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–No escucho ningún ruido –dijo un artesano de brazos gruesos que estaba al interior de la iglesia. Apoyaba la oreja en la puerta.
–¿Habrá terminado ya? ¿Nuestros soldados habrán vencido? –preguntaba esperanzada una señora que daba pecho a su bebé.
–Si hubieran vencido escucharíamos gritos de victoria y ya estarían celebrando con nosotros –dijo con amargura una anciana de pelo cano–. Ganaron los mercenarios. Lo único que nos queda es aguardar la muerte.
Desde el altar se les acercó fray Camilo.
–No perdamos las esperanzas. Estoy seguro de que…
Violentos golpes en la puerta lo interrumpieron.
–¡Abrid! ¡Abrid en nombre de la Señora y del imperio de Altamiria! ¡Abrid o echaremos la puerta abajo a punta de arietes! –gritó una voz desde el exterior.
Con un temblor en sus manos imposible de ocultar Fray Camilo corrió los gruesos pestillos de hierro.
Un jinete montado en un imponente semental pardo y una escolta de soldados ingresaron a la iglesia. El jinete iba protegido por un peto de acero, escarcelones y un morrión cuya cimera estaba adornaba con una cresta afilada. Cabalgando junto a él iba Calisto Fuenteamplia, cubierto de vendajes en brazos, piernas, vientre y cabeza. El brazo izquierdo lo afirmaba en un cabestrillo y vestía pantalones nuevos.
–Ciudadanos de Tierra Amarga, estad tranquilos –dijo el fornido jinete–. Ya ha pasado la tormenta. La batalla ha acabado y vuestras vidas volverán a ser las mismas de antes.
–¡Ustedes trajeron la tormenta! –se adelantó a gritos el fraile.
Un conquistador le pateó la barriga y le golpeó la mandíbula con su alabarda.
–¡Guarda silencio cuando hable Silverio Martesta!
“¿Martesta?”
Desde el suelo, fray Camilo vio la mandíbula marcada, el mostacho y la barba oscuros como un pozo sin fondo, la espalda altiva, el torso erguido y aquellos ojos negros, ajenos a toda misericordia.
“Es la viva imagen de Emilio Martesta”, reconoció horrorizado.
–¿Qué ocurre, fraile, habéis visto a un fantasma? –Se le acercó Calisto con una expresión triunfal–. Os presento a Silverio Martesta, uno de los hijos de Emilio Martesta.
–¡Emilio no tenía hijos! –replicó el fraile a viva voz.
–Su majestad la reina Anabella estaba embarazada cuando nuestro amado rey fue asesinado por los nativos de Tierraíz –explicó Calisto.
–Anabella cometió suicidio. –Fray Camilo no daba crédito a las palabras del conde.
–¿Suicidio? Para nada, ese fue un cuento que echamos a correr. En estos momentos nuestra amada majestad se encuentra en el trono de Baluarte dirigiendo los destinos de su nuevo imperio.
Fray Camilo no comprendía nada. Guardaba silencio, estupefacto.
Silverio Martesta alzó la voz.
–Sois libres, terramargos. Id a vuestras casas, reúnanse con vuestras familias y comed con tranquilidad, que mañana será un nuevo día. Tierra Amarga renacerá de entre las cenizas en las que reposa –habló como un predicador.
Los refugiados marcharon en silencio, con la cabeza gacha, menos fray Camilo, que fue apresado bajo los cargos de conspiración contra el imperio.
Silverio se apeó de su montura.
–Así que este es fray Camilo Valleseco, hombre del clero, mas no de la nobleza. –Le afirmó la mandíbula con dedos tan fuertes que parecían tenazas de acero endurecido–. Llevadlo a las mazmorras y encerradlo junto al resto.
Sin finura ni delicadeza se llevaron a rastras al fraile.
El recio Silverio Martesta hizo girar su potro tirándolo fuertemente de las riendas.
–¿Algo más que deba atender con urgencia, don Calisto? ¿Algún otro traidor a mi padre que deba encarcelar?
El conde se quedó pensativo unos instantes.
–Hay alguien… –dijo dubitativamente– hay alguien que quizás merezca vuestra atención. No es un traidor a su señor padre, todo lo contrario… y está encarcelado. –Silverio alzó una ceja–. Me refiero al marqués Antoine Garraleón. Digamos que permitió, sin desearlo ni saberlo, que vuestra merced conquistara Nueva Esperanza.
–Nadie que haya realizado tal proeza merece estar prisionero, don Calisto. Llevadme ante esa alma desamparada. –Su corcel soltó un relincho estremecedor.
Cabalgaron por las ruinas de Nueva Esperanza acompañados de cientos de cadáveres que yacían en la plaza y en las calles. Los mercenarios y los tercios de Silverio arrastraban los cuerpos sin respeto ni consideración por quienes en vida fueran leales soldados o valientes campesinos. El humo se alzaba todavía en las plantaciones y la gente seguía encerrada en sus casas. “¡Ya ha pasado la tormenta! ¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban los hombres de Silverio al tiempo que golpeaban con violencia las puertas de los hogares, invitando a la gente a perder el miedo. “¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban cuales liberadores de un reino opresor. “¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban como salvadores. “¡Ya ha pasado la tormenta!”, gritaban a sabiendas que ellos eran los verdaderos demonios.
