Capítulo 46. La comitiva

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–Me alegro que te hayas hecho cargo de esos chiquillos. Me daba lástima verlos vagabundear solos por el bosque, sin nadie que los apoyara o guiara.

–No tenía otra opción. Era yo o era nadie.

Amancay y Laurel caminaban bajo el nublado cielo matutino.

–Supe que les has sacado unos cuantos moretones a los mocosos.

–Tienen que saber defenderse, ni siquiera sabían cómo tomar una lanza. Al menos ahora saben que la punta va hacia adelante –dijo en tono de broma–. Chilca me ha ayudado bastante.

–Ella es una gran guerrera y una excelente maestra. Paciente como ninguna.

–Los niños no opinan igual.

–Eso es porque no han entrenado conmigo. –Laurel mascó un trozo de pan de trigo.

Caminaron por largo rato alrededor del lago que a esa hora de la mañana estaba alfombrado por una densa bruma. En la orilla vieron a Lirio y a Junco jugueteando con Lomogrís. Corrían de un lado a otro mientras el pequeño zorro los perseguía agitando su cola.

–Esos dos me recuerdan a ti y a tu hermano a su misma edad.

–Lástima que mi hermano haya cambiado tanto.

–Ambos cambiaron.

–Al menos yo no me convertí en alguien que no cree en las palabras de su propio pueblo… o de su propia sangre. Su escepticismo me parece imperdonable.

–Amancay, no es sencillo que alguien crea en la existencia de una isla llena de criaturas que aparece y desaparece de la nada. Si hubiese sido al revés, y es tu hermano el que llegara con esa historia, ¿le habrías creído? –Amancay no quiso contestar–. La que calla, otorga.

El sonido de un cuerno interrumpió su conversación. Desde lo alto de la torre norte el vigía anunciaba el arribo de visitantes. A lo lejos, Amancay y Laurel divisaron a un grupo de hombres armados y de caras lánguidas ingresando por el Paso Del Valle.

–¿Quiénes son ellos? –Amancay se llevó la mano al puñal.

–Tranquila. –Laurel reconoció el rostro de Asterio Siemprebravo–. Son terramargos.

–¿Sí? Pues no se van tan rudos como los recordaba –dijo despectiva–. El rostro de aquel hasta se ve enfermizo. –Apuntó al cronista.

–Es el hijo de Ernesto Siemprebravo. Salió idéntico a su desgraciado padre –rugió Laurel.

–¿Conociste al padre de ese sujeto?

–La ausencia de mi ojo izquierdo se la debo a ese infeliz y a su cuchilla calentada al rojo. No sé qué hará aquí la prole de esa sangre nefasta. –Escupió al suelo.

Amancay sujetó su puñal con mayor decisión.

Tras un galope cansado la comitiva llegó hasta el pórtico de madera donde los esperaban Amancay y Laurel. Asterio Siemprebravo detuvo a su corcel y les otorgó una sonrisa extraña, nerviosa, intentando ocultar el horror de su travesía.

Se sacó el sombrero y habló en su propia lengua.

–Buen día tengan, mis señoras. –Hizo una reverencia aún montado sobre su yegua–. Mi nombre es Asterio Siemprebravo, cronista real del reino de Tierra Amarga y heraldo del rey Tulio Hojaltiva. Vengo en paz para entregar un mensaje al chamán Pumagrís y al líder de batalla Roble Tallofuerte, que la Señora los guarde y llene de bendiciones. Junto a mí viene un séquito real. Espero que puedan recibirnos en vuestro pueblo –recitó casi de memoria.

–Lo mínimo que podrías hacer como heraldo es hablar en nuestra lengua –le respondió Laurel en un perfecto altamirio. Asterio se ruborizó.

–Mis perdones. –Asterio habló ahora en la lengua nativa–. No domino vuestro idioma tan bien como me gustaría y… y hay palabras que no reconozco o que tiendo a olvidar.

–Practica más. Por tu edad puedo adivinar que naciste en Tierraíz y aquí se habla nuestra lengua y no otra. Deberías saberlo –le reprochó con severidad.

Asterio agradeció que los soldados de su compañía no entendieran las duras palabras que le profería Laurel, pues le habrían perdido inmediatamente el respeto. Darío García y Peñafiel mantuvo el rostro imperturbable.

