Capítulo 59. A vuestro lado hasta el final

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Santiago de Monteáguila maniobraba su sable con gracia. Daba pequeños pasos cruzando elegantemente la pierna izquierda por delante de la derecha y viceversa. Medía a Calisto y hacía caso omiso al combate generalizado que lo rodeaba, hacía caso omiso a los gritos de terror de cuando se avecina la muerte, hacía caso omiso a la sangre ajena que le salpicaba y manchaba su chaquetilla de seda dorada. Para él no existía la batalla a su alrededor, solo existía un enemigo: el conde Calisto Fuenteamplia.

–¿Qué esperáis para atacar, Santiago?

–Tranquilo, don Calisto, que voy a asesinaros, solo estoy decidiendo cómo hacerlo.

–¡La puta que os parió! –El conde Calisto se abalanzó con una estocada frontal.

Santiago la esquivó con un salto felino y contraatacó con un corte que dejó un hilillo de sangre en el hombro izquierdo de su calvo rival.

Ambos se pusieron en guardia.

–Un lance de suerte –se quejó Calisto.

–Ya os gustaría eso, mas debo reconocer que no fue mi pericia con la espada, sino vuestra incompetencia con la suya.

–Jódase.

–Nunca pensé que vuestro lenguaje fuera tan soez, conde Calisto.

Santiago atacó con movimientos similares a un baile de la corte, subiendo suavemente el sable y dejándolo caer con firmeza. Más que pelear, parecía que estaba escribiendo poesía con la hoja de su espada y por tinta usaba la sangre de su enemigo. Calisto apenas se sostenía en pie, estaba empapado en sudor y cada corte que recibía le restaba fuerzas.

–¿Cómo podéis pelear así de bien, jodido petimetre?

–Os responderé vuestra interrogante, conde, si es que os puedo seguir llamando con dicho título luego de tamaña traición. –Comenzó a atacarlo con veloces estocadas que Calisto apenas podía ver–. Como sabéis, mi familia, pese a su ralea, nunca ha sido respetada. Al no tener tanto dinero como vuestra merced, el renombre lo conseguimos a punta de espada. Mi bisabuelo participó en las rencillas de Tordezuelas y mi abuelo fue veterano de Histolia, Mar Pardo y Puente Viejo. –Le rajó la camisa de un tajo lateral. Calisto retrocedió asustado–. Mi padre no se quedó atrás, integrando los tercios que combatieron en la frontera de Zierrartera. Cuando colgó la espada, me instruyó en el arte del acero, tal como con él lo hicieron mis antepasados. ¿Y os digo algo, conde? –Le tajeó el muslo derecho con tal profundidad que Calisto gritó de dolor y empezó a cojear–. Hombres como vuestra merced siempre iban a nuestras tierras para desprestigiarnos y acusarnos de falsa nobleza, por lo que mi instrucción en la esgrima no solo fue teórica, sino que también fue práctica. –Lo hirió en un hombro–. No sabéis cuánto deseaba batirme a duelo contra vuestro sable, un sable altanero, orgulloso, petulante. Para mi pesar, me doy cuenta de que la vuestra no es más que una hoja ricachona, engalanada en joyas y que nada sabe de reyertas, una espada ornamental. Mejor envainad vuestro acero, rendíos y acabad con esta vergüenza.

–¡La envainaré en vuestro poco noble culo! –Calisto chilló con ira.

–Qué mal hablado, conde. Basta ya de palabras, basta ya de bromas. Lo que habéis hecho aquí no tiene perdón de la Señora, y yo, como fiel creyente de La Palabra, ejerceré el castigo que merecéis. –Santiago se puso en guardia con la espada vertical apuntando a los cielos–. ¡Que la Señora se apiade de vuestra alma!

Tan rápido fue el movimiento de Santiago que la única reacción de Calisto fue retroceder y dejarse caer al piso. Aquel desprolijo movimiento le salvó la vida, pero un frío sudor le recorrió el espinazo cuando vio que la punta de la hoja igualmente le había atravesado el jubón, mas no alcanzó a hundirse lo suficiente para que la herida fuera letal, aun así, la sangre manaba a chorros de su barriga. Sintió un repentino calor en la entrepierna y un vacío en las tripas.

–¡A mí! ¡A mí! –Calisto gritó de terror, pálido como la nieve.

Los mercenarios se agruparon en torno al traicionero conde, resguardándolo del letal acero de Santiago de Monteáguila.

–Estáis perdido, condecillo. Tulio Hojaltiva ha sido capturado. Tierra Amarga ya no tiene rey –le entregó las malas nuevas el capitán del tercio de Altamiria, un garañón barbudo de mediana estatura envuelto en una coraza de acero–. Tu rey ha sido encerrado en su propio calabozo, vigilado por decenas de nuestros hombres. Mirad a tu alrededor, Santiago, ya casi no te quedan soldados.

