga. Sálvenos a todos. ¡Os lo ruego!

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2