Capítulo 56. Pánico

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La sabia Acacia acercó su oreja a la reseca boca del herido. Tras semanas inconsciente, al fin había despertado y profería susurros apenas audibles.

–¿Qué está diciendo? –le preguntó una joven espadachina integrante de las dagas del rocío, la escolta personal del conde Santiago de Monteáguila.

La anciana, inclinada sobre el hombre que aún yacía en el camastro, la hizo callar con un gesto de su mano.

–“Nos encadenaron a todos… nos llevaron… nos llevaron lejos” –comenzó a traducir–. “Muchas semanas, sin comida, sin agua… Me quemaron, me golpearon… Había mucha gente de mi pueblo… Todos encadenados, todos tristes… Látigos, muertos… En los… en los lavaderos de oro… Yo logré escapar”. –La anciana miró con preocupación a las dagas del rocío que Santiago de Monteáguila había apostado en su hogar para protegerla.

–Pregúntele quién dirigía ese lavadero –dijo uno de los jóvenes.

–Todos sabemos quién los dirige –respondió una muchacha.

–Aun así, debe decir el nombre. Que lo diga. ¡Se debe hacer justicia!

–“El conde Calisto… el conde Calisto Fuenteamplia” –tradujo la chamana Acacia con desesperanza en la voz.

Una fuerte explosión se escuchó en la capital, trizando los vidrios de las casas y asustando a los terramargos. Acacia se dirigió hacia la ventana y quedó sin habla al ver una gigantesca columna de humo que se levantaba desde los calabozos.

Gritos. Pánico. Gente corriendo por las calles

–Los mercenarios ¡Han liberado a los mercenarios!

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2