Junco y Palma estaban sentados sobre la húmeda hierba en lo alto de la cascada que alimentaba el lago Esmeralda. Los pequeños estaban perdidos en el vuelo de las aves que surcaban el cielo grisáceo y en el murmullo de la caída de agua. Junto a ellos estaba Lomogrís, que movía su cola de un lado a otro. –¿Te imaginabas que algún día estarías frente al rey Tulio Hojaltiva? Junco dirigió su mirada hacia el norte. –¿Cuántos días serán de viaje? No quiero cabalgar tanto, preferiría caminar. –Quizás una o dos lunas, dependiendo del estado de los caminos. No más que eso. Aunque ahora los senderos están cerrados por las lluvias y tendrán que dar más vueltas para encontrar algún paso. A Junco no le hizo gracia esa noticia. –No me quiero ir de Aguatrueno. Por fin me estaba sintiendo bien. No me quiero alejar de ustedes. –“Sirve a tu pueblo”, es lo que te decía tu papá. Si con tus palabras logras convencer al rey Tulio, nos darán apoyo y tendremos más posibilidades de enfrentar a los espectros, si es que vuelven a aparecer. –Siempre serviré a mi gente, solo que no me gusta la idea de abandonarlos. –Acarició el hocico de Lomogrís–. Los extrañaré. –Tranquilo, Roble irá contigo. Al menos no estarás solo. –Se echó a la boca un trozo de tortilla que compartió con Junco y este, a su vez, con su fiel zorro. Los chicos se abrigaron con sus mantas y observaron en silencio el movimiento de los soldados terramargos que abajo, en la aldea, preparaban a sus animales colocándoles las riendas y ajustando las correas de las monturas. Sobre el lomo de una mula colocaban equipaje, los libros y cuadernos de Asterio y otros tantos bultos. Junco notó que Roble prefería viajar ligero y solo llevaba un morral. Sintieron unos leves pasos a sus espaldas. –¿Ya estás preparado? –La voz de Litre tenía un cierto dejo de tristeza. –No… no lo estoy –respondió el pequeño. Bajaron sin prisa por la pendiente rocosa hasta llegar a la ribera del lago. Allí los esperaban Pumagrís y Roble, que tiraba de las riendas de un caballo de pelaje castaño y crin azabache. –Imagino que no sabes cabalgar, muchacho –asumió Roble–, así que viajarás conmigo todo el trayecto. No creo que sea un problema para el animal. Eres delgado como un junco –sonrió– y me contaron que su antiguo jinete era bastante gordo, por lo que podrá con nosotros. –Le dio palmaditas en el lomo al gentil corcel. –¿Quién era su jinete? –Un pobre hombre que partió a la tierra de los ancestros, dicen que por el frío –respondió Pumagrís–. Deben tener cuidado en su viaje. Marchen siempre por los senderos e intenten no adentrarse en los bosques, pues ya no son seguros. Vayan abrigados y siempre busquen refugios para guarecerse de la lluvia. No quiero que sufran ningún percance. Partirán hoy al atardecer. Junco marchó con Palma y Litre a la morada de Amancay para ir a buscar su equipaje. No era mucho, sus boleadoras, una lanza corta y la manta que le regaló su padre. Con eso le bastaría para el largo viaje que debía enfrentar. –Junco, la punta siempre hacia adelante –le recordó Amancay al entregarle su lanza. También le dio una manta gruesa para soportar mejor las últimas heladas del invierno–. Según mis cálculos, estarán de vuelta en primavera, pero siempre es bueno ir un poco más abrigado. Con lo extraño que está el clima, uno nunca sabe. –Gracias, Amancay. –Agradécemelo trayendo un ejército de terramargos, pequeño. Lo que harás es loable. Convence a ese rey y conseguirás lo que siempre quisieron tus padres: que sirvas bien a tu pueblo. Ahora ve, ve a Tierra Amarga y cuenta lo que viviste, cuenta lo que has tenido que soportar a tan corta edad. El pequeño asintió con una sonrisa triste y guardó su nueva manta y sus boleadoras en su morral. –Entrena todos los días o se te olvidará lo que te enseñamos Chilca y yo –le gritó Amancay desde el umbral de la puerta. –¡Lo haré! –Agitó su mano en señal de despedida. La tristeza lo embargó. Amancay lo había tratado muy bien esos últimos días. La echaría de menos, extrañaría sus palabras antes de dormir, sus historias al amanecer, su deliciosa comida, y hasta sus retos y castigos en los entrenamientos. No quería irse de Aguatrueno. –¡Eh, Junco! ¿Te vas sin despedirte? –chilló una voz. Los mellizos Ñirre y Lenga Finarraíz venían corriendo y se detuvieron frente al pequeño cazador. –Los estaba buscando –se defendió Junco. –No sabes mentir –rezongó Ñirre. –¿Por qué te vas? ¿No podemos acompañarte? –preguntó Lenga. –Claro que no podemos. Él va a una misión, no a jugar. –Ñirre le dio un empujón con el codo a su hermano, luego se dirigió a Junco–. Al menos podrías haber tenido la decencia de despedirte de nosotros. –No es para tanto, chiquillos –se entrometió Litre–. Estará aquí en un par de lunas. –¿Y si tiene un accidente y muere? –¡No llames al mal, Ñirre! Ya tenemos suficiente con un pájaro de mal agüero dando vueltas por la aldea. –Aun así, no le costaba nada darnos un apretón de manos. –Perdón. Es solo que me cuesta hacerlo. No quiero ir, y si me despido de ustedes es como si no fuera a volver. Caminaron en silencio hacia la salida norte de la aldea, donde los soldados terramargos, con Asterio Siemprebravo a la cabeza, ya estaban sobre sus monturas, listos para partir. Los animales piafaban y daban coces al suelo, ansiosos por regresar a su hogar. Junto a ellos había guerreros, líderes, sabios y aldeanos que conversaban con Roble sobre la mejor estrategia para pedir la ayuda de Tulio Hojaltiva. Para pesar de Junco, entre el gentío no estaba su amiga Lirio. –Tranquilo, Huiña –rugió Cormorán a sus espaldas. Como siempre, Junco no fue capaz de percibir su presencia. Y no solo él, sus amigos también se asustaron al verlo aparecer de la
Capítulo 50. Relación de la travesía a Aguatrueno VI
“Tras muchos días de viaje, al fin mis hombres y yo hemos vuelto a saber lo que significa la palabra tranquilidad. Ya no dormimos con un ojo cerrado y el otro abierto. No más fogatas en noches de tormenta, perdidos en medio de la nada. No más lluvias ni viento helado flagelando nuestros huesos ni nuestra piel. No más ojos y voces acosando nuestras mentes y haciéndonos perder poco a poco la cordura. En Aguatrueno nos sentimos seguros y libres de aquel maligno peso sobre nuestros corazones, mas no por eso olvidamos a Diego Antonio Jaraquemada Casagrande. Todas las noches pedimos a la Señora para que lo albergue y le dé eterno descanso en sus estancias. Nuestra historia de horror no pasó inadvertida para los sureños. Tras contarles todas nuestras penurias comenzaron a mejorar las empalizadas y las murallas, y han enviado grupos de guerreros y exploradores al bosque del norte. Algunos ya han regresado… sin novedad. Espero que no nos crean locos o paranoicos, ya tenemos suficiente con la desconfianza que sienten hacia nosotros por culpa de las acciones de nuestros padres. Eso sí, por intermedio de este escrito, declaro que, pese a esta bien ganada animadversión para con los nuestros, los líderes sureños nos han tratado con desmedida amabilidad, sobre todo Amancay, la nueva lideresa de Rocalga, una mujer hermosa y de cabellos oscuros, siempre lisos y brillantes. Una mujer capaz de enamorar a cualquier hombre. Yo mismo he escuchado a