9
Junco se encontraba en lo alto de una elevación que caía abruptamente al río Furiatroz. Recogía ramas y palos secos para alimentar la hoguera que preparaban los soldados terramargos. Las iba guardando bajo su delgado brazo al tiempo que cantaba una melodía que le había enseñado su padre.
Quiero el árbol ver
Quiero el árbol ver crecer
Ahí donde sale el sol
Ahí donde crece la flor
Ríe, niño y ¡mira bien!
El árbol muy fuerte es
Tanto como tus pies
Lomogrís lo escuchaba con sus orejas en alto y agitando su cola. Se acompañaban en aquel atardecer.
–¿Tienes hambre? Toma. –Junco le arrojó un trozo de carne seca que le habían dado sus compañeros de viaje.
Dejó los maderos recolectados en una enorme pila sobre el césped y se sentó con los pies colgando hacia el vacío. Reuniendo valentía, se animó a mirar el río que rugía varios metros más abajo y desvió inmediatamente la vista, pálido por el miedo. Prefirió sentarse de manera más segura y recogió los pies bien lejos del barranco. Su peludo compañero se echó junto a él y le colocó el hocico sobre su muslo para echar una siesta. Junco se dedicó a reconocer y memorizar el paisaje. Para ser uno con la naturaleza, debía conocerla, claro que todo ese territorio le era nuevo e inexplorado, por lo que no conocía los nombres de ninguna loma ni de ningún río, solo reconoció las enormes montañas nevadas que se alzaban a lo lejos en el oriente: “La cordillera de Piedrafría. El hogar del Espíritu. ¿Alguna de esas cimas será La Montaña?”, se preguntaba maravillado. Le hubiera gustado ir en el viaje junto con Cormorán, Roble y Pumagrís hacia esas cumbres, pero no era un puma. En esa época era apenas un coipo.
Se echó un piñón a la boca y siguió cantando.
Dime río ¿Dónde vas?
Arrulla mi sueño,
dame paz
Alimenta este bosque
que anhela crecer,
alimenta a mi pueblo
que quiere creer
Por ti el verde brilla aquí,
en esta ribera vivaz
y en ella jugaré feliz
para encontrar mi paz…
–A tu padre siempre le gustó esa canción –lo sorprendió Roble–. La cantaba tu madre para hacerte dormir mientras tu padre te mecía en sus brazos. Cuando ella marchó a la tierra de los ancestros Sauce nunca dejó de entonarla por las noches. Era la única manera que tenía para hacerte dormir. Ya hubiera una tormenta, un temporal o una agradable noche de verano, siempre cerrabas los ojos con esa canción.
–Lo recuerdo –dijo Junco acariciando la cabeza de Lomogrís–. Lo extraño.
–Todos, chico. Todos extrañamos a tu padre y en su honor limpiaremos Tierraíz de la amenaza de los espectros.
–¿Cree que los terramargos nos ayuden?
–Lo harán, muchacho. No son tan tercos como para quedarse esperando a que los espectros lleguen a su tierra y los asesinen a todos. Después de escucharnos, sabrán que es necesaria una alianza con nuestro pueblo. De otra forma será imposible ganar.
–No sé si podamos ganarles a esas cosas. Mi padre era el mejor y… –Bajó la cabeza.
–Tranquilo, muchacho, somos fuertes como el mar y firmes como la cordillera. Y tú vas por buen camino. Para tu corta edad eres un gran conocedor del territorio y de sus bestias. No cualquiera doma a un zorro. –Lomogrís alzó sus orejas, como si hubiera adivinado que hablaban de él–. Sigue por ese sendero, muchacho, y serás tan grande como tu padre. En los tiempos que corren se necesita de gente valerosa. Aunque debes aprender a ser precavido.
Junco lo miró con atención.
–Sí, Lirio y el pájaro de mal agüero me contaron que querías internarte en los bosques de Aguatrueno. –El pequeño se enrojeció, avergonzado por querer cometer tal estupidez–. No debes dejar que las emociones nublen tu juicio al punto de tu propia destrucción. Por lo general, la muerte siempre se lleva primero a los temerarios.
»Ya verás que todo saldrá bien. Con tu testimonio conseguiremos el apoyo de Tulio Hojaltiva. –Se quedó en silencio largo rato mirando la cordillera de Piedrafría–. Imagina nuestro miedo al ver centenares de barcos en nuestros mares, muchacho, todos con cañones abriendo fuego a las aldeas costeras… y, aun así, logramos vencer a Emilio Martesta y a sus Huestes del Corazón de Hierro. Y antes de eso, nuestros bisabuelos se alzaron con el triunfo en terribles batallas, como la guerra de Cuesta Alta o la Noche del Llanto de las Almas.
