Capítulo 49. Huiña

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–Ya escuchaste a Amancay, no podemos alejarnos de Aguatrueno. ¡Hay espectros en los bosques!

Junco hacía oídos sordos a las advertencias de su amiga Lirio y seguía en su avance por el Paso Del Valle, decidido a internarse en la tupida foresta que circundaba la región septentrional de Aguatrueno. El fiel Lomogrís marchaba junto al pequeño que iba a paso resuelto hacia el camino que habían recorrido los terramargos y que, tal como narraran con miedo, estaba corrompido por bestias y aves repulsivas que por cuerpo tenían una cabeza de la cual crecían unas alas tan oscuras como la muerte.

–¿Qué deseas probar? ¡Nos castigarán! –Lirio le gritaba a sus espaldas intentando hacerlo entrar en razón.

–No tengo ni padre ni madre que me castiguen –respondió el pequeño sin detenerse–. Y, hasta donde sé, tú tampoco.

Lirio se quedó congelada ante las frías palabras de quien consideraba su mejor amigo. Una solitaria lágrima se confundió con la lluvia que caía esa mañana.

–No tenías… no tenías por qué ser tan cruel –sollozó.

Junco se arrepintió al mismo tiempo que dijo tamaña insensatez, y un sentimiento de culpa y vergüenza le hizo detenerse.

–Tengo… tengo que ir al bosque, Lirio. Lo sabes.

–No… ¡No lo sé! Los terramargos casi enloquecen por lo que sea que vieron y escucharon allí. ¡Y tú vas hacia esa locura voluntariamente!

–Lomogrís me acompaña…

–¡Ellos eran veinte, iban armados y uno murió! ¿Crees que tú y Lomogrís tendrán mejor suerte?

–¡Soy un cazador! –le gritó con su voz infantil–. Si logro cazar a uno de esas… criaturas, pájaros, lo que sea, estoy seguro de que podré averiguar algo sobre el monstruo que se llevó a mi papá. Lo que sea que hayan visto los terramargos en este bosque tiene que ser parte de todo lo que ha estado pasando en nuestra tierra. ¡Tiene que serlo!

–Déjalo ir, Junco.

El pequeño le dio la espalda y dirigió su vista hacia el bosque, lucía oscuro, saturado de amenazas incomprensibles.

–Puedo jurar que si sigo este sendero obtendré pistas de cómo encontrar a mi papá. –Apretó los dientes–. Iré… me acompañes o no.

Sin hallar más palabras para detener a su amigo, Lirio se acercó a él y lo abrazó por la espalda con delicadeza. “No dejaré que vayas a la muerte”, le dijo y de su alforja sacó unas hierbas con la intención de hacerlo dormir, pero sus intenciones fueron interrumpidas por un fuerte vendaval que los arrojó de bruces al suelo. Lo primero que vio Junco fueron las gigantescas alas de un cóndor aterrizando majestuosamente sobre una roca y, lo segundo, fue a Lomogrís interponiéndose entre él y la formidable ave. Montado en aquel cóndor iba un jinete cubierto de pieles al que apenas se le veía el rostro.

–Los vi desde el cielo. ¿Para dónde iban? Deberían quedarse en la aldea. Es peligroso que anden rondando por ahí los dos solos –les habló una voz dura que les resultaba familiar–. ¿Y ese animal que me gruñe tanto, es tuyo, Coipo?

“¿Coipo?” Junco reconoció su apodo

–¿Cormorán?

–¿Quién más? No creo que haya cambiado mucho en estos pocos días de ausencia. –Se sacó la capucha.

–¡Cormorán! –El pequeño nunca pensó que estaría tan contento de volverlo a ver–. Regresaste ¡Regresaron!

–Así es, Coipo. –El estepario apuntó con el mentón los cóndores de Roble Tallofuerte y Pumagrís que sobrevolaban en grandes círculos la aldea de Aguatrueno.

Lomogrís se puso aún más alerta cuando el pájaro de mal agüero desmontó.

–¿Tu mascota?

–Mi amigo.

El gigantesco Cormorán se puso al mismo nivel del zorro y le dio un trozo de charqui que guardaba entre sus ropas. El animal se acercó desconfiado y de un ágil movimiento le arrebató la carne seca de los dedos y la comió entre gruñidos, sin quitarle la vista al estepario.

–No es fácil domar a uno de estos, se requiere de mucha paciencia y algo de sabiduría. Hum… –Se quedó pensativo por unos instantes–. Creo que ya no eres un coipo indefenso. Ahora te veo más como un gato huiña, un felino inteligente y sobre todo astuto… pero aún estás lejos de ser un puma.

»¿Hacia dónde iban, Huiña? –Cambió el tema–. Ya no es seguro internarse en los bosques, menos dos críos que apenas saben algo de la vida.

–¡Dile! ¡Dile lo que querías hacer! –Lo azuzaba Lirio, enfurecida, y decidió contarle todo a Cormorán.

El pájaro de mal agüero soltó un gruñido y levantó un labio con algo de enfado y algo de decepción.

–Huiña quiere ir a buscar a su papá. Huiña se cree un puma. Te falta mucho para ir solo a ese bosque, muchacho, está maldito, se ve a leguas. Suerte que cuentas con una buena amiga que te lo impidiera, aunque quisiera dormirte para lograrlo –bufó al reconocer el aroma de las hierbas somníferas de Lirio.

Junco la observó indignado.

–¡No te atrevas a enojarte con ella! Estaba dispuesta a hacer lo que cualquiera en su lugar habría hecho y eso demuestra su valentía. Yo habría sido menos sutil –dijo con tono amenazante.

Volvió a colocarse la capucha para protegerse de la lluvia, caminó hacia su cóndor, le acarició el plumaje y se dirigió a la aldea.

–¿Qué, acaso se quedarán ahí parados? ¡Vengan! Nadie debe salir de la seguridad de estas murallas –les ordenó con dureza.

Los niños obedecieron la orden del pájaro de mal agüero y lo siguieron sin decir palabra hasta la aldea, donde se reunía una multitud para recibir a Roble y a Pumagrís. Los imponentes cóndores que los habían transportado eran acariciados por cientos de niños que gritaban de emoción al ver a esos animales que parecían sacados de las leyendas de su pueblo.

–¿Pudieron hablar con el Espíritu de La Montaña? –preguntó Junco.

–No, no pudimos –gruñó Cormorán–, pero aun así conseguimos algo de información –soltó un bufido malicioso–. Después de entregarla, estoy seguro de que nunca más dejarán de llamarme pájaro de mal agüero.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2