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“Tras muchos días de viaje, al fin mis hombres y yo hemos vuelto a saber lo que significa la palabra tranquilidad. Ya no dormimos con un ojo cerrado y el otro abierto. No más fogatas en noches de tormenta, perdidos en medio de la nada. No más lluvias ni viento helado flagelando nuestros huesos ni nuestra piel. No más ojos y voces acosando nuestras mentes y haciéndonos perder poco a poco la cordura.
En Aguatrueno nos sentimos seguros y libres de aquel maligno peso sobre nuestros corazones, mas no por eso olvidamos a Diego Antonio Jaraquemada Casagrande. Todas las noches pedimos a la Señora para que lo albergue y le dé eterno descanso en sus estancias.
Nuestra historia de horror no pasó inadvertida para los sureños. Tras contarles todas nuestras penurias comenzaron a mejorar las empalizadas y las murallas, y han enviado grupos de guerreros y exploradores al bosque del norte.
Algunos ya han regresado… sin novedad.
Espero que no nos crean locos o paranoicos, ya tenemos suficiente con la desconfianza que sienten hacia nosotros por culpa de las acciones de nuestros padres. Eso sí, por intermedio de este escrito, declaro que, pese a esta bien ganada animadversión para con los nuestros, los líderes sureños nos han tratado con desmedida amabilidad, sobre todo Amancay, la nueva lideresa de Rocalga, una mujer hermosa y de cabellos oscuros, siempre lisos y brillantes. Una mujer capaz de enamorar a cualquier hombre. Yo mismo he escuchado a los nuestros soldados parlar de su hermosura, la cual solo se compara con su fuerza. Fui testigo de cómo cargaba por si sola tremendos troncos para la empalizada como si fueran libros de apenas cinco páginas. Su figura delicada y su paciencia al enseñar el arte del tejido a las niñas, no se condice con su inusitado poderío capaz de derribar a cualquier terramargo.
Y si es por hablar de las mujeres sureñas, menciono también a una guerrera: Chilca Ramaseca es su nombre. Se pasa los días enseñando a luchar a una chiquilla flacucha de ojos inquietos y a una creatura de cara siempre triste. Se nota mañosa en el arte de la lanza y cuando les da cátedra a esos niños se mueve tan bien como nuestros espadachines.
Ambas tienen posiciones de liderazgo entre los suyos y están a la par con los hombres, trabajando, organizando y armando estrategias de guerra.
Y esto último es lo que más hacen hoy en día.
Están preocupados. Más ahora que regresaron el chamán Pumagrís, el líder de batalla Roble Tallofuerte y un gigante de las estepas llamado Cormorán Surcalagos. Los tres volvieron de un viaje a la cordillera de Piedrafría, lugar al que fueron para conseguir respuestas de los ataques sufridos.
Las obtuvieron.
No eran las que ellos esperaban, por lo que decidieron reunir a los líderes y guerreros para informarles los pormenores de su misión. Como mensajero de Tierra Amarga me invitaron a participar de aquella junta y Darío García y Peñafiel fue conmigo.
En su morada de consejos escuché el macabro mensaje. Si no nos hubiéramos adentrado en aquel bosque maldito, si no hubiera visto con mis propios ojos aquellas sombras que nos acechaban por las noches, si no hubiera escuchado con mis propios oídos aquel susurro macabro, si no hubiera visto volar a esa fantasmagórica ave, no habría dado crédito al relato del chamán Pumagrís: visiones de horror y de muerte procedentes de las entrañas de una montaña… una montaña que aparece solo cuando ella lo desea… una montaña sagrada en la que, me aseguraron, habita un poderoso espíritu.
“Sus ojos han contemplado su futuro, pero tú, chamán… has contemplado el fin”.
Tal fue la respuesta entregada por una entidad que habita en dicha montaña, la más grande de la cordillera de Piedrafría. Pumagrís interpretó aquella frase como un nefasto destino que se cierne sobre todos los pueblos del mundo.
