Capítulo 9. Algo más que un puma

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–¡Esto es insólito! ¿Dónde está Ulte Hojaviva? ¿Dónde está el dizque líder de Rocalga? Hace días le envíamos loicas avisando que vendríamos y aún así no está aquí para recibirnos –gruñía Hualo, un hombre de panza prominente y el padre del clan del norte.

–Ulte Hojaviva se encuentra de viaje en las otras aldeas. Tendrás que conformarte conmigo. En ausencia del líder, su hermana Amancay Hojaviva ordenó que me hiciera cargo de esta situación, así que habla libremente y cuéntanos lo ocurrido con tus animales –le respondió Sauce con serenidad.

El guerrero yacía en un sitial que se había dispuesto en medio de El Claro para recibir a los emisarios de los clanes, quienes venían a narrar lo sucedido con sus animales muertos. Más de doscientos hombres y mujeres se agolpaban en el tótem de Coirón Riobravo para escuchar el testimonio de los recién llegados.

Hualo se mordía el labio de la rabia.

–¡Tu hermano debería haber estado acá! –le gritó a Amancay–. ¡Por algo lo elegimos líder! Si no cumple sus deberes como tal, que Sauce Briznasol asuma el liderazgo de Rocalga y de los clanes.

El silencio se hizo en toda la aldea.

–Elegir a un nuevo líder sin la presencia del actual es ir contra la ley –advirtió la sabia Totora–. Nuestras leyes dicen que si un líder no está presente se debe elegir a un aldeano confiable que lo represente y eso es lo que ha hecho Amancay. Una vez que Ulte regrese podrás postular a otro aldeano para liderarnos, no ahora.

–Totora habla con la verdad –dijo Sauce–. Al igual que los presentes, también lamento que Ulte no esté en la aldea, pero tiene razones poderosas para ausentarse. Y ya que nada podemos hacer al respecto, te pido que nos cuentes por qué los clanes han solicitado este consejo.

Hualo resopló airado, miró a sus acompañantes y comenzó su narración.

–Si estamos acá no es por gusto, Sauce. Como ya sabes, como ya todos saben, nuestras llamas fueron asesinadas. Fue hace unos días. Desperté para darles alimento cuando las vi tiradas sobre la hierba con sus pescuezos desgarrados, abiertos de lado a lado. Los pumas han vuelto. Los clanes no estamos seguros en los lindes de la aldea… ¡y ustedes tampoco! –Un susurro de preocupación surgió entre el gentío.

–¿Escuchaste algún sonido fuera de lo normal durante la madrugada? –preguntó Amancay.

–Nada. Por eso digo que fue un puma. Solo esos animales pueden matar con tanto sigilo.

–Una cosa es el sigilo y otra muy distinta es ningún ruido –se entrometió Litre Brizaveloz, que estaba entre la multitud.

–Según entiendo, estoy hablando con Sauce, Totora y Amancay, no con un mocoso allegado –espetó el robusto hombre acercándosele amenazadoramente.

–Tranquilos, mis amigos. –Sauce se levantó de su asiento y apoyó su brazo sobre la gruesa espalda de Hualo–. Litre sabe mucho de animales. Me ha contado que es un cazador experimentado y quiso ayudar. No volverá a interrumpirte.

–Controla la lengua de ese muchachito. –Lo apuntó amenazante–. Lo que ha pasado no es motivo de bromas.

–Lo haré, lo haré. Continúa. –Sauce volvió a sentarse y respiró hondo, hastiado por la situación.

–No solo eran mis llamas, eran las de todo el clan. Nos servirían de abrigo, fuerza y alimento. Las criábamos entre todos. Queda poco para que llegue el invierno y ya no tendremos ni su leche ni su carne. ¡Necesitamos una solución ahora! –demandó.

–No se preocupen por eso. Esta temporada la cosecha ha sido abundante y nuestras llamas se encuentran saludables, por lo que podremos proveerles de alimento.

–Sauce, nuestro caso fue igual de trágico –intervino un hombre delgado que vestía un taparrabos–. Soy Tepú, representante del clan de la ribera sur del río Tronador. La vejez le quitó las fuerzas a nuestra matriarca, mi madre, para venir en persona, por lo que hablaré en su nombre.

–Habla, Tepú, conozco a tu madre. La tengo en alta estima.

–Nuestros ñandúes, Sauce. –Apenas podía hablar de la ira–. Todos ellos fueron asesinados. Sus pescuezos estaban destrozados. El grito de una pequeña nos alertó. Cuando salí a ver qué ocurría vi los cadáveres de nuestros ñandúes regados por todo el caserío.

Sauce recordó aquel invierno de hace años. Aún tenía las cicatrices de su encuentro con aquel felino famélico. “¿Será este invierno igual de terrible?” Sin darse cuenta llevó su mano a la antigua herida de su pecho.

–¡Nuestros perros también fueron asesinados! –gritó de entre la multitud la anciana Ulmo del clan de los bosques. Dos trenzas encanecidas le colgaban sobre los hombros–. Ni uno de ellos ladró, ni gruñó, ni aulló. No, Sauce, no fueron pumas los que atacaron. En los cuerpos de nuestros perros no quedó ni una gota de sangre. ¡Ni una! Lo que mató a nuestros animales fue algo más que un puma, ¡fue una bestia! –advirtió con tal seriedad y convicción que erizó la piel de los aldeanos.

Silencio.

