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El malogrado pelirrojo yacía vencido y recostado en un camastro pulguiento al interior de una casona ubicada a las afueras del puerto que los soldados terramargos utilizaban para resguardarse. El mercenario se recuperaba de las heridas propinadas por el maestre de campo.
–Tus tres amigos están en la habitación contigua, encadenados. Ahora habla. ¿Por qué han venido a Tierraíz?
–Eso a vos no os importa, lechuguino. –Le escupió sangre en la bota.
–Escuchadme, insensato, no tengo paciencia para tratar con asesinos despiadados como vosotros. –Le apretó el gaznate y presionó su cabeza con violencia contra la cabecera de la cama–. ¡Hablad ahora o terminarás en el fondo del muelle!
Con el poco oxígeno que le quedaba, el pelirrojo hizo una mueca socarrona mostrando sus dientes bañados en sangre.
–¿Y qué ganáis si muero? –dijo apenas, sin poder separar la mandíbula debido a la fuerte presión de la garra de Bastián.
–No tengo problema en mataros. Si vos no decís palabra, la dirán los otros tres. Y vos seguiríais muerto.
El rostro del mercenario pasó de un sutil rosado a un morado enfermizo, los ojos vidriosos, enrojecidos. Sus manos y pies atados a los costados del camastro se movían frenéticamente en un infructuoso intento de liberarse de la asfixia.
–¿Hablaréis? –le gritó el maestre.
Con un sonido apenas audible, casi una gárgara, el mercenario asintió. Dio una gigantesca bocanada de aire cuando Bastián le soltó el cuello.
–¡Joputa! ¡Joputa! ¡Que la Señora te maldiga, joputa! –gritó cuando al fin pudo respirar.
–¡Calla! –Le golpeó con el puño–. Hablaréis solo cuando yo lo diga. Responde, ¿qué significa esta carta? –Le mostró la misiva que le había entregado el conde Santiago.
–¿Por qué debería saberlo yo, joputa mal parío?
–Vos sois el líder de los mercenarios.
–¿Eso os lo ha dicho el calvo que sirve meados en la chingana? –Bastián guardó silencio–. Qué fuente más confiable –carcajeaba con sarcasmo–. No soy líder de nada ni de nadie.
–Los otros bandidos dijeron que vos les pagabais el vino.
–Dirijo a ese grupete, mas estoy lejos de dirigir lo que se viene.
–¿Qué es lo que viene?
–¿Qué os importa?
El rostro de Bastián se desfiguró de la rabia y golpeó al mercenario en la herida que le había propinado durante la madrugada.
–¡Argh! ¡Joputa y la perra que os parió! ¡La perra que os parió! ¡Me cago en tu perra madre! –Se retorcía de dolor entre las sábanas–. Os mataré, maestre. Apenas salga de aquí os mataré, juro que os degollaré por la noche.
–Amenazar de muerte al maestre de campo ya es motivo suficiente para que os quiten la vida. Seguid haciéndolo y yo mismo ejecutaré la sentencia. –Desenvainó su espada y le colocó la punta en la garganta. Un hilillo de sangre brotó de su cuello y le manchó la camisa.
El pelirrojo se comió su orgullo bajándolo con un tragó de su propia saliva sanguinolenta.
–No… no sé de qué carta me habláis. No soy líder de nada. Si… si queréis hablar con alguien, ese es Careperro –confesó entre jadeos.
–¿Careperro? ¿Tan tonto me consideráis si piensas que voy a creer que alguien con tan estúpido nombre conspira contra el rey Tulio?
–Creed lo que queráis. Careperro es vuestro hombre. Él es mi líder, así como yo lo soy de los otros tres brutos. Si alguien sabe de qué se trata esa carta –tosió sangre–, ese es Careperro.
–¿Dónde lo encuentro?
–Reza porque no lo encontréis. Verlo a los ojos es sinónimo de muerte. Nadie nunca le ha vencido en duelo y se rodea de los mejores asesinos de Estrechos. Si deseáis morir joven, id a visitarlo.
–¿Dónde lo encuentro? –repitió el maestre.
El mercenario confesó.