Hoy nos toca hablar a nosotros. Tras mucho esperar, al fin podré entregar el mensaje de nuestra majestad Tulio Hojaltiva, mas por todo lo que he oído, dudo que piensen igual que nosotros. No fueron piratas o mercenarios disfrazados los que atacaron sus pueblos… fueron demonios”.
–Amancay ha venido a buscarlo, don Asterio –le avisó uno de sus espadachines.
El cronista tenía los ojos inmersos en su diario de campo, junto al fogón que le daba la luz y el calor necesario para relajar los dedos y continuar con sus escritos.
–Don Asterio –insistió el espadachín.
Con el segundo llamado el cronista recién alzó la vista, desconcertado, como si lo hubieran sacado de una ensoñación.
–Señor, Amancay ha venido a buscarlo. Dice que están aguardando por vuestro mensaje.
Asterio se levantó del tronco en el que estaba sentado y se abrió paso entre los soldados que jugaban naipes y bebían sus últimas reservas de vino. Se abrigó con una chaquetilla de lana marrón, puso la capa sobre sus hombros, el chambergo en la cabeza para protegerse de la lluvia, y guardó su cuaderno y su equipo de escritura en un bolso de cuero.
–¿Deseáis compañía allí adentro?
–Si vuestra merced desea acompañarme nuevamente, bienvenido sea –le respondió a Darío, quien se había convertido en su fiel camarada.
–Claro que os acompañaré. No me agrada la idea de estar aquí sentado sin nada más que jugar a los dados y a los naipes. Ni el vino se me apetece ya –rezongó el espadachín.
Apenas pusieron un pie fuera de la tienda sintieron aquel frío del sur. Las decenas de hogueras encendidas en la aldea, el ir y venir de gente y el aroma de la leña quemada no disminuían aquella gélida sensación que solo soportaban cobijados bajo techo. Amancay los esperaba afuera y los saludó con un gesto de su cabeza. Los terramargos apenas mantuvieron la compostura cuando la vieron vestida con una manta gris que dejaba ver su hombro izquierdo y una faja escarlata que rodeaba su cintura. Sus cabellos y su frente, mojados por la lluvia, estaban adornados con una tiara con colgantes de plata que resaltaba las angulosas facciones de su rostro.
–Esperan por ustedes en la morada de consejos –dijo ella sin hacer caso a sus descaradas miradas.
Como todos esos días, la lluvia se había hecho presente, por lo que tuvieron que caminar por el resbaloso fango que les manchaba sus botas de cuero recién lustradas. Asterio estuvo a punto de caer en un charco de agua turbia y solo los rápidos reflejos de Amancay evitaron que el cronista llegara aún más embarrado al cónclave.
–Más atento, terramargo –advirtió escueta.
En el interior de la morada se encontraban, como ya era habitual, los principales guerreros y líderes de Costazul.
–Bienvenidos –los saludó Roble con amabilidad–. Siéntense con nosotros. Sé que han esperado muchos días por entregar el mensaje de Tulio Hojaltiva. Sean libres de hablar.
El dorado brillo del fuego supo ocultar el rubor en el rostro de Asterio. Sus estudios en diplomacia no lo habían preparado nunca para tener que dirigirse a los máximos representantes de los pueblos del sur.
–¿Acaso los terramargos no saben hablar? –escupió Ciprés–. ¡Vamos, que no tenemos toda la noche!
–No incomodes a nuestro huésped –Roble lo hizo callar con seriedad–. Pido disculpas, Asterio. Habla cuando te sientas preparado.
Asterio se tapó la boca con la mano empuñada para aclarar la garganta, tosía compulsivamente. El frío y los nervios lo traicionaban. Tras unos segundos, al fin pudo dirigirles la palabra, aunque no con el tono seguro y protocolar que había imaginado.