Silverio Martesta y Calisto Fuenteamplia bajaron por los oscuros escalones que daban al primer nivel de los calabozos. Allí yacía el gordo marqués, con ojeras, manos temblorosas y el rostro demacrado, agazapado en la oscuridad de una celda mohosa que hedía a humedad, heces y orina.
Se sorprendió al ver al conde Calisto. Se puso en pie sujetando los barrotes con sus manos.
–¿Qué ha sido todo ese alboroto, conde? –preguntó alterado–. Vi que unos hombres traían prisionero a Tulio Hojaltiva y lo dejaron en las mazmorras. También cargaban a la reina Felicia y al conde Santiago. ¿Qué está sucediendo?
Se quedó de una pieza cuando vio a Silverio. El parecido con Emilio era tan impresionante que se alejó como si hubiera visto un fantasma.
–Os debo una disculpa, don Antoine –dijo Calisto. El rostro del marqués era de un blanco verdoso–. Por favor, sentaos. Os presento a Silverio Martesta, hijo de Emilio Martesta.
–Hijo de… hijo de… –No le salían las palabras. Balbuceaba cual niño. Llevó su mano al pecho e hizo una profunda reverencia.
–Levantaos, marqués, y escuchad al conde. Tiene mucho que contaros –ordenó Silverio con su voz llena de poder.
–Don Silverio Martesta ha llegado para gobernar Tierra Amarga –continuó Calisto–. Y yo he propiciado todo para que eso sucediera.
–Pero… pero vuestra merced rechazó ayudarme cuando os pedí colaboración. –Antoine no comprendía en absoluto lo que estaba sucediendo.
–Vuestros planes eran sumamente individualistas, marqués. Su móvil para derrocar a Tulio era regresar a Fontarragués. En cambio, mis planes consistían en imponer un nuevo orden tanto en Altamiria como en Tierraíz. Sin embargo, igualmente iba a ayudaros, pues convenía a mis propios intereses el que Tulio cayera. Lamentablemente, en la madrugada de nuestra reunión escuché un golpe en la ventana que me alertó que alguien podría estar espiando nuestra conversación. Por eso opté por engañaros. Sabía que nada malo os ocurriría si os atrapaban. Tulio es un buen hombre. –El marqués escuchaba perplejo–. Me disculpo también por la pequeña herida que os dejó mi guardaespaldas, pero la actuación debía ser lo más creíble posible. Cuando la sabia Acacia os acusó de traición al día siguiente, me di cuenta de que había tenido razón aquella noche. De alguna manera ella espió nuestra… reunión de negocios.
Sacó unas llaves que tenía en el bolsillo.
–Desde este momento, y con la venia de Silverio Martesta, revoco la orden de Tulio Hojaltiva. Estáis libre, marqués. –Abrió la celda.
Antoine Garraleón se quedó en su sitio, pensando.
–No fue Tulio quien me puso en esta celda, ¡fue usted, señor conde! Yo no conocía a esos mercenarios. Los míos andaban por la ciudad disimuladamente, tanto así que ninguno fue tomado prisionero. Conozco sus caras hace años, pues hace años que venía planeando mi escape. Estoy seguro de que fue vuestra merced quien pagó a esos hombres para que dijeran mi nombre en el juicio.
Calisto guardó silencio. Le mantuvo fija la mirada al marqués, cuya papada temblaba de miedo al ver esos ojos inexpresivos.
–Por mi parte también contraté a muchos mercenarios de Altamiria y todos ellos tenían la estricta orden de quedarse en los alrededores de Lobera y asesinar a todo aquel que los viera –respondió Calisto–. Cuando Bastián nos informó en el consejo que había visto mercenarios en la capital, supe que alguien más estaba haciendo planes por cuenta propia. No me costó ni dos botellas de vino averiguar que usted los había contratado. Vuestros mercenarios son míos hace meses, marqués. Aprovechando esto, ordené a un puñado de mis mercenarios de la Cruz de la Beligerancia que se mostraran por el reino para que todo calzara según mis planes. Incluso la muerte de dos de ellos fue planeada, por supuesto, ellos no lo sabían –sonrió–. Quería que quedara explícito que había mercenarios de esa nefasta compañía, y quería que toda la culpa recayera sobre vuestra merced. Como ya habíais contratado mercenarios, sería fácil inculparlo, pues sabía que, tarde o temprano, alguien os escucharía alardear de vuestro plan, tal como ocurrió. De hecho, mis mercenarios tenían órdenes de dejarse capturar y culparos cuando llegara el momento. Los otros mercenarios que siguieron libres se mantuvieron ocultos hasta el Día de San Clemente de Buenacepa, momento en que salieron de sus escondites para liberar a los que se encontraban prisioneros. Un plan complejo, pero salió a pedir de boca.
