Capítulo 38. Ulte

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Amancay se encontraba de pie en la entrada norte de Aguatrueno, las manos empuñadas, la mandíbula apretada, los ojos rojos de tanto aguantar un llanto colérico. Uoooh uoooh resonaban el cuerno que anunciaba el arribo de un nuevo grupo de refugiados. Al frente de la multitud proveniente de diferentes aldeas vio llegar a Ulte, su hermano y líder de Rocalga. El líder ausente, el líder que no es, lo llamaban los aldeanos.

–¡Amancay! –Ulte se sorprendió al verla.

Más sorprendido quedó al ver su rostro endurecido, rabioso, en una mezlca de ira y tristeza que se podía apreciar en lo profundo de sus ojos negros.

–Tantos muertos, Ulte –fueron las palabras de recibimiento de Amancay, apenas aguantaba el llanto–. Tantos amigos muertos. Yo quería luchar, quería defenderlos, quería salvarlos. –Apretó la mandíbula–. Cuando volví a la aldea… las casas, los árboles, todo estaba carbonizado. Muchos de nuestros amigos estaban allí, muertos sobre el pasto ennegrecido… y tú… tú no estabas.

Ulte agachó la cabeza, avergonzado.

–Amancay yo…

–Ulte –lo interrumpió la guerrera Chilca–, yo me encargaré de recibir a los refugiados. Te preparamos una tienda cerca de la cascada. Ve con Amancay –le ordenó.

Aguatrueno estaba repleta de habitantes de las distinas aldeas de Costazul, solo faltaba que llegara Ulte con el último grupo de refugiados. Sentía la amargura en el aire, pero lo peor era el silencio de su hermana Amancay. No le habló en todo el camino hasta la tienda. Apenas había alcanzado a encender una hoguera en el interior cuando apareció Hualo, el robusto padre del clan del norte, quien llevaba el brazo empotrado en un cabestrillo y una cicatriz que aún no sanaba cruzándole el pecho.

–Te esperamos, Ulte. ¡Juro por todos los espíritus que te esperamos! Y al fin te has dignado a estar con tu gente, cuando ya es demasiado tarde –le reclamó con amargura.

–Lo, lo lamento, Hualo.

–Tantos viajes de un lado a otro. ¡Abandonaste a tu pueblo por nada!

–Los jefes y chamanes estábamos investigando el significado de la luna roja –se excusó.

–Y ahora lo sabes. Montepardo desapareció, tal y como desapareció Rocalga, la aldea que juraste dirigir y proteger.

–Mi presencia no habría cambiado nada –se defendió.

–¡Pero al menos habrías estado con nosotros, tal como estuvo Sauce! No sabes cuánto deseo que tú hubieras desaparecido en vez de ese hombre valiente. Iba a proponerlo a él como nuestro líder… Ahora tendré que seguir conformándome contigo. –Escupió al suelo.

Ulte guardó silencio. Ya se sentía demasiado culpable como para seguir discutiendo.

Amancay mantuvo su iracundo mutismo. Quién sabe qué palabras encolerizadas guardaba para su hermano. De haber hablado, se habría unido a Hualo en el reproche.

–Lo siento… –Se disculpó nuevamente.

–¿Lo sientes? ¿Lo sientes? ¿Sabes lo que yo siento? –siguió Hualo–. Siento dolor en la cicatriz que me dejaron esos espectros, siento dolor en mi brazo quebrado, siento tristeza por mis amigos muertos y siento asco por tenerte como líder.

–¿Y qué deseas que haga? No puedo cambiar lo que pasó.

