Capítulo 53. La última carta

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–¿Qué está pasando? –preguntaba alterado el marqués Antoine Garraleón cuando llegó a la casona real donde ya se encontraba el resto de los nobles–. ¿Calisto, acaso usted…?

El conde negó con la cabeza.

–A todos nos han llamado, don Antoine. Allá está el conde Santiago. –Apuntó al barandal del pasillo del segundo piso que daba al interior del salón del rey–. Al parecer han capturado a los cabecillas de los mercenarios.

–¿Y solo por eso nos han llamado? –Se notaba el nerviosismo del marqués. Le temblaban las manos.

–Eso creo.

La nobleza se encontraba distribuida a lo largo de los pasillos y balcones del segundo piso, observando el inferior, donde los soldados empujaban a los más de treinta mercenarios que habían sido apresados en Lobera y Nueva Esperanza.

–¡Avancen! ¡Avancen, escoria! –gritaba uno de los soldados. Careperro le gruñó y le lanzó una dentellada al aire.

Lejos de amedrentarse, el soldado le golpeó el tendón de la rodilla, haciéndolo caer.

–¡Arrodillaos ante su majestad el rey Tulio Hojaltiva, perros sarnosos!

Frente a los mercenarios, sentado en el trono de madera quemada, estaba Tulio estudiando detenidamente a cada uno de los asesinos. A todos les habían cortado la manga izquierda de la camisa develando el tatuaje de la Cruz de la Beligerancia.

–¿Son todos, maestre?

–Lo dudo, su majestad. El alcalde de Lobera teme que piratas y mercenarios están desembarcando a lo largo de toda la costa. Lamentablemente, de todos los hombres que ha enviado a investigar, ninguno ha regresado.

El salón asemejaba una plaza pública por la cantidad de almas que allí se encontraban. En el primer piso unos cien soldados de la corona custodiaban a los treinta asesinos reducidos. Tras la fila de protección, había aristócratas, mercaderes, campesinos y pobladores, los que sumaban más de quinientas almas, sin contar a los curiosos que estaban en los otros salones intentando escuchar el juicio, además del gentío que desbordaba los aposentos más allá de las puertas de la casona real, extendiéndose hasta la plaza pública. La llegada de Bastián Bocablanca aquella mañana había roto el secretismo y la gente ya sabía que había mercenarios en el reino.

“Escuché que quemaron todo el puerto de Lobera”, decía una vendedora de pescado. “A mí me contaron que esos asesinos degollaron a una decena de personas”, comentó con espanto una dama refinada. “¡Que la Señora nos libre!”, exclamó un músico. “Escuché que mataron a un sereno. Lo cortaron de aquí hasta acá”, comentó un vendedor de papas dibujando con su índice un tajo del ombligo hasta la garganta. “Un soldao me contó que encontraron unos cuerpos en la casa de esos bribones”, dijo un panadero, “y también mataron a una señorita y dos señoritos en el asalto a un carruaje”, aportó una partera. “Un muerto o dos, qué más da, son asesinos y merecen la horca”, refunfuñó un alfarero. “¡Sí, a la horca, a la horca!”. “¡A la horca, a la horca!”, comenzó a gritar el gentío. La voz de los cientos de aldeanos poco a poco incrementó en volumen y con el pasar de los segundos se transformó en violencia, avanzando a empujones para ingresar al salón del rey y ajusticiar a aquellos mercenarios que tantas fechorías habían cometido, según lo que les habían contado, claro está. Empujaban y empujaban, siempre hacia el salón del rey. Pronto los soldados tuvieron que correr hacia la entrada para impedir el avance de la población que tiraba manotazos sin importar el destinatario. Apenas podían aguantar la presión de los enfurecidos habitantes del reino. “¡No los protejan!” “¡Son asesinos!” “¡A la horca!” “¡Nada de horcas, nosotros mismos los mataremos!”, vociferaban. De los manotazos y empujones, pasaron a las lechugas, huevos podridos y panes duros como la piedra.    Algunos mercenarios fueron víctimas de aquellos improvisados proyectiles con olor a pescado y azufre, y sus ya fétidas ropas ahora olían como el mismo infierno. Aprovechando el desorden, Careperro intentó levantarse para escapar, pero un pan más duro que un trozo de acero le golpeó en el ojo azul, dejándolo tuerto por unos segundos.

“¡A la horca!”, rugían.

“¡A la horca!”, clamaban.

