Capítulo 11. Carbón y cenizas

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Sauce se encontraba en su hogar, sentado en el tocón de árbol que usaba como sillón. Apoyaba sus codos en las rodillas, los ojos cerrados, las manos empuñadas. El aroma de las hierbas dispuestas sobre la hoguera no lograba calmar la preocupación que le había provocado el canto de la gaviota mensajera que llegó por la mañana. “Así que eso es lo que ocurrió hace un año. Eso nos advertía la luna roja”, pensaba inquieto.

Bebió un trago de su licor de maíz.

En su mente vio a los animales muertos de los clanes y sintió un repentino temblor en su barriga cuando recordó la cacería de Litre y el puma con el pescuezo desgarrado que halló. “Todo debe estar relacionado”. Se restregó los ojos, acongojado, intentando dilucidar lo que estaba ocurriendo.

Suspiró.

“Antes la vida era más sencilla –pensaba–, cuando las guerras se ganaban luchando mano a mano y no desentrañando misterios”.

La llegada de Espino, Amancay y Totora lo sacaron de su ensimismamiento.

–Sauce, ¿nos has mandado a llamar? –le preguntó su amigo.

–Sí, siéntense, por favor –dijo con voz soñolienta.

–¿Cansado?

–Preocupado, más bien. –Se acomodó en su sitial.

–¿Acaso esa preocupación tiene algo que ver con la gaviota que vi llegar hoy en la mañana? Provenía del sur. Sus alas no me eran familiares. Su presencia llamó mucho mi atención –habló Totora.

–Siempre tan observadora, sabia.

–A veces creo que te haces la ciega, anciana. –Amancay cruzó los brazos con frío. Aquella mañana lucía un vestido negro, una manta de lana gris y una tiara de plata–. Sauce, pon más maderos en la hoguera, esta no es forma de recibir a tus invitados. Está helado y Totora ya está vieja, necesita calor en sus huesos.

–No te preocupes por mí, Amancay, esta manta es más gruesa de lo que parece. –Totora forzó una sonrisa–. Eso sí, feliz aceptaría un agua de hierbas caliente.

Sauce le sirvió en una taza de greda.

–¿La hermana del líder desea algo?

–Más maderos en la hoguera –insistió Amancay.

Una vez que los cuatro estuvieron sentados, Sauce recién accedió a arrojar unas cuantas ramas al fuego y habló:

–El chamán Pumagrís envió un mensaje.

–Eso no es novedad. –Amancay soltó un bufido socarrón–. Lo único que ha hecho el chamán en todo este año es enviar mensajes y ninguno dice algo de interés. –Acercó las manos al fuego.

–Debes tener más respeto con Pumagrís, él sabe por qué hace las cosas. Es un chamán sabio.

–No hay duda de que sea sabio, Totora, pero nos abandonó a nuestra suerte. Ya no puedo confiar en él.

–Si Pumagrís no está en Rocalga no es por voluntad propia. El chamán está cumpliendo con su deber, al igual que tu hermano. El mensaje, Sauce, ¿qué decía? –recordó Totora buscando terminar con la estéril discusión.

–Sí… el mensaje –suspiró el antiguo guerrero–. Tras mucho investigar y recorrer todo Tierraíz, Pumagrís y los chamanes de la Orden de la Cascada al fin descifraron el significado de aquella luna roja de hace un año. Como temíamos, advertía la desgracia. –Guardó silencio como si le costara reunir las fuerzas para dar la noticia–. El pueblo de Montepardo, nuestros aliados del sur, ha desaparecido. Lo que fuera un enorme y verde bosque ya no es más que carbón y cenizas. Nada ni nadie quedó con vida.

Un silencio gélido invadió la morada.

Tuetué, tuetué rompió el silencio un misterioso pájaro que sobrevolaba la aldea.

Tuetué, tuetué.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2