los nuestros soldados parlar de su hermosura, la cual solo se compara con su fuerza. Fui testigo de cómo cargaba por si sola tremendos troncos para la empalizada como si fueran libros de apenas cinco páginas. Su figura delicada y su paciencia al enseñar el arte del tejido a las niñas, no se condice con su inusitado poderío capaz de derribar a cualquier terramargo. Y si es por hablar de las mujeres sureñas, menciono también a una guerrera: Chilca Ramaseca es su nombre. Se pasa los días enseñando a luchar a una chiquilla flacucha de ojos inquietos y a una creatura de cara siempre triste. Se nota mañosa en el arte de la lanza y cuando les da cátedra a esos niños se mueve tan bien como nuestros espadachines. Ambas tienen posiciones de liderazgo entre los suyos y están a la par con los hombres, trabajando, organizando y armando estrategias de guerra. Y esto último es lo que más hacen hoy en día. Están preocupados. Más ahora que regresaron el chamán Pumagrís, el líder de batalla Roble Tallofuerte y un gigante de las estepas llamado Cormorán Surcalagos. Los tres volvieron de un viaje a la cordillera de Piedrafría, lugar al que fueron para conseguir respuestas de los ataques sufridos. Las obtuvieron. No eran las que ellos esperaban, por lo que decidieron reunir a los líderes y guerreros para informarles los pormenores de su misión. Como mensajero de Tierra Amarga me invitaron a participar de aquella junta y Darío García y Peñafiel fue conmigo. En su morada de consejos escuché el macabro mensaje. Si no nos hubiéramos adentrado en aquel bosque maldito, si no hubiera visto con mis propios ojos aquellas sombras que nos acechaban por las noches, si no hubiera escuchado con mis propios oídos aquel susurro macabro, si no hubiera visto volar a esa fantasmagórica ave, no habría dado crédito al relato del chamán Pumagrís: visiones de horror y de muerte procedentes de las entrañas de una montaña… una montaña que aparece solo cuando ella lo desea… una montaña sagrada en la que, me aseguraron, habita un poderoso espíritu. “Sus ojos han contemplado su futuro, pero tú, chamán… has contemplado el fin”. Tal fue la respuesta entregada por una entidad que habita en dicha montaña, la más grande de la cordillera de Piedrafría. Pumagrís interpretó aquella frase como un nefasto destino que se cierne sobre todos los pueblos del mundo. Hoy nos toca hablar a nosotros. Tras mucho esperar, al fin podré entregar el mensaje de nuestra majestad Tulio Hojaltiva, mas por todo lo que he oído, dudo que piensen igual que nosotros. No fueron piratas o mercenarios disfrazados los que atacaron sus pueblos… fueron demonios”. –Amancay ha venido a buscarlo, don Asterio –le avisó uno de sus espadachines. El cronista tenía los ojos inmersos en su diario de campo, junto al fogón que le daba la luz y el calor necesario para relajar los dedos y continuar con sus escritos. –Don Asterio –insistió el espadachín. Con el segundo llamado el cronista recién alzó la vista, desconcertado, como si lo hubieran sacado de una ensoñación. –Señor, Amancay ha venido a buscarlo. Dice que están aguardando por vuestro mensaje. Asterio se levantó del tronco en el que estaba sentado y se abrió paso entre los soldados que jugaban naipes y bebían sus últimas reservas de vino. Se abrigó con una chaquetilla de lana marrón, puso la capa sobre sus hombros, el chambergo en la cabeza para protegerse de la lluvia, y guardó su cuaderno y su equipo de escritura en un bolso de cuero. –¿Deseáis compañía allí adentro? –Si vuestra merced desea acompañarme nuevamente, bienvenido sea –le respondió a Darío, quien se había convertido en su fiel camarada. –Claro que os acompañaré. No me agrada la idea de estar aquí sentado sin nada más que jugar a los dados y a los naipes. Ni el vino se me apetece ya –rezongó el espadachín. Apenas pusieron un pie fuera de la tienda sintieron aquel frío del sur. Las decenas de hogueras encendidas en la aldea, el ir y venir de gente y el aroma de la leña quemada no disminuían aquella gélida sensación que solo soportaban cobijados bajo techo. Amancay los esperaba afuera y los saludó con un gesto de su cabeza. Los terramargos apenas mantuvieron la compostura cuando la vieron vestida con una manta gris que dejaba ver su hombro izquierdo y una faja escarlata que rodeaba su cintura. Sus cabellos
Capítulo 49. Huiña
–Ya escuchaste a Amancay, no podemos alejarnos de Aguatrueno. ¡Hay espectros en los bosques! Junco hacía oídos sordos a las advertencias de su amiga Lirio y seguía en su avance por el Paso Del Valle, decidido a internarse en la tupida foresta que circundaba la región septentrional de Aguatrueno. El fiel Lomogrís marchaba junto al pequeño que iba a paso resuelto hacia el camino que habían recorrido los terramargos y que, tal como narraran con miedo, estaba corrompido por bestias y aves repulsivas que por cuerpo tenían una cabeza de la cual crecían unas alas tan oscuras como la muerte. –¿Qué deseas probar? ¡Nos castigarán! –Lirio le gritaba a sus espaldas intentando hacerlo entrar en razón. –No tengo ni padre ni madre que me castiguen –respondió el pequeño sin detenerse–. Y, hasta donde sé, tú tampoco. Lirio se quedó congelada ante las frías palabras de quien consideraba su mejor amigo. Una solitaria lágrima se confundió con la lluvia que caía esa mañana. –No tenías… no tenías por qué ser tan cruel –sollozó. Junco se arrepintió al mismo tiempo que dijo tamaña insensatez, y un sentimiento de culpa y vergüenza le hizo detenerse. –Tengo… tengo que ir al bosque, Lirio. Lo sabes. –No… ¡No lo sé! Los terramargos casi enloquecen por lo que sea que vieron y escucharon allí. ¡Y tú vas hacia esa locura voluntariamente! –Lomogrís me acompaña… –¡Ellos eran veinte, iban armados y uno murió! ¿Crees que tú y Lomogrís tendrán mejor suerte? –¡Soy un cazador! –le gritó con su voz infantil–. Si logro cazar a uno de esas… criaturas, pájaros, lo que sea, estoy seguro de que podré averiguar algo sobre el monstruo que se llevó a mi papá. Lo que sea que hayan visto los terramargos en este bosque tiene que ser parte de todo lo que ha estado pasando en nuestra tierra. ¡Tiene que serlo! –Déjalo ir, Junco. El pequeño le dio la espalda y dirigió su vista hacia el bosque, lucía oscuro, saturado de amenazas incomprensibles. –Puedo jurar que si sigo este sendero obtendré pistas de cómo encontrar a mi papá. –Apretó los dientes–. Iré… me acompañes o no. Sin hallar más palabras para detener a su amigo, Lirio se acercó a él y lo abrazó por la espalda con delicadeza. “No dejaré que vayas a la muerte”, le dijo y de su alforja sacó unas hierbas con la intención de hacerlo dormir, pero sus intenciones fueron interrumpidas por un fuerte vendaval que los arrojó de bruces al suelo. Lo primero que vio Junco fueron las gigantescas alas de un cóndor aterrizando majestuosamente sobre una roca y, lo segundo, fue a Lomogrís interponiéndose entre él y la formidable ave. Montado en aquel cóndor iba un jinete cubierto de pieles al que apenas se le veía el rostro. –Los vi desde el cielo. ¿Para dónde iban? Deberían quedarse en la aldea. Es peligroso que anden rondando por ahí los dos solos –les habló una voz dura que les resultaba familiar–. ¿Y ese animal que me