Capítulo 54. Cien mercenarios

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Bastián afilaba su espada ropera. Estaba sentado a los pies de su cama, cansado. Bebía una jarra de vino caliente.

–¿Nuevamente te irás de la ciudad? –La mujer de apelmazados cabellos cenizas se sentó junto a él y le acarició la espalda llena de cicatrices.

–Sabes que debo hacerlo, Josefina.

–Y sabes que puedo ayudarte.

–Es demasiado riesgo. –Le acarició los cabellos y le besó la frente–. Si hubieras visto cómo peleaban esos asesinos, te lo pensarías dos veces antes de ofrecerme tu espada.

Los ojos de Josefina se cargaron de lágrimas.

–Perdona. –Bastián había olvidado el pasado de la chica–. Con mayor razón no puedo llevarte. Demasiado peligroso. Apenas logré salir con vida de Lobera. No quiero lo mismo para ti. Te amo demasiado.

–Lo sé –respondió ella y le puso la cabeza en el pecho–. Lo sé.

 

El sol despuntó a lo lejos.

Los terramargos se despertaron con el relinchar de las cabalgaduras de los soldados de la corona que marcharían a Colina Magra. Bastián iba a la cabeza de las tropas con su capa y sombrero de ala ancha, la espada envainada, y su yegua Poderosa descansada y bien alimentada. “Espero que todo acabe con esta misión”, rogó para sus adentros. Cabalgaban a paso quedo por entre las callejuelas de tierra y las casas de adobe con techos de teja.

–Cambiad esa cara, maestre, que ya es lo último que queda –escuchó la voz de Santiago de Monteáguila que lo esperaba en los lindes de la capital a lomos de su yegua Buenamoza–. Agradezco lo que habéis hecho por el reino. Y el agradecimiento de un conde no es cosa poca. Cuando lleguéis os esperará un banquete en su honor costeado por su conde favorito… y quizás un aumento de sueldo. –Soltó una sutil risa.

Bastián asintió sujetando el ala de su chambergo.

Junto al conde se encontraba el duque Evelio, montado en un caballo marrón y acompañado por una amplia comitiva de pajes y criados.

–El maestre está preocupado, conde Santiago, se le nota a leguas. ¿Qué atribula vuestro corazón, maestre? –preguntó el duque.

Bastián no sabía qué responder.

–Dejadme adivinar, querido maestre… no le gusta dejar la capital sin vigilancia –dijo Santiago. Bastián arqueó una ceja–. ¡Ay, maestre! Es tan fácil leeros. –Se cubrió la boca con su enguantada mano mientras reía–. Nos os preocupéis por Nueva Esperanza, querido maestre, pues no quedará sola. El duque y yo contamos con soldados que la resguardarán mientras estéis fuera.

–Además, las Espadas de los Caminos tienen estricta orden de proteger la casona real –añadió el duque–. Marchad tranquilo, maestre. Nueva Esperanza y la corona estarán a salvo.

 

Les había tomado dos días de lenta marcha llegar al límite sur del reino. A la distancia, Colina Magra se veía hermosa, un cerro de pastos dorados protegido naturalmente por rocas, árboles y elevaciones infranqueables. No por nada había sido el más poderoso fuerte de Emilio Martesta en la época de los conquistadores. Solo las puertas sur y norte permitían el acceso a la colina, dando paso a caminos sinuosos que ascendían hasta llegar a un refugio construido con alerce que hacía las veces de palacete.

Bastián y sus hombres veían a su lado las extensas granjas de la marca. Los campesinos los miraban alegres y los saludaban con la mano alzada, sin saber que su marqués yacía en los calabozos por conspiración. Al llegar al acceso norte fueron recibidos con el sonido de trompetas.

No se detuvieron a saludar al portero que había ido a su encuentro.

Comenzaron a ascender por el sendero que llevaba al refugio, en cuyos costados se levantaban caseríos, chinganas, pequeñas talabarterías, unas cuantas herrerías y armerías. Los habitantes sacaban con curiosidad la cabeza por la ventana al escuchar el barullo de los cascos y relinchos, al tiempo que en el palacete se preparaba una rápida recepción ante tan inesperada visita.

Seguían ascendiendo.

Bastián detuvo a Poderosa frente a una comitiva formada por alabarderos y un criado de aspecto juvenil vestido elegantemente con una chaquetilla negra y camisa blanca.

–Buen día, caballeros. Vienen de la corona, según logro apreciar en el estandarte –habló el menudo sujeto–. ¿Cómo podríamos servir a nuestra majestad?

Bastián observó de reojo al muchacho y a los soldados que sostenían las lanzas. Reconoció el rostro de cada uno de ellos.

–Soy Bastián Bocablanca, maestre de campo de Tierra Amarga. Vengo por orden del rey Tulio Hojaltiva para apresar a ciertos hombres que han llegado a la marca. –Sacó una carta lacrada por el rey y se la entregó al criado.

Al terminar de leer la misiva el rostro de sorpresa en el joven era sincero.

–¿Don Antoine encarcelado por traición? –No podía creerlo. Le entregó la carta a un cronista que lo acompañaba–. ¿Y quiénes son esos cien mercenarios que mencionaba su majestad en la misiva? No hemos visto a ningún extraño.

–¿Me vais a decir que llegaron aquí cien asesinos y vosotros no supisteis distinguir entre ellos y vuestro propio pueblo? –Pese a la clara expresión de inocencia del criado, Bastián no daba crédito a sus palabras.

–Cien hombres llegaron, sí –afirmó–. Hace meses. Mas se nos dijo que eran soldados enviados por el mismísimo rey. Se les atendió como tales y como tales se comportaron.

–¡El rey no ha enviado soldados! ¿Dónde están esos hombres? –rugió Bastián con rabia–. Serán apresados en calidad de sospechosos y llevados a la capital.

–Ellos… ellos ya están en la capital, maestre –sentenció el criado con clara preocupación.

–¿De qué estáis hablando? –Bastián respiraba agitado.

–Cincuenta de ellos partieron hace semanas. Mucho antes del Día de Nuestra Señora del Sagrado Halo. El marqués los envió para, supuestamente, preparar su llegada a la capital. El resto marchó después, junto a él, a la festividad.

Bastián sintió como si alguien le hubiera golpeado en la boca del estómago. Tragó saliva, apretó la mandíbula e hizo crujir los dedos de la mano. Faltaba apenas un día para celebrar el Día de San Clemente de Buenacepa, momento en que iniciaría el ataque de los mercenarios.

No alcanzarían a llegar.

Agitó las riendas de Poderosa, direccionándola hacia los jinetes.

–¡Todos a Nueva Esperanza! ¡A Nueva Esperanza, carajo!

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2