El maestre Bastián llegó en el momento justo para equilibrar el combate.

–¡Aún quedamos algunos, invasor!

–¡Mi querido maestre! Bajad la espada. Según este conquistador, Tulio ha sido apresado. –Las palabras de Santiago provocaron una risa triunfal en Calisto que aún estaba sentado en el suelo y con la mano en la barriga.

–¿Qué estáis diciendo, conde? –le reprochó Bastián– Lucharé a vuestro lado hasta el final. No podéis rendiros ahora.

–Siempre tan honorable, querido maestre. Os agradezco la bravura, mas no estamos los dos solos en esta gresca. ¡A mí! –gritó.

De los distintos frentes del combate llegaron las pocas dagas del rocío que seguían en pie, hombres y mujeres jóvenes cuyos trajes de sedas estaban teñidos de sangre. Un puñado de soldados y espadas de los caminos se sumó al disminuido grupo. En total, veintitrés dagas del rocío, poco más de cien espadachines, más el conde y el maestre de campo, encarando a todo un tercio altamirio.

No tenían ninguna posibilidad de victoria y lo sabían.

–¿Preparado, conde? –le preguntó Bastián con la ropera en alto, lista para la batalla.

Santiago de Monteáguila asintió sonriente y al grito de “¡Tierra Amarga!” se lanzó al combate. Poco y nada pudo hacer aquel corajudo grupete de leales terramargos. A pesar de que combatían con feroz elegancia, sus fuerzas comenzaron a menguar, cayendo por obra de las balas o las espadas. Los gritos de dolor y las plegarias a la Señora inundaban el aire.

–¡Maestre, debe huir!

Aprovechando un segundo de descanso que tuvo tras matar a un altamirio, el conde Santiago tomó por el cuello a Bastián y lo arrastró hacia un callejón oscuro ajeno a la batalla. Tenía los dientes ensangrentados y los ojos vidriosos. No se asemejaba en nada a aquel hermoso y hedonista noble amante del vino tinto que fuera antaño.

–¡Huya de aquí, Bastián!

–¡No lo haré! Seguiré combatiendo hasta que caigamos todos.

–Deje ya esa altiveza de soldado. Si vuestra merced escapa mantendré viva la esperanza de recuperar Tierra Amarga algún día. –Le tomó violentamente del cuello de su camisa–. Aún soy conde, maestre, me debe obediencia. Salve la vida y regrese para recuperar este reino. ¡Huya que yo os protegeré la espalda! –le suplicó–. ¡Es una orden!

Bastián se debatía entre su honor y aquel mandato. Que nadie dijera que no cumplía su trabajo. Aprovechando la algarabía del combate, escapó. Escapó con la mente puesta en recuperar el reino para Tulio Hojaltiva. Corrió tan rápido como se lo permitieron los pies y justo antes de esconderse entre los callejones volteó para dar un último vistazo al encarnizado combate que se libraba en la plaza real. Apretó su mandíbula con impotencia al ver al conde Santiago luchando sin dar tregua. Sus dagas del rocío estaban a su lado, siempre blandiendo sus floretes para proteger a su señor. Jóvenes de una lealtad y valentía impropios para este mundo. Oculto tras un muro, observó con horror cómo el avance de la marea de conquistadores rodeó al conde, a su séquito y a los soldados hasta hacerlos desaparecer.

“¿Soy un cobarde?”, se preguntó cabizbajo. No, no era un cobarde. Había recibido una orden y daría la vida por cumplirla.

 

–¿A dónde vais? –le increpó un mercenario que se terció a la vuelta de una esquina. Limpiaba su espada tras a asesinar a un soldado– ¡Eh, hijodalgo, a vos te hablo! Qué mala suerte toparse con mi acero. De aquí no salís vivo.

Sin decir esta boca es mía el mercenario tenía la espada de Bastián enterrada en la barriga. El maestre retomó su camino con sigilo. No podía permitirse tales demoras. Fue a su hogar a buscar a la mujer de apelmazados cabellos ceniza rogando que estuviera viva.

–¡Tranquila! –Josefina lo recibió con un puñal en el cuello.

–¡Bastián! –Lo abrazó con fuerzas–. Perdón. La batahola es tal que ya he tenido que asesinar a un gañán que intentó entrar por las malas a la casa. Pensé que eras el segundo.

–Calma, amor. Debemos movernos rápido. He recibido una nueva orden. Quizás la última. Nos vamos de Tierra Amarga.

–¿Nos vamos? ¿A dónde?

–Lo más lejos posible –respondió con desazón–, pero volveremos.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2