Capítulo 44. Estamos juntos en esto

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–¿Cómo están los chiquillos? –preguntó Amancay con enfado mientras pelaba unas papas sin levantar la vista.

–Junco quedó con algunos rasguños. Lirio resultó ilesa –respondió Litre.

–Bien, me alegro. El hijo de Sauce no debe correr peligro alguno. De ahora en adelante quedará bajo mi total custodia. Para mi pesar no puedo estar pendiente de todo lo que hace, mal que mal es el hijo de Sauce y por sus venas corre sangre testaruda. Aunque se lo prohíba, sé que se adentrará en los bosques o en el lago para buscar comida y dársela a los heridos. Sauce lo crio bien. Ese niño siempre quiere servir a su pueblo –suspiró y arrojó las papas descascaradas a una olla con agua hirviendo y comenzó a aderezar unos cochayuyos–. Debido a mi nuevo cargo no puedo alejarme de Aguatrueno ni abandonar a mi gente, pues en cualquier momento inicia una reunión o se presenta una emergencia que debo atender, así que te ruego que vigiles a Junco. Si ves que se aleja, síguelo, aunque sea a escondidas. Esa será tu misión. La lideresa de Rocalga así lo ordena.

–Es difícil. Desde la desaparición de Sauce anda distante… triste. No desea la compañía de nadie. Fue un milagro que estuviera con Lirio. Si yo no hubiera escuchado los gritos de esa chiquilla, la historia sería distinta.

–No solicité excusas. –Su voz se endureció–. Eres uno de sus pocos amigos. Tu deber es estar con él, cuidarlo de sí mismo.

–Es imposible protegerlo si él ya no desea estar con nadie. Eso lo hizo buscar la compañía del zorro aquel –se defendió Litre.

–¡Un zorro! –resopló incrédula–. Que se lo quede de amigo o de mascota, lo que sea, no me molesta, mientras no ataque a nadie… ya tengo suficientes problemas como para sumar aldeanos mordidos. –Se quedó pensativa–. ¿La aprendiza de Pumagrís está con él?

–Sí, señora.

–Ella es buena compañía para el muchacho. Ambos son reacios a juntarse con la gente. Esa chiquilla siempre anda con sus pájaros y ahora él anda con un zorro. –Sonrió con amargura–. Que sigan juntos. Tú te encargarás de vigilarlos cuando yo esté ocupada, sobre todo ahora que estamos preparando a los guerreros para luchar contra esos… ejem –tosió.

Le tembló el mentón. Afirmó el cuchillo con fuerza. No le salían las palabras. Siguió cortando cubos de zapallo. Litre comprendió su silencio y aguardó con paciencia a que Amancay volviera a hablar.

–Contra esos… espectros. –Agitó su mano como si fuera un asunto sin importancia. Colocó la olla con agua sobre el fuego.

La pequeña choza comenzó lentamente a llenarse de vapor.

–Es necesario que cuides a Junco. No quiero volver a verlo bañado en sangre… ya se ha derramado demasiada. –Arrojó más verduras a la olla.

–Intentaré que algo así no vuelva a ocurrir.

–“¿Intentaré?” Es una orden, mocoso. No lo intentes, ¡hazlo! Puedes retirarte.

Amancay se quedó ensimismada en el hervor del agua. Las burbujas la distraían de sus oscuros pensamientos. “Soy la lideresa de Rocalga”, respiró profundamente, “la lideresa en una época oscura”.

Pese a su esfuerzo, su mente la obligaba a recordar aquella noche lóbrega, huyendo entre los árboles ennegrecidos, huyendo de criaturas que no deberían existir, abriéndose paso entre las ramas carbonizadas y el hedor a sangre. No había luna, no había estrellas, solo el tenue fuego de su antorcha. No quería recordar el terror que sintió cuando escuchó a los espectros atrás de ellos. Obligó al grupo a que se adelantara, ella se quedaría para hacerles frente. ¿En qué pensaba cuando hizo eso? No tenía una respuesta. Se interpuso entre los espectros y su gente con un simple puñal de piedra y una tea cuyo fuego menguaba a cada segundo. Aún recordaba la silueta espectral dibujándose en la oscuridad de la noche, aún recordaba el miedo que le recorrió el espinazo y le erizó los vellos de sus brazos.

