Capítulo 47. Un tenue farol que permite desenvainar acero

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La lluvia arreciaba en el puerto de Lobera inundando sus angostas callejuelas y formando pozones de lodo y agua sucia. A esa hora de la noche no se veía ni un alma en las calles. De vez en cuando se escuchaba el romper de las olas, el canto de las gaviotas o el gemido de un perro vagabundo que merodeaba por un poco de comida, hurgando, olfateando, inmiscuyendo su hocico en los cúmulos de desperdicios que dejaban los pescadores y los mercaderes de frutas y verduras.

Con la espada al cinto, el sombrero en alto y arrebujado en su capa, Bastián Bocablanca caminaba solitario por aquellos poco iluminados callejones. Si alguien lo hubiera visto desde lejos, le habría parecido una estatua alargada y delgada, una silueta fantasmal en medio de la noche. “Las once han dado y lloviendo”, se escuchó, en la lejanía, la poderosa voz del sereno.

Sus botas chapoteaban a cada paso. El barro las había manchado hasta los tobillos y ensuciado la parte baja de su capa azabache. A su alrededor había largas hileras de casas de un piso, de tonos ocres y azafranes, todas de adobe y techos de paja o teja, pegadas las unas a las otras. Por las ventanas se veían familias reunidas a la luz de las velas.

Llevaba varios días dando vueltas por Lobera, intentando obtener la información que el rey y el conde De Monteáguila le habían solicitado, siempre en silencio, siempre en las afueras, siempre en las sombras. Estaba exhausto, con sed y ganas de una buena cama y abrigo. Dejó a su yegua atada en las afueras del puerto, junto a un abrevadero, y se adentró en busca del Garañón Azabache, una chingana donde, según le dijeron, solían reunirse últimamente algunos rufianes de poca monta y cuchilla fácil. Al llegar al final del callejón vio el cartel que lo invitaba a tomar una jarra de vino caliente. El local era más deprimente de lo que recordaba. Al ingresar se encontró de frente con un hombre de rostro hosco, cicatriz en la mejilla y pelo en hombros, quien lo amenazó con un gruñido aliñado con algo de vino y algo de guiso. Dando un paso al costado, dejó que el ebrio siguiera su camino hacia la lluvia. En el interior vio que la mayor parte de las mesas estaban vacías y, las que no, eran ocupadas por hombres gruesos y de facciones endurecidas. Bebían y comían en voz baja, en susurros, otros jugaban naipes y otros a los dados. Apenas pisó aquel tugurio de hedor agrio, los bebedores no le quitaron los ojos de encima.

–¿Qué es lo que desea, buen señor? –preguntó el calvo tabernero mientras limpiaba con un paño la barra llena de cabezas somnolientas–. Tengo cerveza para la sed.

–¿Acaso creéis que soy un borracho indigno que me ofrecéis tal brebaje, si cabe llamarlo así? Antes ofrecedme acero, que, al menos, el combate lo disfruto. –El tabernero se asustó con el tono del maestre y se asustó aún más cuando vio la ropera, la quitapenas y la pistola–. Traedme una jarra de vino caliente con cáscaras de naranja. Y dadme dos vasos.

–¿Espera a un invitado? –Le tembló la papada–. Pregunto, pues, pues ya he de cerrar –tartamudeó.

–El vaso es para vuestra merced. Tengo algunas preguntas y esta noche no quiero beber en solitario.

El tabernero miró de reojo a uno de los clientes. Bastián notó el gesto nervioso del hombre y siguió disimuladamente su mirada hasta el fondo de la chingana, hacia una esquina oscura, donde la luz de las velas no acariciaba las paredes. Allí vio a un gañán vestido de negro, de cabellos cobrizos y un mostacho que le tapaba el labio superior. Cargaba un bulto del tamaño de un arcabuz.

–¿Y qué es lo que querría de mí, vuesa merced? –preguntó el tabernero notoriamente incómodo. Intentaba disimular el nerviosismo secando unas jarras.

–He venido desde Nueva Esperanza buscando a algunos hombres de armas tomar ante la más mínima provocación.

–De esos hay muchos últimamente.

–Y a todos les gusta beber, e imaginé que algunos de ellos podrían pasar por vuestro establecimiento.

–No sé qué deciros, mi señor. Aquí la gente viene y va, y uno no se anda inmiscuyendo en asuntos que no le corresponden. Vuesa merced me entiende. Solo soy un tabernero, un hombre honrado que trabaja para sacar adelante a su familia.

–Y si no me decís nada, yo agregaría también que sois un hombre cobarde. –Una gota de sudor nació desde la calva del cantinero, rodó por su sien y cayó por su mejilla llena de venitas rotas.