gruñe tanto, es tuyo, Coipo? “¿Coipo?” Junco reconoció su apodo –¿Cormorán? –¿Quién más? No creo que haya cambiado mucho en estos pocos días de ausencia. –Se sacó la capucha. –¡Cormorán! –El pequeño nunca pensó que estaría tan contento de volverlo a ver–. Regresaste ¡Regresaron! –Así es, Coipo. –El estepario apuntó con el mentón los cóndores de Roble Tallofuerte y Pumagrís que sobrevolaban en grandes círculos la aldea de Aguatrueno. Lomogrís se puso aún más alerta cuando el pájaro de mal agüero desmontó. –¿Tu mascota? –Mi amigo. El gigantesco Cormorán se puso al mismo nivel del zorro y le dio un trozo de charqui que guardaba entre sus ropas. El animal se acercó desconfiado y de un ágil movimiento le arrebató la carne seca de los dedos y la comió entre gruñidos, sin quitarle la vista al estepario. –No es fácil domar a uno de estos, se requiere de mucha paciencia y algo de sabiduría. Hum… –Se quedó pensativo por unos instantes–. Creo que ya no eres un coipo indefenso. Ahora te veo más como un gato huiña, un felino inteligente y sobre todo astuto… pero aún estás lejos de ser un puma. »¿Hacia dónde iban, Huiña? –Cambió el tema–. Ya no es seguro internarse en los bosques, menos dos críos que apenas saben algo de la vida. –¡Dile! ¡Dile lo que querías hacer! –Lo azuzaba Lirio, enfurecida, y decidió contarle todo a Cormorán. El pájaro de mal agüero soltó un gruñido y levantó un labio con algo de enfado y algo de decepción. –Huiña quiere ir a buscar a su papá. Huiña se cree un puma. Te falta mucho para ir solo a ese bosque, muchacho, está maldito, se ve a leguas. Suerte que cuentas con una buena amiga que te lo impidiera, aunque quisiera dormirte para lograrlo –bufó al reconocer el aroma de las hierbas somníferas de Lirio. Junco la observó indignado. –¡No te atrevas a enojarte con ella! Estaba dispuesta a hacer lo que cualquiera en su lugar habría hecho y eso demuestra su valentía. Yo habría sido menos sutil –dijo con tono amenazante. Volvió a colocarse la capucha para protegerse de la lluvia, caminó hacia su cóndor, le acarició el plumaje y se dirigió a la aldea. –¿Qué, acaso se quedarán ahí parados? ¡Vengan! Nadie debe salir de la seguridad de estas murallas –les ordenó con dureza. Los niños obedecieron la orden del pájaro de mal agüero y lo siguieron sin decir palabra hasta la aldea, donde se reunía una multitud para recibir a Roble y a Pumagrís. Los imponentes cóndores que los habían transportado eran acariciados por cientos de niños que gritaban de emoción al ver a esos animales que parecían sacados de las leyendas de su pueblo. –¿Pudieron hablar con el Espíritu de La Montaña? –preguntó Junco. –No, no pudimos –gruñó Cormorán–, pero aun así conseguimos algo de información –soltó un bufido malicioso–. Después de entregarla, estoy seguro de que nunca más dejarán de llamarme pájaro de mal agüero.
Capítulo 48. Careperro
El malogrado pelirrojo yacía vencido y recostado en un camastro pulguiento al interior de una casona ubicada a las afueras del puerto que los soldados terramargos utilizaban para resguardarse. El mercenario se recuperaba de las heridas propinadas por el maestre de campo. –Tus tres amigos están en la habitación contigua, encadenados. Ahora habla. ¿Por qué han venido a Tierraíz? –Eso a vos no os importa, lechuguino. –Le escupió sangre en la bota. –Escuchadme, insensato, no tengo paciencia para tratar con asesinos despiadados como vosotros. –Le apretó el gaznate y presionó su cabeza con violencia contra la cabecera de la cama–. ¡Hablad ahora o terminarás en el fondo del muelle! Con el poco oxígeno que le quedaba, el pelirrojo hizo una mueca socarrona mostrando sus dientes bañados en sangre. –¿Y qué ganáis si muero? –dijo apenas, sin poder separar la mandíbula debido a la fuerte presión de la garra de Bastián. –No tengo problema en mataros. Si vos no decís palabra, la dirán los otros tres. Y vos seguiríais muerto. El rostro del mercenario pasó de un sutil rosado a un morado enfermizo, los ojos vidriosos, enrojecidos. Sus manos y pies atados a los costados del camastro se movían frenéticamente en un infructuoso intento de liberarse de la asfixia. –¿Hablaréis? –le gritó el maestre. Con un sonido apenas audible, casi una gárgara, el mercenario asintió. Dio una gigantesca bocanada de aire cuando Bastián le soltó el cuello. –¡Joputa! ¡Joputa! ¡Que la Señora te maldiga, joputa! –gritó cuando al fin pudo respirar. –¡Calla! –Le golpeó con el puño–. Hablaréis solo cuando yo lo diga. Responde, ¿qué significa esta carta? –Le mostró la misiva que le había entregado el conde Santiago. –¿Por qué debería saberlo yo, joputa mal parío? –Vos sois el líder de los mercenarios. –¿Eso os lo ha dicho el calvo que sirve meados en la chingana? –Bastián guardó silencio–. Qué fuente más confiable –carcajeaba con sarcasmo–. No soy líder de nada ni de nadie. –Los otros bandidos dijeron que vos les pagabais el vino. –Dirijo a ese grupete, mas estoy lejos de dirigir lo que se viene. –¿Qué es lo que viene? –¿Qué os importa? El rostro de Bastián se desfiguró de la rabia y golpeó al mercenario en la herida que le había propinado durante la madrugada. –¡Argh! ¡Joputa y la perra que os parió! ¡La perra que os parió! ¡Me cago en tu perra madre! –Se retorcía de dolor entre las sábanas–. Os mataré, maestre. Apenas salga de aquí os mataré, juro que os degollaré por la noche. –Amenazar de muerte al maestre de campo ya es motivo suficiente para que os quiten la vida. Seguid haciéndolo y yo mismo ejecutaré la sentencia. –Desenvainó su espada y le colocó la punta en la garganta. Un hilillo de sangre brotó de su cuello y le manchó la camisa. El pelirrojo se comió su orgullo bajándolo con un tragó de su propia saliva sanguinolenta. –No… no sé de qué carta me habláis. No soy líder de nada. Si… si queréis hablar con alguien, ese es Careperro –confesó entre jadeos. –¿Careperro? ¿Tan tonto me consideráis si piensas que voy a creer que alguien con tan estúpido nombre conspira contra el rey Tulio? –Creed lo que queráis. Careperro es vuestro hombre. Él es mi líder, así como yo lo soy de los otros tres brutos. Si alguien sabe de qué se trata esa carta –tosió sangre–, ese es Careperro. –¿Dónde lo encuentro? –Reza porque no lo encontréis. Verlo a los ojos es sinónimo de muerte. Nadie nunca le ha vencido en duelo y se rodea de los mejores asesinos de Estrechos. Si deseáis morir joven, id a visitarlo. –¿Dónde lo encuentro? –repitió el maestre. El mercenario confesó. Al anochecer, Bastián hacía lo imposible por disminuir el sonido de su respiración. Apoyaba la espalda contra la muralla de adobe de una destartalada casa donde se refugiaban Careperro y sus hombres. La espada desenvainada, la hoja frente a sus ojos. Junto a él se encontraban el joven espadachín Blasco Fontanalta y Fauces, su feroz perro perdiguero. El joven soldado de las Espadas de los Caminos tenía la pistola desenfundada, presto a utilizarla apenas el maestre de campo diera la señal. Una tropa de veinte hombres los cubría a los lejos, bloqueando las posibles rutas de escape. Bastián contó hasta tres con sus dedos, tomó impulso y echó la puerta por tierra. –¡Qué carajo! –gritaron desde el interior. Los diez mercenarios que se encontraban en la