–Amancay. –Una voz familiar la sacó de sus oscuras memorias.

Alzó la vista y vio a la guerrera Chilca en el umbral de la puerta. Cargaba su lanza y un puñal en el cinto de lana que rodeaba su manta color musgo.

–Me mandó a llamar.

–Sí. –La invitó a pasar para que se cobijara al alero del fuego y calentara su cuerpo–. ¿Cómo van los preparativos de batalla?

La guerrera torció la boca.

–Complejos. Pese a que muchos guerreros han respondido a mi llamado y han llegado a Aguatrueno, muchos otros dijeron que acudirán a la batalla solo si es Roble Tallofuerte quien los convoca. A eso se suma que algunos no creen lo sucedido y otros encuentran innecesario reunirse para combatir contra seres que vienen de una isla que no sabemos dónde o cuándo aparecerá.

–Y tienen razón –suspiró Amancay–. Cuando llegó Emilio Martesta al menos sabíamos contra qué luchábamos. Podíamos verlos, saber dónde estaban sus fuertes, espiarlos. En cambio, ahora tenemos una isla que aparece, asesina y se esfuma.

–¿Y qué podemos hacer?

–Quizás una vigilia eterna –respondió con resignación. Sacó la olla del fuego, molió las verduras, las mezcló con el cochayuyo y le sirvió un plato de guiso a Chilca.

Comieron en silencio.

 

Amancay caminaba presurosa con una olla de greda en sus manos. Una gota en su mejilla le advirtió que debía avanzar más rápido. Segundos después comenzó el aguacero. Por suerte había llegado a la tienda que buscaba.

–¡Lideresa! –la recibió Lirio–. Pase, pase, se está empapando. –Corrió el lienzo de cuero de su precaria carpa.

Amancay ingresó, se sacó la manta mojada y la dejó en el suelo, ya que no había donde colgarla. Recostado sobre un montón de hierba estaba Junco con Lomogrís. Observó al pequeño con tristeza. Estaba delgado, con el brazo vendado y la frente adornada con una fea cicatriz.

–¿Han comido algo? –preguntó ocultando la angustia que sintió en la garganta al verlos en esas condiciones.

Lirio respondió negando con la cabeza. Junco bajó la vista. Se sentía inútil. Lomogrís intentó subirle el ánimo lamiendo su mejilla.

Amancay le pasó la olla a pequeña.

–Coman, alcanza para los dos.

–¿Y para Lomogrís? –preguntó Junco.

Amancay sacó un pescado crudo envuelto en hojas de nalca que llevaba en su morral y lo depositó en el suelo de tierra. El zorro se acercó cojeando, lo olfateó, se recostó en el suelo y lo comió con ganas. Mientras los pequeños se alimentaban, Amancay observó el estado de la gastada tienda de cuero en la que pernoctaban: tenía goteras, el viento pasaba por las costuras, un hilillo de agua caía justo sobre el colchón de Junco y notó que diez pájaros dormían en los parantes de colihue. Sus fecas eran el triste adorno del lugar.

–Demasiado tiempo han estado desamparados. –Llenó dos platos más con guiso de cochayuyo caliente–. Eso cambiará. Desde hoy vivirán conmigo en la casa que me han otorgado. Será así al menos hasta que ustedes lo deseen o hasta que nuestro pueblo encuentre un nuevo lugar donde establecerse. Aguatrueno ya no da abasto para toda la gente de Costazul.

Los niños se miraron entre ellos, sorprendidos.

–¿Y mis aves?

–¿Y Lomogrís?

–Primero preocúpense por ustedes, los animales están acostumbrados a vivir a la intemperie. Las aves no son para estar encerradas, Lirio, tienen alas para volar y ser libres.

