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“Tenemos miedo.
Mientras más al sur avanzamos más peso sentimos sobre los hombros. Algo siniestro ocurre en este bosque. Lo único que deseamos es llegar pronto a Aguatrueno y ver gente. No hemos visto a nadie en los últimos días. Las noches en esta espesura no son como las anteriores. El frío atraviesa nuestra ropa y nos desgarra el alma. El viento se desliza por entre los árboles y canta una siniestra melodía. Nos susurra al dormir, nos habla al despertar, nos grita al anochecer.
Si no fuera un férreo creyente, diría que en estos territorios no habita la Señora del Sagrado Halo.
Las lluvias son cada vez más inclementes.
Queremos llegar a Aguatrueno.
Llevamos tres días cabalgando sin parar, sacándole hasta la última gota de sudor a nuestras monturas, pero resulta complejo avanzar todo lo deseado cuando los senderos no son aptos ni para bestias ni para humanos. Apenas hemos alcanzado uno o dos kilómetros diarios, lo que en distancia no significa nada para estos fieles corceles acostumbrados, como mínimo, a recorrer hasta cincuenta kilómetros por jornada.
El camino es complejo. Hace días, quien escribe, apenas salvó la vida. Me vi colgando desde un precipicio. Fue la poderosa y siempre confiable mano de Darío García y Peñafiel la que evitó que este viaje se convirtiera en una tragedia (solicito al rey, por intermedio de estas palabras, aumentar el sueldo de este soldado e incluso propongo su promoción a cabo).
Así es como están las cosas.
El viaje se hace peligroso. Tenemos miedo.
Hace dos noches escuchamos un aullido, algo muy extraño si pensamos que estos parajes no son hogares de lobos.
Sombras se esconden entre los árboles. Sombras y un lamento maldito que se funden con el viento nos han perseguido por días.
Miguel Bocafloja juró por su madre haber visto enormes ojos amarillos entre el follaje de unos arbustos. Nadie le creyó, ni siquiera quien escribe, hasta que los vimos”.
–¿Qué miráis con tanto detenimiento, don Darío?
Asterio dejó su pluma y su cuaderno a un lado, le temblaban las manos. Quizás por frío quizás por miedo. Notó que el soldado estaba intranquilo.
–Otra vez siento que nos observan.
El cronista giró la cabeza de un lado a otro, miró hacia las copas de los árboles, escudriñó los troncos mohosos… nada.
–¿Estáis seguro?
–Este bosque me da mala espina, don Asterio. Será mejor que salgamos rápido de aquí.
–No puedo decirle eso a los hombres. Necesitan descansar.
–Aquí no hallaremos descanso.
Los ojos de los soldados oteaban en derredor con nerviosismo. Hacían esfuerzos por encender una escuálida fogata siempre mirando por sobre el hombro, siempre a la oscuridad de aquellos bosques que pocos hombres habían penetrado. A los vigías le temblaba la pistola en la mano. Los que acarreaban agua lo hacían con la quitapenas desenvainada. Asterio notó que Darío, silencioso como siempre, empuñaba su ropera.
–¿Qué aconsejáis?
Darío lo observó con esa expresión sin emociones que Asterio ya conocía tan bien.
–No perdamos tiempo aquí, don Asterio, y vámonos a prisa.
–Escuchad al muchacho –le increpó Miguel Bocafloja–. Marchemos ahora que aún es de día… si se le puede llamar así a esta penumbra.
–¿Y qué hacemos con el fogón que estamos preparando? –preguntó uno de los soldados.
–Pues haced antorchas… –respondió Darío con diligencia–. Si don Asterio así lo ordena.
El frío y el constante susurro lastimero que se fundía con el viento convencieron a Asterio.
–Haced antorchas y marchemos, pues.
Antorcha en mano, reiniciaron el viaje por aquel bosque, siempre cubiertos por enormes árboles que apenas dejaban ver el cielo grisáceo que llamaba a la desgracia. Los cascos de los caballos chapoteaban en el fango y se enredaban entre las raíces salientes. Los animales avanzaban tan cabizbajos como los jinetes, mirando siempre al suelo, apesadumbrados.
