Capítulo 43. Lomogrís

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Junco llevaba una semana haciendo exactamente lo mismo. Apenas abría los ojos corría en dirección al bosque Silente con un trozo de pescado, lo depositaba sobre la hierba y se sentaba lejos, siempre atento. El primer día le pareció ver una cola felpuda merodeando por entre los arbustos. En la segunda jornada vio un hocico puntiagudo olfateando con avidez la presa de pescado. Notó cómo se relamía los bigotes. Al tercer día el pequeño sonrió cuando el zorro se asomó y se dejó ver en su totalidad. El bello animal de pelaje grisáceo se detuvo en seco cuando notó la presencia del neófito cazador. Tal fue su impacto que se quedó petrificado y no le quitó la vista de encima. Se notaba su respiración agitada por la oscilación de sus costillas. Sus orejas se alzaron atentas en dirección a Junco. El zorro dio un paso, retrocedió, dio otro paso y retrocedió nuevamente. Así estuvo unos instantes hasta que decidió escapar en dirección al bosque. Recién al cuarto día tuvo más confianza. Apareció entre los arbustos, agazapado, arrastrando la cola y sin dejar de observar a Junco. Llegó hasta el trozo de pescado, lo cargó en su hocico y huyó presuroso. El mismo ritual se repitió los siguientes dos días.

“Todo marcha según lo planeado”, pensó Junco.

En la séptima jornada quiso probar algo nuevo. Dejó la presa un poco más cerca de sí. Notó que el zorro se dio cuenta de la triquiñuela, pues solo avanzó hasta donde el pescado se encontraba la mañana anterior. Allí se detuvo por unos segundos, siempre agazapado y con las orejas en dirección a Junco. Olfateaba la hierba, cauteloso, con la nariz bien pegada al suelo, moviéndola de un lado a otro. Al llegar al alimento, lo recogió y escapó en dirección al bosque, escondiéndose entre los matorrales.

Era el octavo día y Junco nuevamente estaba allí, con la tenacidad propia de un niño, aguardando a que llegara Lomogrís, como ya en su mente había bautizado al animal. De pronto, escuchó el olfateo, vislumbró el pelaje receloso, las orejas siempre atentas. El andar del zorro era ahora mucho más confiado, se acercó al pescado sin ningún tipo de temor y comenzó a comerlo en el lugar. Terminado su desayuno, se marchó, volteando por unos segundos para ver al pequeño antes de desaparecer.

Junco regresó a Aguatrueno, satisfecho por sus avances. Le faltaba poco para domesticar a Lomogrís.

–Vaya que eres persistente –lo recibió Litre–. ¿Acaso no te cansas haciendo todos los días lo mismo?

–Algo –respondió cortante.

–¿Trajiste el encargo de Lirio?

–Aquí está –le mostró un atado con hojas de matico–. Yo se lo iré a dejar.

En otra época, Junco habría sonreído orgulloso y le contaría sus progresos a Litre con lujo de detalle; en cambio, ahora la alegría ya no era habitual en él. Su voz estaba cargada de indiferencia. Avanzó entre las casas y tiendas, esquivando con paciencia a los heridos, inválidos y a los guerreros que día a día aumentaban en número. Pese a deambular entre el tumulto, se sentía solo, abandonado. A veces tenía la necesidad de conversar y desahogar su tristeza con algún amigo. Podría haberlo hecho con Litre. “No, demasiado mayor, demasiado ocupado, no tendría tiempo para escuchar a un niño”, pensaba. En su mente se consideraba una molestia, un crío más entre tantos otros afectados por la batalla, un huérfano, un paria. Su amigo Palma estaba ocupado en su entrenamiento y mejorando los resguardos de la aldea. El estepario podría entenderlo, era un solitario, al igual que él. Sí, el pájaro de mal agüero comprendería su tristeza… o quizás no, demasiado frío, demasiado fuerte… Y ni siquiera estaba en Aguatrueno. Lirio estaba ocupada día y noche encargándose de los heridos, apenas habían podido hablar tras la batalla. Necesitaba un nuevo amigo y Lomogrís era el ideal, él lo escucharía y siempre lo acompañaría. Domesticarlo sería su gran consuelo. Pensamientos de un niño abandonado, de un niño que sufre, que busca ser querido, que busca compañía, que desea ser importante para su pueblo, pensamientos de un niño invisible, que nadie ve, que nadie escucha, que nadie quiere.

–¡Llegaste! –Lirio le soltó una sonrisa agradecida.

–Ten. –Le entregó las hierbas.

