Capítulo 29. La partida

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Junco Briznasol se encontraba mejor de sus heridas, mas la tristeza aún lo embargaba. Deambulaba por Aguatrueno durante las mañanas y se dirigía al lago en el atardecer, rememorando las largas conversaciones que mantenía con su padre en los roqueríos de su antigua aldea. Ahora se encontraba solo en un mundo que, día a día, se tornaba más peligroso.

–Coipo, ¿aún lloras a tu padre?

Cormorán Surcalagos apareció a sus espaldas y se quedó de pie junto a él, observando la huella que una solitaria lágrima le había dejado en la mejilla.

El pequeño no contestó.

–Deja de lado los recuerdos que traen rabia y frustración –le dijo con su voz grave–. Debes dejarlo ir y sobreponerte.

El pequeño no contestó.

–Veo en tus ojos que deseas ir a buscar a tu padre, no lo niegues, los esteparios siempre vigilan, siempre esperan, siempre saben. Eres un coipo valiente, pero sigues siendo un coipo. Ya llegará el día en que tengas la fuerza para enfrentar tu destino y emprender la búsqueda de Sauce Briznasol. Debes ser paciente y prepararte. Mientras ese día llega, enfócate en tu gente. Hay demasiadas personas en Aguatrueno y muchas de ellas están tan heridas u ocupadas atendiéndolos que no tienen tiempo de cumplir tareas como la comida. Recuerdo que querías ser un cazador, así que haz honor a ese deseo y sirve a tu pueblo: tráeles alimento.

“Sirve a tu pueblo”. Esas eran las palabras de su padre y de su madre.

–¿Irías conmigo? –dijo reuniendo fuerzas.

–No puedo, Coipo. Pumagrís quiere voluntarios para un viaje suicida y decidí ir con él. Parece un paseo entretenido.

–¿El chamán se marcha otra vez?

–Sí, y también Roble. El Consejo de Guerra regirá Aguatrueno hasta que regresemos.

–¿Por qué me cuentas todo esto?

–Porque alguien debe hacerte crecer, Coipo. Y, para hacerlo, debes saber lo que pasa en tu pueblo. Nos iremos mañana antes de que salga el sol. Vamos a la cordillera. El chamán dice que iremos a ver a un espíritu de la naturaleza. Nos aseguró que este nos dirá por qué atacaron Montepardo y Rocalga.

Junco sacó sus pies del lago y se levantó entusiasmado.

–¿Puedo ir?

Cormorán lo miró con seriedad.

–Para ir a una montaña debes ser un puma… y tú solo eres un coipo.

 

A la mañana siguiente, Cormorán, Roble y Pumagrís dejaban la aldea. Marcharon en la oscuridad que aún reinaba en aquel día frío y lluvioso, abrigados con unas cuantas mantas y cargando poco equipaje, apenas un morral de cuero por cada uno y una antorcha para iluminar el camino. Poca gente los vio partir, solo estaban los líderes guerreros y, más atrás, Junco, Lirio, Palma y Litre.

–Espero que ese chamán demente no nos deje sin líder de batalla –gruñó Ciprés–. El camino a la montaña es peligroso y dudo que Cóndor Vientofuria les permita traspasar sus fronteras. Es un hombre extraño. Además, van con ese estepario que ni siquiera conocen. Quién sabe qué les puede hacer mientras duermen.

Los guerreros omitieron los comentarios de Ciprés, ya sabían que argumentar contra él era perder el tiempo y decidieron observar en silencio la partida de sus tres aliados, quienes tomaron el sendero del sur y emprendieron el rumbo hacia el este, adentrándose en el bosque Silente hasta perderse de vista.

–¡A trabajar se ha dicho! –ordenó Laurel Montepiedra–. Queda mucho por hacer y esta lluvia no nos detendrá. Las torres norte y sur tienen agujeros en los techos, y la muralla oeste necesita bloques de piedra y arcilla. Palma, despierta a los otros chiquillos ¡y trabajen!

Los líderes guerreros se retiraron y en la puerta solo se quedaron los cuatro jóvenes.

–¿Crees que Ciprés tenga razón? –le preguntó Junco a su amigo Palma–. ¿Qué Pumagrís es un demente?

