13
Era la tercera mañana desde la cacería y se vivía una gran agitación en Rocalga. Mujeres y hombres prendían fuego y arrojaban hierbas aromáticas a las hogueras. Junco despertó confundido, sin entender el ajetreo. Al ver que su padre no se encontraba en la choza, salió en su búsqueda. Soplaba un viento frío, por lo que se abrigó con una manta gris y afirmó su cabello con un cintillo de lana del mismo color. Algo ocurría en el centro de la aldea, vio a muchas personas desconocidas ingresando a El Claro, lucían mucho más fornidas que los habitantes de Rocalga, vestían con muñequeras, cintillos de cuero, cubrían sus hombros con mantas rojas, y estaban armados con macanas, lanzas y puñales de piedra. “¡Los guerreros de Aguatrueno!”, exclamó al reconocer el inconfundible escarlata que nadie más que los mejores guerreros de su pueblo podían utilizar. De entre ellos, había uno que sobresalía, tenía el cabello largo y encanecido, y se veía más añoso que sus acompañantes. Conversaba con su padre.
–¡Sauce, muchas gracias por recibirnos! Estamos sedientos y nuestras barrigas no dan más del hambre.
–Aquí siempre serán bienvenidos, amigo Roble. Hay comida y bebida de sobra. Siéntate y disfruta.
“Roble Tallofuerte… el líder de Aguatrueno. ¡Y el hombre que dirige las tropas de Costazul!”, se sorprendió Junco.
La tropa se sentó alrededor de una gran hoguera que encendieron en el centro de El Claro al tiempo que corrían las vasijas con granos, frutas, carne de guanaco y pescado asado de una mano a otra, inundando todo con un delicioso aroma. Junco, sin dudarlo, se acercó.
–¿Acaso este es Junco? ¡Vaya que estás delgado, muchacho! No te veía hace años –le dijo el veterano Roble al verlo llegar.
–Hijo, saluda a nuestro líder de batalla –le ordenó Sauce. El pequeño saludó cortésmente–. Y no lo juzgues por su delgado físico, Roble. Mi hijo es rápido y ágil como un zorro. El cazó la carne que estás comiendo.
–¿En serio? –inquirió escéptico mientras devoraba el humeante trozo de guanaco–. ¡Está bastante buena!
–Lo cacé con la boleadora –contó el pequeño con un toque de inocencia y una pizca de orgullo.
–Y un muchacho de la aldea cazó a otro animal con sus propias manos –sumó Sauce–. En Rocalga tenemos gente fuerte y valerosa. No nos menosprecies.
–No podría menospreciar a quienes viven en esta aldea, amigo mío –dijo al tiempo que bajaba la comida con un largo trago de licor de maíz–. ¡Ah! Esto está bueno. ¡Está muy bueno!
Escondido detrás de un árbol, Palma observaba toda la escena. Los guerreros le inspiraban un profundo respeto y admiración, por lo que se mantenía lejos, temeroso. Junco lo descubrió y, a sabiendas de los profundos deseos de su amigo, lo llamó a gritos, agitando sus manos para que tomara asiento con ellos. Palma se acercó a paso lento, tímido. Sentía el rostro acalorado. El líder de batalla vio al muchacho y le llamó profundamente la atención su envergadura física.
–Junco, ¿quién es este chico al que invitaste a comer con nosotros? –le preguntó mientras untaba un trozo de tortilla en una vasija con miel.
–Me llamo Palma Talloverde. –Se adelantó él, haciendo lo posible para que no se notara su nerviosismo.
–¿Talloverde? ¿Eres el hijo de Boldo Talloverde?
–Sí, señor.
–¿Cuántos años tienes ya, muchacho?
–Trece años…
–¡Trece! La última vez que te vi eras apenas un crío de nueve y no pensaba que fueses a alcanzar esta talla. ¡Si pareces un guerrero!
El pecho de Palma se infló tanto del orgullo que cualquiera habría pensado que iba a reventar.