casa se levantaron rápidamente, desenvainando sus navajas, cuchillas y dagas, y se lanzaron al ataque. Tras disparar en el pecho a uno de los bandidos, Blasco desenvainó su espada y entró al combate junto con el maestre. Fauces se abalanzó contra uno de los bandoleros y le desgarró la garganta. –¡Careperro, que han aparecío los soldaos del rey! –chillaban los mercenarios. De una de las recámaras apareció la imponente figura del hombre más feo que Bastián había visto jamás. Era un sujeto calvo y pálido como la luna, de mandíbula cuadrada, con unos pocos pelos que pretendían ser una barba, cejas ausentes, un ojo azul y el otro negro, pómulos y mejillas llenos de cicatrices y el labio inferior abultado. Si no hubiera sido por sus más de dos metros de alto y brazos inhumanamente gruesos, Bastián hubiera reído de buena gana ante la fealdad de Careperro. –Ahora te quiero ver, soldaíto, bailando al son de Careperro –amenazó uno de los bandidos. El hombretón se paró frente a Bastián, quien apenas le llegaba al pecho, y eso con el sombrero y las botas puestas. –¡Estáis arrestados en nombre del rey Tulio! –Lejos de amedrentarse, el maestre le apuntó con la espada. Blasco hizo lo mismo con su segunda pistola. –Ese Tulio no es mi rey. Sus leyes no me tocan… ¡Y vos tampoco! –Careperro le arrojó una mesa a Bastián y, alzando un grotesco mandoble, se abalanzó contra Blasco. El disparo del joven espadachín falló el objetivo y no tuvo más remedio que cruzar aceros con aquel
Capítulo 47. Un tenue farol que permite desenvainar acero
La lluvia arreciaba en el puerto de Lobera inundando sus angostas callejuelas y formando pozones de lodo y agua sucia. A esa hora de la noche no se veía ni un alma en las calles. De vez en cuando se escuchaba el romper de las olas, el canto de las gaviotas o el gemido de un perro vagabundo que merodeaba por un poco de comida, hurgando, olfateando, inmiscuyendo su hocico en los cúmulos de desperdicios que dejaban los pescadores y los mercaderes de frutas y verduras. Con la espada al cinto, el sombrero en alto y arrebujado en su capa, Bastián Bocablanca caminaba solitario por aquellos poco iluminados callejones. Si alguien lo hubiera visto desde lejos, le habría parecido una estatua alargada y delgada, una silueta fantasmal en medio de la noche. “Las once han dado y lloviendo”, se escuchó, en la lejanía, la poderosa voz del sereno. Sus botas chapoteaban a cada paso. El barro las había manchado hasta los tobillos y ensuciado la parte baja de su capa azabache. A su alrededor había largas hileras de casas de un piso, de tonos ocres y azafranes, todas de adobe y techos de paja o teja, pegadas las unas a las otras. Por las ventanas se veían familias reunidas a la luz de las velas. Llevaba varios días dando vueltas por Lobera, intentando obtener la información que el rey y el conde De Monteáguila le habían solicitado, siempre en silencio, siempre en las afueras, siempre en las sombras. Estaba exhausto, con sed y ganas de una buena cama y abrigo. Dejó a su yegua atada en las afueras del puerto, junto a un abrevadero, y se adentró en busca del Garañón Azabache, una chingana donde, según le dijeron, solían reunirse últimamente algunos rufianes de poca monta y cuchilla fácil. Al llegar al final del callejón vio el cartel que lo invitaba a tomar una jarra de vino caliente. El local era más deprimente de lo que recordaba. Al ingresar se encontró de frente con un hombre de rostro hosco, cicatriz en la mejilla y pelo en hombros, quien lo amenazó con un gruñido aliñado con algo de vino y algo de guiso. Dando un paso al costado, dejó que el ebrio siguiera su camino hacia la lluvia. En el interior vio que la mayor parte de las mesas estaban vacías y, las que no, eran ocupadas por hombres gruesos y de facciones endurecidas. Bebían y comían en voz baja, en susurros, otros jugaban naipes y otros a los dados. Apenas pisó aquel tugurio de hedor agrio, los bebedores no le quitaron los ojos de encima. –¿Qué es lo que desea, buen señor? –preguntó el calvo tabernero mientras limpiaba con un paño la barra llena de cabezas somnolientas–. Tengo cerveza para la sed. –¿Acaso creéis que soy un borracho indigno que me ofrecéis tal brebaje, si cabe llamarlo así? Antes ofrecedme acero, que, al menos, el combate lo disfruto. –El tabernero se asustó con el tono del maestre y se asustó aún más cuando vio la ropera, la quitapenas y la pistola–. Traedme una jarra de vino caliente con cáscaras de naranja. Y dadme dos vasos. –¿Espera a un invitado? –Le tembló la papada–. Pregunto, pues, pues ya he de cerrar –tartamudeó. –El vaso es para vuestra merced. Tengo algunas preguntas y esta noche no quiero beber en solitario. El tabernero miró de reojo a uno de los clientes. Bastián notó el gesto nervioso del hombre y siguió disimuladamente su mirada hasta el fondo de la chingana, hacia una esquina oscura, donde la luz de las velas no acariciaba las paredes. Allí vio a un gañán vestido de negro, de cabellos cobrizos y un mostacho que le tapaba el labio superior. Cargaba un bulto del tamaño de un arcabuz. –¿Y qué es lo que querría de mí, vuesa merced? –preguntó el tabernero notoriamente incómodo. Intentaba disimular el nerviosismo secando unas jarras. –He venido desde Nueva Esperanza buscando a algunos hombres de armas tomar ante la más mínima provocación. –De esos hay muchos últimamente. –Y a todos les gusta beber, e imaginé que algunos de ellos podrían pasar por vuestro establecimiento. –No sé qué deciros, mi señor. Aquí la gente viene y va, y uno no se anda inmiscuyendo en asuntos que no le corresponden. Vuesa merced me entiende. Solo soy un tabernero, un hombre honrado que trabaja para sacar adelante a su familia. –Y si no me decís nada, yo agregaría también que sois un hombre cobarde. –Una gota de sudor nació desde la calva del cantinero, rodó por su sien y cayó por su mejilla llena de venitas rotas. –Yo… yo no quiero problemas, mi señor –le susurró–. Sé quien sois, os he reconocido –le hablaba en voz cada vez más baja. Le sirvió la jarra de vino caliente. –Entonces, vuestra merced sabe que me debéis obediencia. El tabernero asintió. –Los hombres que buscáis llevan más de un mes rondando por aquí. Llegaron de más allá del mar, del continente de Altamiria. Apenas vimos esos barcos atracar en el puerto supimos que habría problemas. Primero apareció uno, luego dos más y así. Ahora esos hombres superan la veintena y gustan de armar trifulcas. Un sereno fue asesinado hace cuatro noches y aún no encuentran a los responsables. Y eso no es todo, hace una semana encontraron a un hombre y a su esposa con los cuerpos agujereados y sin nada de valor. Le robaron la bolsa al señor y las joyas a la dama. En otros tiempos, a esta mesma hora, nuestras calles vida tenían, cada noche parecía un festival. En cambio, ahora todos prefieren estar en sus casas y ya nadie anda pasadas las ocho. “La situación es más grave de lo que creía”, reflexionó Bastián. –Ese pelirrojo vestido de negro, ¿es uno de ellos? –Algunos dicen que es el líder. Usted lo ve ahí, todo pálido y desnutrido como un cadáver, pero os digo, y a juicio de que me tilden de mentiroso, que lo he visto
Capítulo 46. La comitiva