Junco conocía de memoria todos esos relatos. Ninguno era heroico, ninguno era poético, ninguno tenía un final feliz. Todos eran sumamente tristes, de terribles aflicciones y sufrimientos. La única lección que había aprendido de ellos era que los sobrevivientes siempre lograban seguir adelante con sus vidas, sobreponiéndose a la tristeza y a la amargura, intentando volcar en las nuevas generaciones todo lo aprendido para impedir que sus hijos cometieran los mismos errores.
¿Eso era lo que tenía que hacer? ¿Seguir luchando? ¿Seguir adelante con su vida?
Dejó de lado tales pensamientos cuando escuchó la conversación y los pesados pasos de Asterio Siemprebravo y Darío García y Peñafiel, que ascendían por la pendiente.
–Ya hemos conseguido encender un pequeño brasero –Asterio se acomodó el chambergo y se abrigó con su capa–. Sería bueno alimentarlo con más ramas, pues esta noche hará frío –dijo y miró con preocupación los densos nubarrones que cerraban el cielo.
–Has hecho un buen trabajo recolectando todos estos maderos, Junco. Nos vendrán muy bien ¡Muchas gracias! –Darío le sonrió y se agachó para recoger parte del montón que el pequeño había reunido.
Roble puso el resto bajo sus brazos.
–Con esta cantidad estaremos bien por esta noche, no hay viento y las nubes no vienen cargadas.
–¡Vaya! Veo que ya no somo necesario –dijo Miguel Bocafloja, que venía del campamento con parte de los soldados para ayudar a cargar la leña.
–Siempre hacen falta más brazos. –Darío le entregó su montón de ramas a Miguel, quien no pudo con el peso y se le cayeron todas al suelo–. ¡Joder! Miguel, tienes brazos de mantequilla.
–¡Ha sío sin querer! –se defendió el viejo soldado.
Junco y Asterio rieron de buena gana.
–No se preocupen. –Roble se agachó para ayudarlos, pero un fuerte golpe en la cabeza le impidió levantarse.
–¿Qué carajo hace, don Darío? –gritó Asterio, desconcertado.
–¿Por qué golpeó al señor Roble? –chilló Junco. Un fuerte brazo lo rodeó por el cuello y lo arrojó hacia el filo del abismo.
–¡No te entrometas, mocoso! Esto no es contigo… todavía –le advirtió Miguel amenazándolo con su espada.
Lomogrís se abalanzó contra el soldado, pero recibió una fuerte patada en las costillas. El joven zorro se fue cojeando y llorando al lado de Junco, que estaba aterrado e inmóvil.
–¿Podéis decirme qué ocurre, carajo? –gritaba Asterio.
–¡Callad, terramargo pusilánime! –ordenó Darío a viva voz–. ¿Cómo es posible que el hijo del gran Ernesto Siemprebravo se haya convertido en un cronista cobarde y servil a Tulio Hojaltiva? Un rey que cedió su espada a esta escoria –apuntó a Roble con su pistola desenfundada–, que accedió a vivir en un territorio estéril y que tiene a sus ciudadanos en la miseria. ¡Respóndeme! –Se acercó hacia Asterio–. ¿Cómo es que el hijo del osado Ernesto se convirtió en esto? –Lo tomó del cuello y lo arrojó al lodo.
Asterio no era capaz de comprender las palabras de Darío. ¿Quién era aquel otrora amable soldado que ahora se comportaba como un desquiciado?
–¿Qué ha sucedido? –Roble poco a poco fue recobrando el conocimiento. Sangraba por la nuca.
Se levantó tambaleante y vio que estaba rodeado por los soldados de la comitiva. Todos con la espada desenvainada. A su espalda, al borde del precipicio, estaba Junco, pálido y con los ojos llenos de miedo.
–Muchacho, ¿qué ha sucedido? –Apenas dijo esto recibió un golpe en su mandíbula.
–El gran Roble Tallofuerte. –Darío hizo una mueca de desagrado–. El benevolente Roble. El hombre que nos dio la oportunidad de vivir en un sitio baldío. ¿Os gusta vuestro reino, muchachos?
“¡No, es un asco!” “¡La muerte hecha tierra!”, respondieron a coro los espadachines mientras escupían y pateaban a Roble que yacía en la hierba.
Asterio se interpuso entre los soldados y Roble.
–¡Basta! Él nos dio exactamente lo que Tulio pidió para no regresar a Altamiria –dijo en su defensa–. Fue Emilio Martesta el que devastó ese territorio fértil. Fue Emilio el que, en su infinita codicia, quemó la tierra y la llenó de sal para dañar a los nativos. Fue Emilio el traicionero, Emilio el infame, Emilio el…
–Una palabra más y será la última que diga, don Asterio. –Darío le puso la pistola en medio de los ojos–. Nadie habla mal de mi padre y vive para contarlo.
