6
Bastián y sus soldados cabalgaban con irrefrenable premura. Azuzaban a sus bestias a punta de golpes de sus fustas.
–Maestre, mire, sale humo de la ciudad –le dijo uno de sus hombres.
Bastián agudizó la vista, divisó humo en el centro de la capital y fuego en los campos. Más cerca vio una polvareda producida por un jinete solitario.
–¡Nos atacaaaan! ¡Atacan la ciudaaaaad! –gritaba la jinete agitando la diestra con desesperación. Su caballo jadeaba cuando llegó frente a Bastián y sus hombres.
Era una daga del rocío.
–¡Maestre! ¡Están atacando Nueva Esperanza! ¡Alguien ha liberado a todos los mercenarios que habíais capturado! ¡Muchos otros han aparecido de la nada!
–¿Y el rey Tulio? –preguntó Bastián.
–Se ha guarecido al interior de la casona real. Las Espadas de los Caminos están con él –le temblaba la voz.
–¿Y los soldados del duque y del conde Santiago?
–Estamos combatiendo en las calles. Se me envió para encontraros en el camino y alertaros. ¡La ciudad es un caos! ¡Está plagada de asesinos!
–Y caerán bajo mi espada –juró el maestre y agitó las riendas de Poderosa–. ¡Soldados, seguidme y defended vuestro reino!
Gritó y cabalgaron hacia las inmensas columnas de humo, siempre hacia adelante, siempre hacia el peligro.
Mientras más se acercaban a la ciudad, más fuerte sentían el nauseabundo olor de la madera quemada y más fuerte escuchaban los aterrados gritos de los terramargos. Los ciudadanos corrían asustados sin rumbo ni dirección, huían arrastrando del brazo a sus hijos, otros hacían infructuosos intentos por defenderse. Los mercenarios los perseguían montados en feroces sementales, pasándolos por la espada o atropellándolos inmisericordemente. Antorcha en mano encendían los pastizales, establos y casas. Los agónicos gritos del pueblo eran angustiantes.
–¡Asesinad a todo aquel que intente conquistar nuestra ciudad! –ordenó Bastián al ver aquel macabro espectáculo.
Desenvainó su ropera y de una certera estocada desmontó a un bandido. Sus soldados dispararon a discreción cuando entraron a la capital.
–¡A la casona real! ¡Todos al rey! –ordenaba el maestre cuando un desesperado hombre tiró de sus piernas.
–¡El templo! ¡Pretenden quemar el templo! Hay gente oculta en su interior, maestre. ¡Ayudadnos, os lo ruego!
–¡Fray Camilo!
El hombre del clero sangraba de la frente, tenía parte de su toga carbonizada, y el rostro y las manos, ennegrecidos.
–Debo ir a la casona a proteger al rey –dijo Bastián.
–El rey está bajo la protección de las Espadas de los Caminos. ¡La gente en la iglesia está a merced de los bandidos! ¡Ayudadles, por favor!
Bastián hizo crujir los huesos de sus manos, indeciso. “¿Rescatar a los pobladores indefensos o al rey?”. Se debatía entre hacer lo correcto por su gente o un posible acto de traición. En un segundo tomó la decisión y direccionó las riendas de su yegua hacia el templo.
–Vosotros cinco, acompañadme. Todos los demás vayan a la casona ¡A por el rey! –ordenó y dividieron los rumbos.
El fraile se subió a la grupa de Poderosa y cabalgó junto al maestre por entre las callejuelas infestadas de mercenarios. La plaza se había convertido en un campo de batalla donde mercaderes y campesinos defendían su vida a punta de rastrillos y guadañas. Bastián y sus hombres se apearon de sus cabalgaduras y combatieron junto al pueblo, esgrimiendo sus espadas con gallardía, clavándolas en vientres y gargantas enemigas.
–¡Joer, maestre! Son demasiaos y la bravura de uno no alcanza pa tanto bandío –le gritaba uno de sus hombres–. ¿Tenéis un plan? Si e’así contadlo, si no, me partirán la jeta y le diré adió a la vía.
–Seguidme a la iglesia –ordenó–. ¡Lo primero es salvar a esas pobres almas!