Al ver tal batahola el rey se alzó airado de su asiento.

–¡Silencio! –gritó con todas sus fuerzas. Nadie parecía escucharlo–. ¡Silencio! –gritó aún más fuerte que antes. El alboroto estaba lejos de terminar–. ¡A callar, pueblo de Tierra Amarga, es el rey quien lo ordena!

Aquel último grito sorprendió incluso a Bastián Bocablanca.

–¿Acaso sois unos montoneros igual que estos villanos que queréis linchar? ¡En este reino hay leyes, carajo! Si con las manos queréis asesinar a estos hombres, pues seréis tratados y condenados igual que ellos, y quien sea encontrado culpable, ¡pues a la horca con él o con ella!

La algarabía disminuyó.

–Así está mejor, terramargos. –Se sentó y tomó aire–. Demostradles a estos asesinos que vosotros sois mejores que ellos, que vosotros respetáis las leyes que hemos creado en conjunto, como un pueblo unido, civilizado. Mirad a estos asesinos… vosotros no sois iguales a ellos. Vosotros sois terramargos, hombres y mujeres que trabajan por crear un mejor lugar para vivir, no por unas simples monedas, no como unos mercenarios. Somos un pueblo que nace de las cenizas de una guerra, no las provocamos, porque sabemos lo terrible que son. Sabemos cuánta sangre y vidas se desperdician en ellas.

Solo se mantuvieron unos pocos susurros.

La angustia que Bastián sentía en aquel momento le hacía crujir los huesos de sus dedos compulsivamente. Apretaba la mandíbula y movía su bigote. Estaba nervioso por la reacción de la gente. Las palabras del rey, o bien los haría sentar cabeza o bien los haría enfurecer. Y el pueblo enfurecido era peligroso. Además, ningún soldado terramargo se atrevería a alzar la espada si su gente se alzaba contra los mercenarios. “Solo un soldado cobarde atacaría a su propio pueblo”, pensó el maestre.

Silencio al fin.

–¡Que comience el juicio! –ordenó Tulio.

Junto al trono se posicionó la reina Felicia, el duque Evelio, Abdón Buenaventura, la chamana Acacia, Bastián Bocablanca, el alcalde de Lobera Julio Cortezalta y el fiel ejecutor Evaristo Manofirme. Este último sacó un libro de tapa de cuero y lomo grueso, se acomodó los lentes y procedió a leer.

–Siendo hoy el vigésimo primer día del octavo mes de nuestra Señora, se procede a enjuiciar a los caballeros aquí presentes…

–¿Bajo qué cargos? –interrumpió Careperro con un gruñido.

–¡Sentaos! –El mismo soldado que le golpeó antes en la rodilla, le asestó un nuevo bastonazo, pero ahora el hombretón ni siquiera perdió el balance.

–¡Sentaos! –Desde la pequeña tarima del trono Bastián le apuntó con su pistola. El murmullo entre los terramargos volvió.

Tuvieron que pasar muchos segundos para que el incorregible Careperro volviera a arrodillarse ante Tulio y ni siquiera en esa posición humillante dejó de desafiar al maestre con sus ojos bicolores. Las venas de su calva cabeza palpitaban al borde de la explosión.

–Es bravo ese tal Careperro –le comentó Lucio Molinero a Blasco Fontanalta. Ambos estaban en el primer nivel haciendo guardia a los mercenarios.

–Y eso que vuestra merced no cruzó aceros con él –respondió el joven Blasco.

Evaristo Manofirme aclaró la garganta, se acomodó los lentes y continuó.

–… bajo los cargos de, dos puntos, violar el Tratado de Paz y Buena Voluntad firmado entre Altamiria y Tierraíz, en el año quinientos veintitrés de Nuestra Señora, el que indica, dos puntos, abre comillas, se prohibirá en Tierraíz la presencia de cualquier hombre o mujer, de cualquier edad, rango social y arte bélica, que venda su arma al mejor postor, entiéndase mercenarios. Si llegase a poner pie en este territorio cualquiera persona que ejerza este oficio, será devuelto a su lugar de origen, siempre y cuando no haya cometido delito alguno. En caso de haberlo cometido, se le juzgará y sancionará según la gravedad de sus actos y bajo las leyes donde hayan sido realizados. Segundo cargo, asesinato de un sereno y dos ciudadanos del puerto de Lobera. Tercer cargo, piratería. Cuarto cargo, sospecha de asesinato de veintitrés soldados de Lobera…

“Mentira, mentira”, se defendían a gritos los mercenarios. “Joer que son unos putos mentirosos”, se alzaban en sus puestos, cayéndose de bruces por el peso de las bolas de hierro en sus cadenas.

