Capítulo 10. Cazando a una bestia

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Litre se arrastraba sigilosamente por entre las raíces de los árboles. Su manta estaba embarrada con lodo y musgo. Tenía la cabeza bien apegada al suelo, olfateando, oteando, escuchando. No había sido difícil convencer a Sauce para que lo dejara partir.

–No hay tal bestia –le dijo hace cinco días–. Eso era el miedo de Ulmo hablando, nada más.

–Ella tiene razón, señor –le rebatió–. Cuando los perros se ven amenazados arman un alboroto que despierta hasta a los muertos y, según ella, ni siquiera aullaron.

Junco estaba atento a las palabras de Litre. Sauce guardaba silencio, tenía los ojos cerrados y apoyaba el mentón sobre sus pulgares.

–Además, los pumas no asesinan y abandonan a sus presas. Matan para comer o por miedo. Para mí esto es bastante raro.

–Lo sé, muchacho, pero ¿qué querías que hiciera? ¿Que alentara la idea de que una bestia anda suelta por Costazul? ¿Que el odio encarnado actuó esa noche? Si hubiera hecho eso, ahora mismo tendría una revuelta.

–Una bestia anda suelta, señor, y debemos capturarla. Déjeme ir por ella. Iré solo, así nadie sabrá de mis intenciones y no cundirá el pánico.

Sauce meditó en silencio el ofrecimiento del muchacho. El pequeño Junco le entregó una jarra de greda con agua de boldo. Sopló para enfriar la bebida. El vapor dibujó siluetas en el aire. Bebió un largo trago. “No pierdo nada con dejarlo ir”, pensó el guerrero.

–Por arma llevarás tu hacha, tu daga y una lanza. Pide a las ancianas que te den frutas, charqui y raciones para diez días. Partirás hoy después de la medianoche para que ningún aldeano te vea salir de El Claro.

Y ahí estaba ahora, en medio del bosque. Habían transcurrido cinco días desde que emprendiera la cacería y no había visto nada fuera de lo normal. Evitó los clanes para no levantar sospechas. Durante el día los observaba a lo lejos, estaban conformados por apenas tres o cuatro casas y no más de cinco familias, las que compartían el alimento en una fogata ubicada en medio de sus tierras. Su vida era similar a la de El Claro solo que en menor escala. No más de treinta personas vivían en cada clan. “Es algo bastante melancólico y solitario”, pensaba al compararlos con el reino del norte, donde vivían miles de almas.

Caminaba por la foresta y siempre se mantenía alejado de los senderos, de cuando en cuando descansaba bajo un árbol y se echaba un trozo de tortilla a la boca. De pronto, escuchó el crujir de una rama. No era habitual. Era un sonido pesado. Venía de su derecha. Desenvainó su daga con presteza y la arrojó contra un árbol lejano. El silbido de Canto Recio fue tan agudo que resonó en todo el bosque y tac, se clavó de lleno en un grueso tronco. Se acercó enfurecido cuando vio una pequeña niña cubriéndose las orejas y a Canto Recio clavada justo al lado de su cabeza.

–Chiquillos entrometidos. ¿Qué hacen aquí? ¡Es peligroso! –les increpó mientras sacaba la daga del árbol.

–Queríamos ayudarte. –Junco apareció desde atrás del árbol con una sonrisa temerosa–. ¡Trajimos armas! –Le mostró una lanza corta y boleadoras–. ¡Venimos a cazar a la bestia!

El pequeño había llegado acompañado de unos mellizos del clan de los bosques con los que había hecho buenas migas durante la audiencia en El Claro: Ñirre y Lenga Finarraíz. Ñirre era una niña morena cuyos cabellos estaban bien peinados en la parte superior de su cabeza, y, luego, caían trenzados hasta sus hombros. Su hermano Lenga era muy similar a ella, salvo que llevaba el cabello rapado en los costados, y los del centro los peinaba hacia atrás, terminando en una larga trenza que le llegaba a la espalda. Ambos vestían mantas de tonos oliváceos.

–Los vi seguirme desde el primer día y no dije nada, pensando que se cansarían y que volverían a sus hogares. ¿Qué dirán sus padres? –Los tres pequeños bajaron la vista–. No se diga más. ¡Regresaremos ahora mismo!

–¡No, por favor! Déjanos ir contigo –rogó Junco–. Deseamos ayudar a los clanes.

–¡Por favor! –suplicaron al unísono los mellizos.

–Nuestros perros también fueron asesinados. Llegaron a nosotros cuando cumplimos cinco años –clamó la pequeña Ñirre.

–Queremos vengarlos –insistió su hermano Lenga–. ¡Eran nuestros amigos!

