Capítulo 27. Relación de la travesía a Aguatrueno I

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“Siendo el día veintiocho del sexto mes de nuestra Señora del Sagrado Halo, yo, Asterio Siemprebravo, cronista real, escribo estas líneas para narrar la travesía que he emprendido junto a veinte buenos hombres, que han decidido acompañarme por voluntad propia, al pueblo conocido como Aguatrueno a dar las malas nuevas al guerrero Roble Tallofuerte.

            El viaje no ha presentado problema alguno. Cada soldado conoce sus deberes y hemos avanzado según los planes trazados.

            Triste y desolado es el paisaje. Cualquiera pensaría que Tierra Amarga va cambiando según se suman kilómetros hacia el sur, mas eso no es verdad, no al menos por donde vamos. Para nuestro pesar, el reino aún tiene ceniza por tierra y tocones por bosques. No hemos visto animales a la redonda, a excepción de unas loicas y unos jotes de cabeza colorada. Los espinos crecen tanto en las faldas de los cerros como en las praderas. Dicen los naturalistas que estas especies vegetales preparan la tierra para la llegada de vegetación un poco más amable, así que, bienvenidos sean los espinos si tales palabras son verdaderas, pues Tierra Amarga necesita de un verde más hermoso.

            Su gente lo necesita.

            Los espinos nos han acompañado durante todo el viaje, incluso en la desviación que hicimos al tomar el Sendero del Conquistador, ruta que tuvimos que transitar por obligación, ya que el Camino de la Costa está obstaculizado por el barrial que han dejado las intensas lluvias de este recién iniciado invierno.

            Nos desviamos unos dos kilómetros hacia el este, internándonos por lomas de baja altura. Tras mucho cabalgar, llegamos a un brazo del río Susurrante que, según nuestros mapas, correspondería al arroyo El Morado. Atravesamos el curso de agua a través del puente Los Molinos, nombre colocado en honor de Ambrosio Molinos, dueño de una histórica fonda y quien levantara a pulso la pasarela para el libre transitar de los parroquianos.

            En dicha fonda encontramos cobijo hace una noche.

            Llamó mi atención la presencia de cinco sujetos que lucían como veteranos de muchas batallas, cicatrices les cruzaban las mejillas, las cejas e incluso los ojos. Bebían a destajo y comían poco. Pese a ello, no hacían escándalo alguno. Eran sumamente silenciosos. Los soldados que me acompañan no los miraron con buenos ojos.

            A sabiendas de las cosas que ocurren en el reino, preferí consultar al posadero, quien me dijo que tales hombres no llevaban ni dos noches allí y que nada sabía de su procedencia ni de su destino.

            Nada ocurrió esa jornada y al día siguiente el sol salió sin novedad.

            Quisimos retomar el rumbo hacia el sur, pero una familia que viajaba en una carreta nos advirtió que el río Blanco había crecido en demasía y que cruzarlo era faena imposible. Debo destacar aquí la labor del soldado Darío García y Peñafiel, hombre letrado y conocedor del territorio. Cuando ninguno de nosotros sabía qué rumbo tomar, él, pragmático y decidido, abrió un mapa e hizo gala de su gran conocimiento. Parecía como si él mismo hubiera trazado con carbón las cartas (dejo constancia de esto para que sea considerado en futuras campañas de exploración).

            Pues bien, don Darío señaló que debíamos seguir el trayecto hacia el sur y, luego, cambiarlo al llegar a la encrucijada de Las Arañas, hacia el este, hasta los límites de la marca de Colina Magra. Indicó que era la única ruta posible para continuar hacia nuestro destino y sortear la crecida del río… y la seguimos”.

 

–¿Tenéis que escribir todo lo que hacemos, don Asterio? –preguntó Darío García y Peñafiel al tiempo que se echaba a la boca un trozo de pan untado en un grasoso caldo de carne.

–Soy el cronista y tal es mi trabajo, don Darío.

Darío siguió comiendo con seriedad. Acercó las manos a la fogata. El invierno había llegado con fuerza, más que otros años. Se sobó las manos e intentó abrigarlas con su aliento.

La noche era más fría que la anterior, por lo que se cobijaron a la ladera de un cerro para que no los congelara el viento que corría a esas horas. Agradecieron que no estuviera lloviendo, aunque las nubes sobre sus cabezas se veían amenazadoras.

Algunos soldados dormían alrededor del fuego, abrigados solo con sus capas y una que otra manta. Otros hacían guardia con la pistola desenfundada. Por su parte, Asterio Siemprebravo se mantenía despierto para no atrasarse con sus escritos. Apoyaba la espalda sobre su caballo, que descansaba echado junto a la fogata. Darío García y Peñafiel estaba despierto porque así lo quería. De todos los soldados, era siempre el último en dormir, a menos que le tocara guardia. En esas ocasiones no le importaba pasar de largo hasta la noche siguiente. Asterio lo había notado. Le parecía un excelente soldado, fiel a su soldadesca, por muy pequeña que esta fuera.

Sí, un excelente y bravo soldado, aunque algo silencioso.

–¿Hace cuánto tiempo que servís a la corona, don Darío? –le preguntó el cronista sin dejar de escribir.

–De mis quince –contestó el soldado sin dejar de comer. Se bajó el chambergo y se cubrió las piernas y los brazos con la capa.

–¿Y eso hace cuánto?

–Seis años –respondió escueto.

“¡Tenemos casi la misma edad! Me cuesta creerlo, él se ve mucho más joven”, pensó Asterio hasta que notó que, a diferencia de los demás soldados y hombres de su edad, el rostro de Darío no tenía ni barba ni mostacho. Recordó que todas las mañanas lo veía afeitarse con una navaja. El cabello negro bien recortado también le quitaba años de encima. “Será una nueva moda”, supuso Asterio pensando en la cercana posibilidad de afeitarse el bigote y recortarse su castaña melena.

Notó que Darío no tenía intenciones de seguir hablando, así que optó por seguir escribiendo.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2