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Una honda tristeza inundó el corazón de Tulio al encontrar a su cuñado moribundo en los brazos de Felicia. La reina lo había arrastrado hasta una callejuela para sacarlo del tumulto. La espada de Calisto le había atravesado el torso y derramaba sangre por pecho y espalda. El otrora celeste vestido de la reina era ahora carmesí.
–No llores, querida, que tu hermano ha sido siempre un devoto de nuestra Señora.
–Tranquilo, cuñado, te sacaremos de aquí.
–No, Tulio, no hay salvación para mí. Te ruego que salves a mi hermana Felicia. Sálvala.
Aquellas fueron las últimas palabras del duque Evelio de Mondragón, hermano de Felicia de Mondragón y fiel servidor de la corona de Tierra Amarga.
–Debemos llevarnos su cuerpo. – Felicia lloraba sin soltar el cadáver–. Hay que darle digna sepultura. No podemos dejarlo aquí. ¡Lo mutilarán!
–Claro que lo haremos, reinita.
Un mercenario la alzó de los castaños cabellos. El desesperado chillido de la reina despertó tal ira en Tulio que sacó a relucir su espada para luchar a muerte con aquel gandul mal agestado. El duelo no duró demasiado. Como escudero de Emilio, el rey contaba con muchas batallas en el cuerpo y lo demostró cercenando la diestra del invasor.
–¡Ese es el castigo que se da en Tierra Amarga a quien toca a la reina sin su permiso! –gritó enajenado.
Los mercenarios que llegaron para apoyar a su compañero de armas no contaban con la cólera de Tulio y su espada iracunda. Decapitó al primero de los asesinos, al segundo le rebanó la garganta y al tercero le sacó todos los dientes a punta de golpes con el guardamano de su sable. Levantó a Felicia del brazo y se dirigieron a la casona real para guarecerse, pero no alcanzaron a dar ni cinco pasos cuando fueron rodeados por un grupo de alabarderos, todos apuntándoles con el filo de sus lanzas.
–Abandonad el combate, Hojaltiva. Tierra Amarga ya no os pertenece.