–¡Deseo que actúes, maldición! Siempre estás ausente o calmo, esperando que otros tomen las decisiones. Te ausentaste un año de nuestra aldea, no mandaste mensajes, no llegaste a la batalla. ¡Por los espíritus, hasta fuiste el último líder en llegar a Aguatrueno! –Se agarraba la cabeza con desesperación–. Todos saben que Amancay no es de mis personas favoritas, pero aun así me dolía verla sufrir por tu culpa. Tras el ataque, su preocupación crecía día tras día pensando que habías muerto en algún otro asalto de esos espectros. Cada amanecer subía a las torres y miraba al horizonte esperando tu llegada, y cada atardecer regresaba desolada a su tienda. Si tan solo te hubieras dignado a enviarle un mensaje para decirle que estabas vivo y que venías en camino. ¡Uno! Tú no la escuchaste como yo sollozar sola en su cama. Tan fuerte es ella que, incluso en su amarga soledad, intentaba ahogar el llanto. Si fueras la mitad de fuerte que ella, tan solo la mitad, te tendría respeto.

–No, no pensé que fuera necesario avisar. –Miró a su hermana que seguía en silencio aguantando la cólera.

–“No pensé que fuera necesario…” –remedó despectivo Hualo–. Gran líder de Rocalga es el que tenemos. Los líderes de verdad te están esperando hace días. Se han reunido en la morada de los consejos. Están con líderes guerreros. Actúa como uno de ellos –le dijo antes de marcharse entre maldiciones.

Ulte reflexionó ante las fuertes palabras de Hualo. Observaba a su hermana, arrepentido por todo lo que la había hecho sufrir. Ella seguía sin dirigirle la palabra, y con un gesto de su mentón él entendió que debía marchar a la reunión.

 

El fuerte viento del exterior le trajo un aroma de su pasado, una mezcla de pescado y hierbas silvestres. El olor lo transportó a más de un año atrás, antes de la luna roja, antes de Montepardo, antes de tantos viajes, antes de tantos reproches. “Son las ancianas del Fogón. ¡Están vivas!”, se alegró y se dirigió a la fuente de la deliciosa fragancia.

–¡Ulte! –Una anciana de rostro entristecido dejó las verduras en la mesa, se limpió las manos con un paño y le dio un gran abrazo y un beso en la mejilla–. Estás más crecido, muchacho.

–¡Tanto tiempo! –Lo recibió otra mujer con una vocecilla aguda–. Te extrañábamos. Tu pobre hermana pensaba que habías muerto. Estaba desconsolada, era imposible levantarle el ánimo.

–Lo sé, la acabo de ver.

–Espero que ahora no nos abandones -le dijo otra de las ancianas sin dejar de cortar unos dihueñes.

–No le hagas caso, chiquillo. Nosotras sabemos que tenías mucho que hacer y nadie se imaginó lo que podría pasar. –Le dio palmaditas en el rostro–. Lo que hiciste fue pensando en tu pueblo, en nosotras.

–Gracias. –La abrazó–. ¿Hablamos después? Ahora debo ir a una reunión.

–¿Y te demorarás otro año?

–¡Ay, mujer, ya déjalo! –la increparon las demás–. Anda tranquilo, muchacho. Haz lo que tengas que hacer. Lo que termines, ven a vernos. Te espera una buena porción de comida. Toma, ten un poco de tortilla para el camino.

La amabilidad de aquella anciana no era compartida por el resto de la gente, y en su andar al consejo Ulte sentía el enojo de los aldeanos de Rocalga. Algunos lo miraban con desprecio, otros, simplemente, lo ignoraban. Solo una minoría lo saludaba y comprendía su situación. “Hice lo que creí correcto”, se lamentaba. Eran sus propios aldeanos, sus compañeros y sus amigos quienes ahora lo miraban en menos. Lo pasaban a llevar sin la menor consideración y no se volvían a pedirle disculpas. “He perdido su respeto. Es verdad, no hice nada. Todo mi esfuerzo fue una pérdida de tiempo”. El cielo reflejaba su estado de ánimo.

Una gota de lluvia le cayó en el rostro.

–Pasa, muchacho –lo invitó Quila cuando Ulte llegó a la morada de consejos–. Te esperábamos.

“Siempre me esperan. Nunca llego a tiempo”, fue el triste pensamiento que pasó por su cabeza. En el interior del salón vio a los líderes y guerreros de las distintas aldeas de Costazul.