–Yo… yo no quiero problemas, mi señor –le susurró–. Sé quien sois, os he reconocido –le hablaba en voz cada vez más baja. Le sirvió la jarra de vino caliente.

–Entonces, vuestra merced sabe que me debéis obediencia.

El tabernero asintió.

–Los hombres que buscáis llevan más de un mes rondando por aquí. Llegaron de más allá del mar, del continente de Altamiria. Apenas vimos esos barcos atracar en el puerto supimos que habría problemas. Primero apareció uno, luego dos más y así. Ahora esos hombres superan la veintena y gustan de armar trifulcas. Un sereno fue asesinado hace cuatro noches y aún no encuentran a los responsables. Y eso no es todo, hace una semana encontraron a un hombre y a su esposa con los cuerpos agujereados y sin nada de valor. Le robaron la bolsa al señor y las joyas a la dama. En otros tiempos, a esta mesma hora, nuestras calles vida tenían, cada noche parecía un festival. En cambio, ahora todos prefieren estar en sus casas y ya nadie anda pasadas las ocho.

“La situación es más grave de lo que creía”, reflexionó Bastián.

–Ese pelirrojo vestido de negro, ¿es uno de ellos?

–Algunos dicen que es el líder. Usted lo ve ahí, todo pálido y desnutrido como un cadáver, pero os digo, y a juicio de que me tilden de mentiroso, que lo he visto derribar a un hombre que le doblaba en tamaño con un solo movimiento de su florete. Y no diré más, que se ha levantado y viene hacia aquí. Proteged a este humilde puerto, mi señor, protegedlo, por favor.

El pelirrojo se acercó y dejó un lienzo de cobre sobre la barra.

–Son… son tres lienzos –reclamó con timidez el tabernero.

–Pues dejo uno y agradece que os pago por el pésimo vino que me habéis servido, calvo maloliente. ¿Y vos, que miráis? –le espetó a Bastián, que no dejaba de observarlo con claro enfado.

–Este hombre os ha puesto vino y comida en la mesa –le respondió el maestre–. Lo menos que podéis hacer es pagarle el servicio. En cambio, le insultáis, le pagáis menos de lo que debe y, para rematar, me tratáis de vos, afrenta que no he de soportar.

–Parece que sois nuevo por estos lares y no me conocéis. –El pelirrojo se le acercó tanto que pudo sentir su aliento a pescado en salazón.

–Sí, soy nuevo en este puerto. Si lo deseáis podéis hacerme una visita guiada. –Bastián se puso en pie, desafiante–. He visto una callejuela muy pintoresca al llegar, con un tenue farol que permite desenvainar acero y pelear bien.

–¿Me estáis desafiando? –El pelirrojo llevó la mano al pomo de su florete.

–Si sois tan valiente como para amenazar a un simple tabernero, seguidme. –Bastián bebió un largo trago de vino y salió de la chingana.

Caminaron rumbo a un callejón que se encontraba al doblar la esquina. La copiosa lluvia y un farol de vida corta que apenas iluminaba el lugar serían los únicos testigos de lo que estaba por venir. El pelirrojo desenvainó su florete con la diestra y se echó la capa hacia atrás con la zurda. Bastián sacó a relucir su espada ropera y la quitapenas.

–Veo que sois ducho en estos menesteres –notó el pelirrojo.

–Con sujetos como vos, debo serlo –replicó Bastián caminando hacia su derecha con paso cruzado.

De una rápida estocada comenzó aquella gresca callejera. El pelirrojo era un buen espadachín, lanzaba ataques veloces que cortaban el aire. Bastián no se quedaba atrás, esquivando y contraatacando con su ropera. El sonido de los aceros impactando se perdía en el canto de la lluvia. Uno, dos, tres pasos dio Bastián al tiempo que agitaba su espada, mas todos los lances fueron detenidos por el pelirrojo. Le tocó retroceder. Los golpes de su rival eran poderosos y más de una vez pensó que la espada caería de su mano. Cuando se vio sobrepasado, se enrolló la capa en el brazo izquierdo, lanzándola de cuando en cuando para cegar a su rival y soltar el estoque definitivo, mas no lograba conseguirlo.

Una tregua.

El pelirrojo, con el florete desenvainado, caminaba tan silencioso como un gato en la noche. Sus pies parecían no tocar el agua ni las pozas que se formaban en el piso. No dejaba de mirar al maestre. La lluvia le corría por el sombrero y los hombros. Asemejaba a un demonio nocturno.

–Sois un buen espadachín, os concedo eso –habló con su voz pastosa.

–Digno halago si proviene de un mercenario de Estrechos.

El pelirrojo soltó un escupitajo.

