Capítulo 41. Desde las profundidades

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Aquella era la última prueba. Nunca habían sentido tanto miedo al cruzar un puente, y es que aquel delgado camino pendía sobre un profundo desfiladero cuyo fondo era invisible a sus ojos. Mientras lo cruzaban, rogaban que no colapsara, sobre todo cuando alguna piedrecilla se desprendía y caía eternamente en aquel abismo insondable. Solo debían seguir recto, sin desviarse y siempre agradeciendo la ausencia del inclemente céfiro que los acompañó a lo largo de toda su travesía.

–Lo logramos –dijo Brisafría al llegar a la falda de La Montaña, frente a una pequeña entrada rodeada por rocas iridiscentes que formaban un arco.

La anciana la observó detenidamente. Se agarraba el mentón y profería unos largos mhh, mientras escudriñaba el interior. De entre sus mantas y pieles sacó una antorcha y, ayudada por unas yescas, la encendió para sumergirse sin miedo hacia la oscuridad. Los demás se miraron preocupados y la siguieron. Un hedor antiguo y penetrante inundó sus pulmones apenas ingresaron a las entrañas de La Montaña. Al dar unos pasos apareció una sutil pendiente bajo sus pies y descendieron hacia la oscuridad.

–¿Sabemos a donde vamos? –inquirió Roble. Brisafría no respondió.

Cormorán acarició las paredes lisas de aquella cueva ancestral, cerraba los ojos y respiraba hondo, casi como si pudiera establecer una conexión con el lugar.

–No deberíamos estar acá. Este no es sitio para humanos –advirtió.

–Si estamos aquí no es por mi voluntad –rezongó Brisafría, que agitaba su antorcha de un lado a otro, intentando disipar infructuosamente aquella negrura inescrutable.

Paso a paso bajaron unas escalinatas mezcla de piedra mezcla de raíces, el más mínimo descuido los haría rodar peldaños abajo y romperse el cuello. No podían permitirse el lujo del error, por lo que avanzaban apegados a la pared de roca, bien alejados del precipicio que se cernía a veces a su izquierda a veces a su derecha y, a veces, a ambos lados. Más de una vez les llegó una brisa densa, cálida, de olor fuerte, sentían náuseas cada vez que eso ocurría.

Tum, escucharon de pronto, mas pensaron que era una ilusión de sus cansadas mentes. Solo cuando Brisafría se detuvo sospecharon que ese retumbar existía realmente. Tum tum. La anciana llamó al silencio. La luz de la tea les permitió ver una sutil gota de sudor cayendo por su sien izquierda.

–O estamos llegando o no saldremos de aquí con vida –susurró con miedo.

–Debemos seguir. No tenemos otra opción. La Montaña nos recibió, nos considera amigos –dijo Pumagrís.

–La cordillera no distingue amigo de enemigo, chamán. Recibe a quien sea que tenga la suficiente fuerza de voluntad, sin distinción… pero, al mismo tiempo, te tratará sin distinción y uno nunca sabe el destino que te tiene preparado –dijo y continuaron la marcha.

Tum tum

Ya era imposible negarlo. No era su imaginación. Alguien o algo provocaba aquel retumbar.

–Reconozco ese sonido –dijo Pumagrís.

Sacó el tambor ceremonial que siempre cargaba en su espalda y lo hizo sonar dos veces.

Tum tum. La respuesta fue instantánea.

–No creo que sea una buena idea –le advirtió Roble.

El chamán siguió golpeteando su tambor, cada vez con más ahínco y ritmo. Mientras más fuerte él golpeaba, más fuerte le respondían hasta que todo el interior de la cueva resonaba con música de tambores.

Un nuevo sonido, grave y melodioso, inundó la cueva.

–¡El llamado de un cuerno! –El chamán respondió soplando el que llevaba consigo. Mantuvo el canto por largos segundos y, luego, gritó–. Soy Pumagrís, chamán de la aldea Rocalga y miembro de la Orden de La Cascada.

–Bienvenido sean chamán Pumagrís, Roble Tallofuerte, Cormorán Surcalagos, Tórtola Brisafría –respondió la cavernosa voz de una mujer–. Los esperaba hace mucho. Sigan el sonido del tambor.