–Él fue quien cazó al guanaco a mano limpia.
–Así que fuiste tú ¡Acércate! –El joven se puso de pie lo más estirado posible. Casi alcanzaba en tamaño a Roble Tallofuerte, quien ya era más corpulento y alto que el resto de los guerreros que lo acompañaban–. ¿Por cuánto tiempo pensabas ocultarme a este gigante, mujer? –gritó buscando con la mirada a la madre, que sonreía orgullosa entre el gentío–. Este chiquillo podría ser cabeza de tropa en el futuro. ¡Podría sucederme en el puesto, incluso! ¿Estás seguro de que tienes trece años? ¡No me mientas!
–¡Yo nunca miento, señor!
–Muchacho, muchacho, tu destino es venir a Aguatrueno con nosotros. Acepta acompañarnos a la aldea–fuerte y te convertirás en un gran guerrero. Me imagino que tu madre Boldo te educó bien en los juegos de destreza.
–Sí. Me enseñó lucha y adiestramiento de armas.
–Interesante. ¿Qué arma te gusta más?
–Mi madre me enseñó a usar la lanza y la macana. –Miró de reojo a su progenitora.
–¿Y si tuvieras que elegir? –insistió Roble.
–Me quedaría con la macana, señor.
–Y me imagino por qué. Un golpe con ese brazo tuyo debe ser devastador. Jugaremos a algo, muchacho, combatiremos tú y yo, aquí, a los pies del tótem de Coirón Riobravo. ¡Que él vea desde la tierra de los ancestros que los costeros seguimos siendo los más fuertes de Tierraíz!
“¡Eaaaa!”, gritaron a viva voz los aldeanos.
Decir que Palma estaba emocionado era poco. Su corazón latía con celeridad ante la posibilidad de convertirse en un guerrero. Su madre le entregó una gigantesca maza de madera envuelta en lienzos de cuero y reforzada con incrustaciones de piedra. Era tan pesada que muy pocos niños de su edad podían siquiera levantarla del piso, mientras que él la maniobraba como si fuese la ramita seca de algún arbusto moribundo.
–Trátalo con respeto, hijo. Recuerda que es el líder de batalla –le aconsejó su madre con seriedad.
–No te preocupes, no le pegaré tan duro –bromeó Palma y agitó su maza de un lado a otro.
Roble observó la imponente macana del joven y quiso combatirle con un arma de igual poderío.
–Muchacho, tendrás el honor de luchar contra Eclipsalunas.
Dijo y de entre unas telas sacó una lanza de punta refulgente. Su asta estaba hecha con la mejor madera de regiones lejanas y su punta era de la piedra más exótica que se podía encontrar, la adornaban pañuelos y lienzos de colores tan vivos como el atardecer de un ardiente verano.
–Esta arma –continuó– ha pasado de generación en generación en mi familia y, como pueden ver, sigue indemne. Fue forjada por artesanos de tierras distantes y entregada a mis antepasados. Si no hubiera sido mi abuelo quien me contó la historia de esta arma, no la hubiese creído, pues sus palabras se remontan a tiempos en que nuestros ancestros compartían con extraños seres que tenían el cabello del color del fuego, seres que hoy, cuentan las historias, se ocultan de la luz del mundo. Sí, habrían sido ellos quienes forjaron esta maravilla. Y tú, Palma, debes sentirte orgulloso de luchar contra un artefacto de esta belleza. –Alzó a Eclipsalunas y su punta resplandeció con la luz del sol que a esa hora de la mañana despuntaba entre las montañas de la cordillera.
–Cada vez que saca esa lanza repite la misma historia, palabra por palabra –le susurró Sauce a su hijo Junco que se aguantaba las ganas de reír.
En El Claro se celebró el combate. Ambos duelistas estaban emocionados, uno por tener la posibilidad de convertirse en guerrero y el otro por tener la posibilidad de entrenarlo.