–¡Ellas quieren estar conmigo! Ni siquiera migraron al norte. –Alzó la mano y Alanoche se posó en su índice.

–Y Lomogrís me salvó la vida ¡No lo abandonaré! –gritó Junco con su voz aguda.

Amancay se llevó la diestra a la frente. Cerró sus ojos y respiró hondo.

–Lirio, dejaré que lleves tus aves solo si me prometes que la casa no estará plagada con sus excrementos. Si eres capaz de limpiarlos, puedes llevártelas. –La aprendíza asentía compulsivamente con la cabeza–. La misma regla corre para ti y tu zorro. –Junco suspiró aliviado–. Y tampoco quiero que ese animal ande dando vueltas por la aldea sin tu compañía, quién sabe qué daños podría causar.

 

A la mañana siguiente los pequeños despertaron más reconfortados. Las camas de la morada de Amancay no se comparaban con el duro suelo de su antigua tienda ni con los montones de pasto y tierra que levantaban con sus manos día tras día. El desayuno fue lo mejor, tortilla de rescoldo y piñones con miel de ulmo.

–¿Saben pelear? –les preguntó Amancay con la voz tosca que la caracterizaba. Los chiquillos negaron con la cabeza–. En los tiempos que corren, manejar bien una lanza marcará la diferencia entre la vida y la muerte. –Observó fijamente a Junco–. Desde hoy aprenderán a luchar. Yo misma me encargaré de ello.

Tomó unas lanzas de asta corta que colgaban de una de las paredes.

–Hoy recibirán su primera lección.

Desde ese momento comenzaron a entrenar todas las mañanas. Antes de que saliera el sol ya estaban aprendiendo a combatir en lo alto de una loma, en la ribera del lago, al interior del bosque Silente o bajo el agua de la cascada. Cuando no era Amancay la que les enseñaba a combatir, era Chilca la que se encargaba de endurecerlos.

–Ese pie adelante. ¡No ese, el otro! ¡El otro! –gritaba Amancay–. Levanta la izquierda, Junco. ¡La izquierda, muchacho, por todos los espíritus! ¡La izquierda! Lirio, defiéndete golpeando hacia el lado… ¡Eso, muy bien! De nuevo. Repítanlo hasta que yo les ordene detenerse. Que sus cuerpos se acostumbren al movimiento, que sus brazos sean uno con la lanza.

Lirio atacaba primero, luego Junco. Amancay y Chilca observaban en silencio la instrucción de los niños. De vez en cuando luchaban contra ellos. Se esmeraban en el entrenamiento, enseñándoles la danza de la lanza y el correcto muñequeo para que las boleadoras fueran letales. Y si no estaban entrenando, estaban trabajando, adentrándose en la foresta o en el lago para buscar hierbas medicinales y alimento.

Un día, cansado de tanto pelear, Junco se echó de espaldas sobre el pasto con los pies y brazos extendidos, Lomogrís se recostó junto a él colocando su hocico sobre su pecho.

–¡Nunca pensé que aprender a luchar fuera tan agotador! Tengo todo el cuerpo dolorido y con moretones –rezongó–. ¿Cómo Palma puede hacer esto todo el día?

–Yo lo encuentro divertido –dijo Lirio, que estaba sentada a su lado acariciando a Lomogrís–. Creo que nunca en mi vida había tomado tantas veces una lanza.

–Es divertido para ti porque me es imposible golpearte –frunció el ceño el pequeño–. En cambio, tú siempre me ganas. Mira, esto es obra tuya. –Le mostró un dedo que estaba entre negro y amarillo.

–Debes esforzarte más. Yo te puedo ayudar en lo que necesites. Estamos juntos en esto. ¡Somos amigos! –Le dio un manotazo cansado.

El pequeño Junco Briznasol sintió una súbita alegría y una sonrisa traicionera brotó al escuchar esas palabras, y allí, en compañía de Lomogris y Lirio Hierbarcoíris, por fin dejó de sentirse solo.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2