Fuera del templo, diez hombres de mala calaña y marcas de viruela en las mejillas intentaban echar abajo el portón de madera. “Diez de ellos contra cinco de nosotros y un hombre del clero. Vaya ventaja que tenemos”, pensó Bastián, abatido por la superioridad numérica y se lanzó a la carga. Dos invasores que maniobraban las dagas como si fuesen parte de su propio cuerpo salieron al encuentro de Bastián y lo atacaron de un lado a otro, de arriba a abajo y con la izquierda remataban con una cuchilla traicionera teñida con la sangre de algún desafortunado terramargo. Bastián movía sus pies rítmicamente, recordando cada una de las lecciones de esgrima que recibió de niño, esquivando y contraatacando. “¿Dónde está Blasco y su perro cuando más los necesito?”, se lamentaba.
–E’diestro este soldaíto, ¿eh, Baltasar?
–Más que diestro –respondió Baltasar–. Me parece que es un hijodalgo. Sí, odio ese olorcillo a lechuguino –dijo el mercenario moviendo su nariz–. Está pasao a rosas.
–¿Hablamos o bailamos? –replicó el maestre.
–Mira que deslenguao el señorito, Baltasar. ¿Le arrancamo la lengua pa que aprenda modales?
–Arranquémosela, pues.
El tal Baltasar se abalanzó con un ataque fugaz, izquierda, derecha, izquierda, derecha, avanzando uno, dos, tres y hasta diez pasos. Bastián, ducho en combates, frenó todos los estoques con su acero. Tanto retrocedió que llegó hasta los lindes de la plaza, aprovechando de tomar sin permiso el caro jarrón de un mercader para reventárselo en la cabeza. Sin siquiera darse cuenta, el malhechor se vio escupiendo sangre por la boca y cayó al piso hecho un ovillo.
–¿Qué me ha hecho este lechugino? –exclamó con un vómito sanguinolento.
Se llevó la mano bajo la axila y notó que Bastián le había atravesado el jubón y el pulmón derecho con la sorpresiva daga quitapenas. Poco a poco fue perdiendo el conocimiento hasta que se lo llevó la muerte.
–¡Soldao mal parío, que ha matao a mi hermanito!
Chilló el otro mercenario y se arrojó con arrebato, sin técnica ni cuidado, solo con el odio proveniente de sus tripas al ver la sangre de su hermano regando el piso. Más centrado que su enemigo, Bastián lo envolvió con su capa y lo ultimó asestándole la ropera en la garganta.
Los demás soldados de la corona también acababan su trabajo, solo uno terminó herido con un leve corte en la barriga. Los mercenarios yacían a sus pies.
–Fray Camilo, la iglesia ya está a salvo. Pueden refugiarse más pobladores si es necesario. Cerrad bien las puertas. Dejaré a mis hombres para que os protejan.
–Que la Señora lo bendiga, maestre –le hizo la señal en la frente–. ¿Qué haréis ahora?
–El rey me necesita.
–Rezaré por vosotros.
–Rezad por toda Tierra Amarga –dijo Bastián, que montó sobre Poderosa y marchó a la casona real.
En las calles ya casi no quedaban habitantes. La mayoría se había encerrado en la iglesia o en sus hogares. Los mercenarios se agrupaban por decenas en las afueras de la casona, combatiendo a muerte contra los soldados del rey. Poderosa arremetió contra los asesinos, pisoteándolos y dando coces a diestra y siniestra. Cuando nadie lo esperaba, las puertas de la casona real se abrieron de par en par y de su interior aparecieron decenas de Espadas de los Caminos con Lucio Molinero a la cabeza, siempre secundado por Blasco Fontanalta y su perro perdiguero.
–¡Ayudad a estos valientes! ¡Por el rey y por Tierra Amarga! –Se abalanzó el capitán con la capa al viento y la espada desenvainada.
Los leales siervos del rey chocaron sus filos con los mercenarios, quienes se vieron sobrepasados ante los nuevos refuerzos. Fauces desmembró tráqueas y dedos, Blasco Fontanalta acabó con tres invasores y Lucio Molinero envío tantas almas al más allá que se asemejaba a la parca.
El frío sol del invierno estaba en el oeste cuando los pocos asesinos que seguían en pie soltaron sus armas en señal de rendición.
–Apresadlos a todos –ordenaba Bastián–. Y tengan cuidado, que son traicioneros. Ojo con sus estoques y dagas cortas. Lucio… –Se sacó el chambergo ante el capitán y lo saludó con un fuerte apretón de manos.
–Maestre. ¡Hemos vencido!
“Pero no fue una victoria”, pensó Bastián al ver los cuerpos de los soldados moribundos en las calles y el fuego extendiéndose por la capital.