–No sabemos a qué nos enfrentamos, chiquillos. Si se nos cruza un puma corremos riesgo de morir, imaginen si lo que cazamos es realmente una bestia.

–¡No somos chiquillos! Tenemos doce años. Mi padre partió con trece a la guerra contra los conquistadores, y a los quince mató al rey Emilio Martesta –replicó Junco.

Ante aquel argumento, Litre se quedó sin palabras. Los repasó con una mirada llena de rabia y suspiró resignado.

–No cometan ninguna estupidez –bufó.

Los niños se miraron entre ellos, sonrieron, y lo siguieron con sus armas bien firmes en sus diminutas manos.

Los cuatro buscaban cualquier indicio de la bestia, el musgo corroído en las rocas, marcas de garras en las cortezas de los árboles, heces, pelos, lo que fuera.

Nada.

–Yo no creo que encontremos a un puma. Debe ser un monstruo –le susurró Ñirre a su hermano.

–¡No seas tonta! Los monstruos no existen. –Le dio un empujón–. Fue un puma. Clavó sus colmillos en los gaznates de nuestros perros y los desangró.

–Un puma no hace eso –respondió–. ¿Para qué matarlos si no se los comerá?

–Ñirre tiene razón. –Junco la defendió–. Con mi papá hemos recorrido muchos lugares de Costazul y hasta hemos llegado cerca de las primeras montañas y sé que un puma no hace eso. Yo he visto los restos de sus presas, no son más que huesos y pellejo.

–Ignorantes –resopló Lenga–, mira que creer en monstruos. Fue un puma –afirmó sin dejar de caminar y buscar rastros entre la hierba y las raíces–. Estoy seguro de ello. Si tengo razón, los golpearé a los dos. Es una apuesta.

–Inténtalo. Podría ganarte con una mano en mi espalda –le advirtió Ñirre con su voz aguda.

–¡Ssh! Silencio –les ordenó Litre–. Espantarán a la presa.

–¿Ven lo que hacen? Guarden silencio –rezongó Lenga.

–Junco, ven aquí. Dime, ¿qué debo hacer si quiero encontrar a un puma?

Junco se quedó pensando.

–Nunca he tenido que cazar un puma. –Se encogió de hombros.

–Yo tampoco. Generalmente, los evito. –Le guiñó el ojo y chasqueó su lengua–. Solo sé que cuando te encuentras con uno no debes correr porque inmediatamente te verá como su presa… y no queremos que eso pase, ¿cierto?

–¡Cierto!

–Esos animales son grandes y pesados, la hierba se quiebra y el lodo se hunde ante sus pisadas, pero hasta ahora no he visto nada. –Rascó su cabeza–. Quizás nos falta perspectiva. Caminaremos un poco más. Si no encontramos huellas, subirás a los árboles para ampliar nuestro rango de visión. ¿Entendido?

–Entendido.

Recorrieron cerca de dos kilómetros de frondoso bosque. Husmeaban, levantaban piedras y en más de una ocasión desenvainaron sus puñales para defenderse de un inocente chincol.

–No podemos seguir así. Junco, ¡escala!

El pequeño asintió y comenzó a subir árboles con agilidad.

–¿Ves algo?

–Nada, ningún rastro –gritó desde lo alto.

–Sea lo que sea que mató a esos animales es imposible que sea más inteligente que nosotros. ¡Algo que es capaz de matar llamas, ñandúes y perros tiene que ser grande y dejar huellas! –se quejaba Litre.

–Un cóndor es grande, pero vuela, así que no deja huellas.

–El cóndor no caza. –Ñirre corrigió a su hermano–. Es un carroñero, así que come animales que ya están muertos. Y si por alguna casualidad llegara a cazar, sus presas son pequeñas… no perros ni llamas.

Litre estaba perdiendo la paciencia ante la estéril cacería y las eternas discusiones de los mellizos.

Junco se encaramó en otro de los tantos árboles y miró al horizonte, desilusionado. Iba a bajar cuando algo llamó su atención.

–¡Allá hay algo! –Apuntó a una quebrada poco profunda.

Los cuatro corrieron hasta llegar a la quebrada, donde se deslizaron por la tierra y el fango para llegar a lo que había visto Junco. El olor a muerte los aturdió. Ñirre se tapó la nariz con su manta y Lenga apenas aguantó las ganas de vomitar. Habían encontrado al puma. Las moscas festinaban con su carne.

–¿Se habrá caído? –preguntó Ñirre.

–Imposible. No habría muerto con esta altura –opinó Junco–. ¿Qué animal es capaz de hacerle esto a un puma?

–Ninguno –respondió Litre preocupado al notar que el cuello del animal había sido desgarrado–. Parece que en verdad estamos cazando a una bestia.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2