Tum tum tum tum tum tum tum tum

            Retumbaba toda la cueva.

Tras descender cientos de peldaños de piedra llegaron hasta una amplia estancia que parecía no tener techo. En el centro se alzaba un tótem, una fogata y, junto a esta, una anciana vestida con mantas negras sentada sobre un tocón, a su lado, en el piso, se hallaban un tambor ceremonial y un cuerno.

–Acérquense al fuego. Deben tener frío.

La compañía observó a la mujer que apenas se distinguía ante las llamas. Creyeron ver el reflejo de plumas sobre su avejentado rostro.

–¿Dónde está el Espíritu de La Montaña?

–No puede recibirlos. La cordillera es amplia y son muchos los que requieren de sus favores.

Pumagrís apretó los puños con fuerza. Tanto esfuerzo y sacrificio para nada.

–Necesito verlo –habló el chamán.

–Eso es imposible, mas yo puedo ayudarte si así lo deseas. Pregunta lo que quieras saber.

–¿Qué es la Isla Oscura?

La misteriosa mujer arrojó hierbas a la fogata, y comenzó a tocar su tambor y a cantar una melodía con una tan voz poderosa que toda la estancia tembló.

 

Muestra tu gracia

y abre tus alas

¡Oh, gran Espíritu!

 

Vuela en los bosques

Protege la Tierra

Bendice a su gente

¡Oh, gran Espíritu!

 

Que ellos aprecien

lo que tu mirada

ha visto mil veces

¡Oh, gran Espíritu!

 

Yo, la primera,

sierva salvada y agradecida,

lo pide con su alma

¡Oh, gran Espíritu!

 

Los viajeros se aterrorizaron al ver que la pequeña hoguera se transformaba en una enorme llamarada que ascendió por toda la cueva e iluminó cada rincón con un fulgor dorado.

–Tienes miedo, chamán, y con razón. Lo que quieres enfrentar es algo oscuro, vil y siniestro.

Habló la mujer.

Las llamas inundaron el salón de piedra y terribles imágenes podían verse en ellas. Cormorán contempló su tierra carbonizada y su gente enjaulada y arrastrada a tierras lejanas.

–Pájaro de mal agüero, por seguir el rastro de tu propia sangre tu camino tomará intrincadas bifurcaciones. Cuídate de no avanzar demasiado o tu apodo se volverá tu hado.

Por su parte, Roble no comprendía lo que veían sus ojos. Las Huestes del Corazón de Hierro marchaban con sus espadas desenvainadas y, bajo sus pies, cientos de papeles ensangrentados y bosques calcinados.

–Guerrero, no confíes en los camaradas de aquel que registra la historia o tu sangre caerá más pronto que tarde.

Brisafría apenas pudo mantener la mirada ante aquella sombra de gigantescas alas negras que oscurecía el cielo de Cumbres Plateadas. Vio a su gente arrodillada, presa del pánico y la más profunda congoja.

–Mujer, serás testigo del nacimiento de una criatura siniestra y atormentada. Tendrás que saber tomar una decisión.

Aun con todo su conocimiento, Pumagrís no era capaz de interpretar lo que veían sus ojos. Ante él vio a la naturaleza morir y a miles de humanos llenos de odio. Sobre aquella multitud enajenada se alzaba la Isla Oscura y cientos de espectros manaban de ella como una marea de muerte que destruía toda la vida. El pánico se apoderó de su corazón cuando vio el mar, el mar que tanto amaba, azotando sus tierras, asesinando a su gente. Una enorme figura surgía desde las profundidades. El chamán se tambaleó hasta chocar de espaldas contra la muralla rocosa.

–Lo que ven tus ojos es la Isla Oscura, chamán. No tengo nada más que mostrarte y nada que decirte.

Las llamaradas se extinguieron hasta volver a ser la pequeña hoguera.

–¿Qué ha sido eso? –preguntó Pumagrís. Sudaba de terror.

–Sus ojos han contemplado su futuro, pero tú, chamán… has contemplado el fin. Y de tus decisiones dependerá que eso no ocurra –respondió la misteriosa mujer y desapareció en la oscuridad.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2