–¿Nos conocemos? –Alzó la manga de su camisa y dejó ver el tatuaje de la Cruz de la Beligerancia esperando encontrar a un camarada.

Se había equivocado.

–Ahora os conozco, bribón. –El maestre frunció el entrecejo.

–¿Quién sois? –preguntó el pelirrojo y lanzó un ataque furioso.

Bastián se defendió de los espadazos coléricos y de un certero contraataque agujereó el jubón acolchado del mercenario, mas no le alcanzó la carne, lo que fue aprovechado por su rival para propinarle un golpe con la cazoleta de su espada. La sangre manó de la boca del maestre de campo, tambaleándose y cayendo de espaldas contra el muro de una casa cercana. El pelirrojo saltó a rematar, pero con un ágil reflejo Bastián giró, se puso en pie, se sacó su sombrero de ala ancha y atacó nuevamente. Fue en un lance, algo de suerte algo de oficio, que el pelirrojo se vio superado y, sin esperarlo, sintió el frío acero de la quitapenas entrando en su barriga.

–¿Quién sois? –insistió el mercenario soportando apenas el dolor de la estocada.

El maestre no le contestó.

–Pues está claro que sois un idiota –gruñó el pelirrojo–, ya que no tenéis idea de quiénes somos nosotros.

–Claro que os conozco, mercenario –le susurraba Bastián en la oreja mientras giraba la hoja de su daga–. Os conozco bien a vos y a los de tu compañía, mas no sé qué es lo que hacéis en mis tierras, mancillándola con vuestra vil presencia.

–¿Vuestras tierras?

–Mi nombre es Bastián Bocablanca, maestre de campo de las tropas del rey Tulio Hojaltiva y fiel servidor de la corona de Tierra Amarga. Ahora, decidme, ¿qué hacéis en este reino?

–Sois un idiota. –La sangre manaba por la boca del mercenario–. ¿Acaso creéis que mis hombres no vendrán cuando noten que me he demorado más de lo que me toma matar a un gandul como vos? Estáis perdido, espadachín de la corona. No pasarás de esta noche. Ninguna respuesta llegará a vuestros hidalgos oídos, ni de mi boca, ni de la de mis hombres.

De entre las sombras provino el chapoteo de unas botas y el resonar del acero. Bastián se puso en guardia ante la llegada de tres mercenarios prestos a vengar a su vil cabecilla.

–Qué mal os ha puesto este bellaco, Migue. Mira que dejarse partir la jeta y agujerear el vientre por este hijodalgo –habló el más alto de los tres–. Si lo deseáis, vengaremos a punta de espada este agravio que se os ha hecho.

Bastián guardaba silencio. Si el pelirrojo por sí solo le había causado problemas, batirse en duelo contra tres mercenarios de la Compañía de la Cruz de la Beligerancia le acarrearía la muerte. Se decía a sí mismo que debía huir, mas no encontraba salida de aquella situación. Por mucho que corriera, en algún momento tendría que detenerse a descansar.

–Eh, joputa, No tenéis a dónde ir. Será mejor que choquemos acero y mueras como un hombre –le amenazó un petiso que no superaba el metro y medio–. Habéis atacado a quien nos paga el vino y ese insulto se paga con sangre.

–Vuestra merced dice que debo morir como un hombre, mas vosotros atacáis de a tres, como perros a un conejo.

–Ocurre que vuestra merced es un conejito con dientes afilados. –El tercer asesino le apuntó a su ropera–. Mas si lo deseáis, nos batiremos a duelo uno contra uno, a la vieja usanza, hasta que caigáis muerto o seáis el que mantiene la cara en alto y la de nosotros yazga bajo el lodo.

La lluvia se hizo más intensa, los relámpagos iluminaban las callejuelas de Lobera. “Las doce han dado y lloviendo”, gritó el sereno a lo lejos.

–Uno contra uno me parece lo correcto ante los ojos de la Señora –gruñó Migue, el pelirrojo, con una mano en la herida, haciendo lo posible por detener la hemorragia.

–Habláis de la Señora como si fuera condescendiente de vuestras felonías –dijo una voz juvenil–. ¿O es que creéis vuestras propias mentiras y que no atacarán todos a la vez?

Bajo la luz del farol apareció un nuevo espadachín. Iba vestido con un uniforme y capa azabaches, y un chacó del mismo color cubría sus cabellos. Sus labios sonrieron con una extraña mueca que asustó a los mercenarios. Era el joven espada de los caminos Blasco Fontanalta.

–Así que teníais aliados ocultos en la lluvia, maestre de campo –se burló uno de los asesinos–. Tres contra dos quizás es más justo.

–Tres contra tres, mejor dicho –corrigió el joven espadachín y de entre las sombras aparecieron las fauces rabiosas de su perro perdiguero.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2