“¡Hay que cazarla!”, gritó un aldeano de los clanes. “¡Hay que cazarla!”, lo siguió otra a coro. “¡Hay que cazarla! ¡Hay que cazar a la bestia!”, comenzaron a gritar a puño alzado los emisarios de los clanes hasta que el clamor emergió de toda la gente de Rocalga. “¡Silencio!”, pedía infructuosamente Totora, pero su avejentada voz era incapaz de sobrepasar la de la multitud. Sauce se levantó de su asiento con una severidad que pocos conocían. Junco nunca le había visto esa mirada. No era su padre, era un guerrero aterrador, de ojos bravos y boca fiera, y sin decir palabra alguna, las voces se fueron acallando.

–Anciana Ulmo, sabe que guardo un profundo respeto hacia su sabiduría, pero lo que acaba de decir… –Suspiró–. Trae a nuestra aldea un miedo infundado.

–Si hubieras estado allí esa noche sabrías que hablo con la verdad, Sauce –replicó la anciana con serenidad, convencida de sus palabras–. Hacía frío. Una brisa que cortaba la piel entró a mi hogar y apagó la lumbre. El viento susurraba el terror. ¡Esa noche actuó algo ajeno a nuestro mundo!

–¡Ulmo! –interrumpió Totora.

–Quiero escuchar a la mujer –intervino Amancay en defensa de la matriarca del clan de los bosques–. Ulmo, continúa tu relato. Tienes mi permiso.

–El odio encarnado en una bestia actuó esa noche, señora Amancay, no pumas. Nuestros perros se hubiesen defendido y espantado a cualquier animal o intruso, siempre lo hacen a punta de ladridos, pero esa noche reinó el silencio. Deben llamar al chamán Pumagrís. Debe regresar a la aldea para ayudarnos. Debe regresar para protegernos de esa bestia.

–¿Puedes jurar ante este, tu pueblo, que tu relato es real? –preguntó Amancay con una seriedad que habría hecho retroceder a cualquier guerrero.

–¡Lo juro por mis huesos, señora! Están viejos, sí, pero nunca han dicho mentira alguna.

–Puma o bestia, debemos actuar ya –escupió Hualo.

“¡Hay que actuar! ¡Hay que matar a la bestia! ¡Matar a la bestia!”, gritaba toda la aldea alzando lanzas y dagas. El griterío era ensordecedor.

–¡No hay tal bestia en Tierraíz! –La voz de Sauce se endureció–. Sin embargo, reconozco que hay una amenaza. Enviaré un ave a Aguatrueno. Le pediré a Roble Tallofuerte que mande algunos guerreros para que busquen y cacen a ese puma, porque eso es lo que es… no otra cosa.

–Aguatrueno queda a días de viaje, para entonces toda mi gente habrá sido devorada –exclamó Hualo–. ¡Toda Rocalga debe ir a la cacería!

Sauce guardó silencio. Los tres voceros de los clanes estaban frente a él, tras ellos, sus familias y, alrededor, su propia gente, mujeres, hombres y niños, todos con miedo y aguardando su decisión.

–Totora, ¿de cuánta gente podríamos prescindir? –preguntó en voz alta. La anciana se acercó a paso lento, siempre afirmándose de su cayado.

–Quedan pocas semanas para el invierno y aún se deben reparar muchas de las casas de El Claro. Hombres y mujeres harán falta.

–¿Y las casas de los clanes? ¿En qué estado se encuentran?

–Mhh… Tampoco están muy bien, la verdad.

–Quizás sea una buena oportunidad para visitar los clanes, reparar las casas e investigar qué está pasando –dijo con decisión.

–Como digas. Haré los preparativos que estimes necesarios.

–Un grupo de diez regresará con cada clan –anunció–. Ayudarán a sus familias a reparar sus hogares para el invierno y también para ayudarlos a cazar… al puma. Para tal efecto se les entregarán lanzas, mazas, arcos y flechas, y a cada clan se le entregarán mantas, comida y semillas para la siembra.

 

Cuando todo acabó, Sauce se retiró a su pequeño hogar para descansar. Junco lo acompañó. El pequeño agitaba con rapidez una hoja de nalca para alentar el fuego y hervir el agua de boldo que relajaría a su padre.

–Señor Sauce…

–No más solicitudes, por favor. –Se sobó las sienes y se sentó en su cama al ver llegar a Litre Brisaveloz–. ¿Qué deseas, muchacho?

–Hay algo que no le he dicho, señor. No pensé que fuera necesario… hasta hoy. Antes de dejar el reino de Tierra Amarga escuché rumores…

–¿Rumores de otra bestia? –Sauce bufó con sorna.

–No, señor –habló con seriedad–. Muchos aldeanos del sur del continente están huyendo en dirección al reino del norte. Algunos se quedaron en los campos aledaños de Tierra Amarga o en sus condados, pero todos con los que hablé me dijeron lo mismo –Sauce prestó atención–: que una isla oscura ha emergido desde el mar, que los nómadas esteparios se están preparando para la guerra, que en ciertas noches una sombra con alas opaca las estrellas.

–Tales historias no me son ajenas, Litre, yo mismo he conversado con familias que marchan al norte, pero no puedo promover noticias sin fundamento en mi aldea. ¿Por qué me cuentas esto ahora?

–Porque creo que todo está relacionado, señor. Vine al sur para corroborar esos rumores y probar mi fortaleza, y creo que esta es una oportunidad para ello. Le pido, por favor, que me deje ir con el grupo de caza.

–Los cazadores ya fueron elegidos, Litre. No puedo prescindir de nadie más.

–Lo sé, pero ellos van a buscar a un puma… yo iré a cazar a una bestia.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2