–Lamentablemente… ejem. –Se llevó la mano a la boca–. Lamentablemente, debo decir que no vengo como embajador de buenas nuevas, por lo que seré lo más conciso y directo posible.
–Entonces te habrías evitado ese preludio –lo interrumpió Ciprés–. ¡Al hueso, terramargo!
Asterio tragó saliva.
–Vengo a… vengo a deciros que… –tosió– que mercenarios y piratas de Altamiria se encuentran en Tierraíz –soltó lo más rápido que pudo y tragó saliva nuevamente. Se aclaró la garganta y comenzó su narración contándoles de los vientos de guerra entre Baluarte y los reinos de Secarena, Dunaria y Puerto Tiburón. A medida que avanzaba en su relato, los rostros, antes amables, se tornaron duros como la piedra.
Silencio.
Los sureños se miraban entre sí, intentando adivinar quién sería el primero en hablar tras la narración del cronista.
–Imagino que estarás enterado de que tal situación contraviene a los pactos firmados con tu rey, quien nos juró que tal cosa jamás ocurriría. –La voz de Roble ya no era amistosa–. Incuso el lejano rey de Baluarte juró ante su diosa que pagaría con su vida si eso llegase a ocurrir. Recuerdo sus palabras como si fueran ayer. Agradece, terramargo, que estamos enfrentando una situación mucho más peligrosa que simples bandidos, de no ser así, marcharíamos a la guerra contra tu pueblo por traidores y tu cabeza iría sobre mi lanza, a la vanguardia de nuestro ejército.
El sudor corría por la frente de Asterio, que bajó la cabeza con nerviosismo. Respiraba agitado.
–¿Tienes algo más que agregar? Habla o regresen a su reino.
–Hay… hay algo…
–¡Pues habla! –le ordenó Roble.
–Ante lo que les acabo de contar, sumado a la invasión de vuestras aldeas, los nobles… los nobles de mi pueblo –tartamudeaba– piensan que fueron piratas los que os atacaron, piratas que se disfrazaron para engañarlos y hacerles creer que espectros venían desde el mar.
–“Piratas”. –Chilca lo miró como quien mira a una rata–. No deseo parecer una persona insolente, terramargo, así que primero te agradezco que nos digas en nuestra cara que tu pueblo ha traicionado los pactos. Hay que ser valiente para admitir que no son capaces de frenar tal invasión en territorio ajeno cedido por nuestra buena voluntad. Segundo, dile a tu rey que yo luché en Rocalga y que los asesinos de mis amigos no eran piratas. Y así como vinieron por nosotros, estoy segura de que ustedes serán los próximos. ¡Dile eso a tu rey!
Asterio se puso pálido. Aunque hubiera sabido qué decir, las palabras no salían de su boca.
–Estimados, cumplimos con entregar el mensaje –intervino Darío García y Peñafiel hablando con voz firme–. A nuestros nobles se les ocurrió tal posibilidad debido a la propia amenaza que estamos viviendo en Tierra Amarga. Os pido las disculpas si los ofendimos con nuestras muy equivocadas suposiciones. –Se llevó la mano al pecho e hizo una venia–. Por mi parte, y puedo hablar también por don Asterio Siemprebravo, creemos vuestra historia a ojos cerrados, pues, como ya saben todos aquí, la vivimos en carne propia al ser aterrorizados por sombras y voces del bajo mundo en el camino a vuestra aldea. Os creemos. Lo juro por Nuestra Señora del Sagrado Halo.
Los sureños asintieron conformes ante las francas palabras del espadachín. Pese a que el fuego les endurecía las facciones del rostro, Asterio notó que ya no estaban molestos. O eso quiso imaginar.