–Me alegro que te hayas hecho cargo de esos chiquillos. Me daba lástima verlos vagabundear solos por el bosque, sin nadie que los apoyara o guiara. –No tenía otra opción. Era yo o era nadie. Amancay y Laurel caminaban bajo el nublado cielo matutino. –Supe que les has sacado unos cuantos moretones a los mocosos. –Tienen que saber defenderse, ni siquiera sabían cómo tomar una lanza. Al menos ahora saben que la punta va hacia adelante –dijo en tono de broma–. Chilca me ha ayudado bastante. –Ella es una gran guerrera y una excelente maestra. Paciente como ninguna. –Los niños no opinan igual. –Eso es porque no han entrenado conmigo. –Laurel mascó un trozo de pan de trigo. Caminaron por largo rato alrededor del lago que a esa hora de la mañana estaba alfombrado por una densa bruma. En la orilla vieron a Lirio y a Junco jugueteando con Lomogrís. Corrían de un lado a otro mientras el pequeño zorro los perseguía agitando su cola. –Esos dos me recuerdan a ti y a tu hermano a su misma edad. –Lástima que mi hermano haya cambiado tanto. –Ambos cambiaron. –Al menos yo no me convertí en alguien que no cree en las palabras de su propio pueblo… o de su propia sangre. Su escepticismo me parece imperdonable. –Amancay, no es sencillo que alguien crea en la existencia de una isla llena de criaturas que aparece y desaparece de la nada. Si hubiese sido al revés, y es tu hermano el que llegara con esa historia, ¿le habrías creído? –Amancay no quiso contestar–. La que calla, otorga. El sonido de un cuerno interrumpió su conversación. Desde lo alto de la torre norte el vigía anunciaba el arribo de visitantes. A lo lejos, Amancay y Laurel divisaron a un grupo de hombres armados y de caras lánguidas ingresando por el Paso Del Valle. –¿Quiénes son ellos? –Amancay se llevó la mano al puñal. –Tranquila. –Laurel reconoció el rostro de Asterio Siemprebravo–. Son terramargos. –¿Sí? Pues no se van tan rudos como los recordaba –dijo despectiva–. El rostro de aquel hasta se ve enfermizo. –Apuntó al cronista. –Es el hijo de Ernesto Siemprebravo. Salió idéntico a su desgraciado padre –rugió Laurel. –¿Conociste al padre de ese sujeto? –La ausencia de mi ojo izquierdo se la debo a ese infeliz y a su cuchilla calentada al rojo. No sé qué hará aquí la prole de esa sangre nefasta. –Escupió al suelo. Amancay sujetó su puñal con mayor decisión. Tras un galope cansado la comitiva llegó hasta el pórtico de madera donde los esperaban Amancay y Laurel. Asterio Siemprebravo detuvo a su corcel y les otorgó una sonrisa extraña, nerviosa, intentando ocultar el horror de su travesía. Se sacó el sombrero y habló en su propia lengua. –Buen día tengan, mis señoras. –Hizo una reverencia aún montado sobre su yegua–. Mi nombre es Asterio Siemprebravo, cronista real del reino de Tierra Amarga y heraldo del rey Tulio Hojaltiva. Vengo en paz para entregar un mensaje al chamán Pumagrís y al líder de batalla Roble Tallofuerte, que la Señora los guarde y llene de bendiciones. Junto a mí viene un séquito real. Espero que puedan recibirnos en vuestro pueblo –recitó casi de memoria. –Lo mínimo que podrías hacer como heraldo es hablar en nuestra lengua –le respondió Laurel en un perfecto altamirio. Asterio se ruborizó. –Mis perdones. –Asterio habló ahora en la lengua nativa–. No domino vuestro idioma tan bien como me gustaría y… y hay palabras que no reconozco o que tiendo a olvidar. –Practica más. Por tu edad puedo adivinar que naciste en Tierraíz y aquí se habla nuestra lengua y no otra. Deberías saberlo –le reprochó con severidad. Asterio agradeció que los soldados de su compañía no entendieran las duras palabras que le profería Laurel, pues le habrían perdido inmediatamente el respeto. Darío García y Peñafiel mantuvo el rostro imperturbable. –Reitero mis disculpas. En Tierra Amarga no hay con quien practicar vuestra lengua y… –¿Y acaso ves por aquí algo similar al deprimente paisaje que rodea tu pueblo? –Mejor haz caso a Laurel y habla nuestra lengua, cronista. Es lo mínimo que puede hacer un mensajero en territorio extranjero –le aconsejó Amancay. “Laurel”. Aquel nombre le era familiar a Asterio. Observó el rostro de la anciana, hizo hincapié en el parche de su ojo y recordó las tantas veces que leyó dicho nombre en las crónicas bélicas escritas por el fraile Francisco de Fuentemagna. “Es ella”. Ahora comprendía la rabia en las palabras de la guerrera. Se apeó de su montura y se plantó frente a ella. Pese a que él era más alto, Laurel le superaba en masa muscular. El delgado cronista nada podría haber hecho contra aquella legendaria guerrera y los poderosos brazos que nacían de su ancha espalda. Sorprendiendo a todos, Asterio agachó la cabeza, se llevó la derecha al corazón e hizo una profunda reverencia. –Laurel Montepiedra, poniendo a la Señora como testigo, os pido perdón por todas las atrocidades cometidas por mi padre –rogó. –Palabras vanas, muchacho. Todos saben que Ernesto Siemprebravo nunca pidió y nunca pediría perdón, aunque su propia alma estuviese en juego –gruñó Laurel. –Aun así, siento la necesidad de recibir vuestro perdón, pues seré hijo de mi padre, mas no soy él. –Puso una rodilla en tierra y mantuvo la vista en el suelo–. No odie a quien lleve el Siemprebravo por apellido, pues no todos somos mala gente. Laurel observó en silencio aquella muestra de arrepentimiento. –Levántate ya, muchacho. Olvidaré que han pasado más de veinte años del fin de la guerra y que en todo ese tiempo podrías haber venido hasta aquí y rogar por mi perdón por llevar ese apellido y esa sangre vil. Te doy el perdón que ruegas, pero no perdonaré a tu padre por lo que hizo. Nuestro pueblo no lo perdonará hoy ni lo perdonará mañana, y en todas nuestras historias y canciones será siempre recordado como un infanticida, un torturador y un asesino sin honor que
Capítulo 45. Relación de la travesía a Aguatrueno V
“Perdimos a un hombre. Diego Antonio Jaraquemada Casagrande era su nombre. Murió entre tercianas y espasmos. No soportó el frío. Nuestra Señora del Sagrado Halo tendrá que saber perdonarme, pues ordené sepultar su cuerpo entre unas rocas a la salida de aquel bosque maldito. No teníamos suficientes fuerzas ni animales para cargarlo. Rogaremos a los nativos a que nos ayuden en nuestro viaje de regreso para llevar el cadáver a la esposa e hijos. Si hubiera soportado solo unos días más, los chamanes de Aguatrueno podrían haberlo sanado”. Darío García y Peñafiel fumaba una pipa larga tallada en madera. La luz de la fogata en su rostro le remarcaba las facciones haciéndolo lucir como un gran señor. Exhaló unos anillos de humo. –¿Te queda más tabaco, Darío? –le pidió un soldado barbón. Se acercó limpiando con sus pantalones una rústica pipa. –Solo si te queda algo de vino. –Vaya suerte tengo, gandul –bromeó el barbón y viejo soldado–. Toma, aquí me queda algo. –Le pasó una botella. Darío bebió sin respirar. Se limpió la boca con el antebrazo y volvió a la pipa. –Pobre Diego, ¿eh? Nadie merece morir así. –El soldado barbón se sentó junto al joven espadachín. –Ni vivir así. –Se entrometió Acacio Buendía, el guardia de aquella velada. Temblaba de frío. El veterano nochero alzó la vista al cielo gris que amenazaba con un nuevo diluvio. El agua lo tenía