Al anochecer, Bastián hacía lo imposible por disminuir el sonido de su respiración. Apoyaba la espalda contra la muralla de adobe de una destartalada casa donde se refugiaban Careperro y sus hombres. La espada desenvainada, la hoja frente a sus ojos. Junto a él se encontraban el joven espadachín Blasco Fontanalta y Fauces, su feroz perro perdiguero. El joven soldado de las Espadas de los Caminos tenía la pistola desenfundada, presto a utilizarla apenas el maestre de campo diera la señal. Una tropa de veinte hombres los cubría a los lejos, bloqueando las posibles rutas de escape.
Bastián contó hasta tres con sus dedos, tomó impulso y echó la puerta por tierra.
–¡Qué carajo! –gritaron desde el interior.
Los diez mercenarios que se encontraban en la casa se levantaron rápidamente, desenvainando sus navajas, cuchillas y dagas, y se lanzaron al ataque.
Tras disparar en el pecho a uno de los bandidos, Blasco desenvainó su espada y entró al combate junto con el maestre. Fauces se abalanzó contra uno de los bandoleros y le desgarró la garganta.
–¡Careperro, que han aparecío los soldaos del rey! –chillaban los mercenarios.
De una de las recámaras apareció la imponente figura del hombre más feo que Bastián había visto jamás. Era un sujeto calvo y pálido como la luna, de mandíbula cuadrada, con unos pocos pelos que pretendían ser una barba, cejas ausentes, un ojo azul y el otro negro, pómulos y mejillas llenos de cicatrices y el labio inferior abultado. Si no hubiera sido por sus más de dos metros de alto y brazos inhumanamente gruesos, Bastián hubiera reído de buena gana ante la fealdad de Careperro.
–Ahora te quiero ver, soldaíto, bailando al son de Careperro –amenazó uno de los bandidos.
El hombretón se paró frente a Bastián, quien apenas le llegaba al pecho, y eso con el sombrero y las botas puestas.
–¡Estáis arrestados en nombre del rey Tulio! –Lejos de amedrentarse, el maestre le apuntó con la espada.
Blasco hizo lo mismo con su segunda pistola.
–Ese Tulio no es mi rey. Sus leyes no me tocan… ¡Y vos tampoco! –Careperro le arrojó una mesa a Bastián y, alzando un grotesco mandoble, se abalanzó contra Blasco.
El disparo del joven espadachín falló el objetivo y no tuvo más remedio que cruzar aceros con aquel garañón malcarado. Bastián, bajo la pesada mesa de madera, hacía todo lo posible por levantarla y ponerse en pie. “¿Cómo la lanzó con una sola mano?”, se preguntaba, sorprendido ante la desmedida fuerza de Careperro. Desde el piso, veía a Blasco defendiéndose con pundonor.
El joven dejó pasar un golpe descendente que terminó estrellándose contra el suelo y contraatacó con una estocada que Careperro esquivó moviéndose a la derecha. El gigante lanzó un corte de lado a lado, que Blasco, ágil como un gato, logró eludir y le atacó directo al vientre sin resultados.
–¡Los refuerzos, maestre! ¡Llamad a los refuerzos! –le gritaba Blasco, deteniendo a duras penas los ataques de su gigantesco rival.
Envalentonados por su líder, los mercenarios también chocaron sus aceros contra Blasco, que ahora se enfrentaba a cuatro espadachines. La lucha llegó hasta la calle.
–¡Fauces, mata! –gritó Blasco con desesperación.
Su rabioso perro derribó a uno de los atacantes, mordiéndole la cara y agitando su hocico ante los horripilantes alaridos de su víctima.
Bastián consiguió salir debajo de la mesa y alertó a la veintena de soldados, quienes acudieron en seguida para proteger a su maestre. Los disparos y el chocar de las espadas en plena calle de Lobera iban en contra de todo el sigilo que el rey Tulio había exigido, mas no importaba, debían salvar la vida. El maestre sacó a relucir su espada y se abalanzó contra Careperro para apoyar al joven Blasco, que ya sangraba del hombro izquierdo. De un salto alcanzó la mandíbula del gigante, golpeándolo con la cazoleta de su espada. Careperro acusó recibo del golpe escupiendo un diente ensangrentado.
–Estás muerto, soldaducho.