Lirio las recogió y las dejó junto al nido de Alanoche, el tordo que la había seguido desde Rocalga. Mortero en mano, molió el matico y lo echó a hervir en una fuente colocada sobre una pequeña hoguera al interior de la rústica tienda en la que ambos pernoctaban. Junco observaba fascinado la gran cantidad de aves que reposaban en el interior. Escuchar los distintos trinares resultaba hipnótico. “Es muy similar a su casa en la costa. ¿La habrán seguido hasta aquí o serán aves distintas? ¿Las habrá domesticado? ¿Cómo lo habrá conseguido tan rápido?”, pensaba el pequeño, intentando desentrañar el secreto que podría permitirle domar de manera más sencilla a Lomogrís. Una codorniz se le posó en el hombro.

–¡Sonrisas, no molestes a nuestro invitado! –Lirio intentó espantar al ave agitando su mano.

–No es molestia. Sabes que me gustan los animales. –Junco le dio de comer una semilla que llevaba en su chiripa y una idea fugaz pasó por su cabeza.

 

Al día siguiente fueron juntos al bosque. Junco, orgulloso, le quería mostrar a su amiga los avances que había hecho con Lomogrís. Solo otra amante de los animales entendería el proceso de domesticación que estaba realizando.

–Observa de lejos –le advirtió.

Lirio se ocultó entre unos arbustos. Su siempre descuidada manta, llena de ramas, hojas y heces de aves, la mimetizaba bastante bien con el entorno, aunque no fuera su intención.

Junco se sabía observado, así que optó por algo más osado. Se sentó sobre la hierba, puso el pescado en sus manos y extendió los brazos hacia adelante. “Que funcione, que funcione”, rogaba en silencio. Transcurrió toda la mañana y lo brazos del pequeño ya estaban agarrotados de tanto esperar. “Sé que llegará, sé que llegará”.

–¡Junco! –le gritó Lirio al ver un pelaje pardo entre los arbustos.

–Shh, lo espantarás. Tranquila –le susurró el pequeño, sonriendo.

–¡Juncooo! –el grito ahora estaba cargado de terror.

El pequeño se puso en alerta y, de entre los árboles, vio emerger los afilados colmillos de un puma. Su poderoso himplado y el relamer de sus bigotes lo hicieron palidecer. El corazón de Lirio se agitó, pero sus piernas no le respondieron.

El felino mostró sus blanquecinos colmillos al tiempo que avanzaba. Junco le arrojó el pescado, rogando que con eso lo dejara en paz. Estaba equivocado. La bestia tenía una presa más grande y jugosa justo frente a él, y desprendía ese olor a terror que tanto le agradaba. Como un rayo se abalanzó sobre el pequeño Junco, quien chilló de dolor cuando de un zarpazo le desgarró la piel del antebrazo. Lirio, reuniendo toda su valentía, logró salir de su escondite armada con un garrote y le propinó un golpe en el lomo, el que solo provocó más furia en la salvaje bestia.

–¡Corre, Lirio, corre! –gritaba Junco desesperado.

Lirio, terca, siguió golpeando al animal al tiempo que pedía por auxilio con todas sus fuerzas a sabiendas que nadie la escucharía por encontrarse demasiado lejos de la aldea. Harto de los golpes de la pequeña, el puma detuvo su brutal embestida y retrocedió por unos segundos, lo que fue aprovechado por Lirio para plantarse valientemente entre la bestia y su amigo, que sangraba de la cabeza y el pecho. El animal himpló con rabia y se arrojó nuevamente sobre los pequeños. Cuando pensaron que sería su final, un destello grisáceo saltó desde el bosque y se atenazó con fuerza a la tráquea del puma.

–¡Lomogrís!

El zorro colgaba del cuello de su enemigo, que se agitaba con violencia y desesperación. Apretó su mandíbula y la sangre manó a borbotones del pescuezo del felino, que de un zarpazo se desprendió de Lomogrís. El pobre animal voló por los aires y cayó inconsciente a los pies de los dos niños.

El puma se tambaleaba producto de las heridas, mas seguía siendo una amenaza y no dejaría escapar a sus presas. De la nada, un silbido surcó el cielo y el puma soltó un maullido desgarrador, desplomándose inerte sobre el pasto con la daga Canto Recio incrustada en sus costillas.

–Chiquillos, estú… –Litre se guardó los insultos cuando vio a Junco ensangrentado y a Lirio pálida de terror, aún sujetando su improvisado garrote–. Por los espíritus. ¿Están bien?

El pequeño estaba recostado junto al zorro. Le acariciaba el pelaje.

–Agradezcan que estaba cerca y escuché los gritos ¿Ese era el zorro que querías de amigo?

–¡Es! Es el zorro que quiero de amigo. Se llama Lomogrís –le corrigió Junco con la voz temblorosa y llena de tristeza–. ¿Lirio, crees que puedas salvarlo?

La niña se encogió de hombros.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2