–Sin embargo –continuó Darío–, los nobles no creerán a ojos cerrados los testimonios escritos por el cronista real aquí presente. Es más, creo que para enfrentar lo que está ocurriendo es necesaria la alianza y no la discordia. Si de mí dependiera, enviaría todas las tropas del reino para que estén a vuestra disposición y, unidos, acabemos con esos espectros. Lamentablemente, no está en mis manos hacerlo. Lo que sí puedo hacer, junto con don Asterio, es convencer al rey de lo que aquí vimos y escuchamos para que colabore enviando tropas, pero necesitaremos de vuestra ayuda. Si alguno de vosotros quisiera acompañarnos para entregar su testimonio personalmente ante el rey, estoy seguro de que él, en su inimaginable generosidad, pactaría una alianza de mutua colaboración.
–Yo luché contra esos monstruos, así que estoy dispuesta a jurar ante tu rey que lo que digo es cierto –dijo Chilca con decisión.
–Entiendo –prosiguió Darío sin hacer caso a la guerrera– que el legendario Sauce Briznasol desapareció en combate dejando a su hijo a merced de la cruel orfandad. Creo que el testimonio de este pequeño huérfano sería mucho más potente que el de una poderosa y valiente guerrera. –Se dirigió a Chilca, disculpándose con una pequeña reverencia–. Nuestro rey es pura benevolencia y sé que su corazón se conmoverá ante las palabras de ese pobre muchacho y forjará una alianza con vuestro pueblo para enfrentar tanto a esos espectros como a los mercenarios. Juntos debemos combatir esta amenaza. –Apretó el puño con vehemencia.
Los sureños se miraban entre sí. Todos reflexionaban en silencio el discurso de aquel extranjero de voz amable y segura. ¿Enviarían al pequeño? Y, si lo hacían, ¿quién lo acompañaría para solicitar el apoyo militar de Tierra Amarga? No era una tarea sencilla. Estaba claro que los terramargos no creerían a ojos cerrados la presencia de espectros en el continente.
–Me gusta tu idea, terramargo –habló Amancay–. Si llegamos a aceptar que Junco vaya, me ofrezco para ir con él. He asumido su custodia y soy responsable por su seguridad.
–Acabas de asumir como lideresa ¿y ya abandonarás a tu pueblo, mujer? No cometas los mismos errores que le costaron el puesto a tu hermano –le aconsejó Laurel.
Darío notó la duda que surgía en las cabezas de los sureños.
–Si apoyo militar es lo que necesitamos para forjar esta alianza, quizás vuestro líder de batalla es el más indicado para acompañar al pequeño –sugirió–. ¿Quién mejor que él? ¿Quién mejor que el hombre que dio asilo incondicional a nuestro pueblo? El rey Tulio os tiene en alta estima, Roble Tallofuerte. Si él prestará oídos a alguien, será a vuestra merced.
–¿Y dejarlo marchar nuevamente? –Laurel no se mostraba muy convencida con la idea.
–Roble puede marchar si lo desea –intervino el guerrero Corcolén–. Eso serviría para que sondee el resto del territorio y pueda sumar a otros clanes y pueblos del norte. Muchos no deben tener idea de lo que ha ocurrido aquí. Si ven que es nuestro líder de batalla el que los convoca, sumaríamos fuerzas. No me parece algo tan descabellado, Laurel.
La tuerta guerrera gruñó y se cruzó de brazos. No estaba conforme. Algo en sus tripas le decía que no debían dejar partir a Roble. ¿Miedo tal vez? Imposible, ella nunca lo ha sentido. ¿Desconfianza? ¿De quién, del delgado cronista o del joven y bien educado espadachín? No. Ninguno de los dos era un peligro para la fortaleza de Roble. Había algo que le quitaba el sueño, mas sus aprehensiones de poco servirían si no tenía los argumentos para rebatir. De todos modos, la última palabra no le correspondía a ella.
–Iré –afirmó Roble para decepción de Laurel–. Junco es el hijo de mi amigo, de mi hermano caído en combate y he de protegerlo. Aceptamos tu propuesta, terramargo, Junco Briznasol y yo marcharemos con ustedes a Tierra Amarga.