–¿Vuestro… vuestro padre?
Darío le soltó una expresión maliciosa sin quitarle la pistola de la cabeza.
–Ahora quitaos de en medio, don Asterio, que tengo planes para este animal. –Golpeó al cronista con la culata de su pistola.
Roble se levantó apenas, ensangrentado y magullado. Se ayudaba con su lanza.
–¿El hijo de Emilio Martesta?
–Mi nombre es Darío Martesta –respondió el espadachín–. Y hoy, en nombre de mi padre y de todos los grandes hombres que cayeron ante ti, cobraré venganza.
–¿Grandes hombres? ¿Llamas grandeza a asesinar impúnemente a gente inocente, a niños, terramargo traidor? ¡Teníamos un pacto! –Roble desbordaba ira en cada una de sus palabras.
–Mi padre no lo firmó y yo tampoco. Lo firmaron ustedes con los cobardes aristócratas de Altamiria y ese gallina de Tulio Hojaltiva, un simple escudero con aspiraciones reales.
–Tulio se enterará de esto –advirtió Asterio.
–A estas horas Tulio ya debe haber sido derrocado –dijo Darío y los soldados rieron burlonamente–. Un nuevo orden rige en Tierra Amarga y en ese orden no entran vosotros. ¡Maten a Roble!
En menos de cinco segundos los tres soldados que se arrojaron contra Roble cayeron muertos con heridas en la garganta, vientre y corazón. Roble estaba de pie y de la punta de su lanza goteaba sangre espesa.
–Tus hombres son débiles, Martesta. Si apenas pueden luchar contra un viejo herido como yo, imagina lo que pasará cuando se enfrenten a los espectros. Todos ustedes morirán. Esta venganza tuya no tiene sentido, muchacho. Es la alianza y no la discordia la que nos permitirá vencer a esas bestias, tú mismo lo dijiste.
Los soldados se miraron con miedo. Recordaron el siniestro susurro en el bosque, los ojos que los acosaban y la muerte de su camarada. Roble tenía razón, ¿qué podrían hacer ellos contra esa maldad?
Darío se enfureció.
–Esos seres no tendrán oportunidad contra el poderío que viene desde Altamiria: cañones, pólvora, fuego y miles de hombres. –enumeraba con locura–. Y tampoco tendrán oportunidad contra mi cólera por haberme arrebatado la oportunidad de asesinar a Sauce Briznasol con mis propias manos. Sí, siempre quise matar al guerrero que venció a mi padre. Lástima que ya esté muerto. Al menos… al menos tendré el placer de liquidar a su hijo.
A un gesto de su cabeza, un soldado cortó de lado a lado el pecho de Junco y de una fuerte patada lo arrojó al río.
–¡JUNCOOOOOO! –Los ojos enrojecidos de Roble no daban crédito al horror que estaba viendo. Aquellos traidores habían asesinado a un niño, al hijo de su mejor amigo.
Corrió al borde del abismo, pero ya era demasiado tarde, el cuerpo del pequeño había desaparecido en las torrentosas aguas. Apretó su lanza con fuerza en un vano intento de ahogar las lágrimas.
–¡TERRAMARGOS TRAIDORES!
Gritó y se arrojó temerariamente hacia el asesino de Junco. Un estruendo frenó su acometida. Sintió un ardor en su muslo derecho y cayó con una rodilla sobre la hierba.
Darío Martesta cargaba una pistola humeante en su mano y caminó hacia Roble con una expresión macabra. Roble notó la semejanza de sus ojos con los de su padre Emilio. Se levantó a duras penas, respirando agitado, el muslo ensangrentado.
–¡Traidor! –alcanzó a gritar cuando cayó abatido por un disparo en el hombro y otro en el vientre. Su lanza resbaló de su mano rodando por el pasto húmedo.
En el brazo sano reunió toda la fuerza que le quedaba para levantarse, mas solo consiguió ponerse de rodillas y alzar la vista para desafiar a Darío.
–¿Cuántas pistolas necesito para matarte? Vosotros nunca aprendéis, ¿cierto? –Darío frunció su ceño–. No, siempre queréis combatir, odiáis rendiros. Mi padre cometió un error con vuestro pueblo… os respetó demasiado por tales cualidades. Yo no cometeré la misma equivocación –dijo, desenfundó una nueva pistola de su cinto y le disparó sin piedad entre medio de los ojos.
–Lleven su cabeza a Aguatrueno –ordenó–. Que los sureños sepan que ha comenzado nuestra revancha.
“¡Revancha!” “¡Revancha!”, gritaron a coro los soldados alzando sus espadas y pistolas. “¡Revancha!”, gritaron y el eco de sus bramidos resonó por todos los rincones y bosques de Tierraíz.