Olían el miedo.
Los hombres iban atentos a su entorno. Un sudor frío e intranquilo les corría por la espalda. El miedo los hacía sentir indefensos, cuales niños jugando a ser soldados.
La espesura de aquel bosque de árboles barbudos y suelos mohosos dibujaba figuras que trastornaban sus ya delirantes sentidos, haciéndoles alzar sus teas en dirección a cualquier ruido sospechoso. La paranoia les hacía escuchar cánticos tenebrosos en la lejanía, les hacía ver sombras entre los troncos de las pataguas y peumos que los rodeaban, les hacía sentir que un ser de las tinieblas les acariciaba los cabellos.
El delirio llegó a su cúspide cuando un soldado agitó las riendas de su yegua y disparó al cielo. “¡Soltadme, demonio! ¡Soltadme, joder!”, chillaba a viva voz al tiempo que su bestia relinchaba de terror. “¡Que me tiene de los hombros, joder! ¡Auxilio! ¡Auxilio!”. Los soldados lo observaban paralizados. Las aves escaparon al vuelo, asustadas por el estampido. El espadachín se daba palmetazos en los hombros frenéticamente como quien intenta espantar a una avispa o a una araña.
–¡Tranquilo, soldado! –le ordenó Asterio.
“¡Me tiene! ¡Me tiene!”, gritó otro hombre a sus espaldas. “¿Qué cojones es eso?”, se espantó un tercero, su caballo se levantó sobre sus patas traseras y lo botó al fango. El espadachín se levantó rápidamente y desenvainó su ropera, agitándola de lado a lado. “¡Nos observan! ¡Nos atacan!”, chilló Miguel Bocafloja, apuntó con su pistola y disparó contra el bosque. “¡Los vi de nuevo, carajo! ¡Son cientos!”, sacó a relucir el filo de su acero. “¡Son cientos de ojos!”
Toda la tropa disparaba contra los árboles, los caballos se encabritaron y los hombres gritaban improperios aterrorizados. Asterio cayó al lodo y puso las manos sobre su cabeza para protegerse de los perdigones y las pisadas de sus cabalgaduras. El llanto lastimero que los seguía se tornó en una carcajada tenebrosa. ¿O simplemente era el viento?
–¡Quietos! ¡Quietos, carajo! –ordenaba a gritos Darío García y Peñafiel, que hacía lo imposible por controlar a su corcel que daba coces para defenderse de un enemigo imaginario– ¡No hay nada, mierda! ¡Deteneos!
Se acercó con premura a Miguel Bocafloja y lo zamarreó con violencia.
–¡Contrólate, carajo, que casi le vuelas la cabeza a don Asterio!
Bocafloja buscó al cronista entre la batahola. Su rostro se puso pálido cuando lo vio embarrado en el suelo.
–¿Lo he… lo he…?
–Agradece que está vivo. Calma al resto que terminarán aplastándolo si siguen asustando a los animales –gritaba para hacerse escuchar.
Poco a poco se fueron tranquilizando, aunque juraban por todos los santos que habían visto esto y aquello, escuchado tal y cual cosa, o que los había tocado eso y eso otro. Maldecían y escupían al suelo.
–¿Se encuentra bien, don Asterio? –Darío lo ayudó a levantarse.
El cronista asintió con la cabeza mientras se limpiaba como podía el rostro embarrado de fango y moho.
Nadie habló durante el resto del viaje. Se limitaron a avanzar en silencio por aquel bosque maldito, intentando no hacer caso al tétrico lamento que agitaba las hojas y les carcomía la razón, esforzándose por controlar el miedo, mas no pudieron evitar mirar hacia el cielo al escuchar el poderoso batir de unas alas. Y quizás fue la noche, o quizás fue la paranoia o tal vez el cansancio, pero cuando alzaron la vista, más que un pájaro, lo que vieron parecía una cabeza… con alas.
Tuetué, cantó. Tuetué.
Asterio Siemprebravo hizo como que se acomodaba el sombrero para que nadie notara que, en verdad, se cubría las orejas.