harto. Miró a sus compañeros que aguantaban la helada solo con sus capas y una que otra manta, todos amontonados en torno al pésimo fuego que lograron encender con unas ramas tiernas y húmedas que despedían más humo que calor. –Su majestad debería habernos mandado más avituallados en este viajecillo –escupió el soldado barbón–. ¿Pero qué se le va a hacer? Hay que tragárselas no más y seguir echándole pa’elante. –Diego murió por culpa’el rey –soltó Acacio Buendía con claro enfado. –No le endilgue al rey una muerte fortuita –intervino Darío. –¿Fortuita, dice? Si hubiéramo traío ma’brigo y mejore bestia… –Igual no hubiera servido de nada –le cortó Darío soltando una bocanada de humo–. Este frío que hace aquí es de los mil demonios. Ni un potro fontarragués aguantaría este clima y vuestra merced tampoco, aunque tuviera mil capas. Teníamos la ruta clara, cada noche nos quedaríamos en una chingana del camino, pero los cortes y las crecidas de los ríos nos desviaron de la ruta… Y vuestra merced lo sabe. Si quiere culpar al rey por el clima, hágalo, yo soy un poco más sensato. –El muchacho habla con la verdad, Buendía. –Lo apoyó el viejo soldado barbón–. Mal que mal, si lo pienso bien, tengo una buena vida en la capital. El rey se ha portado bien con nosotros. –Soltó unas argollas de humo–. No le aportillaremos todo lo que ha hecho por un mal viaje, joder. –¡Es que estoy encabronao, carajo! Que ya estoy cansao de aguantá este clima. ¡Que no ha parao’e lloer! Que se nos va un amigo pa’l otro barrio y ¡zas! lo enterramo bajo la piedra. ¿Qué sigue ahora? ¿Eh? –Tranquilo, soldado. –Se acercó Asterio Siemprebravo. Le dio un trozo de carne fría y dura de su propio plato–. Tomad, ponedla al fuego y comed. Aquí tengo algo de pan. –Se sentó entre Darío y Acacio–. Todos estamos cansados de este viaje. Llevamos días y días andando sin parar. Los músculos de la espalda me saltan solos, tengo los brazos agarrotados y las piernas muertas de tanto cabalgar. –Se sacó las botas para calentar los pies en el escuálido fogón–. ¿Cuánto nos queda de viaje, don Darío? –Tres días, si todo sale a pedir de boca. –¿Contemplando este jodido temporal? –Contemplando este jodido temporal –respondió el imberbe espadachín sin dejar la pipa de lado. –Solo nos quedan tres días, Acacio. Os pido que mantengáis la calma. –¡Calma mi cojone! –Se levantó y desenvainó su ropera. En una fracción de segundo Darío también estaba en pie y apuntaba al amotinado con su espada en la diestra y la pistola en la siniestra. Ambos soldados se quedaron estáticos el uno frente al otro. Las capas ondeando al viento. Silencio. El crepitar de la fogata era el único sonido en kilómetros. Asterio se puso blanco como la leche y el barbón que fumaba pipa se quedó con la boca abierta mientras el humo manaba por entre sus dientes. –Baje la espada, don Acacio. No deseo haceros daño –le amenazó Darío. –Digo lo mismo. –La diferencia es que vuestra merced no se apellida García y Peñafiel. –Señores… –Tranquilo, don Asterio. Esto es entre don Acacio y yo. Usted puede ir a descansar si lo desea. Quizás la única diferencia es que al amanecer le falte un soldado que no supo maniobrar bien su acero. Las manos de Acacio Buendía temblaban nerviosas. Envainó su espada. –Ha actuado con sensatez, don Acacio. Ahora coma la carne que tan amablemente le ha dado don Asterio y haremos como que nada de esto ocurrió. Acacio se volvió a sentar sobre el suelo húmedo y frío. Bajó la cabeza. –E’l clima, muchacho. La muerte’e Diego –se disculpó el veterano vigía ocultando apenas sus sollozos. –Mañana será un nuevo día, don Acacio. Mañana será un nuevo día y ya verá cómo sale el sol. –Darío le acarició la espalda. El temporal continuó al día siguiente y durante los otros días de su viaje.
Capítulo 44. Estamos juntos en esto
–¿Cómo están los chiquillos? –preguntó Amancay con enfado mientras pelaba unas papas sin levantar la vista. –Junco quedó con algunos rasguños. Lirio resultó ilesa –respondió Litre. –Bien, me alegro. El hijo de Sauce no debe correr peligro alguno. De ahora en adelante quedará bajo mi total custodia. Para mi pesar no puedo estar pendiente de todo lo que hace, mal que mal es el hijo de Sauce y por sus venas corre sangre testaruda. Aunque se lo prohíba, sé que se adentrará en los bosques o en el lago para buscar comida y dársela a los heridos. Sauce lo crio bien. Ese niño siempre quiere servir a su pueblo –suspiró y arrojó las papas descascaradas a una olla con agua hirviendo y comenzó a aderezar unos cochayuyos–. Debido a mi nuevo cargo no puedo alejarme de Aguatrueno ni abandonar a mi gente, pues en cualquier momento inicia una reunión o se presenta una emergencia que debo atender, así que te ruego que vigiles a Junco. Si ves que se aleja, síguelo, aunque sea a escondidas. Esa será tu misión. La lideresa de Rocalga así lo ordena. –Es difícil. Desde la desaparición de Sauce anda distante… triste. No desea la compañía de nadie. Fue un milagro que estuviera con Lirio. Si yo no hubiera escuchado los gritos de esa chiquilla, la historia sería distinta. –No solicité excusas. –Su voz se endureció–. Eres uno de sus pocos amigos. Tu deber es estar con él, cuidarlo de sí mismo. –Es imposible protegerlo si él ya no desea estar con nadie. Eso lo hizo buscar la compañía del zorro aquel –se defendió Litre. –¡Un zorro! –resopló incrédula–. Que se lo quede de amigo o de mascota, lo que sea, no me molesta, mientras no ataque a nadie… ya tengo suficientes problemas como para sumar aldeanos mordidos. –Se quedó pensativa–. ¿La aprendiza de Pumagrís está con él? –Sí, señora. –Ella es buena compañía para el muchacho. Ambos son reacios a juntarse con la gente. Esa chiquilla siempre anda con sus pájaros y ahora él anda con un zorro. –Sonrió con amargura–. Que sigan juntos. Tú te encargarás de vigilarlos cuando yo esté ocupada, sobre todo ahora que estamos preparando a los guerreros para luchar contra esos… ejem –tosió. Le tembló el mentón. Afirmó el cuchillo con fuerza. No le salían las palabras. Siguió cortando cubos de zapallo. Litre comprendió su silencio y aguardó con paciencia a que Amancay volviera a hablar. –Contra esos… espectros. –Agitó su mano como si fuera un asunto sin importancia. Colocó la olla con agua sobre el fuego. La pequeña choza comenzó lentamente a llenarse de vapor. –Es necesario que cuides a Junco. No quiero volver a verlo bañado en sangre… ya se ha derramado demasiada. –Arrojó más verduras a la olla. –Intentaré que algo así no vuelva a ocurrir. –“¿Intentaré?” Es una orden, mocoso. No lo intentes, ¡hazlo! Puedes retirarte. Amancay se quedó ensimismada en el hervor del agua. Las burbujas la distraían de sus oscuros pensamientos. “Soy la lideresa de Rocalga”, respiró profundamente, “la lideresa en una época oscura”. Pese a su esfuerzo, su mente la obligaba a recordar aquella noche lóbrega, huyendo entre los árboles ennegrecidos, huyendo de criaturas que no deberían existir, abriéndose paso entre las ramas carbonizadas y el hedor a sangre. No había luna, no había estrellas, solo el tenue fuego de su antorcha. No quería recordar el terror que sintió cuando escuchó a los espectros atrás de ellos. Obligó al grupo a que se adelantara, ella