Careperro volvió a ponerse de pie.

–¡No tienen cómo probar nada! –ladraba cual perro rabioso.

Ese era el miedo de Tulio. “Bueno, para eso son los juicios”, pensó.

–¿Acaso tenéis testigos que acrediten las falsedades que decís? A nadie veo por aquí que pueda decir algo en contra nuestra –los desafió Careperro.

–Que pase el primer testigo –dijo Evaristo Manofirme haciendo honor a su apellido.

De un salón contiguo entró el tendero que atendía la chingana de Lobera. Parecía una verdadera jalea humana. El sudor corría por su calva cabeza.

–Sois libre de hablar, posadero, siempre que juréis por la Señora que solo la verdad y nada más que la verdad saldrá de vuestra boca.

–L… lo juro –tartamudeó.

–¿De los detenidos, conocéis a alguien? –preguntó el fiel ejecutor.

El tabernero apuntó al pelirrojo de mostacho prominente.

–Levantaos –le ordenó Evaristo–. ¿De dónde lo conocéis, don Luis?

–Él… él… él tomó mi chingana por la fuerza, don fiel ejecutor. Amedrentó a mi familia bajo amenaza de muerte. En mi humilde chingana se reunían todos estos truhanes. Bebían y comían sin pagar, golpeaban a mis otros clientes y yo mismo vi cómo ese bribón le ensartaba el florete en la panza a un buen ciudadano.

El pelirrojo Migue frunció sus labios, dibujando una mueca de odio y futura venganza contra el calvo don Luis que, intimidado, bajó la mirada.

–Podéis retiraros, don Luis. Hoy ha sido un hombre valiente. El segundo testigo –ordenó Evaristo.

Junto al trono apareció Blasco Fontanalta. El miembro más joven de las Espadas de los Caminos narró a toda la audiencia su batalla contra los dos pícaros en la posada y el descubrimiento del tatuaje de la Cruz de la Beligerancia en sus cadáveres.

–El mismo tatuaje que tienen cada uno de estos hombres aquí presentes –dijo sin miedo–. Esa marca me hace pensar que sois todos cómplices de aquellos bandidos que asaltaron la Posada del Peregrino y malhirieron a sus dueños.

Fray Camilo Valleseco fue el siguiente testigo, seguido por Lucio Molinero, el alcalde de Lobera, Bastián Bocablanca y otros ciudadanos. Todos apuntaban a los prisioneros como hombres peligrosos y de armas tomar.

“Tales acusaciones los califican solo como delincuentes comunes. Si nadie los contrató para armar toda esta batahola no se les puede culpar de ser mercenarios”, pensaba el rey casi con resignación. “Al menos por sus delitos no saldrán libres y muchos irán a la horca”.

–Vuestro tatuaje los incrimina como mercenarios, caballeros –habló el rey con tono paciente–. Todos los aquí presentes saben que tal marca pertenece a la Compañía de la Cruz de la Beligerancia, reconocida asociación de asesinos de Estrechos que alquilan su espada al mejor postor. Así que confesad y seremos misericordiosos ¿quién os ha contratado para propagar la violencia en este reino de paz?

–Nadie nos paga el vino. ¡Aquí somos libres!

“¡Libres, libres!”, gritaban a viva voz.

“Mienten”, pensó el rey.

–Repetiré mi pregunta una vez más, caballeros. Sé que estáis faltando a la verdad. Si insistís en negar lo que ya sé de antemano –sacó un papel de su bolsillo–, tendré que aplicar medidas más… disuasivas.

–¡Nadie nos paga el vino, majareta! ¡Somos hombres libres! –gritó Careperro.

El rey guardó silencio por unos instantes, decidido a jugar la última carta, literalmente.