–Bienaventurados los ojos que os ven, maestre. –El rey salió de la casona para recibirlo–. Por un segundo pensé que los mercenarios os habían asesinado en Colina Magra.
Junto a él venían la reina Felicia y el duque Evelio y, tras ellos, su amigo Abdón notoriamente nervioso.
–No, su majestad. –Enfundó su espada–. En Colina Magra no había ninguno. Todos estaban aquí, ocultos a plena vista en la capital. Ellos deben haber liberado a sus compañeros encarcelados.
Tulio observó a su alrededor con tristeza.
–Qué lástima la pérdida de tanta buena gente –se lamentó el rey.
–Y faltan más por caer, su majestad –ladró Careperro, que estaba de rodillas y con las manos atadas a la espalda. Soltó una corta carcajada y escupió al suelo una mezcla viscosa entre saliva y sangre–. No tenéis idea de lo que se os viene encima, señoritos. Con suerte tendréis tiempo de cagaros en los calzones.
–¿A qué viene tanta risa, malnacido? –Se ganó un golpe de Lucio–. ¿A qué os referís cuando decís que algo se nos viene encima?
–¡Mi rey! –gritó alarmado un vigía–. Vienen dos caballos desde el oeste. Al parecer sus jinetes están heridos.
Los potros apenas consiguieron llegar a Nueva Esperanza. Ambos tenían las patas heridas y una saeta incrustada en sus grupas. Uno de los jinetes yacía sobre el animal con un disparo en la nuca, el otro era arrastrado por un pie enredado en el estribo.
–¡Soldados del puerto de Lobera! –Bastián reconoció su uniforme y emblemas.
Tambores.
–¿Qué ha sido eso? –Lucio Molinero se puso en alerta.
Pífanos.
La tierra se estremeció. Los tambores marcaban ritmos extraños y los pífanos no dejaban de sonar.
–¿Qué ocurre ahora, pardiez? –Tulio había perdido la compostura.
–Parecen ritmos de batalla, su majestad –reconoció Lucio.
Siguieron el origen del estruendo hasta las afueras del sector oeste de la capital. A lo lejos vieron un gigantesco ejército con piqueros y alabarderos en el centro, arcabuceros en los costados, y espadachines en la retaguardia.
–¿Es el conde Calisto el que viene a la cabeza de todos esos hombres? ¿Viene a ayudarnos? –Tulio se protegió los ojos usando la mano como visera.
–Por las banderas que veo, lo dudo, su majestad –dijo el duque Evelio–. Cargan los estandartes de Secarena, Puerto Tiburón y Dunaria, incluyendo el de Baluarte.
–¿Qué significa eso? ¿Por qué la bandera de Baluarte estaría junto a la de sus enemigos?
El tercio conformado por casi dos mil soldados siguió en su avance, tanto que Tulio y sus hombres pudieron ver los rostros malcarados y macilentos de los sujetos que lo conformaban, todos con un mostacho que les tapaba el labio superior, ojos torvos, la pluma del chambergo ondeando al viento, y corazas y morriones de acero reluciendo ante el sol del atardecer.
Dum, marcó el tambor. El ejército se detuvo a no más de cuarenta metros.
Dum, dum, marcó el tambor. Los arcabuceros se adelantaron y quedaron en primera fila, apuntando a Tulio y su cohorte.
–¡Huid, su majestad, huid! –gritó Bastián.
Dummm, dum marcó el tambor. Cientos de disparos cayeron sobre el séquito del rey. Lucio Molinero, capitán de las Espadas de los Caminos, fue abatido por una bala en la barriga y se desplomó a los pies de Blasco, falleciendo con un vómito de sangre. No fue el único, decenas de soldados sucumbieron ante el ataque.
–¡Protéjase, su majestad!
Bastián se arrojó contra Tulio y lo arrastró hacia el interior de la ciudad.
Dum, dummm marcó el tambor. El tercio reinició su avance al trote. Los potros de Fontarragués, altos y de musculatura fibrosa, aparecieron desde los costados y cabalgaron a toda velocidad con el conde Calisto Fuenteamplia a la cabeza.
Era el Día de San Clemente de Buenacepa.
–Nuestro objetivo es Tulio Hojaltiva y su familia. Quien se interponga entre el filo de vuestro acero y el rey, debe morir –ordenaba Calisto a viva voz.