Calisto invitó caballerosamente al marqués a salir de su celda.
–Por favor. Usted ya no es más un prisionero. Seguiré mi historia camino a las mazmorras.
–No sé si confiar en vuestra merced. Prefiero escuchar todo antes.
Calisto observó a Silverio, que asintió en silencio.
–Muy bien. Prosigo entonces. Tanto mis mercenarios como los, en teoría, vuestros, tenían órdenes para acusaros de traición si eran atrapados. Quise advertiros de todo esto para que vuestra merced estuviera preparada. Sin embargo, ese misterioso sonido en la ventana me impidió que dijera palabra alguna, por lo que el plan tuvo que seguir tal como lo elaboré en primera instancia… con el resultado esperado. Tulio creyó que su reino ya estaba a salvo. Bastián marchó a Colina Magra a buscar asesinos que estaban en la capital hace semanas, los que atacaron en el momento y día indicado en la carta que tan descuidadamente se le cayó a uno de mis hombres –dijo con ironía–. Incluso mi desinteresado viaje a Lobera para pagar los barcos estaba planeado. Y, aunque vuestra merced no lo crea, os dejé en el lugar más seguro: la prisión, pues nadie atacaría a un simple cautivo.
El marqués no dijo palabra. Se mostró más comprensivo que cualquier otro hombre que hubiera sido traicionado e inculpado. La presencia de Silverio era lo que lo mantenía en ese estado de sumisión.
–¿En verdad sois hijo de su majestad? –le preguntó al final.
Silverio Martesta afirmó con un movimiento de su mentón.
–¿Cómo es posible aquello?
–Fue Calisto quien me salvó la vida cuando era un crío –respondió.
–Una vida por otra –dijo Calisto–. A todo el mundo se le hizo creer que Anabella se había suicidado, más el cuerpo que cayó al vacío desde la Torre de la Doncella Indomable no fue el de la reina Anabella, sino el de una miserable criada. Una vida insignificante comparada a la de nuestra amada Anabella, quien apenas tenía cuatro meses de embarazo. Desde entonces, los Fuenteamplia la hemos protegido a ella y a la progenie que Emilio dejó antes de morir. Confabulamos con los otros reyes, todos fieles seguidores de Emilio y que se vieron afectados tras su derrota y nos apoyaron en la noble causa de restituir la sangre Martesta en el trono. Con pagos, sobornos y uno que otro envenenamiento logramos que Silverio pasara de ser un simple soldado a ser maestre de campo de Francisco de Odragón, volviendo en su contra a gran parte de sus tercios y traicionándolo en un momento clave de la guerra, lo que permitió la caída de Baluarte, la unificación de los reinos y la conformación del imperio de Altamiria, imperio que ahora rige Anabella de Martesta y que pretende expandir a Tierraíz. Hoy partimos con Tierra Amarga, que pasará a ser provincia y Silverio será gobernador. Mañana serán los pueblos del sur y nos vengaremos de lo que Roble Tallofuerte y sus hombres le hicieron a nuestra amada majestad.
–¿Vuestra merced tenía planeado todo esto desde hace tantos años? –preguntó el marqués con incredulidad.
–No todo. –Se llevó la mano a la muy poco profunda herida del vientre–. Ese joputa de… –Perdió la compostura, mas supo contenerse–. Santiago de Monteáguila resultó ser más bravo y mejor espadachín de lo que había previsto. Os ruego que nos acompañéis a verlo.
La escena era penosa.
El conde Santiago yacía en el piso boca abajo, ensangrentado, con las manos y el rostro amoratados de tantos golpes recibidos, los dorados bucles de sus cabellos eran una masa rojiza apelmazada por la sangre seca.
–¿Está muerto? –preguntó el marqués.
–No todavía. –Calisto miraba la escena con enfermiza seriedad–. Nos falta someter el condado de Campo Yermo y deseamos contar con la colaboración de Santiago. Lo aman y lo escuchan, así que lo mantendremos vivo para que convenza a su gente de que se unan a nosotros sin violencia.
–Una mera formalidad, creo yo –interrumpió Silverio–. Mañana marcharemos a Campo Yermo y lo llevaremos así, tal y como se encuentra. Si la gente se resiste a aliarse a nosotros, decapitaremos a su amado conde frente a ellos y pondremos su cabeza sobre una pica. Si eso no funciona para someterlos, pues los pasamos por la espada y ya. Imagino que con eso bastará. Siempre hay más personas que quieran trabajar en los viñedos.
–Fantástica idea, mi señor –dijo Calisto al imaginar la mollera de Santiago ensartada en una lanza–. ¿En esta misión nos acompañará vuestro hermano?
“¿Hermano?”, se sorprendió el marqués.
–No. –Los ojos de Silverio se afilaron como una daga–. Mi hermano fue a cumplir una misión más… personal.