se quedaría para hacerles frente. ¿En qué pensaba cuando hizo eso? No tenía una respuesta. Se interpuso entre los espectros y su gente con un simple puñal de piedra y una tea cuyo fuego menguaba a cada segundo. Aún recordaba la silueta espectral dibujándose en la oscuridad de la noche, aún recordaba el miedo que le recorrió el espinazo y le erizó los vellos de sus brazos. –Amancay. –Una voz familiar la sacó de sus oscuras memorias. Alzó la vista y vio a la guerrera Chilca en el umbral de la puerta. Cargaba su lanza y un puñal en el cinto de lana que rodeaba su manta color musgo. –Me mandó a llamar. –Sí. –La invitó a pasar para que se cobijara al alero del fuego y calentara su cuerpo–. ¿Cómo van los preparativos de batalla? La guerrera torció la boca. –Complejos. Pese a que muchos guerreros han respondido a mi llamado y han llegado a Aguatrueno, muchos otros dijeron que acudirán a la batalla solo si es Roble Tallofuerte quien los convoca. A eso se suma que algunos no creen lo sucedido y otros encuentran innecesario reunirse para combatir contra seres que vienen de una isla que no sabemos dónde o cuándo aparecerá. –Y tienen razón –suspiró Amancay–. Cuando llegó Emilio Martesta al menos sabíamos contra qué luchábamos. Podíamos verlos, saber dónde estaban sus fuertes, espiarlos. En cambio, ahora tenemos una isla que aparece, asesina y se esfuma. –¿Y qué podemos hacer? –Quizás una vigilia eterna –respondió con resignación. Sacó la olla del fuego, molió las verduras, las mezcló con el cochayuyo y le sirvió un plato de guiso a Chilca. Comieron en silencio. Amancay caminaba presurosa con una olla de greda en sus manos. Una gota en su mejilla le advirtió que debía avanzar más rápido. Segundos después comenzó el aguacero. Por suerte había llegado a la tienda que buscaba. –¡Lideresa! –la recibió Lirio–. Pase, pase, se está empapando. –Corrió el lienzo de cuero de su precaria carpa. Amancay ingresó, se sacó la manta mojada y la dejó en el suelo, ya que no había donde colgarla. Recostado sobre un montón de hierba estaba Junco con Lomogrís. Observó al pequeño con tristeza. Estaba delgado, con el brazo vendado y la frente adornada con una fea cicatriz. –¿Han comido algo? –preguntó ocultando la angustia que sintió en la garganta al verlos en esas condiciones. Lirio respondió negando con la cabeza. Junco bajó la vista. Se sentía inútil. Lomogrís intentó subirle el ánimo lamiendo su mejilla.
Capítulo 43. Lomogrís
Junco llevaba una semana haciendo exactamente lo mismo. Apenas abría los ojos corría en dirección al bosque Silente con un trozo de pescado, lo depositaba sobre la hierba y se sentaba lejos, siempre atento. El primer día le pareció ver una cola felpuda merodeando por entre los arbustos. En la segunda jornada vio un hocico puntiagudo olfateando con avidez la presa de pescado. Notó cómo se relamía los bigotes. Al tercer día el pequeño sonrió cuando el zorro se asomó y se dejó ver en su totalidad. El bello animal de pelaje grisáceo se detuvo en seco cuando notó la presencia del neófito cazador. Tal fue su impacto que se quedó petrificado y no le quitó la vista de encima. Se notaba su respiración agitada por la oscilación de sus costillas. Sus orejas se alzaron atentas en dirección a Junco. El zorro dio un paso, retrocedió, dio otro paso y retrocedió nuevamente. Así estuvo unos instantes hasta que decidió escapar en dirección al bosque. Recién al cuarto día tuvo más confianza. Apareció entre los arbustos, agazapado, arrastrando la cola y sin dejar de observar a Junco. Llegó hasta el trozo de pescado, lo cargó en su hocico y huyó presuroso. El mismo ritual se repitió los siguientes dos días. “Todo marcha según lo planeado”, pensó Junco. En la séptima jornada quiso probar algo nuevo. Dejó la presa un poco más cerca de sí. Notó que el zorro se dio cuenta de la triquiñuela, pues solo avanzó hasta donde el pescado se encontraba la mañana anterior. Allí se detuvo por unos segundos, siempre agazapado y con las orejas en dirección a Junco. Olfateaba la hierba, cauteloso, con la nariz bien pegada al suelo, moviéndola de un lado a otro. Al llegar al alimento, lo recogió y escapó en dirección al bosque, escondiéndose entre los matorrales. Era el octavo día y Junco nuevamente estaba allí, con la tenacidad propia de un niño, aguardando a que llegara Lomogrís, como ya en su mente había bautizado al animal. De pronto, escuchó el olfateo, vislumbró el pelaje receloso, las orejas siempre atentas. El andar del zorro era ahora mucho más confiado, se acercó al pescado sin ningún tipo de temor y comenzó a comerlo en el lugar. Terminado su desayuno, se marchó, volteando por unos segundos para ver al pequeño antes de desaparecer. Junco regresó a Aguatrueno, satisfecho por sus avances. Le faltaba poco para domesticar a Lomogrís. –Vaya que eres persistente –lo recibió Litre–. ¿Acaso no te cansas haciendo todos los días lo mismo? –Algo –respondió cortante. –¿Trajiste el encargo de Lirio? –Aquí está –le mostró un atado con hojas de matico–. Yo se lo iré a dejar. En otra época, Junco habría sonreído orgulloso y le contaría sus progresos a Litre con lujo de detalle; en cambio, ahora la alegría ya no era habitual en él. Su voz estaba cargada de indiferencia. Avanzó entre las casas y tiendas, esquivando con paciencia a los heridos, inválidos y a los guerreros que día a día aumentaban en número. Pese a deambular entre el tumulto, se sentía solo, abandonado. A veces tenía la necesidad de conversar y desahogar su tristeza con algún amigo. Podría haberlo hecho con Litre. “No, demasiado mayor, demasiado ocupado, no tendría tiempo para escuchar a un niño”, pensaba. En su mente se consideraba una molestia, un crío más entre tantos otros afectados por la batalla, un huérfano, un paria. Su amigo Palma estaba ocupado en su entrenamiento y mejorando los resguardos de la aldea. El estepario podría entenderlo, era un solitario, al igual que él. Sí, el pájaro de mal agüero comprendería su tristeza… o quizás no, demasiado frío, demasiado fuerte… Y ni siquiera estaba en Aguatrueno. Lirio estaba ocupada día y noche encargándose de los heridos, apenas habían podido hablar tras la batalla. Necesitaba un nuevo amigo y Lomogrís era el ideal, él lo escucharía y siempre lo acompañaría. Domesticarlo sería su gran consuelo. Pensamientos de un niño abandonado, de un niño que sufre, que busca ser querido, que busca compañía, que desea ser importante para su pueblo, pensamientos de un niño invisible, que nadie ve, que nadie escucha, que nadie quiere. –¡Llegaste! –Lirio le soltó una sonrisa agradecida. –Ten. –Le entregó las hierbas. Lirio las recogió y las dejó junto al nido de Alanoche, el tordo que la había seguido desde Rocalga. Mortero en mano, molió el matico y lo echó a hervir en una fuente colocada sobre una pequeña hoguera al interior de la rústica tienda en la que ambos pernoctaban. Junco observaba fascinado la gran cantidad de aves que reposaban en el interior. Escuchar los distintos trinares resultaba hipnótico. “Es muy similar a su casa en la costa. ¿La habrán seguido hasta aquí o serán aves distintas? ¿Las habrá domesticado? ¿Cómo lo habrá conseguido tan rápido?”, pensaba el pequeño, intentando desentrañar el