Roble fue el primero en atacar. Tan veloz fue su embestida que Palma apenas tuvo tiempo de reaccionar y hacerse a un costado. Poco duró su sorpresa, pues contraatacó con vehemencia, blandiendo la maza de un lado a otro y de arriba hacia abajo. Dos golpes provocaron un grito ahogado en los aldeanos, el primero hundió el piso y retumbó en los montes cercanos, mientras que, el segundo, fue un golpe directo a la cabeza del líder de batalla, quien alcanzó a interponer su lanza. Roble sintió aquel embate como una avalancha de rocas. Sus muñecas y codos apenas consiguieron mantenerse firmes.
–¡Suficiente! –exclamó alzando la diestra–. Ya he comprobado la fuerza de tu brazo. Dirigí a los guerreros cuando nos invadieron las huestes de Emilio Martesta y también cuando vencimos a los insurgentes de Pampadorada, y pocas veces he tenido el honor de luchar contra alguien que haga temblar mi brazo como tú lo has hecho hoy. Me acalambraste los hombros, muchacho. –Se masajeaba–. Arregla tus pertrechos ¡Mañana partes a Aguatrueno!
El rostro de Palma desbordó felicidad y miró a su madre, que lo observaba satisfecha y con semblante sereno, como si hubiese sabido el resultado de antemano. Agradeció la oportunidad que se le había dado y corrió a festejar con los aldeanos, quienes lo vitoreaban como si fuera el más famoso de sus héroes.
–Ese muchacho será un gran guerrero, Sauce. Suerte que pasé por aquí antes de volver a Aguatrueno.
–¿Suerte, amigo mío? A mí no me engañas. ¿Qué hacías con toda una tropa en las inmediaciones de Rocalga? No creo que la suerte te trajera por la aldea o que anduvieras por aquí por simple entretenimiento.
–No te puedo ocultar nada, ¿verdad? –Sonrió con amargura–. Ven, no quiero que otros oídos escuchen esto.
Le tomó del hombro y caminaron hacia la foresta simulando despreocupación. El rostro de Roble se tornó serio.
–Pumagrís me envió un canto con un ave mensajera –suspiró, demostrando el poco ánimo que le provocaba el tema. Sauce quedó perplejo al oír nombre del chamán de Costazul–. El mensaje venía cargado de peligro. Nos advirtió que algo malo podría pasar.
–¿Hace cuánto tiempo fue eso?
–Dos lunas. Nos ordenó hacer guardia en las seis aldeas. Al ver que en Rocalga no existía peligro los visitamos para transparentar el asunto y evitar sospechas por si alguien de la aldea nos hubiera visto en los lindes del bosque. Tenemos todo cubierto, así que ahora nos marchamos. Estos hombres y mujeres deben descansar y ver a sus familias, mas no te preocupes, viene un contingente nuevo. Costazul nunca quedará sin protección –le aseguró.
–¿Pumagrís te dijo si regresaría?
–Dudo que vuelta pronto. –Hizo una mueca de resignación–. Anda recorriendo las estepas. Dice que los espíritus están inquietos y que le han enviado extraños mensajes en sueños, que el peligro se acerca.
–Desde aquella luna roja de hace un año que los chamanes nos vienen advirtiendo de un peligro que aún no llega. –Resopló.
–Tranquilo, no podemos hacer más que seguir sus consejos.
–Por sus consejos nuestros líderes vienen y van de una aldea a otra. Se siente el miedo en el aire. Nuestra gente está preocupada.
–Los líderes y los chamanes están haciendo su trabajo, viejo amigo: hablar, hablar y hablar –sonrió Roble–. Cuando dejen de palabrear, será la época de nosotros, ¡los guerreros! –Le tomó los hombros con fuerza.
–Nuestra época… –Suspiró Sauce con añoranza–. Nuestra época ya pasó. Las tribus se han unificado, los conquistadores fueron desterrados, y estos valles y montañas están protegidos. Ya no quedan enemigos. La era de los guerreros jamás regresará. Y por el bien de nuestro pueblo, espero que así sea.