–Ya estamos todos –dijo la anciana Totora.

–No… no veo a Roble –observó Ulte.

–Se ha marchado a Cumbres Plateadas junto a Pumagrís y un estepario –respondió la anciana.

–¿Acaso busca el apoyo de Vientofuria? –frunció el ceño con extrañeza.

–Eso me gustaría –dijo la robusta guerrera Laurel.

Ulte no comprendió. Esperó una aclaración.

–Fueron a ver al Espíritu de La Montaña –le explicó Chilca–. Pumagrís insistió en ello. Dijo que solo él daría las respuestas que nos ayudarán a enfrentar la amenaza.

–Es, es imposible. Nadie ha logrado llegar allí, solo Loica… y hace cientos de años –dijo Ulte aún sin sentarse.

–Nunca disctuas con un chamán.

–¿Qué haremos entonces? ¿Esperamos a que lleguen?

–Nada de esperar. –La voz de Chilca sonaba decidida–. Debemos tomar decisiones ahora. Propongo formar un ejército, llamemos a todos los clanes de la costa, a los pueblos del valle, consigamos aliados de las tierras altas, de Pampadorada e, incluso, a la gente del reino del norte.

–Podríamos llamar a los esteparios. Sus guerreros y chamanes serían útiles –aconsejó Corcolén.

–Sabes que no confío en ellos –refutó Ciprés.

–Los esteparios deben ser los mejores guerreros de Tierraíz. Necesitamos sus arcos.

–Opino lo mismo –lo apoyó Laurel–. Mientras más armas y habilidosos guerreros que las maniobren, mejor.

–Es mejor vivir todos juntos a que nos asesinen por separado –aconsejó Totora–. Chilca tiene razón. Los clanes y pueblos deben reunirse en Aguatrueno. –Su octogenaria voz sonaba más quejumbrosa que de costumbre–. Chamana Quila, ¿cómo están las provisiones de la aldea–fuerte?

–El lago y el río nos proporcionarán peces suficientes si sabemos ser cautos. Este año guardamos mucha comida. Contamos con granos, legumbres y algunas especias. Y siempre podemos aventurarnos en las montañas para cazar. Respecto a la seguridad, sobran madera y piedra para levantar empalizadas.

Al recién llegado Ulte le parecía que todo iba demasiado rápido y sintió un leve mareo al escuchar hablar tanto de ejércitos y provisiones. La conversación tomaba un ritmo vertiginoso que apenas podía tolerar.

–¿Estamos… –dijo dubitativo– estamos seguros de que este es el modo de proceder? Creo que estas dos escaramuzas no son motivo suficiente para prepararnos para una guerra.

El incómodo silencio le advirtió que a ninguno de los presentes le había agradado su comentario. “Cobarde”, imaginó que lo llamaban para sus adentros.

–Además, ¿qué sabemos de estos espectros? Perfectamente podrían haber sido hombres disfrazados como una estrategia para asustarnos. Hasta podrían ser los antiguos conquistadores que quieren tomar revancha por la derrota del pasado. Creo que debemos ser más cautos… esperar.

–Esas cosas no eran hombres disfrazados –replicó Chilca con una ira apenas contenida–. Tú no estuviste allí, no participaste en la batalla, tú no los viste. No te sumergiste en la siniestra oscuridad de esas criaturas. ¡No estuviste ahí, Ulte!

“Nunca lo estoy”.

–¡No tienes ningún derecho a negar mi testimonio, porque yo sí luché contra esas bestias! –Se levantó la guerrera–. Me enfrenté a ellas, sentí el temblor en mi brazo al atravesar esa extraña sustancia que eran sus cuerpos. –Se acercó y le habló mirándolo a los ojos–. Ulte, tu aldea acaba de ser devastada ¿y aun así pretendes esperar? Para ser un líder no actúas como tal. ¿Es el miedo el que te lo impide? ¿Debo llamarte cobarde?