Bastián Bocablanca, fiel a su juramento, acompañaba a su señor. Corrían presurosos por entre las calles, haciendo lo posible por ocultarse. No había tiempo de llegar a la casona real. “¡La iglesia está más cerca!”. Tomó del brazo al rey y corrieron en compañía de sus soldados y leales.
–¿A dónde iremos, Bastián? –Abdón sentía que el corazón se le escaparía por la boca de tanto correr–. Debemos ocultarnos en un lugar seguro. La iglesia es de madera, ¡nos quemarán en su interior!
–¡A los establos! –aconsejó el duque Evelio–. Hay que escapar. Debemos abandonar Tierra Amarga. Hay caballos suficientes para todos.
–¡No abandonaré a mi pueblo! –replicó Tulio–. Prefiero morir antes de que eso ocurra.
–¡Cumpliré vuestro deseo, su majestad! –Calisto Fuenteamplia los había alcanzado y con su espada hirió de muerte al duque Evelio de Mondragón.
Los hombres de Tulio sacaron a relucir sus espadas, prestos a defender a la familia real y asesinar al traidor.
–¡Por el rey! –arengó Bastián dejando de lado sus propios miedos.
“¡Por el rey! ¡Por el rey!”, gritaron los hombres que quedaban.
¿Qué importaba si eran los menos? Si algo los distinguía en batalla era su coraje y, aún más importante, su honor. Eran capaces de dar la vida si era necesario con tal de llevarse consigo a sus enemigos, ya fuera gracias a la ropera o a la quitapenas, a un estoque honorable o una puñalada artera. No eran hijodalgos o nobles señores, no habían nacido en cunas de oro ni sabían de manjares, no vestían lechuguilla o capa de terciopelo, menos puños de encaje o zapatos lustrosos, para ellos solo valía el mostacho, la capa a mal traer, el sombrero emplumado y un acero afilado. ¿Qué sería de ellos sin su honor intachable? Quizás simples peleoneros de espada fácil y sueldos miserables. Pero no, ellos eran soldados del rey y, como tales, se jugaban el honor en cada lance, en cada duelo.
Que nadie dijera que no cumplían su trabajo.
Entre gritos e insultos, escupitajos y maldiciones, se lanzaron al combate contra los invasores. Desde los años de Emilio Martesta que no se había visto tanto derramamiento de sangre en aquel territorio. Los soldados fieles a Tulio parecían verdaderos carniceros. “Ya me estáis conociendo, joputas”, “¿qué os parece el paisaje, altamirios hijos de su madre?”, exclamaban enajenados, ya fuera peleando o en su lecho de muerte, abatidos en el suelo o desangrándose con la mano en la barriga.
Los alabarderos de Altamiria ensartaban terramargos sin piedad, las saetas se clavaban en espaldas y globos oculares, en corazones y muslos.
–¿Qué hacéis, Calisto? ¡Detened este ataque! –gritaba Tulio– ¡Confié en usted y me paga con una traición!
Calisto Fuenteamplia reía maliciosamente mientras su potro volaba dientes con sus cascos delanteros. Tulio Hojaltiva, enfurecido como nunca en toda su vida, desenvainó su espada.
–¿Queréis mi corona? ¡Pues venid a por ella! –gritaba agitando su sable–. ¡Os asesinaré! ¡Bajad de vuestro animal y crucemos aceros, traidor!
–Aún no os deseo la muerte, su majestad. Primero quiero que observéis a vuestros hombres caer, deseo que veáis cómo cae todo por lo que habéis luchado durante tantos años. Mirad y sufrid.
Su malévola carcajada se tornó en pánico cuando su gigantesco potro se desplomó herido por un sorpresivo corte en el anca. Calisto rodó por el suelo y se levantó en guardia con el sable por delante.
Frente a él vio a su rival.
–¡Santiago de Monteáguila! –gritó con furia.
–El que viste y calza, traicionero conde. Mire que traer el caos de Altamiria hasta nuestra tierra. ¡Majestad, proteja a vuestra familia que yo seré vuestro escudo! –Tulio le hizo caso y corrió a buscar a su cuñado herido y a su esposa.
–Veo que tras el maquillaje y los buenos modales hay un tonto que desea la muerte –insultó Calisto.
–Tras este maquillaje hay un siervo valiente y leal, no como vuestra merced, que siempre llamaba a la calma y a la diplomacia, mas, cual serpiente, os arrastrabais por el suelo para luego cambiar de piel, sacar los colmillos y asesinar a quien se os pusiera por delante.
–No aceptaré tales insultos.
–Y yo no aceptaré vuestra traición.