Capítulo 52. Atormentada por saber demasiado

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Acacia no conseguía conciliar el sueño, la silla era demasiado incómoda. Estiró las piernas, enderezó la espalda, hizo crujir los huesos de su anciano cuello. Se levantó con esfuerzo y se encaminó a la ventana de la habitación. La noche aún era joven. Calculó que debían quedar unas cuatro horas para el amanecer, el tiempo suficiente para dar un paseo bajo las estrellas si no tuviera que proteger el sueño de aquel misterioso hombre herido. “¿Cuándo despertarás, muchacho?”. Se alegró al notar que la fiebre no había regresado.

Sí, quizás, podría darse un merecido descanso.

–¿Tan tarde y de paseo, chamana? –le preguntó una de las dagas del rocío que vigilaba la habitación.

–En nuestro pueblo no soportamos mucho el encierro. Nos gusta sentir el aire fresco de vez en cuando, y nada mejor que el de esta agradable noche –dijo mientras caminaba a paso cansino.

En aquella madrugada sin nubes Acacia alcanzó a vislumbrar una estrella fugaz que cruzó el cielo de norte a sur, en lo alto vio la constelación de la pata del ñandú y, más allá, las de la boleadora y el guanaco. “Las tres han dado y sereno”, escuchó al vigía nocturno.

Nueva Esperanza nunca había estado tan tranquila.

Caminó hacia las afueras para relajarse con el arrullo del río Susurrante, uno de los pocos lugares del reino donde crecía el verde. A lo largo de toda su orilla desfilaban peumos, canelos y uno que otro temu. Se sentó sobre una roca de la ribera, un pilpilén aleteó cuando sintió su presencia. Allí se quedó largo rato, escuchando el croar de las ranas y el zumbido de los insectos.

Un sonido que no pertenecía a aquella rica naturaleza la sacó de su relajo.

Pasos. Pasos en la noche.

Se levantó sin producir ningún sonido y cerca de las casas vio a un sujeto de espada y pistola al cinto orinando en una pared. “No es el sereno. ¿Será un mercenario de Estrechos?”, pensó con miedo. Aprovechó la oscuridad de un angosto callejón y desde allí lo vio ingresar a una casa que se creía abandonada. La tenue luz de una vela iluminaba el interior. Se acercó con cautela a la morada, se posicionó bajo el alféizar de la ventana y escuchó.

–Conde Calisto, sabe que lo estimo, mas no podéis tenerme en ascuas sabiendo lo que está por venir. Necesito vuestra respuesta a la brevedad. Los lavaderos de plata y oro que administráis son indispensables para la campaña. –La chamana reconoció la voz del marqués Antoine Garraleón.

–Sabéis tan bien como yo que si os unís a nosotros os veréis gratamente beneficiado –escuchó hablar al mercader Sebastián Barrancones, que se encontraba junto a la chimenea–. Están ocurriendo grandiosos sucesos en Altamiria, conde, y, si accedéis a ayudarnos, más de algún rey extranjero os daría territorios, lujos y excesos que no podrías conseguir ni en veinte vidas. Pensad con la cabeza, conde Calisto, y no con las tripas. Todos saldríamos ganando. El marqués regresaría a su amada Fontarragués con la confianza de un nuevo rey y vuestra merced hará lo que os plazca con la fortuna que reciba.

–Tengo todo el dinero que necesito –respondió Calisto con altanería–. Lavaderos de oro y plata en Tierraíz y grandes extensiones de campos cultivables en Altamiria. ¿Qué podéis ofrecerme que yo ya no posea?

–Un puesto en el consejo real de Baluarte, claro está. ¡Y oro a raudales! El rey de Puerto Tiburón es un hombre poderoso. ¿Acaso nunca habéis escuchado de sus torres de oro?

–Excentricidades. El oro no es para levantar torres ni para confeccionar monturas que ralentizan el andar de los caballos.

–Basta de excusas, conde. Con vuestro apoyo sería mucho más sencillo cumplir nuestro objetivo.

–¿Y cuál es vuestro objetivo, marqués? –Calisto bebió un trago de tinto.

–Irme de esta tierra muerta, por supuesto, y regresar a Fontarragués.

–¿Y ese banal egoísmo, nacido de una absurda nostalgia, amerita traicionar tanto al rey Tulio Hojaltiva en Tierra Amarga como al rey Francisco de Odragón en Baluarte? Os recuerdo que Hojaltiva le nombró marqués y entregó grandes tierras cultivables, mientras que Odragón os perdonó la vida por vuestro manifiesto apoyo a Emilio Martesta. Les debéis vuestra lealtad.

El grueso marqués guardó silencio. Se notaba la vergüenza en su rechoncha cara. Aclaró su garganta con nerviosismo.

–No os hagáis el inocente, conde. Ni usted ni yo apoyamos a Tulio Hojaltiva. Ambos siempre fuimos partidarios de Emilio, incluso después de su muerte. Si juramos obediencia al rey Francisco y al rey Tulio fue porque no teníamos opción. Era eso o la horca. ¡Y la Señora sabe que aún no tengo deseos de morir! –Se acarició su gaznate sudoroso–. El que me hayan enviado aquí fue prácticamente un castigo hacia mi persona. No sabéis lo que me significó haber cambiado mi hermosa tierra natal y sus manjares por esta mala broma de reino que ni castillo ni jardines tiene. Así que no tengo ningún impedimento moral para traicionar a Tulio. Ni siquiera sería una traición, pues nunca le he jurado lealtad… y vuestra merced tampoco.