–Calma, calma –rogó la sabia Totora alzando su cayado con debilidad–. Ulte, si no crees en Chilca, habla con tu hermana. Al igual que yo, ella logró ver a esas criaturas y pese a que no estuvimos en la batalla, esta nos alcanzó en el bosque mientras huíamos para salvar nuestras vidas. Habiendo superado a nuestros guerreros, los espectros nos persiguieron con tal vehemencia que pensé que era nuestro fin. Amancay demostró una valentía sin igual aquella noche. Encendió una antorcha y armada con tan solo un puñal se quedó allí, de pie entre nosotros y las bestias, firme como una montaña ante un maremoto, un escudo en la noche más oscura que han visto mis ojos. –La anciana movía la cabeza con tristeza. El recuerdo todavía le dolía–. Habla con ella, que apuñaló a un espectro, y si las palabras de tu propia sangre no te parecen motivo suficiente para prepararnos para la guerra, no sé qué podrá serlo.

“Mi hermana… ¿Ella realmente los vio?”, pensaba Ulte, testarudo.

 

La lluvia arreciaba cuando terminó el consejo. La decisión se había tomado. Vientos de guerra soplaban en Tierraíz. Ulte salió presuroso de la morada para evitar mojarse. Al llegar a la tienda se encontró a su hermana despierta. Se abrazaba las rodillas. Cuando lo vio entrar se puso en una posición más digna, se irguió y se enjugó las lágrimas.

–¿Cómo estuvo el consejo?

–Debo reunir a la gente de la aldea –respondió acelerado.

–¿Con esta lluvia?

Él salió de la tienda sin responder. Uno por uno avisó a los aldeanos de Rocalga que se reunieran en el tótem de la Cascada, un altar de madera ubicado en las orillas del lago.

–¿Qué significa esto, Ulte? –reclamó Hualo–. Mira que sacarnos en la noche en medio de una tormenta. ¿Acaso quieres matarnos del frío?

–Lo que les diré no puede esperar…

–Nosotros te esperamos más de un año y no llegaste, ¿y ahora debemos seguirte cuando se te ocurre? –gritó una mujer que había perdido a su marido en combate–. ¡Ni de broma!

–¡Queremos dormir! Tal como tú lo hiciste durante un año –lo increpó un joven que se afirmaba en un bastón, había perdido la mitad de su pierna izquierda.

De un segundo a otro, todos le gritaban improperios, lo amenazaban con el puño en alto y le arrojaban trozos de fruta. “¡Nos abandonaste!”, vociferaban indignados.

“Esto es injusto”, se lamentaba Ulte mientras se defendía con el brazo de los frutales proyectiles.

–¡Viene la guerra, aldeanos! –gritó– ¡La guerra! –Las voces poco a poco se acallaron–. Se planea enviar cantos a todos los pueblos para que respondan al llamado de la batalla. Los jefes tienen miedo de que haya un nuevo ataque de esas… entidades. –Dudó al decirlo–. Quieren que Aguatrueno sea el punto de encuentro de todos los pueblos.

–¡Me parece una excelente idea! –exclamó la anciana Ulmo, siendo apoyada por todos los integrantes de su clan–. Desde un principio advertí que algo más allá de nuestra tierra nos estaba atacando… ¡Una bestia! Y el tiempo me dio la razón cuando aparecieron esas criaturas. ¡Me alegra que los líderes se preparen para la guerra!

“¡Guerra! ¡Guerra!”, coreaba la gente a una sola voz. Ulte no se esperaba esa reacción. “¿Es que acaso todos quieren luchar?”, se preguntaba desesperado.

De pronto, su decisión fue más sencilla.

–Yo, yo soy un hombre de paz. No puedo acompañarlos en esta decisión. –Escuchó el murmullo que esperaba–. Yo, yo no seguiré siendo su líder. Tendrán que elegir a uno nuevo y, como último acto, propongo… –Le tembló la voz– ¡Propongo a Amancay!

Todos quedaron en silencio. Un relámpago iluminó los ojos llorosos de su hermana y ni el trueno que le siguió pudo opacar la ovación de la gente.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2