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“Perdimos a un hombre.
Diego Antonio Jaraquemada Casagrande era su nombre.
Murió entre tercianas y espasmos. No soportó el frío. Nuestra Señora del Sagrado Halo tendrá que saber perdonarme, pues ordené sepultar su cuerpo entre unas rocas a la salida de aquel bosque maldito. No teníamos suficientes fuerzas ni animales para cargarlo. Rogaremos a los nativos a que nos ayuden en nuestro viaje de regreso para llevar el cadáver a la esposa e hijos. Si hubiera soportado solo unos días más, los chamanes de Aguatrueno podrían haberlo sanado”.
Darío García y Peñafiel fumaba una pipa larga tallada en madera. La luz de la fogata en su rostro le remarcaba las facciones haciéndolo lucir como un gran señor.
Exhaló unos anillos de humo.
–¿Te queda más tabaco, Darío? –le pidió un soldado barbón. Se acercó limpiando con sus pantalones una rústica pipa.
–Solo si te queda algo de vino.
–Vaya suerte tengo, gandul –bromeó el barbón y viejo soldado–. Toma, aquí me queda algo. –Le pasó una botella.
Darío bebió sin respirar. Se limpió la boca con el antebrazo y volvió a la pipa.
–Pobre Diego, ¿eh? Nadie merece morir así. –El soldado barbón se sentó junto al joven espadachín.
–Ni vivir así. –Se entrometió Acacio Buendía, el guardia de aquella velada. Temblaba de frío.
El veterano nochero alzó la vista al cielo gris que amenazaba con un nuevo diluvio. El agua lo tenía harto. Miró a sus compañeros que aguantaban la helada solo con sus capas y una que otra manta, todos amontonados en torno al pésimo fuego que lograron encender con unas ramas tiernas y húmedas que despedían más humo que calor.
–Su majestad debería habernos mandado más avituallados en este viajecillo –escupió el soldado barbón–. ¿Pero qué se le va a hacer? Hay que tragárselas no más y seguir echándole pa’elante.
–Diego murió por culpa’el rey –soltó Acacio Buendía con claro enfado.
–No le endilgue al rey una muerte fortuita –intervino Darío.
–¿Fortuita, dice? Si hubiéramo traío ma’brigo y mejore bestia…
–Igual no hubiera servido de nada –le cortó Darío soltando una bocanada de humo–. Este frío que hace aquí es de los mil demonios. Ni un potro fontarragués aguantaría este clima y vuestra merced tampoco, aunque tuviera mil capas. Teníamos la ruta clara, cada noche nos quedaríamos en una chingana del camino, pero los cortes y las crecidas de los ríos nos desviaron de la ruta… Y vuestra merced lo sabe. Si quiere culpar al rey por el clima, hágalo, yo soy un poco más sensato.
–El muchacho habla con la verdad, Buendía. –Lo apoyó el viejo soldado barbón–. Mal que mal, si lo pienso bien, tengo una buena vida en la capital. El rey se ha portado bien con nosotros. –Soltó unas argollas de humo–. No le aportillaremos todo lo que ha hecho por un mal viaje, joder.
–¡Es que estoy encabronao, carajo! Que ya estoy cansao de aguantá este clima. ¡Que no ha parao’e lloer! Que se nos va un amigo pa’l otro barrio y ¡zas! lo enterramo bajo la piedra. ¿Qué sigue ahora? ¿Eh?
–Tranquilo, soldado. –Se acercó Asterio Siemprebravo. Le dio un trozo de carne fría y dura de su propio plato–. Tomad, ponedla al fuego y comed. Aquí tengo algo de pan. –Se sentó entre Darío y Acacio–. Todos estamos cansados de este viaje. Llevamos días y días andando sin parar. Los músculos de la espalda me saltan solos, tengo los brazos agarrotados y las piernas muertas de tanto cabalgar. –Se sacó las botas para calentar los pies en el escuálido fogón–. ¿Cuánto nos queda de viaje, don Darío?
–Tres días, si todo sale a pedir de boca.
–¿Contemplando este jodido temporal?
–Contemplando este jodido temporal –respondió el imberbe espadachín sin dejar la pipa de lado.
–Solo nos quedan tres días, Acacio. Os pido que mantengáis la calma.
–¡Calma mi cojone! –Se levantó y desenvainó su ropera.
En una fracción de segundo Darío también estaba en pie y apuntaba al amotinado con su espada en la diestra y la pistola en la siniestra. Ambos soldados se quedaron estáticos el uno frente al otro. Las capas ondeando al viento.
Silencio.
El crepitar de la fogata era el único sonido en kilómetros.
Asterio se puso blanco como la leche y el barbón que fumaba pipa se quedó con la boca abierta mientras el humo manaba por entre sus dientes.
–Baje la espada, don Acacio. No deseo haceros daño –le amenazó Darío.
–Digo lo mismo.
–La diferencia es que vuestra merced no se apellida García y Peñafiel.
–Señores…
–Tranquilo, don Asterio. Esto es entre don Acacio y yo. Usted puede ir a descansar si lo desea. Quizás la única diferencia es que al amanecer le falte un soldado que no supo maniobrar bien su acero.
Las manos de Acacio Buendía temblaban nerviosas.
Envainó su espada.
–Ha actuado con sensatez, don Acacio. Ahora coma la carne que tan amablemente le ha dado don Asterio y haremos como que nada de esto ocurrió.
Acacio se volvió a sentar sobre el suelo húmedo y frío.
Bajó la cabeza.
–E’l clima, muchacho. La muerte’e Diego –se disculpó el veterano vigía ocultando apenas sus sollozos.
–Mañana será un nuevo día, don Acacio. Mañana será un nuevo día y ya verá cómo sale el sol. –Darío le acarició la espalda.
El temporal continuó al día siguiente y durante los otros días de su viaje.