Capítulo 39. Relación de la travesía a Aguatrueno III

5

“Tantos colores ven nuestros ojos a medida que avanzamos hacia el sur. Bellos son los parajes que estos hombres y mujeres poseen, por algo los defendieron con su propia vida hace tantos años. ¡Qué equivocado estaba Emilio Martesta al quemarlo todo para obtener recursos minerales y madereros! La riqueza de este lugar no está en sus árboles talados ni bajo la tierra, está aquí, frente a nuestros ojos: en sus bosques, en su flora, en sus animales, en sus ríos, en su cielo claro, limpio de todo humo. En una vida sencilla. A esto aspiramos los terramargos. Aspiramos a resarcir el daño de Emilio y que el territorio que nos fue entregado luzca igual que estos parajes prístinos.

            Tal es mi deseo como terramargo.

            Claro que tanto verde y lagos cargados no vienen solos. Se requiere de mucha agua y mucha es la que hemos tenido que soportar sobre nuestros sombreros en estos largos días de cabalgata. Al menos hemos retomado el sendero planeado, lo que alegró a los soldados, permitiéndonos avanzar con prontitud entre lomas cuyas faldas estaban cubiertas de inmensas hojas de nalcas y flores lilas y naranjas que no supe reconocer. Deberíamos haber venido con un naturalista o un herborista, de seguro habría obtenido interesantes muestras para los boticarios. Dejo tal consejo por escrito para que sea tomado en cuenta en futuros viajes.

            Al fin todo está saliendo según lo planeado”.

 

–¡Don Asterio! –Los gritos de Lope Altagracia interrumpieron su escritura. El espadachín regresaba al galope tras una breve exploración.

Asterio Siemprebravo guardó su libro y su pluma, y se levantó para recibir al jinete.

–Don Asterio, es imposible seguir por este sendero. El río creció tanto que anegó los puentes. No hay cómo atravesar el torrente si seguimos por esta vía. –Sostenía con firmeza las riendas de su agitada yegua.

“¿Por qué esto ahora si todo iba tan bien?”, pensó Asterio, enrabiado, masajeándose los párpados. El semblante de los soldados se desdibujó.

–¿Viste opciones? –preguntó Darío García y Peñafiel.

–Solo una –respondió el batidor–. Hay un pequeño sendero que se interna en un bosque hacia el sur.

Darío sacó el mapa que llevaba en su morral y lo puso sobre la tierra para que todos los hombres pudieran verlo.

–Nos encontramos en este punto. –Señaló el mapa con su dedo enguantado–. Don Lope, si tenéis razón, este sería el sendero. Se extiende al menos por diez kilómetros y reaparece en un puente colgante que nos permitiría sortear el río.

–¿Y qué hay más allá del puente? –preguntó Asterio.

–¿Veis este cordón de cerros que parece formar un gigantesco fuerte natural? Pues ese es el Resguardo de Aguatrueno. Si tenemos suerte y logramos llegar a ese puente, daremos con el Paso Del Valle que lleva directo a la aldea–fuerte. Nos tomaría una semana como máximo.

–¿Estáis seguro? –Asterio confiaba en el acabado conocimiento de Darío, mas todos los obstáculos que habían tenido que sortear durante la travesía le habían quitado las esperanzas.

–Si fuera verano, mi respuesta sería un sí rotundo.

Los hombres se miraban entre ellos, buscando en vano un consejo que los tranquilizara.

–Joer que no hay má ruta –dijo un soldado viejo de barba abundante de nombre Miguel Bocafloja–. Esa ruta o la’e regreso –escupió al suelo–, y hasta’onde sé, a ninguno aquí le gusta recular.

–Con razón habla, don Miguel –lo apoyó un soldado joven.

Darío observó a Asterio. Todos esperaban su orden.

–Será el puente, entonces –dijo al fin el cronista.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2