–Haz como yo y todos los de Aguatrueno y no tomes en cuenta ningún comentario de ese idiota –respondió–. Nadie sabe por qué es miembro del Consejo de Guerra si todo lo que hace es aportillar las decisiones.

–¿No que son elegidos? –preguntó Litre.

–Sí, a veces. Del actual consejo, solo cuatro fueron elegidos: Chilca Ramaseca, entre ellos. Es una excelente peleadora. Del tiempo que llevo aquí, nunca la he visto perder. Es tan atenta y amable conmigo como lo es Laurel, pero me grita mucho menos –bromeó.

–¿Y los otros? –preguntó la pequeña Lirio. Se apoyaba sobre una rama nudosa, aún recuperándose de la batalla y el cansancio. Sus ojeras denotaban la falta de sueño.

–Los otros se ganaron su puesto por derecho. Laurel, por ejemplo, pertenece al consejo por haber vencido a las tropas de Emilio Martesta en la batalla de Los Muelles.

–¿Ahí perdió el ojo?

–No, eso fue mucho antes, a manos de un tal Ernesto Siemprebravo. Dicen los viejos que ese Siemprebravo era un sujeto tan cruel como aterrador. Capturó a Laurel y la torturó por semanas, cuando vio que no obtendría respuestas sobre la ubicación del grueso de nuestras tropas le sacó el ojo con una cuchilla al rojo vivo y la arrojó desde una quebrada dándola por muerta. No se les vaya a ocurrir mencionar el apellido Siemprebravo frente a ella… lo odia. Los aprendices sabemos eso y contamos su historia cuando sabemos que ella anda lejos –les susurró–. Corcolén Pastosombrío también es un miembro por derecho. Él y unos pocos esteparios supieron defender por semanas tanto Bosquemar como Vadosombra.

–¿Y Ciprés también protagonizó alguna batalla?

Palma soltó una carcajada.

–No participó en batalla alguna ni fue elegido –dijo cuando terminó de reír–. Los mal pensados dicen que está en representación de su abuelo, un guerrero de antaño al que la vejez ha incapacitado. Pese a ello, Ciprés pelea bastante bien, al menos ninguno de los aprendices le ha podido ganar en combate, aunque eso no quita que sea el idiota más grande que exista –les dijo y se despidió para ir a reparar los techos.

Lirio fue a descansar de sus heridas y Litre optó por ir a desayunar y ayudar a las ancianas en los quehaceres matutinos. Junco tenía en mente algo mucho más interesante. Morral en mano, se aperó con unas tortillas de rescoldo, trozos de charqui y agua fresca. En su cinto se enfundó una cuchilla de piedra y una lanza corta, tuvo la precaución de ir con la manta verde que le había regalado su padre para camuflarse mejor en el entorno, y partió hacia el bosque Silente a buscar alimento para su pueblo.

Los árboles no diferían tanto de los de Rocalga, sin embargo, notó que algunos eran de hojas más gruesas y duras. “La sabia Totora sabría sus nombres”, pensó. Recorrió los intrincados senderos sin éxito, ya que los animales se habían guarecido en sus madrigueras a causa de la lluvia. No había presas para cazar, por lo que se dedicó a recolectar pequeños frutos y hierbajos. De pronto, en un claro del bosque, cerca de un charco, una vizcacha apareció corriendo a gran velocidad y se derrumbó muerta sobre la hierba. Junco se alegró, pues la cena se había presentado sin necesidad de cazarla. Cuando se aprestaba a recoger el cuerpo del pobre animal, se percató de extrañas heridas en su lomo y enseguida supo que era la presa de alguien o algo más. Segundos después apareció un zorro joven, de no más de un año, una bestia de pelaje frondoso y lomo adornado con tonos ceniza. Movía su cola de un lado a otro, alerta. Al ver a Junco acechando a su presa emitió un agudo chillido y erizó sus pelos. El pequeño cazador se quedó quieto, no era un ladrón, así que retrocedió unos pasos y dio media vuelta. Esperó unos instantes y, al volverse, ya no estaban ni el zorro ni la vizcacha.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2