5
El grave cantar de un cuerno despertó a Palma de su apacible sueño. Le siguió un ir y venir de fuertes pisadas y muchos “¡sí, líder!”. Amodorrado, se levantó lo más rápido que pudo y peinó sus desgreñados cabellos negros. De improviso, Chañar Cieloazul, la joven que había conocido en su primer día en Aguatrueno, entró a su tienda.
–¡Despierta, despierta! Iremos al lago. ¡No hay tiempo que perder! –Lo sacó de la choza a empujones.
Aún estaba oscuro y hacía mucho frío. La tropa de aprendices ya se encontraba formada fuera de la muralla norte junto a la ribera del lago Esmeralda. Los cerros que rodeaban el valle apenas se veían a esa hora de la madrugada.
–Parece que a algunos les gusta dormir un poco más que al resto –dijo Roble sin quitarle la vista a Palma.
El líder de batalla se veía intimidante ese día. Llevaba una armadura de cuero con el cráneo de un huemul tachonado en el pecho.
–Todos a trotar alrededor del lago. Son diez kilómetros ¡Sin parar! –ordenó y durante todo el recorrido marchó tras el grupo azuzando con una vara de colihue a los rezagados.
Así comenzaba un nuevo día de entrenamiento. Trotaron y nadaron por tanto tiempo que Palma sentía que su corazón iba a estallar y que sus pulmones se congelarían.
–¡Suficiente! Tengo un regalo para ustedes –dijo Roble–, mantas recién tejidas por nuestras ancianas. Ellas se esmeraron mucho. Son bastante gruesas y hechas con la mejor lana de guanaco. Fórmense en la orilla del lago para entregárselas ordenadamente.
Una vez con las mantas puestas, apareció una docena de guerreros y empujaron a los jóvenes a las aguas del lago.
–¡No se las saquen! Con esas mantas mojadas y pesadas deben ser capaces de salir del lago y subir aquel cerro. –Roble apuntó uno de los macizos–. ¡Imaginen que llevan a un compañero herido a cuestas! ¡Rápido!
–¿Cuánto tiempo llevas aquí? –le preguntó Palma a Chañar. Estaban recostados sobre la tierra fría, exhaustos tras salir del lago y subir y bajar el enorme cerro.
–Casi un año. Aún me queda bastante –respondió Chañar, aún jadeante por el esfuerzo.
–¿Y siempre es así?
–Estos días el entrenamiento ha sido suave, para que no te asustes. Mañana… mañana ya puedes empezar a asustarte.
Y el mañana llegó. Al amanecer, Palma se encontraba en lo alto de la cascada. Debía saltar desde allí, vestido con la misma manta del día anterior, y quedarse flotando en el lago hasta que Roble le ordenase lo contrario. Tiritaba de miedo y de frío, tenía los pies congelados y arrugados por el agua. Nunca en su vida había visto una cascada y ahora debía saltar desde lo alto de una. “Todos lo hemos hecho y seguimos vivos. No te preocupes”, lo arengaban sus compañeros. Palma apretó sus puños y miró de reojo a Roble que lo observaba con severidad. Junto al líder estaba Chañar con el puño en alto, dándole ánimos. El joven tensó sus músculos, cerró sus ojos, respiró hondo y se lanzó al vacío. En un segundo estaba arriba y, al otro, se encontraba bajo el terrible tumulto de las aguas. El peso de la manta le impedía salir a flote y tuvo que nadar con todas sus fuerzas para alcanzar la superficie, dando una inmensa bocanada cuando logró emerger, feliz de haber sobrevivido a la experiencia. Los vítores de sus compañeros inundaron el valle y le llenaron de júbilo. De pronto, se dio cuenta que los gritos se acallaban y que sus compañeros se marchaban, abandonándolo a merced de las frías aguas del lago.
Recién al atardecer regresó Roble.
–Ya puedes salir, muchacho –le ordenó.
Palma estaba al borde de la hipotermia, tenía los dedos arrugados y tiritaba de pies a cabeza. Ni siquiera le quedaban fuerzas para caminar y el peso de la manta mojada poco le ayudaba; apenas dio un par de pasos, se desplomó pesadamente en la orilla.
–Quítate eso. Ten, sécate y come. –Le pasó una manta seca, un trozo de pan y un caldo caliente increíblemente reconfortante–. Ya has tenido suficiente. Todos los niños que llegan a Aguatrueno creen que se convertirán en el héroe que salvará al pueblo… pero los héroes no nacen, se hacen a punta de disciplina y sangre derramada. Aunque debo reconocer que, de todos los chicos que han pasado por esta prueba, eres el primero que soporta flotando en el lago hasta mi llegada. Siempre salen antes, cansados de tanto mover pies y brazos. –Palma no podía pronunciar palabras de agradecimiento ante las alabanzas, le temblaba demasiado la mandíbula–. Toma el caldo, te hará bien. Lo hizo nuestra chamana Quila Flordorada. Es medicinal.
En los siguientes días no hubo tiempo para descansar. Palma se dedicó a reparar los cimientos del torreón sur, añadir piedras a un hueco del muro oeste, mejorar las casas de abastecimiento y combatir, su actividad favorita. La robusta Laurel estaba a cargo del entrenamiento de esa jornada.
