Capítulo 7. Litre Brisaveloz

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“Tengo que aprender a escuchar a los espíritus”, pensaba Junco. La sabia Totora le había dado unas cuantas pistas: “Si crees que el mar es azul, estás equivocado, muchacho”. Con esas palabras en mente, día tras día se sentaba en las rocas repletas de algas que daban el nombre a su aldea para intentar distinguir las diferentes tonalidades del océano y leer los mensajes que allí se ocultaban. En ocasiones, podía apreciar ondas de un azul claro, otras más oscuras, jirones blancos con manchas parduzcas y, cerca de la desembocadura, un manchón grisáceo que provenía del río. Inconforme con solo ver la diferencia de colores, se sumergía en las aguas para saber a qué se debía. Gracias a su curiosidad supo que representaban profundidades, mareas y corrientes distintas, lo que le permitió descubrir hacia dónde iban los bancos de peces, dónde se alimentaban y un sinfín de detalles de los cuales nunca se había percatado. “Cada grieta en la corteza de un árbol es un mensaje de los espíritus que solo aquellos con ojos sagaces pueden leer”, le decía Totora, así que Junco se esmeraba en estudiar los temus, canelos y maquis que crecían cerca de la costa o del río, y se adentraba en los bosques con el objetivo de desentrañar sus secretos.

Aquel día, al igual que muchos otros, Junco estudiaba la foresta. Había despertado antes de que despuntara el alba para poder regresar al atardecer y no preocupar a su padre. Todos dormían, salvo algunas ancianas que ya preparaban comida en El Fogón. Arrojaban ramitas y hojas secas en una olla de arcilla y amasaban lo que parecía un futuro pan de semillas. Amaba el olor del desayuno, pero no podía detenerse a comer.

La bruma matutina que acariciaba la hojarasca fue desapareciendo a medida que pasaban las horas. Para el mediodía había caminado con tanto ahínco que ya se encontraba en la quebrada Escarlata, que recibía su nombre por albergar innumerables flores acampanadas del mismo color. Un arroyuelo cruzaba en lo profundo y desembocaba en un pequeño humedal cerca de la costa, al norte de la aldea. Junco se acercaba a las flores, sentía su aroma, veía si alguna brizna de hierba era diferente al resto, inspeccionaba las grietas en las cortezas de los árboles, escuchaba las abejas, el cantar de las ranas y el olor que traía el viento. Todo le decía algo… solo que no sabía qué, y eso era lo que debía averiguar.

De pronto, llegó a su nariz un aroma que le recordó que no había probado bocado en todo el día. Se imaginó que el pan de semillas que preparaban las ancianas ya estaba horneado, tibio, delicioso… y él no comería ni un mísero mendrugo. Caminó en dirección a aquel perfume y vio una fina línea de humo elevarse por sobre las copas de los árboles. Escaló a lo alto de la quebrada. De allí venía el aroma. Se escondió tras un árbol y vio a un hombre de unos veinte años, de largo pelo negro, piel morena y ojos sagaces. Vestía un peto confeccionado con cuero de lobo marino y de su cuello colgaba una larga manta de lana gris que asemejaba una capa. En la cintura llevaba una daga y un hacha de piedra. Mascaba una tortilla que untaba en un jugoso guiso de zapallo con papas y charqui aliñado con una pizca de merquén. Todo servido en un plato de greda puesto sobre una fogata. El estómago de Junco rugió con rabia.

–Puedes comer si quieres –dijo el sujeto sin quitar la vista de su plato.

“¿Cómo me vio?”, se preguntó el pequeño.

–Desde aquí escucho tus tripas. –Junco se sonrojó–. Ven aquí y come conmigo, chiquillo.

Junco salió tímidamente tras el árbol. Tenía miedo. Nunca había visto a aquel sujeto. No era de Rocalga. Su manta tampoco era la de un guerrero de Aguatrueno. Se preguntó si era alguien de las otras aldeas o clanes.

–Ven, no tengas miedo. No te haré daño –le dijo. Su voz sonaba como la de una persona confiable. Le ofreció un plato lleno de guiso–. Cociné más de la cuenta y no quiero botar la comida. Sería deshonrar a la Tierra. Acompaña a almorzar a este viajero.

“Respeta a la Tierra”, pensó Junco. En los últimos días muchos viajeros habían pasado cerca de Rocalga. Dos noches atrás una familia entera marchaba hacia el noreste. Se veían asustados. Hace cinco días su padre se encontró con dos hombres que arreaban un guanaco, marchaban al este, a las tierras de más allá de la cordillera. Por alguna razón los ojos de esos viajeros estaban cargados de terror.

–¿Quién eres? –preguntó Junco con timidez.

–Me llamo Litre Brisaveloz. Vengo de muy lejos, de los reinos del norte. Y tú, ¿de dónde eres, pequeño?

–No soy pequeño, ya tengo doce –replicó indignado.

–No te enojes, muchacho. Ven aquí, siéntate.

Junco se sentó al alero del fuego y recibió el plato de greda, sin dejar de sentirse ofendido.

–Vale, toma. Un regalo a modo de disculpa por haberte hecho enfadar. –De su bolsillo sacó lo que para Junco parecía una piedra plana y brillante con tallados sin sentido.