–Esto fue encontrado por mis hombres. Se cayó del bolsillo de uno de vuestros colegas. –Alzó una carta y leyó algunos fragmentos–. “Envié un nuevo contingente de hombres de Estrechos, todos de la Compañía de la Cruz de la Beligerancia, veteranos de mil batallas, y uno que otro delincuente avezado en el arte de la esgrima”. “Estarán bajo vuestras órdenes y están al tanto que deben actuar en el Día de San Clemente de Buenacepa”. “La orden: derrocar al rey Tulio Hojaltiva”. –Mantuvo el escrito en su mano–. ¿Y bien, caballeros, seguiréis insistiendo en que nadie os ha pagado el vino? La misiva no tenía ni remitente ni destinatario… y yo necesito un nombre. ¡Soldados, llevad a estos señores a la plaza pública y azótenlos hasta que suelten la lengua!

Apenas los hombres del rey alzaron a los mercenarios, se escuchó una confesión.

–¡Antoine Garraleón! –gritó desesperado el pelirrojo del mostacho prominente al tiempo que un soldado lo tironeaba de la manga. Ya había soportado suficiente tortura con el puñal en el vientre y los golpes de Bastián, y la sola idea de recibir un solo azote más lo hizo cantar–. ¡Antoine Garraleón! ¡Antoine Garraleón! –Se le desgarraba la garganta de tanto gritar.

Un grito ahogado se escuchó en el salón. Los terramargos no daban crédito a la acusación del mercenario. “¡Imposible!” “¿Un noble traidor?” “¡A la horca con ese lechuguino!”

El rey negó con la cabeza, desilusionado de su marqués.

–Bajadlo –ordenó con un susurro.

En el segundo piso del salón los soldados capturaron con fuerza los brazos del noble.

–¡Es mentira! ¡Es mentira! ¿Qué clase de injuria es esta? No conozco a estos hombres –se defendía desesperado el marqués–. Nunca los he visto en mi vida. ¡Lo juro por la Señora! –gritaba colgando de los brazos de sus captores, quienes lo bajaron a rastras por las escaleras hasta llevarlo frente al trono–. ¡Soltadme! –Se compuso y se ordenó la chaquetilla de seda lila que vestía esa mañana–. Su majestad, yo nunca haría nada en contra de la corona que tantas alegrías me ha dado. –Se echó de rodillas–. Os juro por la Señora que no conozco a estos criminales. Soy fiel a vuestro reino. Tenéis que creerme –rogaba–. Tenéis que creerme. ¡Nunca os traicionaría! –Intentó besarle los pies.

–¡Altamirio mentiroso! –La chamana Acacia intervino sacando la voz–. Con estas orejas te escuché urdir tus planes para acabar con el reinado de tu rey. Tú y ese mercachifle de Altamiria, Sebastián Barrancones.

–¿Es verdad eso, sabia Acacia? La honra de dos hombres está en juego –la interrogó el rey con gravedad.

–¡Nunca he dicho verdad más grande, Tulio! Este hombre tiene una alianza con los reyes que están invadiendo Baluarte. Busca vengarse de Francisco de Odragón por enviarlo a esta tierra que él considera indigna, mi propio hogar –hablaba con rabia en la voz–. Altamirio traidor. ¡Eso es lo que eres!

–¡No tenéis pruebas ni testigos para tal acusación! –le espetó el gordo marqués.

Acacia dudó un segundo. Debía jugarse el todo por el todo.

–¡Él es mi testigo! –apuntó al segundo piso del salón.

Todos dirigieron su mirada al conde Calisto Fuenteamplia. El constante murmurar del público aumentó su volumen. “¿El conde también está involucrado?” “¿Es un traidor?” “¡Debe confesar!”

El conde se mantuvo frío como el hielo. La boca cerrada, los ojos clavados en Acacia. Apretó con fuerza el barandal al ver que el salón entero lo miraba con reprobación y desconfianza. No tuvo más remedio que confesar.

–La chamana Acacia habla con la verdad –dijo con una voz libre de todo miedo–. Hoy en la madrugada me reuní con el marqués Antoine Garraleón. Me propuso traicionaros, su majestad.

Los murmullos eran ahora gritos iracundos. “¡A la horca!” “¡A la horca!”

–Me negué… –Sus palabras se perdían entre la algarabía del pueblo–. ¡Me negué a tal pedido! –impostó la voz–. Aun así, debo ser castigado, pues no lo delaté inmediatamente como era debido. Me dejé llevar por los lazos de amistad y le concedí diez días para que desistiera de su plan y abandonara estas tierras. Que desapareciera del mapa. Tal fue mi error, majestad, y merezco castigo.

Los habitantes guardaron silencio esperando las palabras del rey.

–¿Sabia Acacia? –Tulio miró a la anciana.

–Es verdad lo que dice.

