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El agua del río Furiatroz les llegaba hasta la cintura, por lo que caminaban con sumo cuidado, evitando resbalar para que no se los llevara la corriente. Habían desmontado y tiraban a sus animales de las riendas. Darío García y Peñafiel se acercó a Junco, a quien el agua cubría casi hasta el cuello.
–¿Por qué no te quedaste montado en el caballo? Esto es peligroso. Podrías caer.
–Esta parte del río es tranquila –respondió Junco con seriedad.
El espadachín difería del significado que la palabra “tranquila” tenía para el pequeño, pues esas aguas le parecían bastante tumultuosas, mas prefirió guardarse sus pensamientos y se limitó a soltar una sonrisa incrédula.
–Y, además, es angosto –prosiguió Junco–. Si usted se para en una orilla del río Tronador y mira los árboles de la otra ribera, pensaría que solo son arbustos; en cambio, aquí los árboles se ven sin problema de una ribera a otra y hasta podría identificarlos –dijo ya casi nadando–. La corriente del Tronador es tan fuerte que uno puede escucharla incluso si se está muy lejos. Se calma cuando se junta con el mar y forma el Nido de Garzas.
–¿Nido de Garzas? –preguntó Darío.
–Un humedal y desembocadura al lado de Rocalga, mi pueblo.
“Allí me gustaba pescar”, recordó el pequeño y una sutil tristeza se le dibujó en los ojos.
–Debió ser difícil perderlo todo y abandonar tu hogar. –Darío suavizó el tono de su voz al darse cuenta de la pena de Junco–. Sobre todo siendo tan pequeño.
“No soy un pequeño”.
–La desaparición de tu padre, abandonar Rocalga, partir a Aguatrueno y ahora marchar a un reino desconocido para ti.
Junco no respondió.
–Eres un chico valiente. Te aseguro que causarás una gran impresión en el rey. Él admira la bravura por sobre todas las cosas y, de todos aquí, eres el más valiente. Sobreviviste a una batalla contra los espectros, has luchado contra pumas, te internas sin miedo en los bosques, tienes una habilidad innata para la caza. Serías un buen elemento en las tropas de Tierra Amarga –dijo y le despeinó los largos cabellos negros con ternura.
Fuera del río se detuvieron para aprovechar el escaso sol del mediodía y poner a secar sus ropajes. Dejaron botas, pantalones, capas y mantas estiradas sobre las rocas y se echaron a descansar en la hierba. Darío ocupó la pausa para sacar su pipa y echar algo de humo. Otros soldados se le arrimaron para conversar, beber vino y jugar naipes.
–¿Cuánto queda de viaje, don Darío? –le preguntó Asterio, que revisaba desinteresadamente los naipes que le habían tocado para ver si la suerte estaba de su lado.
Darío soltó tres perfectos anillos de humo al tiempo que sacaba las cuentas.
–A esta velocidad y sin desviarnos nos quedarían poco menos de quince días.
–Pero si vamos por el camino de la costa nos demoraremos mucho menos –aconsejó Roble–. Algunas aldeas han construido pasos accesibles para hombres y animales.
–La senda que vuestra merced menciona es la que queríamos tomar para llegar a vuestro pueblo en primera instancia –explicó Darío y desplegó un mapa sobre la hierba–. Aquí, aquí y aquí nos desviamos, pues las lluvias anegaron los pasos y botaron los puentes, obligándonos a recorrer los caminos interiores.
–Las lluvias han disminuido su intensidad, es posible que algunos pasos ya se puedan transitar libremente. –Asterio albergaba algo de esperanza–. No me gustaría devolvernos por el mismo sendero que vinimos.
–Ya no hay nada que temer, don Asterio –respondió Darío–. Lo peor de la ida fue el bosque maldito, el que evadimos gracias a los caminos ocultos que conocía Roble.
–Yo seguiría por aquí sin ni un problema –se entrometió Miguel Bocafloja, que andaba vestido con unos harapientos calzones largos–. La costa me suena algo helá en estas fechas.
–Helá es, pue –lo apoyó Acacio Buendía. El resto de los soldados asintió con la cabeza–. Yo he andao por eso lare en esta fecha y no e’na agradable. Apena canta el gallo entra una niebla que te joe lo hueso y amilana al ma valiente. Y nostros somo corajuos, pero allá el clima es de la putamadre y no hay calzón que aguante. Si hasta en lobera se me hiela la testa en invierno.
–Elijamos qué ruta tomar –aconsejó Asterio–. Por mi parte, prefiero el camino de la costa, pues nos demoraríamos menos, está más poblado y quiero creer que los pasos ya están habilitados.
–Votemos, entonces –lo apoyó Darío.
Solo Roble, Junco, Asterio y Darío escogieron el camino de la costa. Los demás soldados, pocos amigos de las bajas temperaturas, optaron seguir por los escasamente transitados senderos del interior.
Al siguiente día mantuvieron el curso, avanzando por peligrosas cuestas, arroyos cargados de un agua gélida que les congelaba los pies, frías elevaciones y bosques de árboles barbudos cuyas raíces les hacían tropezar.
–Este sendero es peligroso en invierno –le susurró Roble a Junco–. Ni siquiera los guerreros lo tomamos. Si te pierdes aquí o te caes en alguna de las quebradas, nunca nadie te encontrará. –El rostro de Junco se desdibujó y se tornó pálido, deseoso de salir de ahí lo antes posible.
Al mediodía instalaron un campamento en una explanada, mezcla de lodo mezcla de pasto, y sacaron algunas viandas para almorzar. El único sonido en derredor era el crepitar de las ramas de la pequeña hoguera que habían encendido para paliar el frío.
–¿Qué ocurre, don Roble? Os veo preocupado –le preguntó Darío al tiempo que se sentaba junto a él.
Roble parecía perdido en el frenético danzar de las llamas.
–No quiero demorarme más –confesó–. Algo me dice que debemos llegar lo más rápido posible a Tierra Amarga y regresar cuanto antes a Aguatrueno.
–¿Y por qué esa sensación? –preguntó Asterio que comía un caldo con pan.
–No lo sé… quizás por los espectros y las criaturas que ustedes vieron en los bosques. Siento que no debería haber abandonado la aldea. Temo que ataquen a mi gente y que yo no esté ahí para defenderla. –Se lamentaba sin dejar de observar las llamas. Los soldados alrededor del fogón lo escuchaban atentos–. También… también siento que debería haber traído conmigo unos cuantos guerreros. Si en Tierra Amarga hay mercenarios, podríamos haber ayudado a combatirlos. Habría sido una buena forma de demostrar interés en pactar una alianza.
–Si teméis por nuestro reino, os digo ahora que no os preocupéis, don Roble. –El joven Darío arrojaba bocanadas de humo–. En Tierra Amarga hay buenos hombres, todos duchos en el arte de la espada y leales al rey. Ellos sabrán qué hacer si tales criminales deciden actuar. No tengáis miedo. Tierra Amarga está a salvo.