–¿Qué es?

–Se llama moneda. Con ella puedes conseguir cosas. ¡Muchas cosas! En el reino del norte todas las personas las tienen. Si sabes cuándo sembrar y cosechar, cómo obtener carne o pescados, martillar, pintar o lo que sea, te dan monedas. Yo sabía todo eso y gané bastantes, y las intercambié por esta manta de alpaca y mis botas de cuero.

–No te creo. ¿Por qué te darían tantas cosas por esta piedrita tan pequeña? –Junco no comprendía.

–Así son las cosas en el reino del norte. Esta moneda que te doy la llaman lienzo. Tengo otra aquí, más oscura, que llaman cuadro. Vale cinco lienzos. Con un lienzo puedes comprar un buen charqui de guanaco, en cambio, con otra moneda llamada tallado, que equivale a muchos cuadros, compré esto. –Desenvainó una daga de acero–. La bauticé como Canto Recio, porque… Mejor escucha. –Agitó la cuchilla de un lado a otro y un silbido resonó en los alrededores.

Junco no sabía de dónde provenía ese sonido hasta que notó que la daga tenía unos pequeños orificios por donde entraba el aire.

–Y canta más fuerte cuando va de cacería. –Le guiñó el ojo y chasqueó su lengua. Junco se rio de aquel gesto tan peculiar.

–¿En verdad has estado en el reino del norte? –El pequeño no dejaba de mirar el brillo de la moneda que aquel extraño joven le había regalado. Le parecía un artefacto casi mágico.

–Así es. Viví en el reino de Tierra Amarga un par de años, pero nací aquí, en Costazul.

–¿Tu familia es de acá?

–No tengo familia –le respondió mientras comía su guiso.

–¿Y por qué regresaste? –Pese a que lo negase, Junco era un pequeño, y un pequeño curioso… y hambriento. Se había devorado el plato que le había ofrecido Litre y ya iba por una segunda porción–. Es raro ver a un viajero que venga desde el norte. Casi toda la gente que he visto pareciera que huye hacia allá. No sé por qué. Es como si estuviesen arrancando de las tierras del sur.

–¿Y tú sabes por qué están huyendo?

–No. Aunque he escuchado conversar a mi papá con la sabia Totora…

–¿Totora? ¿Totora Hierbanoble del Consejo de Ancianos? –Litre lo interrumpió intrigado.

–Sí. ¿La conoces?

–¡Por supuesto! ¡Cómo no voy a conocer a la gran mensajera! No sabía que siguiera viva.

–Si quieres puedes ir conmigo a Rocalga y conocerla. Ya nunca sale de la aldea. Está muy vieja –dijo con tristeza–. Le caerías bien. Es muy agradable. Mi padre también te recibirá. En la aldea todos los viajeros son bienvenidos.

–¿Acaso tu padre es el líder?

–No. El líder de la aldea es Ulte, o eso dicen… ya nunca está con nosotros. Mi papá se llama Sauce.

–¿Sauce? ¿El mismo Sauce que derrotó en combate a Emilio Martesta? –Junco asintió con inocencia–. ¡Sauce Briznasol! Si pudiese conocerlo sería un honor. ¿Me llevarías a tu aldea?

Junco asintió con una sonrisa mientras devoraba su tercer plato.

 

Cuando iniciaron el camino a Rocalga el sol se ocultaba en el horizonte, dejando a su paso un cielo cobalto en el este y arrebolado en el oeste. Litre iba a paso firme, ansioso por conocer a quienes consideraba como dos de los más grandes héroes de Tierraíz.

–¿Dónde estabas? Me tenías preocupado. –La voz de Sauce estaba al borde del enojo–. No me gusta que salgas más allá del atardecer, Junco. Es peligroso. ¿Qué hubiera pasado si aparece un puma?

–Yo lo habría defendido, señor –intervino Litre–. ¡Es un honor conocerlo! –Se acercó y le tendió su mano, temblorosa de la emoción.

–¿Y tú eres? –Sauce devolvió el saludo de manera dubitativa.

–Mi nombre es Litre Brisaveloz. Me encontré con su hijo mientras él jugaba en el bosque.

–¡No jugaba en el bosque! Estaba leyendo a los árboles.

–Lo alimenté y conversamos un rato –continuó Litre haciendo oídos sordos al reclamo del pequeño–. Me invitó a su aldea para conocerlo… a usted y a Totora.

–La sabia Totora –corrigió Sauce.

–¡La sabia Totora! Para mí es un verdadero honor estar hablando con usted, señor.

Sauce le dio una mirada desconfiada al joven y se dirigió a su hijo.

–¿Es verdad lo que dice este muchacho, Junco? No me mientas. Estando en la aldea ya te encuentras a salvo.

–Sí, padre. Comimos guiso, mucha tortilla, conversamos y me regaló un lienzo. –Le mostró la moneda.

Sauce guardó silencio y escudriñó a Litre de pies a cabeza. Miró su pechera, sus botas de cuero a la usanza del reino de Tierra Amarga, sus armas, la fortaleza de sus brazos y sus ojos… Parecía confiable.

–Bueno, Litre, bienvenido a Rocalga.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2