–Ustedes dos –apuntó a Palma y a un chiquillo de cara huesuda–, tomen un arma al azar y muestren lo que tienen.
Palma tomó una lanza de madera de punta redondeada y el otro chico una daga de piedra sin afilar.
–¡Peleen! –ordenó la guerrera.
Palma intentaba no burlarse de las débiles estocadas lanzadas por su rival, limitándose a detenerlas con el mango de su lanza o con el dorso de su mano.
–Está muy verde esta criatura –gruñó Laurel agitando su cabeza con rabia–. ¡Chañar Cieloazul! –gritó–. Tú te enfrentarás a Palma. ¡Denme una pelea de verdad y no esta burla de combate que acabamos de ver!
–¡Sí, señora! –respondió la muchacha e ingresó al círculo formado por la tropa de aprendices que agitaban sus lanzas y puños, ansiosos por verlos pelear.
–Tómatelo con calma, Chañi –le aconsejó Palma, desafiante–. Ya sabes cómo terminará esto.
–¿Contigo en el suelo y llorando?
–Así es como se parte un buen duelo de amigos –reía la veterana Laurel–. ¡Aprendan!
–¿Estás listo, Palma?
–Siempre lo estoy para patearte en el suelo –respondió y se arrojó al combate.
La chamana Quila Flordorada posaba una toalla húmeda sobre el gigantesco cardenal que se extendía por toda la espalda de Palma. Chañar estaba a su lado, le sangraba la nariz, tenía un ojo en tinta y el otro completamente cerrado.
Estaban en las estancias de curación, una pequeña choza donde enviaban a los aprendices que fuesen víctimas de su propio entusiasmo.
–Fue una buena pelea. –Sonrió la joven desde su colchón.
–Creo que te escuché llorar –se burló Palma.
–¿En serio? Pues yo vi que de tus ojos manaba agüita y no de sudor.
–Dudo que hayas visto algo con lo morado que te dejé ambos ojos.
–No necesitaba ver, podía escuchar tu lloriqueo mientras me rogabas que soltara tu brazo… ¡Au! –chilló la joven cuando la chamana comenzó a curar sus heridas.
–¡A mí no me reclames! Yo no te rompí la nariz en frente de toda la aldea –dijo la sanadora en su defensa–. Hay que desinfectar las heridas y eso duele. Si quieres ser una guerrera, acostúmbrate.
Tras la reprimenda, arrojó esencias aromáticas al brasero que se encontraba en medio de la estancia y comenzó a remojar vendajes en una infusión de hierbas medicinales.
–No puedo creer que tengamos que estar aquí todo el día –reclamó Palma.
–Dos días –corrigió Quila Flordorada al tiempo que colocaba las vendas en la frente de la muchacha.
–Tendremos tiempo para conversar –bromeó Chañar.
Palma observó a su nueva amiga en silencio y decidió que la conversación sería sobre algo que llamó su atención desde su primer día en Aguatrueno.
–Podrías contarme lo de tus cicatrices –propuso.
–¡Ja! Ya me extrañaba que te tomaras tanto tiempo en preguntar. La mayoría lo hace el mismo día que llega.
Hubo un largo silencio.
–¿Y? ¿Me contarás?
–No es la gran cosa. A Roble le gusta usar mi historia para asustar a los recién llegados. En fin. –Suspiró con resignación–. Pasa que en algún momento del entrenamiento todo aprendiz debe hacer el rito de iniciación para convertirse en guerrero.
–¿Es al tercer año, cierto?
–Eso dependerá de si te sientes preparado o no. En mi caso, a los dos meses me convencí de que podía hacerlo. Roble se negó, obviamente. Decía que aún estaba verde. “No me importa”, le respondí. Tomé mi arco, unas pocas flechas y escapé de Aguatrueno, presta a iniciar el ritual. Seguí el camino al Bosque Silente para demostrar que podía sobrevivir por mí misma, y desde ahí les grité “¡Volveré como una guerrera!” –Se reía al recordar lo tontas que habían sonado esas palabras con su aguda voz–. Era una chiquilla sin padres. Me había valido por mí misma toda la vida. ¿Qué más daba internarme en los bosques por un invierno y volver? No parecía la gran cosa. Si lo conseguía, me darían el rango de guerrera y me habría ahorrado muchos años. –Palma escuchaba intrigado–. Recién cuando me vieron gritando sobre la loma se dieron cuenta que había huido. A veces me pongo a imaginar qué habrá pensado la gente de la aldea al verme agitando las manos y gritando: “¡volveré como una guerrera, volveré como una guerrera!” –Sacudía las manos y ponía la voz chillona–. Me imagino la cara de Roble, sobre todo, cuando vio que un puma se abalanzó sobre mí y me dejó al borde de la muerte –dijo y estalló en carcajadas ante un boquiabierto Palma.
Contagiado por la risa de su amiga, ambos comenzaron a reír hasta las lágrimas.
–¡Cállense y duerman! Hay gente que mañana tiene cosas que hacer –ordenó Laurel desde la puerta de la estancia.
Las carcajadas aumentaron su intensidad.