–Reitero mis disculpas. En Tierra Amarga no hay con quien practicar vuestra lengua y…

–¿Y acaso ves por aquí algo similar al deprimente paisaje que rodea tu pueblo?

–Mejor haz caso a Laurel y habla nuestra lengua, cronista. Es lo mínimo que puede hacer un mensajero en territorio extranjero –le aconsejó Amancay.

“Laurel”. Aquel nombre le era familiar a Asterio. Observó el rostro de la anciana, hizo hincapié en el parche de su ojo y recordó las tantas veces que leyó dicho nombre en las crónicas bélicas escritas por el fraile Francisco de Fuentemagna. “Es ella”. Ahora comprendía la rabia en las palabras de la guerrera. Se apeó de su montura y se plantó frente a ella. Pese a que él era más alto, Laurel le superaba en masa muscular. El delgado cronista nada podría haber hecho contra aquella legendaria guerrera y los poderosos brazos que nacían de su ancha espalda. Sorprendiendo a todos, Asterio agachó la cabeza, se llevó la derecha al corazón e hizo una profunda reverencia.

–Laurel Montepiedra, poniendo a la Señora como testigo, os pido perdón por todas las atrocidades cometidas por mi padre –rogó.

–Palabras vanas, muchacho. Todos saben que Ernesto Siemprebravo nunca pidió y nunca pediría perdón, aunque su propia alma estuviese en juego –gruñó Laurel.

–Aun así, siento la necesidad de recibir vuestro perdón, pues seré hijo de mi padre, mas no soy él. –Puso una rodilla en tierra y mantuvo la vista en el suelo–. No odie a quien lleve el Siemprebravo por apellido, pues no todos somos mala gente.

Laurel observó en silencio aquella muestra de arrepentimiento.

–Levántate ya, muchacho. Olvidaré que han pasado más de veinte años del fin de la guerra y que en todo ese tiempo podrías haber venido hasta aquí y rogar por mi perdón por llevar ese apellido y esa sangre vil. Te doy el perdón que ruegas, pero no perdonaré a tu padre por lo que hizo. Nuestro pueblo no lo perdonará hoy ni lo perdonará mañana, y en todas nuestras historias y canciones será siempre recordado como un infanticida, un torturador y un asesino sin honor que no respetaba treguas ni acuerdos. Él no merece el perdón ni de su Señora, ni de nuestros espíritus, ni de la gente. Lo único que merecía era la muerte que le di.

Los ojos de Asterio no ocultaron su triste resignación.

–El pasado nunca será olvidado, terramargo –intervino Amancay con ojos tan fieros como los de una serpiente–. Aunque, para nuestra desgracia, el futuro nos trae cosas peores y en ellas debemos enfocarnos… por ahora. Tú y tu compañía son bienvenidos en Aguatrueno.

Asterio agachó nuevamente la cabeza en agradecimiento.

Los jinetes se apearon de sus monturas e ingresaron tirando a sus animales de las riendas. Agradecían de todo corazón estar al fin en un lugar lleno de vida, sin embargo, Asterio sintió que los más viejos y algunos adultos los miraban con odio.

–Nunca olvidarán lo que les hizo nuestra gente –le susurró Darío García y Peñafiel–. Yo tampoco lo haría.

–Acostúmbrense –les advirtió Laurel en lengua altamiria–. Nuestro pueblo tiene memoria y hay muchos aquí que vivieron en carne propia lo que hizo Emilio Martesta y el mismísimo Ernesto Siemprebravo. ¿Qué son unas cuántas miradas de odio en comparación a las atrocidades que cometieron los altamirios? Nada.

–Pueden quedarse en esta morada –dijo Amancay en tono conciliador–. Está algo desordenada, pues no esperábamos visitantes y la usábamos para almacenar algunos granos y carnes. Mandaré gente a limpiar. Mientras, son libres de recorrer la aldea. Eso sí –les advirtió–, no se alejen demasiado, hay pumas en los alrededores.

–No solo pumas –dijo con miedo el cronista.

Amancay y Laurel notaron el terror en sus ojos.

–Tengo… tengo algo que contaros.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2