secreto que podría permitirle domar de manera más sencilla a Lomogrís. Una codorniz se le posó en el hombro. –¡Sonrisas, no molestes a nuestro invitado! –Lirio intentó espantar al ave agitando su mano. –No es molestia. Sabes que me gustan los animales. –Junco le dio de comer una semilla que llevaba en su chiripa y una idea fugaz pasó por su cabeza. Al día siguiente fueron juntos al bosque. Junco, orgulloso, le quería mostrar a su amiga los avances que había hecho con Lomogrís. Solo otra amante de los animales entendería el proceso de domesticación que estaba realizando. –Observa de lejos –le advirtió. Lirio se ocultó entre unos arbustos. Su siempre descuidada manta, llena de ramas, hojas y heces de aves, la mimetizaba bastante bien con el entorno, aunque no fuera su intención. Junco se sabía observado, así que optó por algo más osado. Se sentó sobre la hierba, puso el pescado en sus manos y extendió los brazos hacia adelante. “Que funcione, que funcione”, rogaba en silencio. Transcurrió toda la mañana y lo brazos del pequeño ya estaban agarrotados de tanto esperar. “Sé que llegará, sé que llegará”. –¡Junco! –le gritó Lirio al
Capítulo 42. Relación de la travesía a Aguatrueno IV
“Tenemos miedo. Mientras más al sur avanzamos más peso sentimos sobre los hombros. Algo siniestro ocurre en este bosque. Lo único que deseamos es llegar pronto a Aguatrueno y ver gente. No hemos visto a nadie en los últimos días. Las noches en esta espesura no son como las anteriores. El frío atraviesa nuestra ropa y nos desgarra el alma. El viento se desliza por entre los árboles y canta una siniestra melodía. Nos susurra al dormir, nos habla al despertar, nos grita al anochecer. Si no fuera un férreo creyente, diría que en estos territorios no habita la Señora del Sagrado Halo. Las lluvias son cada vez más inclementes. Queremos llegar a Aguatrueno. Llevamos tres días cabalgando sin parar, sacándole hasta la última gota de sudor a nuestras monturas, pero resulta complejo avanzar todo lo deseado cuando los senderos no son aptos ni para bestias ni para humanos. Apenas hemos alcanzado uno o dos kilómetros diarios, lo que en distancia no significa nada para estos fieles corceles acostumbrados, como mínimo, a recorrer hasta cincuenta kilómetros por jornada. El camino es complejo. Hace días, quien escribe, apenas salvó la vida. Me vi colgando desde un precipicio. Fue la poderosa y siempre confiable mano de Darío García y Peñafiel la que evitó que este viaje se convirtiera en una tragedia (solicito al rey, por intermedio de estas palabras, aumentar el sueldo de este soldado e incluso propongo su promoción a cabo). Así es como están las cosas. El viaje se hace peligroso. Tenemos miedo. Hace dos noches escuchamos un aullido, algo muy extraño si pensamos que estos parajes no son hogares de lobos. Sombras se esconden entre los árboles. Sombras y un lamento maldito que se funden con el viento nos han perseguido por días. Miguel Bocafloja juró por su madre haber visto enormes ojos amarillos entre el follaje de unos arbustos. Nadie le creyó, ni siquiera quien escribe, hasta que los vimos”. –¿Qué miráis con tanto detenimiento, don Darío? Asterio dejó su pluma y su cuaderno a un lado, le temblaban las manos. Quizás por frío quizás por miedo. Notó que el soldado estaba intranquilo. –Otra vez siento que nos observan. El cronista giró la cabeza de un lado a otro, miró hacia las copas de los árboles, escudriñó los troncos mohosos… nada. –¿Estáis seguro? –Este bosque me da mala espina, don Asterio. Será mejor que salgamos rápido de aquí. –No puedo decirle eso a los hombres. Necesitan descansar. –Aquí no hallaremos descanso. Los ojos de los soldados oteaban en derredor con nerviosismo. Hacían esfuerzos por encender una escuálida fogata siempre mirando por sobre el hombro, siempre a la oscuridad de aquellos bosques que pocos hombres habían penetrado. A los vigías le temblaba la pistola en la mano. Los que acarreaban agua lo hacían con la quitapenas desenvainada. Asterio notó que Darío, silencioso como siempre, empuñaba su ropera. –¿Qué aconsejáis? Darío lo observó con esa expresión sin emociones que Asterio ya conocía tan bien. –No perdamos tiempo aquí, don Asterio, y vámonos a prisa. –Escuchad al muchacho –le increpó Miguel Bocafloja–. Marchemos ahora que aún es de día… si se le puede llamar así a esta penumbra. –¿Y qué hacemos con el fogón que estamos preparando? –preguntó uno de los soldados. –Pues haced antorchas… –respondió Darío con diligencia–. Si don Asterio así lo ordena. El frío y el constante susurro lastimero que se fundía con el viento convencieron a Asterio. –Haced antorchas y marchemos, pues. Antorcha en mano, reiniciaron el viaje por aquel bosque, siempre cubiertos por enormes árboles que apenas dejaban ver el cielo grisáceo que llamaba a la desgracia. Los cascos de los caballos chapoteaban en el fango y se enredaban entre las raíces salientes. Los animales avanzaban tan cabizbajos como los jinetes, mirando siempre al suelo, apesadumbrados. Olían el miedo. Los hombres iban atentos a su entorno. Un sudor frío e intranquilo les corría por la espalda. El miedo los hacía sentir indefensos, cuales niños jugando a ser soldados. La espesura de aquel bosque de árboles barbudos y suelos mohosos dibujaba figuras que trastornaban sus ya delirantes sentidos, haciéndoles alzar sus teas en dirección a cualquier ruido sospechoso. La paranoia les hacía escuchar cánticos tenebrosos en la lejanía, les hacía ver sombras entre los troncos de las pataguas y peumos que los rodeaban, les hacía sentir que un ser de las tinieblas les acariciaba los cabellos. El delirio llegó a su cúspide cuando un soldado agitó las riendas de su yegua y disparó al cielo. “¡Soltadme, demonio! ¡Soltadme, joder!”, chillaba a viva voz al tiempo que su bestia relinchaba de terror. “¡Que me tiene de los hombros, joder! ¡Auxilio! ¡Auxilio!”. Los soldados lo observaban paralizados. Las aves escaparon al vuelo, asustadas por el estampido. El espadachín se daba palmetazos en los hombros frenéticamente como quien intenta espantar a una avispa o a una araña. –¡Tranquilo, soldado! –le ordenó Asterio. “¡Me tiene! ¡Me tiene!”, gritó otro hombre a sus espaldas. “¿Qué cojones es eso?”, se espantó un tercero, su caballo se levantó sobre sus patas traseras y lo botó al fango. El espadachín se levantó rápidamente y desenvainó su ropera, agitándola de lado a lado. “¡Nos observan! ¡Nos atacan!”, chilló Miguel Bocafloja, apuntó con su pistola y disparó contra el bosque. “¡Los vi de nuevo, carajo! ¡Son cientos!”, sacó a relucir el filo de su acero. “¡Son cientos de ojos!” Toda la tropa disparaba contra los árboles, los caballos se encabritaron y los hombres gritaban improperios aterrorizados. Asterio cayó al lodo y puso las manos sobre su cabeza para protegerse de los perdigones y las pisadas de sus cabalgaduras. El llanto lastimero que los seguía se tornó en una carcajada tenebrosa. ¿O simplemente era el viento? –¡Quietos! ¡Quietos, carajo! –ordenaba a gritos Darío García y Peñafiel, que hacía lo imposible por controlar a su corcel que daba coces para defenderse de un enemigo imaginario– ¡No hay nada, mierda! ¡Deteneos! Se acercó con premura a Miguel