Calisto Fuenteamplia mantuvo el rostro impasible. Seguía sentado. Jugueteó con una moneda que estaba sobre la mesa.

–Los reyes de Secarena, Dunaria y Puerto Tiburón no solo aspiran a hacerse con Baluarte, también anhelan los reinos y pueblos de Tierraíz –intervino Sebastián Barrancones apoyando sus manos en el espaldar del asiento donde se encontraba Calisto–. Han prometido otorgar las praderas más hermosas de Altamiria a quienes los ayuden. Millas y millas de campos floridos y tierras cultivables, conde. Y también han prometido títulos, yacimientos de oro y permisos para realizar prospecciones donde se desee. Todo libre de impuestos. Seríais aún más poderoso que vuestro señor padre.

Aquellas palabras hicieron que Calisto enarcara las cejas. El marqués se dio cuenta del gesto y le rellenó su copa de vino.

–¿Vislumbro un acuerdo? Cuento con cien mercenarios de Estrechos que me apoyan –confesó Garraleón–. Si vuestra merced logra convencer a sus soldados personales, podríamos plantarle cara sin problema alguno a las tropas de Hojaltiva. Sé que el oro compra lealtades, así que no os costará mucho que vuestros hombres cambien emblemas.

Un golpe seco se escuchó en la ventana.

La chamana aguantó la respiración y se agazapó, lamentándose por haber golpeado sin querer la protección de madera. Agradeció cuando nadie salió de la casa a investigar el origen del ruido.

Siguió espiando.

El conde Calisto se levantó de su asiento sin decir palabra ni tocar el vaso servido por el marqués y se abrigó con su chaquetilla de lana.

–¿A dónde vais, Fuenteamplia? –se indignó Sebastián Barrancones.

–Se ha hecho tarde y tengo algo de sueño, señores. Me retiro.

–¿Y así nada más? ¿Sin darnos respuesta? –El rostro del marqués se puso rojo como una uva.

–¿Respuesta? ¿Acaso necesitáis respuestas a tan patético ruego cargado de sedición? –Los miró con frialdad–. Si yo no os apoyo, vuestra campaña será un fracaso. Por tanto, decido no apoyaros. Mas, por la amistad que nos une y por vuestra sangre noble, tampoco os acusaré de traición a la corona. No inmediatamente, al menos. Os doy diez días, marqués, diez días para que os marchéis de Tierra Amarga. Podéis marcharos a Fontarragués y a nadie diré que ha regresado a su tierra natal para que nadie vaya a buscaros. Apelaré ignorancia. Pero, si no lo hacéis, yo mismo me encargaré de someteros a la justicia del rey.

–¿Osáis amenazarme?

La gordura del marqués no fue impedimento para que se abalanzara a gran velocidad contra el conde Calisto, mas no contaba con el espadachín que cuidaba sus espaldas, quien desenvainó con inusitada rapidez su florete y púsole la punta en la papada. El marqués Antoine se quedó paralizado de terror. Sus ojos se centraron en el afilado acero.

–No hagáis que imponga justicia tan pronto, don Antoine. –La voz del conde sonó fría como la de un asesino–. Si no deseáis acoger el plazo que os di, decídmelo y ahora mismo ordenaré que os rebanen el gaznate.

–Habéis tomado el camino equivocado, conde –dijo el marqués con la voz temblorosa.

–La lealtad nunca será el camino equivocado, don Antoine. Dejadlo –ordenó a su guardaespaldas, que al envainar su espada dejó un punto rojo en el cuello del marqués–. Nos retiramos.

Acacia corrió lo más rápido que pudo para sus ochenta y dos años. Nadie debía saber lo que atestiguó. Alcanzó a esconderse tras un muro justo cuando Calisto abría la puerta para marcharse y lo vio alejarse mientras su espadachín vigilaba el entorno.

Agradeció a los espíritus que no la descubrieran.

“Así que el marqués Antoine es el traidor. ¿Él le habrá hecho daño al muchacho?”, especulaba. Corrió a su hogar, arrepentida de haber salido a tomar aire.

No logró conciliar el sueño esa noche, atormentada por saber demasiado. El canto del gallo la encontró sentada en el sofá junto al hombre herido. “Debo hacerlo. ¡Debo advertirle al rey!”. Se disponía a ir a la casona real cuando el sonido de una trompeta llamó su atención. Miró por la ventana y vio a Bastián Bocablanca y a sus hombres regresando del puerto de Lobera y, tras ellos, decenas de sujetos malcarados, todos maniatados.

“¡Ha capturado a más mercenarios!”, sintió que le sacaban un peso de encima. La yegua del maestre relinchaba y agitaba la cabeza de lado a lado, contenta por haber llegado al lugar que reconocía como su hogar. Bastián le acarició el cuello y le dio un trozo de zanahoria.

–Te has portado bien, chiquilla. Te lo has ganado.

Se apeó de su inseparable amiga y la tomó de las bridas para entrar a la ciudad. Se dirigió a sus soldados.

–¡Misión cumplida, caballeros! Todos tendrán un merecido descanso tras este agitado mes.

–¿Qué hacemos con los prisioneros, maestre? –preguntó Blasco Fontanalta, que iba vendado de un hombro, un recuerdo de Careperro.

–Llevad a los prisioneros a los calabozos. Ustedes –apuntó al grupo de soldados y criados que salieron a recibirlos–, vayan a buscar a todos los nobles. Deben estar presentes en el juicio de estos joputas.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2