Levantó su espadón y le dio un golpe que hendió el suelo. Si hubiera acertado en la testa del maestre, sus sesos estarían regados por todo Lobera. Bastián sudó frío al pensar en ello. Nunca se había enfrentado a un poder semejante.
Los demás soldados luchaban contra los otros mercenarios, todos tan ágiles y diestros como Blasco o el mismo Bastián. Aquella habría sido su última batalla, si no hubiera sido por una ayuda inesperada.
–¡A las armas!
Bastián escuchó aquel llamado y sintió en sus pies el retumbar de decenas de cascos. Giró sorprendido y vio una tropa de jinetes, todos armados con pistolas, arcabuces y espadas cargando contra los mercenarios. El rostro de Careperro se tornó más feo de lo que ya era e intentó huir, mas no lo consiguió, estaba rodeado y sus hombres muertos o vencidos en el suelo.
–¡Estáis arrestados en nombre de Julio Cortezalta, alcalde de Lobera! –ordenó un jinete.
Al amanecer del día siguiente los hombres del rey Tulio se encontraban junto a la puerta de una casona ubicada en los muelles. Las gaviotas revoloteaban sobre sus cabezas haciendo la guardia a los pescadores que se encontraban desembarcando sus capturas. Las campanas de algunas carabelas anunciaban el pronto zarpe. Bastián Bocablanca y el alcalde del puerto, Julio Cortezalta, caminaban por el muelle acompañados por los constantes gritos de los pescadores que vendían su mercadería.
–Si no fuera por el mensajero que envió el conde Santiago de Monteáguila no nos habríamos enterado de vuestra visita, maestre –confesó el alcalde Cortezalta.
–Era un trabajo secreto, señor –respondió Bastián.
–Pues con todo el barullo que armaron anoche, ya no lo es. Todo Lobera está comentando lo sucedido, desde las que filetean pescados hasta los marineros –le decía mientras caminaban esquivando a los gatos y los remos que estaban en el suelo–. No me malentienda, la gente está contenta por lo ocurrido y yo también. Esos mercenarios vagabundeaban por nuestras calles hace semanas y los cuerpos de ciudadanos y soldados muertos iban en aumento. Enviamos muchos mensajeros al rey para contarle lo que sucedía en nuestro pobre puerto y no obteníamos respuesta, hasta ahora. Ayer en la tarde llegó un mensajero del conde informándonos que usted y su compañía habían llegado por orden de nuestra majestad y que, en caso de necesidad, los ayudara con las fuerzas que tuviera disponibles. Dadle mi sincera gratitud al rey Tulio por haberos enviado.
Bastián se sorprendió.
–No os mentiré, alcalde, el rey nada sabía de lo que ocurría en Lobera. Ni el rey ni nadie en la capital. Ninguno de vuestros mensajeros llegó ante nosotros. El único motivo por el que estoy aquí es porque también hemos visto mercenarios en Nueva Esperanza y sospechamos que estaban llegando por el puerto. Veo que no nos equivocamos.
El alcalde frunció sus labios y entornó los ojos, intranquilo.
–Vuestras palabras no me dejan muchas esperanzas, maestre. Deduzco, entonces, que mis mensajeros han muerto a manos de mercenarios, mercenarios que deambulan por todo el reino y sus caminos, lo que confirma mis sospechas.
El alcalde tomó a Bastián por los hombros y le mostró la vista del puerto.
–Mire, maestre, si elegimos instalar aquí el puerto de Lobera fue porque está resguardado por dos macizos –apuntó con su índice–: El cerro Centinela, en el norte, y el cerro Protector, en el sur. Ambos guarecen del viento a las embarcaciones para que su arribo sea más seguro. Pese a los temporales que nos han azotado, ninguno de los cinco barcos que han atracado esta semana han sufrido daños, lo que genera confianza en los capitanes. Pero hay capitanes que prefieren otros puertos, capitanes que no obedecen a ninguna corona y puertos que no aparecen en los mapas. Mis vigías han avistado barcos de velas negras bordeando la costa, los que desaparecen entre los acantilados, estrechos y farallones. De los más de cincuenta hombres que he enviado a patrullar los posibles fondeaderos ilegales, ninguno ha regresado. Los piratas y mercenarios no están arribando solo por Lobera, maestre, han llegado por todo lo largo del litoral. Estamos siendo invadidos.