–Correcto… –suspiró entristecido el rey–. Tranquilo, don Calisto, no seréis castigado. Actuó bajo el alero de la lealtad para con su rey y para con su amigo. Ambas acciones deben ser premiadas. En cambio, la traición será debidamente castigada. –Miró con severidad a Antoine. Su rostro estaba abatido, el sudor humedecía el cuello de su camisa–. Encarcelad al marqués. Ya veremos si merece agua y comida.

–Su majestad –insistía en su ruego con las palmas juntas mientras era arrastrado por los soldados–, no conozco a estos asesinos. ¡No los conozco! Tenéis que creerme ¡Tenéis que creerme!

Siguió gritando y alegando inocencia hasta que su voz se perdió en los calabozos.

–Vuestro señor ha sido capturado, caballeros. –Tulio se dirigió a los mercenarios–. Y sin él, vuestros servicios ya no son necesarios. –Se levantó del trono–. Como rey de Tierra Amarga, os condeno al exilio. Serán devueltos a las autoridades altamirias. Que ellos se encarguen de vuestros crímenes. No mancillaré mi reino con vuestra sangre. Se harán los preparativos para que seáis enviados al puerto de Lobera, donde se les subirá al primer barco que zarpe del continente.

–Su majestad –intervino Calisto–, os ruego que permita restituir mi honor por no haber delatado inmediatamente al marqués.

–¿Cuál es vuestra propuesta?

El conde bajó las escaleras y puso una rodilla en el suelo.

–Os solicito, con todo respeto, que me deje partir a Lobera y encargarme de los trámites necesarios para desterrar a estos criminales. Me aseguraré de que vuestra palabra sea cumplida y seré yo quien pague el costo de las embarcaciones, no las arcas reales. Los impuestos de nuestro esforzado pueblo no deben malgastarse en estas lacras asesinas. Por favor, su majestad, os lo ruego… ¡Por mi honor!

–Concedido, conde. Por su honor. Partirá hoy mismo a Lobera. Tal es mi mandato.

–Tulio –intervino la chamana Acacia–. Esto aún no ha terminado.

El rey y el resto de la corte aguardaron en silencio por las palabras de la anciana.

–Escuché a Antoine decir que contaba con el apoyo de cien mercenarios… y este grupo apenas pasa la treintena.

El rey contó treinta y dos.

–Colina Magra –confesó el conde Calisto–. Allí está el resto de los mercenarios junto al mercader Sebastián Barrancones, quien marchó ayer en la madrugada tras nuestra reunión. Aguardan la celebración del Día de San Clemente de Buenacepa para invadir la capital y derrocaros. Tal es la información que me dio el marqués.

“¡A por ellos!” “¡Atrapad a esos granujas!”, clamaba el pueblo alzando los puños. “¡Capturad a los asesinos!”.

–Maestre de campo –habló la reina Felicia con una suave voz que no lograba ocultar su angustia–, sé que vuestros hombres se han esforzado más allá de sus capacidades y me pregunto si las fuerzas de la capital podrían cabalgar hasta Colina Magra y capturar al resto de esos malhechores.

–Muchos de mis hombres quedaron heridos tras la campaña de Lobera –dijo Bastián–. Si me dan algo de tiempo podría reunir a los que estén en buenas condiciones.

–Actuáis con generosidad, maestre de campo, siempre preocupado por vuestros hombres. ¿Con cuántos soldados creéis que podríais contar?

–Llevadlos a todos –la interrumpió el rey apretando los brazos del trono. La reina le tomó de la muñeca en un vano intento de tranquilizarlo.

–Si su majestad así lo ordena…

–¡Así lo ordeno! –El rey tenía la voz endurecida–. Con suerte deben quedar unos setenta asesinos, así que marchad con todas nuestras fuerzas, maestre ¡Todas! Marchad y traedlos vivos o muertos. No escatimaré en recursos para terminar de una buena vez con esta perfidia.

–¿Y quién cuidará la capital, querido? Necesitamos contar con algunos soldados en Nueva Esperanza. –El tono conciliador de la reina podría haber calmado incluso a un animal rabioso, pero no al rey, no en ese momento.

–Ya no hay peligro aquí. Los mercenarios que pululaban en kilómetros a la redonda yacen o yacerán en los calabozos. –Observó a los asesinos arrodillados y encadenados–. Marchad mañana al amanecer, maestre. El rey ha hablado.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2